Sesión a cargo de Raimon Arola Ferrer. Jorge Rodríguez Ariza ha transcrito la quinta conferencia del ciclo “El Mensaje Reencontrado y las fuentes tradicionales” realizada en la Biblioteca Pública Arús. Al final de la transcripción está la información del ciclo.

El título de la conferencia de hoy es engañoso o, mejor dicho, ambiguo; pero se trata de una ambigüedad calculada en la medida en que hoy día se habla mucho de artistas que son visionarios, que mediante el éxtasis u otras sustancias tienen visiones. Actualmente es algo propio del neopaganismo o de los espirituales sin religión. Éste sería un tema muy necesario de tratar algún día.

En Edad Media y en los inicios de la Modernidad esta cuestión de las visiones era algo propio de del género femenino, normalmente relegado en los conventos o en sus casas mientras los hombres eran los que hacían teología; ellas eran las visionarias, pues desarrollaron otro tipo de sensibilidad, algo diferente a la teología.

En esta conferencia queremos profundizar en qué es lo visionario, qué son los profetas y cómo se vincula todo esto con El Mensaje Reencontrado. Lo que uno sabe por experiencia no lo puede explicar. El maestro no puede explicar el misterio profundo de la Verdad, debe hablar en alegorías. Los maestros te conducen, te hacen intuir, provocan, etc. Pero nunca dicen «esta es la Verdad». Si uno lo dice, no es un maestro.

Nos situamos ya en el contexto histórico: principios del siglo XVII, la época del Quijote. Es un momento muy especial; el rumbo del pensamiento occidental cambiará para siempre. Es el tiempo de Newton y Descartes. El raciocinio y la experiencia reproducible son entonces los nuevos modos de conocimiento. Todo el pensamiento simbólico y mágico quedó marginado de la oficialidad. Luego llegarán la Ilustración, la Enciclopedia y la época de los grandes museos. La idea es hacer explícito en lo exterior la sabiduría interior. Era el siglo de las luces, pero ¿qué luces tenían en realidad? ¿Qué sabiduría era la de los ilustrados?

Este cambio, en el fondo, tiene que ver con Galileo, pues con el heliocentrismo se diluyen todos los esquemas mágicos previos. La magia de Agrippa y Paracelso desaparece y la naturaleza no tiene ya unidad: el hombre pierde la visión interior. Fue el final del sueño renacentista. A esto hay que sumarle las guerras de religión.

Este es el trasfondo en el que nos movemos, el mismo trasfondo en el que aparecen los tres manifiestos rosacruces. Es un signo de que el mundo antiguo ha desaparecido y se puede mostrar lo que hasta entonces había estado oculto. Es el momento en el que nacen también leyendas sobre personajes medievales como por ejemplo la de Nicolas Flamel. En estas leyendas lo histórico no importa, pues para nosotros tienen su propio valor por lo que se transmite en ellas. Son leyendas que aparecen en un momento en el que todo está atrapado por la lógica científica, que abarca todos los ámbitos; todos menos uno: la creación artística. El arte no se puede explicar. No hay una ciencia del arte, porque en el arte hay algo de magia.

Los manifiestos rosacruces juegan con todos estos elementos legendarios. Explican que los sabios de occidente se marchan a oriente, a un lugar desconocido de la India. Con esto se quiere decir que hay un sistema de sabiduría en occidente que se ha perdido y nosotros añadimos que solo sobrevive ahora en el arte.

Como una respuesta al racionalismo llega el Romanticismo, especialmente en Alemania y en Inglaterra, pues en Francia todavía pesa demasiado el racionalismo. Los poetas y demás artistas tienen un tipo de experiencias que no se pueden coordinar con el pensamiento racionalista; es otro tipo de conocimiento. Destacan las figuras de William Blake, Turner o Friedrich. Tiempo después, con una actitud similar, aparecerán los movimientos simbolista y surrealista.

Esta sabiduría o conocimiento del que estamos hablando aquí, que es fruto de la experiencia, tiene, a nuestro parecer, mucho que ver con la cuestión del beso que aparece en el Cantar de los Cantares y con su interpretación cabalística. Se trata de percibir a Dios con los sentidos: «¡Qué me bese…!» pide la Amada del Cantar. Que me toque, que haya una experiencia directa.

Un beso de Dios…, si alguien lo tiene, no lo dirá. En la tradición china es el beso del Gran Dragón. Es la única vía de acceso al verdadero conocimiento. Y tal cosa no es mística, la mística, tal y como la entendemos hoy, sería un amor muy profundo entre amantes, pero son unos amantes que no se tocan. El deseo es lo que nos lleva al beso, el deseo de la belleza, y aquí me gustaría citar la obra Muerte en Venecia de Tomas Mann, que Luchino Visconti llevó al cine de modo brillante. Leemos en esta novela:

«Porque la belleza, nótalo bien, sólo la belleza es al mismo tiempo divina y perceptible. Por eso es el camino de lo sensible, el camino que lleva al artista hacia el espíritu…»

El arte es la vía, pequeña y discreta, que ha mantenido esta visión que nos interesa. La belleza es la visión interior de la Verdad. No la que captan los ojos exteriores, sino la visión interior. La belleza solo es captable por un sentido interior, por una visión interior, que se conocerá como el sensorium, del que hablaremos después.

Cattiaux era un pintor, un artista que trabajó en su pintura hasta el final de su vida. Conoce a todos los personajes importantes del Paris de la época; un París que era el centro del mundo cultural durante los años treinta y cuarenta del pasado siglo. Él discute mucho sobre la naturaleza del surrealismo, le interesa y hace muchas preguntas sobre ese movimiento. Sin embargo, abrió una galería de arte que llamó Gravitations (que se convirtió luego en su vivienda) en honor a la obra de Jules Supervielle y al grupo que se formó en ella. André Breton creyó que el surrealismo era la manera de entrar en las profundidades del ser humano e iba detrás de los ocultistas de París y de Guénon (que no tenía ningún interés en este asunto).

En 1943 tuvo lugar una pequeña exposición retrospectiva de la obra pictórica de Cattiaux para la cual el pintor hizo un libreto donde habla de la visión. Leemos algunos pasajes:

«Para el artista, el mayor peligro de fracaso en este mundo es su capacidad de visión interior, forzosamente original y que aleja a todos los que, al no osar juzgar por ellos   mismos, recurren a la opinión ajena; lo que es como la imitación de una imitación».

«La visión original sitúa al espectador en equilibrio dentro de la soledad de un nuevo universo… Pocos artistas resisten victoriosamente esas pruebas de despojamiento y conservan intacta su visión».

«Sólo seres profundamente diferenciados, incapaces de ser otra cosa que lo que son, seres alucinados por el mensaje que llevan en ellos mismos, pueden triunfar ante la mediocridad disolvente del mundo que les rodea, y eso, muy a menudo, al precio de una muerte prematura o de sufrimientos inhumanos». (Fragmentos del libro Física y metafísica de la pintura)

Es puro romanticismo. Esto hoy no le interesa a casi nadie, el arte ahora es más una terapia para sentirse mejor.

Al leer en profundidad El Mensaje Reencontrado nos damos cuenta de que lo que está escrito en él y lo que dijo Cattiaux en relación con el arte no es contradictorio. La visión no es ver mundos fantasiosos, sino vernos, saber lo que realmente somos. Esto sería realmente la visión.

Cattiaux escribió en El Mensaje Reencontrado que:

«La visión justa es ver las cosas tal como fueron y tal como serán, es decir, tal como son en realidad en la unidad primera». (XXII, 25)

Esto es algo que el pensamiento científico no puede aceptar, porque la noción de «unidad primera” es una falacia para él, no hay ninguna certeza previa.

Esta frase y otras del libreto, las utilizará Cattiaux en El Mensaje Reencontrado, especialmente en el capítulo XXII, que está muy ligado a la cuestión de la visión artística. Nos habla del paso de ser artista a ser profeta; de la necesidad imperiosa del alucinado por conocer y transmitir el mensaje que porta cada ser humano; ser capaz de manifestar este mensaje, de manifestarnos, de manifestarlo a Él, que está en nosotros.

Este «él» no es en absoluto el ego. Cattiaux juga en muchas partes de El Mensaje Reencontrado con el vocablo francés «él» que es «lui»; Cattiaux lo escribe en números romanos: LVI, que numéricamente es 56. Y además «lui» suena igual que su nombre: «Louis». Y entonces hace un juego con estas palabras y con el número 56, cuestión que posee una gran complejidad. ¿Quién ha escrito el libro? Él; ¿quién lee el libro? Él… Lui, LVI. (Cf. MR XXXII, 11)

Leemos en El Mensaje Reencontrado:

«La pacificación de todo el ser es lo que conduce a la visión interior y a la unión divina. / Lloremos de estar tan llenos del mundo y tan vacíos del Único». (XIII, 4).

«Por su visión desnuda y por su desapego inhumano, el santo es un motivo de escándalo para los que permanecen sometidos a las apariencias y entregados a los lazos de este mundo». (XIV, 41).

No se puede decir más claro. La visión interior es la unión divina, la unión del beso en la boca. Se trata de una visión desnuda, sin prejuicios. No tengo ninguna idea formada en la cabeza de lo que estoy viendo, sino que lo que estoy viendo dicta mi sabiduría. Esto es muy importante porque normalmente obramos al revés: mi sabiduría dicta la realidad que veo, es lo que se denomina estrictamente un prejuicio, un juicio anterior. Respecto a la visión se dice en El Mensaje Reencontrado:

«El que conoce el trasfondo de la creación no se escandaliza por ninguna injusticia, no tropieza con ninguna apariencia y no se conmueve por ningún trastorno en el mundo, porque sabe que todo se ajusta, en nosotros y alrededor nuestro, a la visión interior».(XIV, 50).

«Nuestra visión interior es lo que hemos de ejercitar y animar, hasta que aparezca en el mundo viva y pura. / La fe viva es loca y absurda, ya que ni siquiera tiene en cuenta las apariencias razonables de la muerte». XX, 49).

Se trata de la otra gran idea. Son esos versículos que parece que no están diciendo nada y, en cambio, están proclamando toda la obra alquímica. Es decir, la visión interior tiene que aparecer también en el exterior. La Gran Obra no es solo una vivencia interior, sino que puede aparecer y ha de aparecer en el exterior. Esto sería la alquimia. Es diferente de la mística, tal y como la entendemos hoy. El místico tiene una experiencia interior muy profunda, pero es suya, no la puede transmitir, expresar, comunicar, se queda dentro de él. El alquimista, en cambio, puede hacer operativa esta experiencia y llevarla al mundo exterior.

Se parece a lo que debe hacer un pintor: éste puede concebir un cuadro extraordinario en su interior, ¡pero lo ha de hacer, ha de plasmar la visión!  Y hacerlo es complicado, porque siempre vemos las cosas con prejuicio, no las vemos como los niños. Sobre esta cuestión de la visión y su exteriorización conviene leer el libreto de Cattiaux que se  titula: Física y metafísica de la Pintura. Es una obra que él no quiso publicar, pero es valiosa para nosotros, porque ayuda a entender cosas de El Mensaje Reencontrado. Ahora se puede encontrar en la Biblioteca la Puerta publicada por Arola.

Para explicar la visión tal y como se está tratando aquí, Cattiaux recomendaba un libro de Karl von d’Eckartshausen titulado La nube sobre el santuario. Es una obra muy agradable de leer. En una carta, Cattiaux le escribe lo siguiente al destinatario:

«Te envío en especial un pequeño tratado que acaba de aparecer y que perfectamente podría haberlo escrito yo, ya que corresponde poco más o menos a mi conocimiento del mundo. Te lo recomiendo encarecidamente, se trata de La nube sobre el santuario de d’Eckartshausen».

Se trata de un autor de la época de la Revolución Francesa, del tiempo de la Ilustración. Entre los aristócratas de entonces había una serie de nobles y demás personajes que mantuvieron una vida conforme a una visión del mundo diferente a la de su tiempo: el conde de Saint Germain, Caliostro, Louis Claude de Saint Martin, Willermoz, Martines de Pasqualy, etc. d’Eckartshausen era uno de estos perfiles y escribió su obra precisamente sobre el sensorium.

El Mensaje Reencontrado está dedicado a la gloria de Dios y “al servicio de los hombres que lean con los ojos del espíritu y del corazón los signos inscritos en la carne del mundo”. En el mundo hay signos inscritos que no percibimos. Para verlos hay que tener abierto el ojo que realmente ve. Los ojos exteriores no ven realmente. En la emblemática barroca es habitual ver un ojo dentro de un corazón. El ojo que realmente ve es éste, el que es capaz de percibir los signos inscritos en la carne del mundo, eso es el sensorium.

La nube delante del santuario sería la traducción más correcta del alemán. Tiene además más sentido así, porque se trata de esa nube que esconde los lugares sagrados. Esos santuarios están ahí, pero restan ocultos, velados por la nube. Para acceder a ellos hace falta emplear la visión interior, una visión justa y pura que nos permite atravesar esa nube y acceder a la belleza y esplendor del santuario. Escribió d’Eckartshausen:

«El ojo del hombre de los sentidos no es apto en absoluto para alcanzar la base absoluta de todo lo que es verdadero y trascendental. De la misma manera, la razón, que ahora queremos elevar al trono legislador, sólo es la razón de los sentidos, cuya  luz difiere de la luz trascendental, como la fosforescencia del árbol podrido difiere del esplendor del sol. La verdad absoluta no existe para el hombre de los sentidos, sólo existe para el hombre interior y espiritual, el cual posee un sensorium propio, o, dicho más claramente, posee un sentido interior para percibir la verdad absoluta del mundo trascendental, un sentido espiritual que percibe los objetos espirituales tan natural y objetivamente como el sentido exterior percibe los objetos exteriores».

Esto es la visión: ser capaces de percibir, no de razonar o de reflexionar. Si no tenemos el sensorium, no podemos reconocer el mundo trascendente. Este sensorium es lo único que nos permite ver el Reino de los cielos.

Concluye d’Eckartshausen escribiendo lo siguiente:

«En la apertura de este sensorium espiritual está el misterio del Hombre nuevo, el misterio de la Regeneración y de la unión más íntima del hombre con Dios; éste es el  fin más elevado de la religión aquí abajo, de esta religión cuyo fin más sublime es unir a los hombres con Dios, en Espíritu y en Verdad».

De aquí la petición de la amada del Cantar de los Cantares: «Que me bese con su boca». Este es el gran misterio. No habla de las visiones oníricas o de las visiones fruto del consumo de drogas, aunque se usen con intención espiritual. Se refiere al propio misterio de la regeneración, de la verdadera conversión.

Òscar Pujol, un gran conocedor de la tradición hindú y sobre todo de la filosofía de Shankara escribió lo siguiente:

«La visión ordinaria es la externa, la de los ojos. La visión trascendental es la interna, la de luz de la conciencia interior que ilumina y percibe esa visión externa. La visión externa capta los objetos, pero hay una visión interna que los ve. La visión externa es impermanente y depende de factores materiales. Una enfermedad, por ejemplo, puede privar temporalmente de la vista. La visión interna es eterna y nunca se apaga. Por eso, si a una persona le arrancan los ojos continúa viendo imágenes en sus sueños».

Todo lo que se ve con los ojos exteriores es ilusión, mientras que todo lo que se vea con los ojos interiores servirá para poder acceder a los textos sagrados; sin acceder a estos textos no hay posibilidad de llegar al conocimiento de la Sabiduría divina.

Esto nos llevaría a un planteamiento de qué es la visión o el conocimiento que propone El Mensaje Reencontrado. Es un conocimiento fruto de una experiencia, pero no de una experiencia cualquiera, sino la experiencia de abrir el sensorium, de abrir el ojo interior. Por eso los hinduistas, al igual que todas las tradiciones, hablan de la pureza, de la catarsis. Catarsis en el sentido de eliminar la suciedad que esconde la realidad sagrada que todo ser humano porta en sí.

Cierta vez, hablando con Emmanuel d’Hooghvorst, discípulo de Louis Cattiaux, le preguntábamos sobre cómo se podía argumentar su libro El Mensaje Reencontrado. Y una de las veces nos dijo que nos dirigiéramos a unos versículos en particular del libro XIV. Son una serie de versículos que están dispuestos en columnas paralélelas, como todo el libro,  pero en la columna de la izquierda habla de una cosa y en la de la derecha de otra, y aparentemente no hay relación entre ellas. En cambio, si se encuentra la relación, se encuentra el sentido del Mensaje.

«15.  Ha habido el Libro de los sacrificios y de los ritos, el Libro de los muertos y de la    espera, el Libro de la vía y del agua, el Libro del fuego y de la purificación.

15′. ¿Tenemos oídos para oír la palabra? ¿Tenemos manos para purificar la tierra? ¿Tenemos ojos para ver la luz? »

¿Como ligo esto con los libros? Solo se puede hacer a partir del sensorium. No podemos entender nada de los libros sagrados sin el sensorium.

«16. Ha habido el Libro de la revelación y del comienzo, los Libros de la ley y de la justicia, los Libros de la gracia y del amor, el Libro del juicio y del fin, el Libro de la siembra y de la renovación.

16′. ¿Tenemos nariz para oler el perfume? ¿Tenemos un paladar para saborear el néctar? ¿Tenemos una boca para besar la piedra santa? »

¿Esto es la visión a la manera corriente? No, es la apertura del ojo interior, del sensorium, el despertar, buddhi, la apertura del ojo que percibe realmente.

Preguntan muchas personas: ¿Cómo puedo creer en Dios si no lo conozco? Claro que no lo conoces, no lo puedes conocer si no has abierto el sensorium. No lo ves, no lo sientes, no lo escuchas, no lo saboreas.

Dicho esto, volvemos a la época que esbozábamos al principio de la conferencia, la época de Cervantes. El Quijote recoge esta sabiduría que está a punto de desaparecer. Por cierto, en breve aparecerá un libro sobre el Quijote y la cábala escrito por Charles d’Hooghvorst, quien supo ver esto muy claramente. Toda la narración del Quijote tiene que ver mucho con este ojo interior y esta visión, pues él percibía una realidad que nadie más podía ver. n«Yo quiero que me bese»… no quiero que me quiera. Quiero que me toque, porque así mi espíritu y el suyo, si me besa en la boca, se unirán. Escribió Cattiaux en El Mensaje Reencontrado:

«No tenemos visiones, no oímos voces, no hacemos milagros y el cielo permanece cerrado ante nuestros ojos; pero la gracia del Altísimo ha abierto nuestro entendimiento y su amor ha confirmado nuestra misión aquí abajo. Nuestro lote está entre sus manos. El hará como le plazca. Pues, desde que nos hemos ofrecido y nos ha escogido, ya no nos pertenecemos realmente». (XXII, 38).

No tengo visiones, pero me ha sido abierto el entendimiento. Es la capacidad, que todas las tradiciones pueden ofrecer, de percibir la luz interior. Es lo que nos permitirá hablar de la Verdad; es lo que la ciencia tuvo que obviar a partir de aquel siglo XVII. La ciencia solo puede certificar lo que en un laboratorio se pueda reproducir de nuevo. No es ese el conocimiento que recoge Cervantes y que explicó en «Don Quijote de la Mancha».

Raimon Arola en la Biblioteca Arús

 

Ciclo dedicado a la obra de Louis Cattiaux, El Mensaje Reencontrado

La propuesta de este ciclo es mostrar que el mensaje que revivifica Cattiaux, es el mismo que el de las grandes manifestaciones espirituales (en este ciclo entradas en la cultura occidental). A modo de ejemplo de lo que se pretende mostramos el siguiente versículo: “No hay una verdad nueva. Solo hay formas y expresiones nuevas de la vida eterna muy oculta y muy evidente”. (El Mensaje Reencontrado, libro II, versículo 61)
Si bien El Mensaje Reencontrado puede parecer ajeno a las formas tradicionales, es muy al contrario, pues cómo se explicará en este curso, las fuentes son las mismas de siempre, pero experimentadas de nuevo.

A cargo de:
Raimon Arola, doctor en historia del arte por la Universitat Autònoma de Barcelona y profesor de la Universitat de Barcelona.
Pere Sánchez Ferré, doctor en historia moderna y contemporánea por la Universitat de Barcelona.

Sesiones
 “La mística cristiana” por Raimon Arola
La mística responde a la experiencia divina. Está escrito en El Mensaje Reencontrado: “La más pequeña experiencia de Dios vale más que todas las teologías del mundo” No obstante hay que diferenciar entre las clases de experiencias, ya que normalmente son psíquicas y no responden al encuentro con el Dios encarnado.

“La cábala judaica” por Pere Sánchez Ferré
La cábala no se fundamente en conocimientos intelectuales sino en una revelación que otorga Dios, y es el instrumento privilegiado para penetrar el sentido oculto de los libros sagrados y de nosotros mismos. El Mensaje Reencontrado contiene un sentido oculto y lo acompaña una forma de cábala.

“La tradición hermética” por Raimon Arola
René Guénon señaló que El Mensaje Reencontrado era un libro hermético, ya que en él se recogen distintas tradiciones. No obstante, a diferencia de Cattiaux, consideraba que el hermetismo era cósmico y no metafísico

“El fenómeno iniciático” por Pere Sánchez Ferré
El fenómeno iniciático es un hecho divino y los rituales que a él se refieren siempre aluden a una realidad sagrada, como la recepción de la luz o la apertura del sentido interior. Estos misterios, basados en la experiencia, están presentes en El Mensaje Reencontrado.

“El arte visionario” por Raimon Arola
A lo largo de los últimos siglos, la creación artística ha sido el lugar donde se ha manifestado la experiencia divina. Cattiaux sigue esta estela y llega hasta el final. “La pacificación de todo el Ser es lo que conduce a la visión interior y a la unión divina” (El Mensaje Reencontrado., libro XIII, versículo 4).

“La alquimia” por Pere Sánchez Ferré
La alquimia no se enseña, sino que, como la cábala, se transmite, ya que Dios es quien revela la Primera Materia. Las etapas, formas, estados y procesos de la ciencia de Hermes don el fundamento de El Mensaje Reencontrado.

Biblioteca Pública Arús (BPA) www.bpa.es/agenda

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