En el vídeo, Raimon Arola propone distintos ejemplos relacionados entre sí para explicar qué es la búsqueda del sentido de los símbolos. Lluïsa Vert lo ha sintetizado en el texto que lo acompaña.

 

Al igual que hasta hace muy poco tiempo los pueblos africanos “daban vida” a las estatuas de sus dioses mediante unos secretos rituales mágicos, los antiguos egipcios “vivificaban” las estatuas de los suyos mediante una operación que el egiptólogo Sotirios Mayassis resume en uno de sus escritos: Por lo visto se trataba de la transmisión de un fluido magnético, llamado sa, mediante la imposición manos, de modo que el oficiante se ponía detrás de quien lo recibía y operaba sobre su nuca o su espina dorsal. Por medio de esta operación el hombre o el dios que trasmitía el influjo magnético a las estatuas o a las momias les infundía la vida, pero, y eso es importante distinguirlo, estaríamos hablando de la vida celeste, puesto que el sa era, según Maspero, ‘la fuerza divina, la virtud divina’. Así, el sa de vida, penetraba en la estatua o en la momia, animándola y haciendo que se conservase intacta.

Al igual que los pueblos africanos “daban vida” a las estatuas de sus dioses mediante unos secretos rituales mágicos, los antiguos egipcios “vivificaban” las estatuas de los suyos mediante una operación de transmisión de un fluido magnético llamado sa,

Podrían añadirse otros testimonios de estas curiosas prácticas de vivificación de las estatuas, pero no es nuestro propósito. Lo que importa es que nos parece una imagen excelente para explicar el contenido de los símbolos. Los símbolos son vivos en la medida que contienen la potencia de la vida. No se trata sólo una metáfora sino que entraríamos en el terreno de la magia, la llamada magia operativa sobre la que se cierne tanta ignorancia, ya sea a favor como en contra. En la actualidad, aún podemos entrever su sentido al contemplar una creación artística que nos atrae o nos deja indiferentes según algo que no podemos identificar; este algo es su contenido, su vida interior. Sin duda, ha sido vivificada por el artista, seguramente de modo inconsciente, pero de forma inequívoca y eso es lo que reconoce el espectador.

Lo que ocurre en el arte, ocurre también en el universo simbólico. Si los símbolos están vivos concuerdan con el devenir de lo creado y atraviesan los distintos niveles de la realidad, desde la más inferior a la más elevada o de la más sutil a la más concreta.

Los símbolos son vivos en la medida que contienen la potencia de la vida.

Un grabado de Robert Fludd, que sigue las enseñanzas de los antiguos pitagóricos, explica de manera extraordinaria esta concordancia (incluso a nivel etimológico) viva entre los distintos niveles de la realidad, se trata de un monocordio, es decir, de una cuerda que en la parte inferior aparece atada a la tierra mientras que la mano divina la templa correctamente en la parte superior. De abajo a arriba, pasa por los cuatro elementos, los siete planetas y las esferas superiores, mientras que el centro de todo ello es el Sol. Lo interesante de este monocordio es que cuando suena una de sus partes, todo el conjunto del universo replica este sonido, por eso representa la escalera que une el cielo y la tierra pues vibra desde una parte hacia el todo. Así ocurre con los símbolos vivos: se hallan en correspondencia con los distintos estados de lo creado, y su significado vibra a distintos niveles. Hay que recordar aquí que una posible explicación de la magia sería cuando una parte de la creación dinamiza el conjunto de lo creado. A este encuentro de lo particular con lo universal se le ha llamado “vibrato”, pues recuerda  la vibración de una cuerda –la del monocordio de Fludd– que al actuar sobre un punto, una nota, resuenan al tiempo todas las octavas, desde las más graves y profundas a las más agudas y elevadas.

Louis Cattiaux explicó este mismo proceso en relación a la pintura: “Se han de buscar los tonos transparentes y abiertos que dejan pasar la luz en su ir y venir, creando de ese modo un «vibrato» del color, que equivaldría al «vibrato» de la música producido por el desfase ínfimo del sonido”.

Cuando suena una de las partes de este monocordio, todo el conjunto del universo replica este sonido, por eso representa la escalera que une el cielo y la tierra pues vibra desde una parte hacia el todo.

Los símbolos vivos se esconden de la mirada de aquel que en los Salmos de David está descrito del modo siguiente: “Tienen boca y no hablan, tienen ojos y no ven, tienen orejas y no escuchan” (Salmos 135), es decir, del ídolo, el hombre exterior, que no participa del vibrato que armoniza la creación con el devenir del universo.

Un grabado de 1616 de Steffan Michelspacher representa esta enseñanza. Se titula “Conjunción” y en él aparece una montaña en cuyo templo interior se celebran las bodas secretas entre el Cielo y la Tierra. Es el lugar donde los símbolos se convierten en realidades vivas, por eso esta montaña es conocida por muy pocos hombres, como aparece representado en la imagen: en la parte inferior derecha se ve a un personaje con los ojos vendados, es alguien que no tiene ojos para ver, que da la espalda a la gran conjunción simbólica representada en y por la montaña santa. Este hombre no sabe nada del misterio de la alquimia y, al igual que los habitantes de la cueva platónica, conoce tan solo las sombras que puede observar a través de la venda que cubre sus ojos y que representa el mundo profano. Otro personaje, en cambio, siguiendo a una liebre se dirige hacia la montaña. “Cuando menos se espera salta la liebre”, dice un refrán popular que posee una evidente lectura hermética, pero para interpretarla debemos recurrir a los jeroglíficos de Horapolo, donde se dice lo siguiente en relación a este animal: “Cuando quieren significar apertura pintan una liebre, porque este animal tiene siempre los ojos abiertos”.

La montaña es el lugar donde los símbolos se convierten en realidades vivas, por eso  es conocida por muy pocos hombres

En el grabado, la montaña se levanta solitaria como si tratara de una isla flotando en medio del mar del mundo y aparece rodeada por un círculo con los doce signos zodiacales y los cuatro elementos en cada uno de los cuatro extremos. Debajo de la imagen de cada signo hay otro que indica una sal, pues existe una correspondencia entre los signos zodiacales del cielo y las sales de la tierra.

En la cima de la montaña se ve al dios Mercurio que surge de una fuente octogonal en medio de un jardín cerrado; Mercurio es el eje de la imagen, el mensajero entre lo superior y lo inferior. Le acompañan los otros dioses planetarios dispuestos en parejas: Sol-Luna, Marte-Júpiter y Venus-Saturno. En el interior de la montaña, como en una cueva, aparece el palacio donde se consumarán las bodas químicas y al que se accede por una escalera de siete peldaños en los que están escritas las siete operaciones del arte de la alquimia. Las bodas están representadas por un rey y una reina desnudos en el interior del palacio, junto a un atanor. Allí se produce la conjunción de todas las partes de la creación. Es un momento culminante del simbolismo. Sobre el palacio real están representados el Sol y la Luna y, más arriba, el ave Fénix.

El ave Fénix es aquella que renace de sus cenizas. En el Kinkaku-ji o “El templo del pabellón de oro”, en Kyoto, un Fénix remata el bello templo que fue construido originalmente en 1397 como villa de descanso y que después se transformó en un templo Zen. Al igual que la montaña del grabado de Michelspacher, el ave que resucita de sus cenizas es el símbolo que conjuga el conjunto del edificio en la armonía de las concordancias. Así el Kinkaku-ji es algo más que una cosa bella, es un símbolo vivo.

En las bodas químicas que se se celebran en el interior de la montaña se produce la conjunción de todas las partes de la creación. Es un momento culminante del simbolismo

A contemplar la naturaleza debería ocurrir lo mismo, demasiado a menudo sólo vemos un conjunto de objetos más o menos bellos, pero las partes forman un todo que sólo se puede aprehender por medio de la visión interior. Una fotografía de Manel Armengol recoge un instante que permite contemplar el vibrator de la luz en los elementos y su armónica conjunción. En este caso, como en otros muchos, el arte nos guía para comprender la naturaleza, pues el primero es la continuación de la segunda. Las imágenes de los dioses hindúes (como hemos visto en una clase anterior: Arte y magia) son una manifestación de los fenómenos naturales y una manera de comprenderlos. Así, para penetrar en el vibrator de las formas naturales y en las correspondencias que genera, viajaremos conducidos por los dioses al universo simbólico. Nuestra ruta sigue a los cuatro elementos: fuego, aire, agua y tierra, pues como escribió Louis Cattiaux: “Los cuatro elementos forman el alfabeto con el que Dios enseña a los hombres clarividentes” (‘El mensaje reencontrado’ 5, 49).

En un jeroglífico propuestos por Kircher para explicar los secretos de la naturaleza, aparecen reunidos cuatro dioses de la antigüedad clásica, Apolo, Mercurio, Baco y Hércules, representados por medio de cuatro atributos relacionados con los elementos: Apolo preside la composición y representa el Sol y, por consiguiente, el fuego; la maza de Hércules duplicada sostiene la esfinge de Apolo y representa la tierra; la base es la copa de Baco, donde está el agua; y, finalmente, el caduceo de Mercurio, como el aire, vincula lo inferior con la espléndida guirnalda que celebra el encuentro de los elementos. Este emblema de Kircher nos lleva a recuperar el origen la filosofía elemental de la mitología antigua en la que los dioses representaban los elementos de la naturaleza, el fuego, el aire, el agua, o la tierra y tomaban la forma de los accidentes naturales, ya fuera una montaña, representando al elemento tierra, o un río, al elemento agua.

En la mitología antigua, los dioses representaban los elementos de la naturaleza, el fuego, el aire, el agua, o la tierra y tomaban la forma de los accidentes naturales, ya fuera una montaña, representando al elemento tierra, o un río, al elemento agua.

Los cuatro palos de los arcanos menores del Tarot, que son los mismos que los de la baraja española, simbolizan los cuatro elementos, al igual que unas nuevas representaciones de los dioses grecorromanos que antes hemos mencionado. Hay que insistir, sin embargo, en que ninguna de estas imágenes simboliza los elementos vulgares sino otros, puros, conocidos solo por los filósofos de la naturaleza y los alquimistas y que los antiguos representaron bajo la forma de dioses o héroes. El as de bastos, que representa el elemento tierra y corresponde a Hércules, el héroe que debe superar las distintas pruebas para llegar a la apoteosis y que simboliza las etapas de la purificación de este elemento hasta alcanzar la pureza perfecta. El elemento agua está representado por el as de copas y corresponde a Dionisos, el dios que llegó a través del mar para traer el cultivo de la vid a los hombres, personifica este elemento en su estado puro. El as de espadas representa el elemento aire, personificado por Mercurio, el alado dios mensajero que con sus viajes unía la tierra con el cielo. Por último, el elemento fuego se representa por el as de oros y también por el dios Apolo, el sol filosófico que simboliza la culminación de todo el proceso.

La Europa cristiana pretendió borrar del imaginario colectivo la herencia pagana, pero lo que ocurrió fue más bien una traslación en la que los vestigios politeístas prohibidos se refugiaron en las leyendas y las tradiciones populares, por este motivo, los dioses fueron sustituidos por los seres fabulosos que encontraron en la llamada cultura fantástica o popular el lugar más adecuado para desarrollarse. Las imágenes del Bilderbuch o libro de imágenes de Friedrich Justin Bertuch, publicado a principios del siglo XVIII, cautivaron al público infantil, al se dirigía en un principio, pero gustaron también al público adulto. En este libro, sirenas, grifos, panes, unicornios, y toda clase de seres fantásticos conviven con los hombres, algo que ahora y gracias a la psicología, no nos parece tan descabellado puesto que se sabe que constituyen una parte importante del inconsciente colectivo.

Los cuatro palos de los arcanos menores del Tarot, que son los mismos que los de la baraja española, simbolizan los cuatro elementos

En los capiteles románicos anteriores a la reforma cisterciense se encuentran muchas de las más bellas representaciones de los seres fantásticos. En el claustro de San Pedro de la Rúa, por ejemplo, en uno de sus capiteles aparece la figura de una sirena, un ser de agua, que acompaña a la representación del signo astrológico de Sagitario, un signo de fuego. Otros seres imaginarios ligados con los elementos son los enanos, manifestaciones del espíritu de la tierra así como los gigantes lo son del aire. En este sentido destacamos la tradición popular que consiste en el baile de los gigantes y los cabezudos, es decir, la danza de los seres terrestres y los aéreos o la danza de la tierra y el cielo.

A lo largo de la historia estos seres imaginarios han sido nombrados de muy distintas maneras y representados bajo múltiples formas; importan poco los nombres, lo relevante es que realmente existen. Su existencia está ligada a la propia vida y al dinamismo de los objetos y de los fenómenos naturales, una vida que los cohesiona y los habita pero que es difícil de percibir mediante los sentidos exteriores. Por eso, solo los visionarios, los niños y, a veces, los locos, pueden contemplar la personificación de las energías vitales en seres fantásticos, de igual modo que se podría contemplar el transcurrir de la vida de un árbol; esto es, viendo al mismo tiempo cómo nace, cómo crece, cómo se reproduce y cómo muere.

La existencia de los seres fantásticos está ligada a la propia vida y al dinamismo de los objetos y de los fenómenos naturales, una vida que los cohesiona y los habita pero que es difícil de percibir mediante los sentidos exteriores.

Paracelso escribió en 1550 un tratado titulado Libro del ente espiritual que versaba sobre estos seres vinculándolos con la magia renacentista; los llamaba entes espirituales y argumentaba que son: “los espíritus del cuerpo, de naturaleza invisible e impalpable”.

Si bien es un tema universal, en la tradición popular catalana tiene una gran importancia otro ser fantástico o espiritual que aparece en todas las fiestas ya sean laicas o religiosas, sobre todo, en las vigilias: se trata de la figura del dragón, un ser arquetípico relacionado con el simbolismo de los elementos: del fuego, pues lo escupe por su boca; pertenece al aire, pues lleva alas; también al agua, pues está cubierto de escamas; y está relacionado con la tierra, pues es cuadrúpedo… Muchas veces aparecen como guardianes de tesoros o princesas debido a la ferocidad de su aspecto, pues, si bien en el dragón están representados los cuatro elementos, éstos se muestran en un estado caótico, es decir, sin orden ni armonía entre ellos, por lo que se destruyen mutuamente. El dragón representa el paso previo a la obra del artista que ordenará este caos y lo convertirá en el germen de la vida auténtica, el gran tesoro que aparece tras la disolución de la ferocidad inicial.

El dragón, que tambiés es el símbolo de los cuatro elementos, representa el paso previo a la obra del artista que ordenará este caos y lo convertirá en el germen de la vida auténtica, el gran tesoro que aparece tras la disolución de la ferocidad inicial.

La leyenda de san Jorge es un ejemplo perfecto de la materia inarmónica, representada por el dragón, que guarda en su interior la luz pura de la naturaleza, simbolizada por la princesa prisionera del monstruo. Ella, finalmente, será liberada por un enviado celeste, personificado en la figura de san Jorge, entonces la luz pura, oculta tras el caos elemental podrá aparecer en todo su esplendor. Esta idea está magníficamente representada en la pintura de Paolo Uccello, San Jorge y el dragón, realizada en 1455, que se conserva en la National Gallery de Londres. Se trata de una pequeña tabla que sigue la composición lineal señalada por la lanza del santo guerrero que parece surgir del remolino que crea la nube superior derecha; esta diagonal principal se complementa con la de la montaña donde se halla la cueva en la que habita el dragón. Así el cielo sigue la línea compositiva principal, mientras que la tierra, la complementaria. La princesa está prisionera del dragón puesto que la materia pura en la que se aúnan los cuatro elementos en armonía está oculta en el interior de la materia bruta, cuya representación es el fiero dragón. Una vez que el hombre celeste vence su resistencia, esta materia, representada como una bella joven, es liberada y aparece como el complemento terrestre de san Jorge, el guerrero celeste.

En un manuscrito medieval que recoge el pensamiento científico de la época se representan a los cuatro elementos, las cuatro cualidades y las cuatro direcciones, utilizando en este caso una antigua tradición de origen griego que explica que las cuatro letras de ADAM corresponden a las cuatro iniciales de las direcciones espaciales: Anatole (Oriente), Dysis (oeste), Arktos (Norte), y Mesembria (Sur). Así las numerosas imágenes que se refieren al cuaternario fundamental explican, todas ellas, el hombre nuevo. El arte románico también quiso mostrar esta enseñanza situando al Maiestas Domini en el centro de los cuatro evangelistas que, a su vez, representan los cuatro signos fijos, los cuatro elementos y, evidentemente, las cuatro direcciones.

El arte románico quiso mostrar esta enseñanza situando al Maiestas Domini en el centro de los cuatro evangelistas que, a su vez, representan los cuatro signos fijos, los cuatro elementos y, evidentemente, las cuatro direcciones.

El hombre nuevo siente un amor profundo por la gnosis y la persigue como el caballero errante sigue el rastro de la amada, y en esta búsqueda debe atravesar el laberinto, a poder ser conducido por el hilo de Ariana. En los rituales masónicos, al igual que sucedía en los de Eleusis, el iniciado debe superar distintas pruebas para ascender desde la oscuridad hasta la luz. Esta oscuridad es, en efecto, una de las imágenes con las que se simboliza el infierno que Karl Kerényi, estudioso de los misterios clásicos, relacionó con el laberinto: “En la época prehomérica la imagen del inframundo fue pensada como un laberinto”.

Los ojos del espíritu perciben fácilmente la evidencia de la eternidad y las manos del conocimiento la manifiestan sin esfuerzo. Louis Cattiaux

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