Reflexión de Raimon Arola sobre el versículo 54 del libro 9 de ‘El Mensaje Reencontrado’ de Louis Cattiaux.

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Cuanto más desde abajo se ve el cielo, más bello y profundo parece. Así, en la humillación y en la desgracia a menudo se puede percibir a Dios mejor que en medio de los placeres y de la gloria del mundo.

Dios medita su vía en la gran noche del hombre, es por eso que la fe debe acompañar hasta el final a quien realiza su obra, pues la purificación se realiza primero adentro, después aparece afuera y resplandece plenamente en la unión.

Los dos versículos explican posturas distintas y complementarias, el primero habla de los seres humanos que está abajo y miran hacia lo alto, hacia el cielo, el segundo habla del Dios que habita en el cielo y medita sobre lo bajo o quizá medita también en lo bajo. Tan significativo es lo uno como lo otro, sin embargo, la afirmación Dios medita su vía en la gran noche del hombre es extraña, ¿qué significa que Dios medite su vía?, incluso ¿qué significa que Dios medita?, ¿para qué lo necesita?, o ¿qué es una vía para Dios? La frase del Mensaje puede parecer un sinsentido, un juego del lenguaje, pero no lo es.

La respuesta tiene que ver, a nuestro entender, con un aspecto básico de las tradiciones espirituales que se refiere a la necesidad que Dios tiene de conocerse a sí mismo, por lo que proponen que Dios crea a los seres humanos para reflejarse en ellos y tomar consciencia de su propio ser. Para explicar esta idea se acostumbra a citar un hadith (los comentarios de Mahoma no escritos en el Corán) donde se afirma que Dios dijo: Yo era un tesoro escondido y quise ser conocido. Y entonces creé el Mundo.[1]

Dios medita para conocerse, esta simple afirmación engendra un pensamiento ajeno al apriorismo en el concepto de qué es Dios y obliga a plantearse la idea de que Dios no puede separarse de su creación. Al Dios no creador –es decir, al Dios no-manifestado– no lo podemos conocer ni desconocer, las tradiciones afirman que solo se puede conocer al Dios creador o manifestado puesto que su conocimiento se alcanza gracias a la creación, en ella y por ella. A partir de esta premisa es posible acercarse a la sentencia Dios medita, pues la creación conlleva una meditación.

La etimología confirma la relación entre meditar y crear, pues el verbo meditar proviene del latín meditari, ‘meditar, considerar’, que a su vez deriva de una raíz indoeuropea med– ‘medir, tomar medidas adecuadas’. Así, meditar es también medir, limitar o concretar la infinitud del Creador en un lugar y, en consecuencia, crear. Emmanuel d’Hooghvorst escribió lo siguiente: Habiendo medido la inmensidad con un sentido puro, dice María, hice de ella un Dios que se mide.[2]

Está escrito en otro lugar del Mensaje: La creación de los universos es como la experimentación de una parte de Dios por sí mismo.[3] Al desenrollarse en su creación, Dios se experimenta a sí-mismo en su obra –al margen de que ya la conociera en su omnisciencia– y esta experiencia es la vía por la cual transita la creación (el ser humano) hasta su unión con el Creador, pues, como afirma el versículo que abre esta reflexión, su obra resplandece plenamente en la unión.

Respecto a la luz que resplandece en la unión otro versículo enseña: Las tinieblas secretas incuban la luz inmortal del Perfecto.[4] El Perfecto sería el nombre dado a la unión del Creador y la creación. En los Aforismos del Nuevo Mundo, Emmanuel d’Hooghvorst escribió: ¡Necios que pensáis Dios, encendedlo en vosotros![5] Como es lógico, sólo se puede encender aquello que está apagado, algo que está a oscuras y que el Mensaje denomina: la gran noche del hombre o las tinieblas secretas.

La vía de Dios sería el devenir de la creación, y por consiguiente, del Hombre. Según la tradición cristiana este Hombre, con mayúscula, es Jesucristo –en otras tradiciones sería el justo, el perfecto, el sabio, el adepto, etcétera–, en Él, Dios es el ser-Dios y completa la creación. El Mensaje no explica el ser-Dios en relación a la creación exterior del mundo, sino en la intimidad de nuestra existencia personal. El ser-Dios, creemos, nunca es una especulación sino el fruto de una experiencia. Y es justamente esta experiencia que permite que Dios medite su vía en la gran noche del hombre.

La tradición extremo oriental parte de estos planteamientos, pero para comprender qué es el hombre, por lo que podría considerarse una tradición ateísta, o por lo menos una tradición que niega un Dios trascendente. A nuestro entender, estas consideraciones serían una simplificación puesto que, como sucede en el Mensaje, la tradición oriental propone el conocimiento del ser-Dios en el despertar personal o en la experiencia pura.

A principios del siglo XX, el filosofo japonés Kitaro Nishida (1870-1945) se instruyó en la filosofía occidental y en los misterios cristianos alcanzando una notable comprensión en ambos ámbitos; en un fragmento a nuestro entender sobrecogedor, escribe: Creo que una idea fundamental de todas las religiones es la que Dios y los seres humanos tienen la misma naturaleza, que en Dios los seres humanos retornan a su origen y que sólo lo que se basa en estos dos puntos puede llamarse verdadera religión.[6] Para él, la esencia de la religión consiste en la relación entre Dios y los seres humanos, entendidos como conciencias individuales, mientras que la imagen que más se acercaría a la idea de Dios sería la de fundamento del universo. A partir de todo ello afirma lo siguiente: En la base de todas las religiones tiene que haber una relación entre Dios y los seres humanos, pues así como las manos y los pies son partes de lo humano, lo humano es una parte de Dios. Esta relación es reciproca, el hombre como consciencia particular, ora a Dios y le da las gracias por su retorno a Él que es la fuente del yo. Recíprocamente, Dios ama a los hombres no para procurarles felicidad mundanal, sino para hacer que retornen a Dios.

En este encuentro está la genuina piedad y el desapego del yo, pues, como escribe Nishida, encontrar el verdadero yo en Dios podría parecer poner énfasis excesivo en el yo, pero en realidad ésta es la razón para abandonar el yo y alabar a Dios. Por eso puede afirmar el sabio japonés que, la idea de un Dios trascendente que controla el mundo desde afuera, no sólo está en conflicto con nuestra razón, sino que no es propia de la religiosidad más profunda, pues separa a Dios del hombre y exalta el yo particular o ego.

Esta relación entre Dios y los seres humanos que Nishida considera el fundamento de toda religión, el Mensaje la explica con estas palabras: La naturaleza luminosa es la primera y más bella manifestación del Señor. El hombre puro es la última y más perfecta creación de Dios y de la naturaleza. He aquí el resumen del Universo,[7] donde el hombre puro es, obviamente, aquel que tiene la experiencia pura, sobre la que Nishida, y todo el zen en general, fundamenta su filosofía.

Para retornar a su origen el hombre de este-mundo sólo cuenta con la brújula de la fe: tenemos que caminar –afirma el Mensaje– según la brújula de la fe en las tinieblas del mundo,[8] o como está dicho en el versículo que estudiamos: la fe debe acompañar hasta el final a quien realiza su obra, pero a sabiendas de que es la vía de la creación de Dios y no nuestra vía individual (que se abocaría a la primacía del ego). Primero desde el interior, un adentro que puede entenderse como la interioridad del corazón o del atanor, después, afuera, donde: resplandece plenamente en la unión, es decir en la manifestación.

Cuanto más desde abajo se ve el cielo, más bello y profundo parece, un abajo relacionado, a nuestro entender, con la gran noche del hombre, en la que actúan la humillación y la desgracia. En cambio, cuando son los placeres y la gloria del mundo los que dominan, dificultan la visión de Dios. Se trata de otras tinieblas, la oscuridad de lo-que-no-es-Dios se apodera de la criatura, que se separa así de su Creador.

El hombre realiza la obra de Dios, como el Hijo cumple la voluntad del Padre, y esta realización ocurre en la gran noche del hombre. La noche del hombre también puede tener que ver con el humilde nacimiento de Jesús en un pesebre. La palabra pesebre viene del latín: praesepe, que a su vez viene de saepio: ‘cercar’, ‘rodear de un vallado’, ‘amurallar’, ‘encerrar’, ‘guardar’. A partir de esta definición de límite, de algo cerrado, se puede entender que el pesebre no es otra cosa que una madera hueca, un recipiente preparado para albergar en su interior al Niño-Dios, en medio de la noche.

El espíritu se halla en la madera, hyle en griego, que significa a la vez madera y materia. El árbol hueco, una oquedad en la materia que contiene al Hijo, que es la luz. Leemos lo siguiente en el “Evangelio según Tomás”: Jesús ha dicho: Yo soy la luz que está sobre todos ellos. Yo soy el Todo: El Todo ha salido de mí, y el Todo ha llegado. Hendid la madera: yo estoy allí; levantad la piedra, y me encontrareis allí.[9]

La gran noche del hombre –o el pesebre donde nació Jesús– se relaciona también con hecho de penetrar en lo desconocido de la consciencia y manifestar aquello que está oculto en caos del comienzo. A partir del caos y la oscuridad se produce la epifanía de Dios –el ser-Dios–, la manifestación de la luz que es la vía sobre la que ÉL medita. En la noche invernal aparece la nueva luz en este mundo.

El hombre exterior no participa en el despertar de la herencia divina. Solamente puede no-impedirlo, lo que vale como no-hacer. Así la noche del hombre alude al lugar de Dios-en-el-hombre, aquello tan pequeño e insignificante, humilde y sufriente, que, sin embargo, se convertirá en el reino de los cielos.

La frase Dios medita su vía habría que relacionarla con otro versículo que reza: Meditar es cocer suavemente el cuerpo y el espíritu hasta la glorificación del alma.[10] Esta cocción suave permite separar y unir, unir y separar, el cuerpo del espíritu y el espíritu del cuerpo, para que en este vaivén misterioso aparezca la glorificación del alma, que sería el espejo donde Dios se conoce y vive su auténtica realidad, el ser-Dios.

 

Cuando comentemos una Escritura santa, un rito o un símbolo, añadamos para los oyentes y para nosotros mismos: He aquí una de las numerosas interpreta­ciones de la verdad Una. Dios es el único dueño de la vestidura y de la desnudez (El Mensaje Reencontrado 15, 4).

 

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INFORMACIÓN LIBRO

 

NOTAS

[1] Cf AAVV, Los dos horizontes. Texto sobre Ibn Al’arabí, CCET, Murcia 1992, p. 336.

[2] El Hilo…, cit., p. 340.

[3] El Mensaje Reencontrado, § 9, 26.

[4] El Mensaje Reencontrado, § 8, 30.

[5] Hilo de Penélope I, Arola, Tarragona 2000, p. 294, p. 344.

[6] Indagación del bien, Gesida, Barcelona 1995, p. 204.

[7] El Mensaje Reencontrado, § 8, 11.

[8] El Mensaje Reencontrado, § 21, 40.

[9] Evangelio según Tomás, Obelisco, Barcelona, 1992, p. 61. Para una ampliación del tema, J. Jeremías, Palabras desconocidas de Jesús, Sígueme, Salamanca 1990, p.108.

[10] El Mensaje Reencontrado, § 13, 43.