Fragmento de «De natura rerum, libri novem», de Paracelso. Traducción de Carmen de la Maza, Obelisco, 2007, pp. 90-97.

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Cuando los minerales y los metales son extraídos de la tierra, además de sus impurezas, conservan el archeus y el espíritu que recibieron de los astros superiores, que se manifiestan, entre otras cosas, por medio del color distin­to que toman dichos minerales y metales y que son los signos de los mismos. Así, descubrimos fácilmente los minerales que contienen oro, los que contienen plata, los que contienen cobre, los que contienen hierro, etc., y también, los que contienen varios de ellos mezclados. Debe entender­se que solamente pueden estudiarse de manera fiable cuando están en las minas o acaban de salir de ellas en nuestra presencia, de manera que no tengamos la menor duda de que sus colores y texturas son auténticos y no han sido manipulados por los hombres. También habrá que tener en cuenta la profundidad donde se han criado y la antigüedad de la vena de donde proceden, pues cuanto más antigua y profunda, más fiable será su estudio dada la concreción de su contenido y menor su cantidad de impurezas.

Según afirman los filósofos, todos los componentes del mundo crecen continua e ininterrumpidamente mientras permanecen en su matriz, tanto si ésta se encuentra dentro de la tierra como si se coloca afuera. Inmediata­mente después, cuando la matriz desaparece, se multiplican según su sustan­cia, medida y peso por medio de los elementos externos hasta el tiempo pre­destinado, distinto para minerales, vegetales o animales.

Estos elementos externos marcan los días de vida de las cosas de una manera categórica, pues desgastan mucho la materia, pero aquello que ha permanecido siempre dentro de la tierra al no estar sometido al calor, al frío, a la humedad, a la sequedad, al viento, etc., se conserva por mucho tiempo y no se ve afectado por la podredumbre ni por la descomposición.

Todo lo que acabo de decir se refiere a los metales y a las piedras, pero también puede referirse, excepcionalmente, a algunos hombres que pasan gran parte de su vida en la caverna de la montaña donde son sustentados y protegidos. Sobre esto he escrito un libro completo, por lo que no voy a repetir aquí las mismas cosas.

Aunque nos desviemos de nuestro propósito principal, que es el estudio de la quiromancia, deseo enseñar algo más sobre las minas. Como ya he dicho, las vetas más profundas y ocultas son las más antiguas y de mejor cali­dad; las de menor valor son, generalmente, más superficiales y se rompen o agrietan con facilidad.

De hecho, cuanto más profundamente descendamos, mayor y mejor será la veta que encontremos puesto que la profundidad aumenta su crecimiento y cualidad, lo que observamos por la facilidad con que se separa de su ganga. Así pues, si la calidad de la veta superficial es buena, mucho más lo será en la caverna, además de que allí tiene la posibilidad de multiplicarse mucho más.

Aparte de esto, hay que decir que muchos expertos en metales creen que la profundidad de la veta es de una importancia capital –cosa que les enseña su propia experiencia–, pero añaden que la calidad del metal depende tam­bién de que la mina mire a oriente. Nosotros sabemos que no es así, pues si la profundidad y las condiciones son las adecuadas, veremos que el resulta­do es igualmente bueno en una mina orientada de norte a sur o de oriente a occidente.

Existen otros signos que pueden observarse en el interior de la tierra por medio de los minerales y sus colores. Algunos mineros saben que cuando encuentran mineral de cierto color mezclado con la arcilla que extraen, están muy cerca del metal a que corresponde dicho mineral y su color. También sucede que cuando la tierra extraída carece de metal pero es untuosa, rica, y de tonalidad blanca, negra, roja, amarilla, verde o azul intenso, un mineral y un metal de dicha tonalidad están escondidos muy cerca de allí. La malaquita, por ejemplo, que se encuentra cerca de tierra verdosa, presagia la pre­sencia de bronce verde. El arsénico, se encuentra cerca de tierra blanqueci­na e indica la presencia de cobre. Si la tierra contiene mineral dorado o pla­teado estamos cerca del oro o de la plata, y allí donde la tierra tiene un color ferruginoso encontraremos hierro. Los mineros tienen así una base certera para continuar sus operaciones, de lo contrario, prefieren desistir en su empeño.

Debemos destacar que a veces puede suceder que el archeus, que perma­nece escondido en la cavidad más oculta de la mina, por debajo del metal, emerja y surja. Esto es muy buena señal y los mineros no deben desistir de continuar su búsqueda, pues, ciertamente, están muy cerca de su descubri­miento. También es muy buena señal que en la superficie y, adheridas a las piedras, se observe la aparición de finas capas de metal o de talco.

En cuanto a las crepitaciones resplandecientes, deben observarse y estu­diarse cuidadosamente, porque son la prueba absoluta de que allí se oculta algún canal que contiene partículas del mismo metal. El chisporroteo men­cionado procede de partículas de dicho metal, aún inmaduro, en contacto con el aire sutil que llega por el conducto, antes de ser fijado convenientemente, como lo haría el esperma masculino al penetrar en la matriz femenina. (1)

Por otra parte, hay que saber que dichos chisporroteos pueden ser de tres colores distintos, es decir, blanco radiante similar al color de la luna, amari­llo dorado, o bien, rojo. Nos indican la clase de metal que vamos a encontrar allí: cuando se trata de chisporroteos blancos radiantes como la luna, estamos cerca del estaño, el plomo o la plata. Cuando son rojos veremos pronto el cobre o el hierro, y si son amarillos dorados, sin duda se trata de oro.

Debo de añadir, además, que un chisporroteo tenue y sutil es una óptima señal, como lo es, también, la flor pequeña y escasa de algunos árboles, signo seguro de que sus frutos serán grandes y sabrosos. Pero ¿qué es el chisporroteo? Eso también lo explicaremos aquí. Hay que saber que aparece de noche en las minas como un fuego centelleante, justa­mente así, y también, como un polvo ígneo esparcido hacia adelante a par­tir de su núcleo o pedernal. (2)

De este modo, se dice que el chisporroteo si­gue un trayecto, ya sea de oriente a occidente, de occidente a oriente, del septentrión al mediodía, etc.

Sin embargo, lo más importante es que sepáis que estos chisporroteos indican los Dones de Dios sacados de la tierra, pues, cuando Dios creó al hombre, introdujo en él una parte divina que permanece escondida, pero puso señales externas para que alguien sagaz pudiera reconocerla. Así, los hombres son como las minas que contienen un tesoro secreto que es nece­sario sacar a la luz.

Los Sabios que han sabido descubrir este secreto, también nos han deja­do pistas e indicios reflejados en sus textos, estatuas, fuentes, etc., como ruta a seguir para encontrar y sacar a la luz nuestro tesoro oculto.

Desde el punto de vista material, los antiguos caldeos, por ejemplo, usa­ban la sciomancia para guardar el secreto del lugar donde se encontraban sus minas. Esta técnica consiste en fijar un día y una hora en que el sol o la luna proyecten una determinada sombra sobre el lugar donde se esconden. Las sombras han sido desde siempre objeto de estudio, ya que por medio de ellas se puede descubrir, por ejemplo, el recorrido de los astros y muchos otros detalles sobre ellos, además de ser unos valiosos signos cabalísticos para aquellos diligentes estudiosos que las observen.

Debe tenerse, pues, muchísimo cuidado en no dejarse seducir por cual­quier arte adivinatorio, que son generalmente vanos e inservibles, como las varitas mágicas confeccionadas por quienes se hacen pasar por conocedores y pretenden que con ellas se pueden encontrar las minas del metal con que las confeccionaron. Sin duda, si alguna vez aciertan, fallan docenas de veces.

También existen señales diabólicas fraudulentas como los espectros o las visiones en los cuales no hay que creer, pero sí saber que el demonio a veces las usa con fines engañosos. No existe ningún templo construido donde el diablo no haya puesto su capillita, y no existe capillita que no contenga su pequeño altar. No hay semilla que al ser plantada se vea libre de crecer junto a la cizaña.

Para observar cualquier visión o aparición, es condición indispensable el soporte del cristal, o del berilo, o del espejo, o de la superficie de las aguas que, al contacto con la luz, reproduzca la imagen. Sin embargo, los hay que, más allá del mandato divino, hacen un abuso ignominioso de la potencia de la luz de la naturaleza para alcanzar buenos resultados en necromancia. Algunas visiones no han de ser reproducidas, pero puede justificarse su uso si se sigue un procedimiento distinto.

Ahora no hablaremos más de la generación primera, sino que nos referi­remos a asuntos que tratan de la Regeneración o segundo nacimiento.

Cuando hablamos de Regeneración nos referimos a Cristo. De hecho, existe una contradicción aparente en las Escrituras, pues en el Antiguo Testamento se muestran muchas ceremonias, ritos y conjuros cuyo objetivo es la obtención de la Regeneración, mientras que en el Nuevo Testamento se pierden o ya no se practican. Muchos entienden que aquellas prefigura­ciones se referían a Cristo, por lo que una vez realizado su Ministerio, dejan de tener interés en ellas.

Sin embargo, para nosotros, los cristianos, vuelve a ser imprescindible acercarnos de nuevo a la ciencia mágica y cabalística practicada por los hebreos, pero no para derogarla, sino para cumplirla (Mateo 5, 17) En nuestro libro Sobre la visión ya he enseñado muchas cosas sobre ella, por lo que aquí no
me repetiré. A pesar de ello y como os amo sinceramente, quisiera expresa­ros cuan maravillosamente Cristo, Hijo de Dios, por medio de los ángeles y, si somos cristianos fieles, opera y conversa fraternalmente con nosotros y nos convierte en verdaderos ángeles, miembros de Cristo, que es nuestra cabeza y reside en nosotros para que vivamos en Él y Él en nosotros como nos enseñó en su Santa Cena.

Pero como nuestro propósito sigue siendo tratar sobre los signos de los minerales, volveremos a hablar principalmente de los chisporroteos o crepi­taciones luminosas que se manifiestan en las vetas de las minas. Así como, según hemos explicado, el metal que aún es imperfecto, anuncia su presen­cia por medio del chisporroteo mencionado, así también, la tintura de los físicos, en el momento de convertir el oro y la plata imperfectos en oro y plata perfectos (o bien, metales blancos en plata y metales rojos en oro), muestra, como signo peculiar, un chisporroteo similar.

Tan pronto como una pequeña masa se convierte en metal líquido y, tintura y metal líquido se encuentran en el mismo mego, aparecen, entre los cuernos de la cabeza del chivo, (3) los chisporroteos mencionados o fulgor natural, como sucede con el del oro y la plata finos.

De hecho, nuestra tintura procede de los astros. Hay que saber, además, que una chispa astral o celestial, que en realidad es su primer ser, subsiste en el núcleo del metal durante todo el tiempo en que éste
permanece escondido y que corresponde a un astro preciso. Así, el oro contiene una chispa de Sol, la plata de Luna, el cobre de Venus, el hierro de Marte, el estaño de Júpiter, el plomo de Saturno y el cinabrio de Mercurio. Tan pronto como la parte volátil alcanza su perfección coagulándose con el cuerpo metálico fijo, la partícula celestial que contenía dicho cuerpo metálico imperfecto, desaparece y deja tras de sí un metal muerto. A continuación, la partícula celestial mencionada alcanza su perfección absoluta y adquiere la facultad de comunicarla por contacto a cualquier cuerpo. Por esta razón, nuestro oro y nuestra plata, que han sido tocados por dicho Cuerpo celestial perfecto o tintura, adquieren, a su vez, sus mismas propiedades y se
convierten en un medicamento con el que no puede competir ningún otro y en un oro maravilloso que ninguna mina podría crear por medio de la naturaleza. Así pues, nuestro Mercurio, obtenido de ese modo, es
infinitamente más noble y más fijo que el mercurio común, y sucede lo mismo con todos los metales.

En consecuencia, yo afirmo que cualquier alquimista que tenga en su poder el oro celestial o tintura de oro, puede convertir en oro, por con­ tacto, cualquier metal de color rojizo. Si tiene tintura de plata, puede con­vertir metales blancos en plata. Si tiene tintura de cobre, puede convertir metales de color similar en cobre. Si tiene plata viva celestial, puede convertirse en el cuerpo de Mercurio.

Pero todos estos astros, pueden prepararse también por medio del Arte Espagírico, aunque aquí no es nuestra intención hablar de ello. Esto corres­ponde a los libros que hablan de la transmutación de los metales.

En cuanto a las verdaderas señales que indican su presencia, debéis saber que nuestra Tintura que en su interior contiene en sí oro celestial, es inmutable por completo, adquiere una sustancia fija y tiene la capacidad de penetrar al máximo en los cuerpos que toca, que posee un magnífico color de rubí y cuando se presenta como un polvo, su tonalidad es de un rojo púr­pura como la flor del azafrán. Su textura puede ser también como una resi­na fluida, transparente como cristal o frágil como vidrio pero de una gravi­dez colosal.

La tintura blanca, que en su interior contiene Luna celestial, también es una sustancia fija, de desarrollo inmutable y máxima blancura resplande­ciente. Su textura es como una resina fluida, transparente como cristal o frá­gil como vidrio, pero dura como el diamante.

Además de los mencionados, existe el cobre celestial, que posee un color parecido a la esmeralda. Su textura es como una resina fluida y su con­sistencia, pesada. El estaño celestial es de un blanco un poco apagado o empañado y fluido como la resina. El hierro celestial es de un intenso color rojo. Se parece a un granate brillante y posee una textura parecida a la resi­na fluida. Es frágil como cristal, de sustancia fija y muy poderosa. El plomo celestial es como el cobalto, negro pero transparente. Su textura es pareci­da a la resina fluida. Es frágil como cristal pero posee el peso del oro.

La plata viva celestial posee un maravilloso color blanco resplandecien­te que desprende fulgores de distintos colores. Es parecida a los copos de la más fría de las nieves pero sutil y penetrante, aunque posee una acidez corro­siva. Es transparente como el cristal, se disuelve fácilmente como la resina y es fría al tacto en la superficie y cálida como el fuego en su interior. La parte superior es volátil y si se pone sobre el fuego, muy fugaz.

Por medio de estas descripciones, sin duda advertiréis que estas tinturas no pueden obtenerse ni del oro, ni de la plata, ni de cualquier otro metal, sino de su primer ente celestial. Saber esto os evitará cometer errores al principio.

Hay que tener en cuenta, además, que los metales sometidos al fuego emiten distintas señales como chispas, llamas, fulgores, colores, olores, sabo­res, etc., que pueden verse a una cierta distancia y que son los signos incon­fundibles de su presencia cercana, como en el caso que ya hemos expuesto a propósito de la reverberación del oro o de la plata, cuya señal auténtica es el fulgor o los chisporroteos sobre la cabeza del chivo. (4)

En otro orden de cosas debemos decir que es cierto que existe un vapor que puede separar metales aleados al plomo, pero no es necesario ni eficaz para el oro y la plata cuando son completamente puros.

Igualmente, si tomamos un pedazo de hierro y lo introducimos en un horno a muy elevada temperatura, veremos como el hierro se vuelve incan­descente y emite chispas, pero si lo dejamos mucho tiempo, acaba por con­sumirse completamente. De la misma manera, también, cualquier cuerpo terrenal, compuesto de mercurio, azufre y sal, cuando se le somete al fuego, exhibe peculiares y distintos signos según sea su porción de cada uno de los tres cuerpos antedichos. Así, por ejemplo, si echa mucho más humo que llama, es señal de que contiene más mercurio que azufre; si se consume enseguida cuando arde la llama echando poco humo, es señal de que contie­ne más azufre que mercurio. Esto puede observarse fácilmente en compues­tos untuosos como grasas, aceites, resinas o similares.

Si la llama no desprende ningún humo, es señal de que contiene mucho mercurio y que el azufre es casi inexistente. Esto puede observarse en las flo­res, en las hierbas y en los minerales y metales que aún permanecen simples, es decir, formados solamente por su primer ente, sin haber sido mezclados con azufre. Los minerales y metales que no humean ni se consumen en el fuego contienen en sí un equilibrio perfecto.

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NOTAS

1. «Se trata en realidad de una física completamente distinta. Son las bodas del cielo y la tierra, operación quymica muy secreta en la que ponen mano los discípulos de los sabios en el tiempo fijado por la natu­raleza. “Dan la señal la Tierra… y Juno nupcial (favorable a las nupcias, La Eneida IV, 166 y 167)”. He aquí las bodas del cielo y la tierra, de una tierra filosófica, por supuesto, y de un aire divino y celeste, en el secreto de una gruta oscura provista no obstante de un lucernario, como una catedral. Aun siendo Juno un aire rebelde y errante, la leyenda nos cuenta que Júpi­ter, su esposo, logró fijarla: la colgó por las manos en lo alto del cielo y le fijó los pies en los yunques del oro terrestre de Eneas. Y ¿de qué señal se trata aquí? Es la crepitación de esta pura sal nitro, del fuego terrestre y del éter, la porción más sutil del aire. Y sobre este hermoso nitro fluyen desde lo alto del vaso, cual gotas de rocío, las partes voláti­les de la materia no fijadas todavía» E. d’Hooghvorst, El hilo de Penélope I, Arola editors, Tarragona, 2000, pp. 11-120.

2. «En su libro sobre ocultismo, el señor J. Tondriau ha intentado resumir en pocas palabras una descripción del sabat de los brujos y brujas según los clichés encontrados, las más de las veces, en las actas de los interrogatorios de la Inquisición: Las brujas bailan alrededor del diablo llamado Léonard, que ilu­mina la asamblea con su cuerno del medio, y vienen a rendirle culto besándole el trasero, que tiene forma de máscara o de rostro humano. Resumimos mucho. ¿Cómo explicar estas descripciones que tan a menudo concuerdan pese a las diferencias de tiempo y lugar, realizadas por personas consi­deradas zafias e ignorantes? Los espíritus satánicos sólo se complacen con ilusiones delirantes, no tienen medida ni peso como en el Arte que los hubiera educado, pues son propiamente insensatos. ¿Cómo explicar esta convergencia de los insensatos? ¿No eran estos pretendidos brujos en realidad unos sabios? ¿No han revelado, a propósito de este sabat sacrílego del que se les acu­saba, algo muy distinto cuyo sentido eran totalmente incapaces de cap­tar los inquisidores? ¿Cómo puede ser que sus descripciones evoquen con cierta precisión el vaso de los alquimistas en la primera operación? Aquella luz del cuerno (¿cornuda?16) diabólico, por poco que sea des­crita como una luz azul, recuerda la primera conjunción a partir de la cual se hace el mercurio de los filósofos, donde las partes volátiles bai­lan alrededor del fijo antes de ser digeridas en él poco a poco por coc­ción». E. d’Hooghvorst, El hilo de Penélope cit., pp. 11-120.

3. Cf. Mateo 5, 17.

4. Véase nota 2, compárese el diablo Leonard (anagrama que en francés significa ‘el asno de oro’) con el chivo que menciona Paracelso. Ambos emiten el mismo fulgor desde el centro de su cabeza cornuda. La imagen, sin duda, no es casual.