Capítulo del libro “Cuestiones simbólicas. Las formas básicas” de Raimon Arola dedicado al simbolismo de la espiral y su relación con el viaje iniciático.

 

El centro del círculo es la semilla de la nueva creación por lo que, a veces, con el fin de visualizar de otro modo su expansión, se representa por medio de una espiral. A finales del siglo XVIII, Jacob Bryant publicó A New System, or, An Analysis of Ancient Mythology, una obra en la que los mitos iban acompañados por grabados que buscaban la manera de explicar la potencia de las imágenes clásicas. Uno de ellos, que aun hoy se continúa reproduciendo (Figura 1), representa el emblema de la secta gnóstica de los Ofitas, adoradores de la serpiente. El grabado muestra un huevo rodeado por una serpiente. El huevo representa la semilla en potencia, lo que está contenido en el interior de un estuche sin manifestarse, mientras que la serpiente en forma de espiral muestra el desarrollo en acto de lo que está inscrito en las signaturas del huevo.

William Blake conoció el libro de Bryant y seguramente le inspiró algunas de sus imágenes; así, el emblema sexto de sus Gates of Paradise (Figura 2) es una continuación del sello ofita, aunque en este caso se hace más explícito aquello que estaría escondido en el código de la semilla: un ángel surge del huevo llegado el momento oportuno. Se trata del espíritu o el impulso vital que surge de aquello que lo mantenía encerrado y se manifiesta en toda su pureza. Hay que recordar que en relación al principio de la vida, ya fuera la natural o la sobrenatural, los antiguos alquimistas proclamaban la necesidad de un medio apropiado para su desarrollo, un medio que al principio del proceso identificaban con la putrefacción. Una fotografía de Manel Armengol la muestra en toda su belleza (Figura 3), pues es la vida lo que surge de la putrefacción o de la muerte, por eso Cattiaux escribió lo siguiente: “La ciencia divina utiliza las leyes naturales como medio. Lo transforma todo y no mata nada. Consolida el esperma y multiplica el germen. Manifiesta la vida sirviéndose de la muerte”[1].

La serpiente que veneraban los ofitas, la secta que floreció en los primeros siglos de la era actual, alude a la serpiente del Génesis y responde a una comprensión especial del misterio de la caída. Las imágenes que se refieren a este episodio de las Sagradas Escrituras son de sobras conocidas: un ejemplo es la que aparece en un folio del Beato de El Escorial, del siglo X (Figura 4), donde se ve a Adán y Eva a ambos lados del árbol del conocimiento y a la serpiente enroscándose en él mientras se dirige a Eva, pues la serpiente, que según las Escrituras era un animal muy astuto, intentó engañarla con una media verdad provocando su expulsión del Edén. Los alquimistas dirían que el hombre tenía un poder enorme que podía utilizar y eso fue precisamente lo que la serpiente le confió a Eva, sin embargo, tan sólo le explicó una parte de la verdad, aquella que se refería al poder de la materialización del espíritu; sin embargo, escondió que dicha materialización debía ir unida a una espiritualización de la materia. Cuando los dos procesos se dan sucesivamente se produce la conjunción de la que tanto hablan estos filósofos en sus libros y que se simboliza con el movimiento de una doble espiral. Un esquema reproducido en el libro de Jill Purce titulado, La espiral mística: Viaje del alma, se inspira en la obra de Blake y muestra el movimiento de separación de las dos energías que acabamos de mencionar, o, también, el de su unión (Figura 5).

El caduceo de Mercurio es también una poderosa imagen de este doble movimiento de la espiral y Emmanuel d’Hooghvorst se refirió a él y a las serpientes que aparecen enlazadas a su alrededor cuando trató del mito de Tiresias, el sabio adivino a quien Juno castigó con la ceguera tras opinar, con conocimiento de causa pues Tiresias vivió siete años como mujer y otros siete como hombre, sobre quién gozaba más en las relaciones con el sexo contrario. Los cambios que sufrió Tiresias sucedieron al contemplar una pareja de serpientes apareándose, por ello D’Hooghvorst relacionó estas serpientes con la doble operción alquímica del solve y el coagula, siendo lo femenino el solve que después se convierte en hombre en la coagulación. Al mismo tiempo, este autor considera la vara alrededor de la cual se enroscn las serpientes como el símbolo de la medida dada a lo ilimitado, el axis mundi donde el alma del mundo puede reposar y tomar cuerpo, y donde se suceden sus transformaciones. Estas son sus palabras:

 “He aquí a los dos sexos sucesivos de Tiresias; el número siete… firma la acción creadora del alma del mundo. Añadamos que las serpientes entrelazadas son como la medida dada a lo ilimitado. Dar medida al sin límite es el Arte bajo todas sus formas”[2].

Las imágenes de Hermes o Mercurio en las que aparece con el caduceo son innumerables; entre ellas una particularmente interesante es la que esculpió el renacentista Giambologna (Figura 6), en su obra parece como si la figura del dios surgiera a partir del soplo de un ángel o un putto colocado bajo el pie de Mercurio. Imposible representar con más elegancia el simbolismo de Mercurio, el dios de la palabra, que surge de una potencia celeste. Así pues, se trataría del pensamiento celeste o alma del mundo que se manifiesta gracias al discurso del dios. El mensaje que transmite Hermes es naturalmente hermético, por eso su caduceo aparece hasta la saciedad en los tratados alquímicos, como el escrito por el legendario Nicolas Flamel y titulado El libro de las figuras jeroglíficas (Figura 7), esta imagen es especial pues en ella se refleja además una interesante relación entre la serpiente del Génesis mosaico y el caduceo mercurial, como si tratara de una misma fuerza en distintos estados.

La relación natural entre la serpiente y la espiral es evidente y por ello se reproduce en culturas muy distintas y bajo aspectos diferentes. En la mitología hindú, por ejemplo, se percibe el cosmos animado por distintos periodos de actividad y descanso entre las sucesivas creaciones, estos periodos se conocen como los días y las noches de Brahma. Durante las noches, el dios creador Vishnú, con todo el universo, descansa encerrado en el Huevo de Oro. Allí reposa en su triple aspecto, como él mismo, como la serpiente Ananta-Secha, sobre cuyas espirales descansa (Figura 8), y como el océano cósmico en el que flotan ambos en espera del instante de su manifestación. Cuando sea el momento y mediante su respiración el dios hará que las aguas primordiales se agiten despertando las fuerzas creadoras de la serpiente cósmica que darán lugar a la nueva creación.

Además de representar el movimiento de las fuerzas cósmicas, la espiral simboliza también el viaje iniciático. Así, se utiliza para representar la dramatización ritualizada del camino que debe seguir el neófito para ir desde la periferia hasta el centro. Un ejemplo aparece en una de las muchas versiones que se hicieron de la famosa novela alegórica de John Bunyan, The Pilgrim’s Progress, publicada por primera vez en 1678, y cuyo título completo y traducido es: “El progreso del peregrino desde este mundo al venidero, mostrado como un sueño”[3]. De dicha versión se conserva un papiro en el Freemasonry London Museum (Figura 9) y en él aparece representado el viaje de Cristiano, el protagonista, y de su fiel acompañante, Evangelista, como un camino en espiral que conduce desde lo más exterior, el mundo de la destrucción, a lo más interior, la ciudad celeste.

El juego de la Oca es una versión lúdica de estos diagramas de los viajes espirituales en los que se describen distintas situaciones humanas; el que hemos escogido es un grabado de 1640 y muestra un viaje a través del cuerpo de un dragón que conduce al jardín del amor (Figura 10). Todas las versiones posteriores se basan en la imagen del laberinto que aparece representada en el famoso disco de arcilla de la edad de bronce (Figura 11) descubierto en el palacio minoico de Festos, al sur de Creta, la isla donde se sitúa precisamente el laberinto por excelencia: el mítico laberinto de Creta realizado por Dédalo, el artista-mago, para encerrar al peligroso Minotauro, un laberinto que a veces se identifica con el del palacio de Cnosos.

En el momento de su iniciación el neófito comienza un camino en espiral que le conducirá hasta su centro, allí donde se encuentra su propio secreto, pero para ello debe nacer de nuevo, como indica la propia palabra. En el bautismo esta iniciación se simboliza por la recepción de un nombre nuevo y curiosamente sucede lo mismo en los rituales próximos a la masonería, pues, aunque parezcan casos muy alejados, no hay que olvidar las acertadas palabras de René Guénon cuando escribió que: “no puede haber más que una iniciación única en su esencia, aunque bajo formas diversas y con modalidades múltiples”[4].

La Iconographic Encyclopaedia recoge una escena del ritual de iniciación de la masonería regular (Figura 12); el candidato va en parte vestido y en parte desnudo, pues en este momento está dejando este mundo caótico para penetrar en el mundo del orden, representado por el templo masónico. Ha recorrido los llamados pasos perdidos con los ojos vendados, guiado por el hermano terrible, y hasta que no haya dejado atrás el mundo profano y haya penetrado en el interior del templo no verá de nuevo la luz. En este viaje, como si de un peregrinaje se tratara, el neófito debe superar una serie de pruebas en su travesía de las tinieblas a la luz.

Estas pruebas no son distintas simbólicamente a las que explicó Anne Chapman en sus estudios sobre las ceremonias de los Selknam de Tierra del Fuego[5], en especial la conocida como Hain, y que se refiere al ritual de la iniciación a la vida adulta de los varones de 14 ó 15 años. Durante esta ceremonia los kloketen –así son llamados los jóvenes– se enfrentan a espíritus desconocidos que les presentan distintas pruebas que deben superar para mostrar su valor. Al igual que el candidato a masón debe superar las pruebas con los ojos vendados, el kloketen debe discernir, según las pinturas de los espíritus que se le presentan su grado de veracidad y su peligrosidad (Figura 13).

A finales del siglo XVIII, el aristócrata barcelonés Joan Antoni Desvalls i de Ardena, sexto marqués de Llupià, cuarto del Poal y marqués consorte de Alfarràs, construyó un jardín a las afueras de su ciudad. Como buen ilustrado, Desvalls, quiso recrear el universo clásico con sus símbolos, y el resultado es una réplica del lugar de las iniciaciones masónicas, donde el iniciado recorre los tres mundos: el inferior, el medio y el superior, hasta penetrar en los misterios de la gnosis. El jardín de Desvalls pertenece a una tradición de jardines renacentistas e ilustrados que Emanuela Kretzulesco-Quaranta, en su magnífico estudio, consideró el resultado de la filosofía neoplatónica que comenzó en la Academia florentina y que después se expandió al resto de Europa. Según esta autora, el trazado de estos jardines reproduciría el viaje mítico relatado en la obra Hypnerotomachia Poliphili o El sueño de Polifilo de Francesco Colonna, publicado en 1467, donde se describe el viaje de Polifilo en busca de su amada Polia, un viaje ciertamente iniciático e inspirado en los rituales mistéricos de Eleusis, éstas son sus palabras:

“Las etapas del camino de Polifilo… presentan chocantes analogías con las del peregrino de Eleusis. El Visionario del siglo XV empieza perdiéndose en el laberinto vegetal del bosque… El templo de Teseo, con su evocación del laberinto, se encontraba al comienzo del itinerario que seguían los peregrinos que llegaban a Eleusis desde Atenas para celebrar las fiestas en honor a Ceres. […] En el mundo espiritual, Polifilo está profundamente enamorado del arquetipo celeste de la muchacha, un arquetipo que se identifica con uno de los aspectos de la Divinidad misma. En este segundo nivel, metafísico…, el amor del Visionario por Polia es sólo una alegoría del amor del filósofo por el conocimiento”[6].

El neófito siente un amor profundo por la gnosis y la persigue como el caballero errante sigue el rastro de la amada, y en esta búsqueda debe atravesar el laberinto (Figura 14), a poder ser conducido por el hilo de Ariana. En los rituales masónicos, al igual que sucedía en los de Eleusis, el iniciado debe superar distintas pruebas para ascender desde la oscuridad hasta la luz. Esta oscuridad es, en efecto, una de las imágenes con las que se simboliza el infierno que Karl Kerényi, estudioso de los misterios clásicos, relacionó con el laberinto: “En la época prehomérica la imagen del inframundo fue pensada como un laberinto”[7]. Este es un paso que aparece en todas las iniciaciones, quizá, porque penetrar en un laberinto es encontrarse con una geometría secreta que ordena los distintos senderos, pero que, sin embargo, es desconocida para el ser humano que solo puede ver a nivel del suelo.

Una vez consigue superar la prueba que supone la experiencia heroica del paso por el laberinto, el paseante del jardín de Desvalls comienza el ascenso hacia un pabellón, pero en su camino deberá atravesar canales de agua y subir los peldaños de la escalera del mundo medio (Figura 15). La aventura concluye cuando llega al lugar donde habitan los seres celestiales y los dioses. En el caso de la finca de Desvalls ello ocurre al alcanzar pequeño pabellón que corona el jardín, allí se encuentran unos estucos que en su conjunto representan el Parnaso, mientras que cada una de las figuras que aparecen se identifica por las inscripciones que la acompaña: “Apolo – príncipe de las musas / Mnemòsine – madre de les musas. / Urania – astrología / Polimnia – gestos y bailes / Erato – versos amatorios e himnos / Clío – historia / Calíope – versos heroicos / Talia – comedias y agricultura / Melpómene – tragedia / Terpsícore – cítara y danzas / Euterpe – canto de la flauta”[8]. Detrás del pabellón hay una fuente, recuerdo de la mítica fuente de Castalia, que crea un estanque y, más allá, se extiende la montaña.

El viaje por el jardín del marqués reproduce de una manera sensible el simbolismo de la espiral, es decir, el impulso de todo ser humano hacia un centro misterioso y posible desde donde poder acceder al mundo de la sabiduría divina.

Referencias figuras

Figura 1. El símbolo de la antigua secta de los Ofitas. Jacob Bryant, A New System, or, An Analysis of Ancient Mythology, 1774.

Figura 2. “Se debe romper el huevo desde dentro”. Ilustración de William Blake, Gates of Paradise, 1793.

Figura 3. El estanque y la putrefacción. Fotografía de Manel Armengol, de la colección Parcs i jardins a Barcelona 1993.

Figura 4. Adán y Eva. Iluminación del comentario de Beato de Liébana al Apocalipsis. Copia del siglo X conocida como El Beato de El Escorial, Biblioteca del Monasterio, El Escorial.

Figura 5. Esquema de Jill Purce que explica las relaciones entre espirales, The Mystic Spiral: Journey of the Soul, Londres, 1974.

Figura 6. El dios Mercurio de Giambologna, entre 1564 y 1580. Museo Nazionale del Bargello, Florencia.

Figura .7. Tres de las misteriosas imágenes que Nicolas Flamel describe en el Libro de las figuras jeroglíficas. Versión alemana: Des berühmten Philosophi Nicolai Flamelli chymische Werke…, 1751.

Figura 8. Vishnú durmiendo en el templo de Budhanilkantha. Fotografía de Raimon Arola, Katmandú 1987.

Figura 9. Representación del siglo XIX del viaje narrado por John Bunyan, The Pilgrim’s Progress. Freemasonry London Museum, Londres.

Figura 10. “El juego real de Cupido, dicho de otro modo, el pasatiempo del Amor”, c. 1649. Colección Adrian Seville, París.

Figura 11. Dibujo del disco de Festo hallado en el palacio minoico del mismo nombre, datado entre 1850 y 1650 aC.

Figura 12. Escena de una iniciación masónica. Johann Georg Heck y Spencer Fullerton Baird, Iconographic encyclopaedia of science, literature, and art, 1851.

Figura 13. Participantes en las ceremonias de iniciación de los Selk’nam de Tierra del Fuego. Fotografías de Martin Gusinde, 1923.

Figura 14. El laberinto del Jardín de Horta de Joan Antoni Desvalls i d’Ardena diseñado y realizado por Domenico Bagutti a partir de 1794. Fotografía de Lluïsa Vert, Barcelona 2011.

Figura 15. Pabellón de Apolo del Jardín de Horta de Joan Antoni Desvalls i d’Ardena. Fotografía de Lluïsa Vert, Barcelona 2011.

Notas

[1] El Mensaje Reencontrado, cit.; § 1, 59.

[2] El Hilo de Penélope I, cit.; p. 85.

[3] Cf. El peregrino, Clie, Barcelona 2008.

[4] Apercepciones sobre la Iniciación, Ignitus-Sanz y Torres, Madrid 2006; p. 91.

[5] Anne Chapman, Hain, Ceremonia de iniciación de los Selk’nam de Tierra del Fuego, Pehuén, Santiago 2009.

[6] Los jardines del sueño. Polifilo y la mística del Renacimiento, Siruela, Madrid 1996; p. 173 y p. 166 respectivamente.

[7] En el laberinto, Siruela, Madrid 2006; p. 166.

[8] Cf. Raimon Arola, El Tarot de Mantegna, Alta Fulla, Barcelona 1997; pp. 70-89.

REFERENCIA LIBRO