Clase de JORGE RODRÍGUEZ-ARIZA del curso de extensión universitaria de la Universitat de Barcelona titulado “SIMBOLOGÍA. Planteamientos teóricos” dirigido por Raimon Arola. La primera edición fue en 2015-2016. Ahora ARSGRAVIS lo reproduce en forma de distintas entradas en la web.

 

Vida, obra y contexto

René  Guénon (1886-1951)  nació en Blois, en el seno de una familia católica perteneciente a la pequeña burguesía francesa. Alumno brillante, se trasladó a París para preparar su ingreso en la universidad y cursar estudios científicos. Sin embargo, en 1906 abandona los estudios académicos, siente que ese no es su camino. Se inicia entonces un nuevo periodo marcado por una incansable búsqueda espiritual. Comienza a considerar que la verdadera espiritualidad, en Occidente, no puede encontrarse en las diferentes formas del cristianismo. Oriente parece el único horizonte válido. Sin embargo, tampoco van a ser los estudios orientalistas de la universidad los que le van a ayudar, sino que deberá buscar la verdadera espiritualidad allí donde haya sido transmitida desde más allá del Occidente moderno.

El joven Guénon entra entonces en contacto con el maremágnum espiritual del París de principios del siglo XX. En toda Francia predominan las corrientes espiritistas, que tienen su origen en la obra de Allan Kardec (1804-1869) y París no es una excepción.

Por otro lado, La Sociedad Teosófica de los continuadores de Blavatsky (1831-1891) contaba también con un gran éxito entre los buscadores de lo espiritual. Sin embargo, en la capital francesa podían encontrarse un sinfín de sociedades “secretas”, sectas y logias masónicas que pretendían ser los herederos de antiquísimas tradiciones y custodios de los símbolos sagrados. Predominaban los movimientos ocultistas, los cuales en aquel tiempo tenían como referente a Gérard Encausse (1865-1916), más conocido como Papus, quien de alguna manera actuaba como catalizador de todos ellos.

Debemos entender este panorama intelectual como una consecuencia lógica de los vientos políticos y filosóficos que soplaban entonces. Aquella Europa,  hija de la Ilustración y la Revolución francesa, descristianizada, secularizada, moderna, dispuesta cada vez más a concebir la realidad sólo en términos materiales y siempre desde un prisma racional que se manifestó insuficiente, necesitaba nuevas vías para el desarrollo del espíritu. La Iglesia Católica había dejado ya de ser un verdadero referente espiritual, pues devino simplemente un espacio lleno de fórmulas vacías que servían para dar seguridad de una salvación.

Aparecen entonces dos alternativas, contradictorias en apariencia pero que comparten ciertos rasgos. La primera fue el socialismo y la segunda el ocultismo. Éste último se manifestó de muchas maneras, aunque todas compartían importantes denominadores comunes: suponían una ruptura con las grandes instituciones políticas y religiosas y terminaban a la vez con el ateísmo galopante de la modernidad europea. Ahora bien, el Dios de los ocultistas no era el Dios de la Iglesia Cristiana, o por lo menos no sólo era ese. El Dios del ocultismo era –o pretendía ser- un dios supra-religioso. Se recuperaba así, de manera firme aunque muy imperfecta, la idea de la philosophiaperennis o la priscatheología, que desde las guerras entre católicos y protestantes había perdido su sentido primero. Éste conocimiento habría permanecido durante siglos oculto, sobreviviendo sólo en los símbolos que, ahora, los “magos del ocultismo” pretendían enseñar a leer, demostrando así la unidad del dogma universal de las doctrinas secretas de hebreos, caldeos, egipcios e hindús.

Serán precisamente estos grupos a los que nos referimos los que el joven Guénon frecuentó a la búsqueda de un esoterismo válido, auténtico.  Tras un tiempo dentro de la Orden Martinista, en la que ascendió rápidamente por los diferentes grados, rompió su vínculo con ella y pasó entonces por otras órdenes y logias. En esta época fue importante su encuentro con el poeta simbolista  Fabre des Essarts(1848-19 17), quien fuera el patriarca de la llamada “Iglesia Gnóstica Universal”. Guénon fue admitido dentro de este grupo e incluso, en 1909, se le consagró como obispo bajo el hierónimo de Palingenius. Fue entonces cuando comenzó su trabajo como escritor para la revista Gnosis, la publicación fundamental de la iglesia, la cual se convertirá en su primera auténtica tribuna para exponer su pensamiento. En la misma época entabló amistad con dos importantes miembros de la secta: Matgioi y Théophane. Estos dos hombres, junto al filósofo, aventurero y pintor John Gustave Agélli (1869-1917), con quien también simpatizó y que acabará colaborando en la revista, fueron  determinantes en la vida del joven Guénon. Si bien estos personajes no pertenecían estrictamente al mundo oriental tradicional, eran sin embargo occidentales que se aproximaron a una de las manifestaciones del esoterismo islámico auténtico. De hecho, parece que en 1911, GustaveAgélli pudo haber iniciado a Guénon en el sufismo y haberle transmitido la barakah (“influencia espiritual”). Así, Guénon acabó por confirmar que el Oriente, ya sea el mundo islámico, el hinduismo o el taoísmo, era el horizonte hacia el que se debía caminar, pues según supo entender, allí existía todavía una tradición verdadera, capaz de ofrecer una auténtica y efectiva iniciación.

 

Las religiones y la tradición primordial

Guénon se había vinculado ya para siempre al Islam y constató la necesidad de profundizar en los textos orientales originales, en la importancia de conocer las lenguas sagradas y abordar bajo la intuición intelectual y espiritual los libros revelados, fuera de los prismas positivistas y cientificistas de entonces. En suma, se trataba de recuperar la idea de Tradición en su sentido estricto, cosa de la que están muy lejos, por un lado, los grupos ocultistas con sus fantasías y sincretismos, y por el otro el mundo moderno, en donde la academia presta oídos sordos a cualquier cosa que evoque a la trascendencia.

Es a partir de entonces cuando Guénon comienza a escribir desde su visión renovada, habiendo roto ya sus lazos con los ocultistas de cualquier clase. En 1921, cuando contaba con 35 años, ve publicado su primer libro: Introducción general al estudio de las doctrinas hindúes. Seguirán a este trabajo otros libros y multitud de artículos en los que Guénon impartió su magisterio doctrinal. A este respecto hay que destacar su intensa y prolongada colaboración con la revista Le voiled’Isis, publicada por los propietarios de una librería parisina especializada en temas esotéricos: la librería Chacornac. Bajo el influjo de Guénon, la revista acabará llamándose Étudestraditionnelles, nombre mucho más ajustado al re-orientado objetivo de la publicación.

Circunstancias personales dramáticas sumadas a su búsqueda espiritual, llevaron a Guénon hasta El Cairo en 1930, ciudad en la que vivirá el resto de su vida como un musulmán más.  En su refugio egipcio, lejos del ruido de la convulsa Europa de post-guerra, continuó e intensificó su trabajo como escritor a la vez que aumentaba su correspondencia. Eventualmente recibió visitas de estudiosos que deseaban conocer al que será llamado “el último metafísico de occidente”. Su ardua tarea no se verá interrumpida hasta los últimos días de su vida, que finalizó prematuramente en enero de 1951.

Vemos como su obra, antes denostada más allá de círculos muy concretos, comenzó a ser traducida a varias lenguas y a ser leída y discutida por intelectuales occidentales y orientales. El pensamiento guénoniano, si bien no generó estrictamente una escuela, inspiró e influyó a muchos autores que también contemplaban las diferentes tradiciones religiosas como formas relativas de una Tradición Primordial, que sería la philosophiaperennis propuesta por los renacentistas. A pesar de su heterogeneidad, todos los tradicionalistas reconocen a Guénon el haber formulado lo esencial de la verdadera metafísica en un lenguaje asequible para el hombre occidental. Nos remitimos de nuevo al texto de Jean Borella para conocer lo que se ha llamado la Escuela Tradicionalista así como al trabajo de Luc Benoist para conocer el pensamiento de un autor estrictamente guénoniano. El corpus textual de Guénon, aunque revisable y criticable en algunos aspectos, es todavía, en lo esencial, un  valioso espejo delante del cual el mundo moderno ve reflejados sus errores, excesos y carencias, como por ejemplo el olvido del pensamiento simbólico, el único capaz de atisbar los fundamentos de la realidad.

 

La doctrina de Guénon y la importancia del símbolo

Como ya se ha apuntado, el trabajo de Guénon gira en torno a la metafísica, que para él es el origen del verdadero conocimiento, al que sólo se puede llegar a través de la intuición intelectual. Pero para poder acceder a dicho conocimiento, previamente debe acometerse una reforma intelectual del hombre moderno. Y esta tarea Guénon la realizó con firmeza atacando los principios del mundo profano-moderno y alertando de los cantos de sirena del ocultismo. Arremetió contra espiritistas, teosofistas y ocultistas de toda clase. Fue muy estricto también con la masonería, a la que consideraba depositaria del conocimiento de los verdaderos símbolos, pero que estaba desorientada al encontrarse mezclada en asuntos temporales y profanos. Críticas semejantes recibió también la Iglesia Católica.

Una vez apartado el grano de la paja, el hombre que aspire al verdadero conocimiento tiene ya las vías abiertas y las desviaciones y los errores, claramente señalados. Entonces aparecen tres temas fundamentales en la obra guénoniana: metafísica, tradición y simbolismo, los cuales deben servir como conductores hacia la realización espiritual del individuo, esto es, a la toma de conciencia efectiva de la realidad del espíritu. Este estado solo puede alcanzarse tras una iniciación verdadera, es decir, que venga dada por una tradición espiritual auténtica a la que el iniciado se debe unir y practicar fielmente en sus dos aspectos: esotérico y exotérico. Jean Borella ha desarrollado perfectamente este esquema y encomendamos al estudiante la lectura de su texto, antes referido. Por nuestra parte, debemos centrarnos en el área del símbolo, lo cual nos permitirá  igualmente tocar los otros temas señalados un poco más arriba.

Los intentos del ocultismo por explicar los símbolos tradicionales iban bien encaminados en tanto que veían en ellos un lenguaje común para conocer la Verdad Una, para acercarse a ese Dios supra-religioso, que no era fruto del pensamiento del hombre, sino revelado. Sin embargo, el desconocimiento de la Tradición daba lugar a interpretaciones erróneas, que llevaban incluso a la ignorancia más supina. Así pues, Guénon, recupera la idea de “símbolo” en su sentido tradicional: El símbolo es un medio de conocimiento del más alto nivel. Los símbolos son el modo visible bajo el cual lo invisible se manifiesta al hombre. Ponen al ser humano en relación con los estados superiores del Ser, esto es, con aquellos grados de realidad que están más próximos a la Realidad Universal, que ya no es creación, sino origen de toda manifestación y que es en sí misma eterna. Así, partiendo de niveles sensibles, el iniciado puede llegar hasta los inteligibles gracias al símbolo, puesto que los niveles inferiores traducen la realidad de aquellos superiores en forma de analogías (por eso al pensamiento simbólico se le llama también analógico o ciencia de las correspondencias). Los símbolos son el apoyo contingente imprescindible para que el ser humano alcance los planos no fenoménicos.

 

Más allá de la naturaleza

Por eso es tan importante la simbología en la obra de René Guénon, la cual va toda enfocada a aquello que está más allá de la naturaleza, de la physis (meta-física). Esto no quiere decir que se desprecie el mundo natural, al contrario. En tanto que teofanía o reflejo de la trascendencia divina, la naturaleza es toda ella un símbolo. De igual forma, el lenguaje matemático, los mitos o la música, son también maneras simbólicas que se deben saber interpretar.

Esta visión sobre el símbolo repercute directamente en la concepción del arte, el cual, según Guénon, había perdido el rumbo en la  época moderna. Para Guénon, la obra de arte debe ser un soporte para la contemplación intelectual. Un soporte consciente de algo que lo sobrepasa y trasciende. Es decir, debe actuar como un símbolo. Así, para nuestro autor  y para toda la escuela tradicionalista, el arte de los últimos cinco siglos (el límite puede oscilar) es un mero estetismo o, como mucho, una manifestación de la psicología individual del artista, que en nada pueden ayudar a alcanzar lo universal.