Dos fragmentos inéditos de la obra atribuida a Paracelso ‘De secretis creationis’, que tratan de la “física sagrada que tiene por objeto el cuerpo mismo de Dios”. Traducción y edición de Hans van Kasteel.

blancParacels.Huser00Introducción de Hans van Kasteel
Hace unos veinte años, el gran especialista de Paracelso, B. Gorceix presentó al público de habla francesa un breve estudio sobre un tratado editado en 1575 y atribuido a Paracelso: De secretis creationis. (1) Emmanuel d’Hooghvorst reaccionó con entusiasmo: «Con este estudio, se nos hace la boca agua. ¡Rápido, una traducción fran­cesa del De secretis creationis!». (2)   

¿De qué se trata?

«Es un comentario de los primeros capítulos del Génesis, un texto sumamente valioso, al igual que toda exégesis de la Escritura que la tradición hermética nos ha dejado. […] Hay aquí toda una cosmogonía extraída del Génesis, una física… pero se trata de una física sagrada que tiene por objeto el cuerpo mismo de Dios». (3)

Después del preámbulo donde el autor subraya que la inteligen­cia de la Escritura santa es un don de Dios, el tratado De secretis creationis se divide en seis capítulos de longitud desigual, que comentan cada una de las seis operaciones de Dios en la obra de la creación. 

Proponemos aquí, además de este preámbulo, el segundo capí­tulo relativamente corto que comenta la creación del firmamento. El autor lo presenta como un cielo terrestre, o una tierra celeste que el sabio artista también puede hacer con sus manos, imitando al Crea­dor.

Nos hemos basado en el texto original alemán, reproducido en una edición de J. Huser (Estrasburgo, 1605). La señora R.M. Schnittjer-Wessels nos ha proporcionado una copia de éste y ha revisado y corregido varios pasajes de nuestra traducción. Apro­vechamos la ocasión para agradecerle su inestimable colaboración. También hemos sacado provecho del estudio de B. Gorceix.

La lengua alemana en la que está redactado el tratado no es nada sencilla y el autor parece «poco preocupado por ser lógico». (4) A veces incluso recurre a términos latinos sin traducirlos. Pero, como él mismo escribe: «Tened sumo cuidado, puesto que no he escrito ninguna palabra en vano». Deseamos que la presente traducción, a pesar de sus imperfecciones  pueda ser acogida con interés e indulgencia por el lector.

Paracelso1Fragmentos del Preámbulo de De secretis creationis
[…]

Ahora, enseñaremos brevemente la verdad de este arte que Dios Todopoderoso dio enteramente a los antiguos sabios: Él que reside en las alturas del cielo, crea y dirige todas las cosas; es fuente y manantial infinito de la sabiduría eterna, y la palabra de Dios altísimo que es el ser de todas las cosas. Por ello, al principio, todo aquél que desee aprender el arte y la sabiduría, debe pedirle a Dios la inteligencia. Dicha inteligen­cia está encerrada en este libro, en la palabra más verdadera, esta palabra es Dios mismo. A partir de la palabra, del tesoro más verídico, se puede producir con gran cuidado el tesoro a partir de la más pro­funda meditación, en el jardín de la asamblea más justa, de la verda­dera plantación, de la perfección de todas las verdades, es decir, todo lo que es Dios, su creación entera y las criaturas juntas con la natura­leza.

He aquí el tema, dividido en seis capítulos particulares. Apresuré­monos a estudiarlo con el progreso más natural y elevado de las cosas que tratan de la perfección más elevada y que hay que aprender. Y aquél que desee ser maestro en este arte de los secretos interiores y ocultos, que ponga toda su confianza y pensamiento en el nombre del Señor. Así, recibirá cierta y seguramente el salario del estudio, la cien­cia de los secretos, con la ayuda de la gracia de Dios y la meditación de su inteligencia. Debe someterlos y contenerlos sin ninguna negligencia. Sin embargo, deberá desenterrar el extremo del fundamento del edificio. Este fundamento del edificio del vergel de toda sabiduría y ciencia ilumina a los maestros del estudio. Es más bello y más valioso que todo, que la plata y el oro, las perlas y piedras preciosas y que todo lo que hay en la tierra. (7)

Y quien no se apresure a estudiar este libro, no podrá alcanzar aquel vestido y ornamento de honor y el valioso y secreto tesoro de la ciencia oculta. Pues aunque sean numerosos los que hacen creer mediante promesas que ellos mismos habitan en medio del vergel, yo os afirmo, tan cierto como que Dios es, que nunca en su vida han estado en el vergel de los secretos ni han poseído un saber como éste. Por ello, son comparables al asno que, siendo ciego, es conducido a la cena y no sabe hacia donde debe adelantar su boca. Y así es como hablan groseramente y a menudo discuten de cosas de las que no tienen nin­guna inteligencia ni saber. No obstante, les conviene todavía saber si desean complacer de otra forma sus nombres por y para los cuales quieren ser honrados o tener fama. ¡Cuántos hombres eminentemente sabios arguyen a menudo respecto a tantas cosas, y en realidad se parecen a un ciego que habla de los colores!

Por este motivo pues, debéis estudiar y aprender en este opúsculo todo lo que se puede aprender aquí del jardín secreto. Este secreto se encuentra más allá de cualquier secreto de la ciencia, oculto en todas las cosas de la naturaleza y las criaturas. Por ello, pues, tomad y reci­bid el don de Dios, en nombre del SEÑOR Jesucristo.

Dios no ha tenido comienzo ni principio y tampoco tendrá fin.

Es natural reconocer y pensar que Dios no ha tenido comienzo ni principio. Ya que si Dios hubiera tenido un comienzo, este mismo comienzo debería haber sido una sustancia o un ser. Dicho ser, a su vez, debería siempre haber tenido un principio, y este principio debe­ría entonces haber tenido también un comienzo y así sucesivamente, siempre hasta que, por fin, se encuentre una cosa o un ser cuyo comienzo no pueda ser hallado. Ya que mientras se pueda encontrar el comienzo de una cosa, no se puede decir que ésta no tenga comienzo. Y por eso es por lo que debe haber necesariamente un ser cuyo comienzo no pueda ser hallado. Así pues, la última cosa que se encuentre no debe tener comienzo y principio, es decir, un ser, una sustancia sin comienzo ni principio. Y, a continuación, esta misma sustancia debe haber sido en primer lugar y todas las demás cosas han procedido de ella. Por ello es natural creer que Dios no ha tenido comienzo, cuando no se encuentra ningún comienzo ni principio más que Dios.

Asimismo es natural reconocer que tampoco puede tener final. Ya que si una cosa toma su comienzo de un ser o sustancia, también puede ser destruida de nuevo por este mismo ser. Y por ello, si Dios no ha tenido comienzo ni principio a partir de ningún ser ni sustancia, tampoco puede tener final por ningún ser ni a partir de ninguna sustancia. Así pues, Dios ha sido eternamente, sin principio, ya que en Dios no encontramos principio ni comienzo. Por ello también permanecerá eternamente.

Así pues, Dios ha sido eternamente, sin principio, y será también eternamente, sin final y su potencia está por todas partes, en todas las extremidades y en todas las cosas.

Y Dios es un ser eterno en el cual se encontraban las formas de toda su apariencia, de su sabiduría, del Hijo y según la voluntad de su divino Espíritu Santo. Esta apariencia y forma era un resplandor de fuego en su divinidad. Por ello Dios puede estar oculto donde quiere; y también puede revelar lo que desea a quienquiera. Por esa misma razón, su carácter oculto y revelado no es un fuego común, ya que no se deja esconder mucho tiempo sin revelarse, según su voluntad divina.

Paracelso2Este fuego oculto era una evidencia y un resplandor que refle­jaba. El ser del resplandor no es muy comprensible para la razón humana, en el entendimiento de su inteligencia. ¿Bajo qué forma, apa­riencia y resplandor, ha sido Dios en su ser divino? Pero para los ánge­les y la ciencia espiritual, ha sido un relámpago, un ser y un resplandor, como los espíritus lo han dado a conocer perfectamente y como es natural pensarlo.

Puesto que un verdadero color azul (5) contiene en sí mucha luz como también muchos colores ocultos, desconocidos. Pues un her­moso color azul es muy alegre y agradable de contemplar, y el res­plandor brillante de los colores ocultos, cuya luz sale y vuelve a entrar, duele a los ojos carnales y destroza el brillo de la mirada humana a causa del destello brillante de la luz ígnea y oculta, que no se puede conocer en las sustancias tenebrosas y ocultas. Por eso, el Espíritu dice: «Los ojos carnales no pueden verlo» (6) ya que el color azul con­tiene oscuridad y luz que ninguna otra criatura creada puede conocer, y que sólo el consejo puede hacer saber y conocer.

Así pues, antes de que Dios Todopoderoso creara el cielo y la tierra, había también oscuridad y luz mezcladas juntas. Por tanto Dios es un corpus (‘cuerpo’) y un espíritu, ya que ha sido visible como un fuego dentro de una llama oscura.

Pues un fuego es considerado como un corpus (‘cuerpo’) y como un spiritus (‘espíritu’), ya que lo que se ve es corpóreo y lo que no se puede asir es espiritual. Por este motivo, está escrito: «Dios es un fuego y un espíritu». (7) Y el Espíritu de Dios ha sido en su propio ser. Dicho ser ha sido la luz y la claridad de toda luz. Ha sido un spirituale corpus (‘cuerpo espiritual’), un ser aéreo. Es lo que dice Baruc: «Éste es nuestro Dios y ningún otro será estimado ni nombrado frente a él». (8) Por ello Pablo dice: «Fuera de él, en él y por él son todas las cosas. ¡A él gloria y honor!». (9)

Y así, antes de que Dios Todopoderoso creara todas las cosas, ya sabía con certeza cuantos ángeles habría, cuántos hombres y cuántos entre los ángeles caerían y cuántos hombres serían salvados, y cuántos estarían perdidos. También sabía lo que cada hombre haría y los pen­samientos de su corazón, lo que debería decir y observar y cuál sería la muerte de cada cual. Y asimismo, Dios sabía perfectamente cuál sería el número de sus criaturas creadas. Ya que Dios ha sabido y visto eter­namente todas las cosas en su divinidad y ha sido capaz, por la eterni­dad de su divinidad, de dar el ser a todas las cosas y crearlas como es natural pensarlo.

Cuando un obrero artesano quiere empezar a edificar una obra, pri­mero debe imaginar la obra que desea llevar a cabo en su espíritu: su apariencia, forma, anchura, tamaño, altura y profundidad (10) así como la sustancia utilizada, madera o piedra u otro material. También podrá deducir cuánto tiempo podrá perdurar, según esté en un lugar seco o húmedo. A continuación, según este mismo criterio, optará por la sus­tancia. Después de todo ello, también podrá evaluar, aproximada­mente, el coste de la obra.

Paracelso3Es natural pensar lo mismo respecto a Dios todopoderoso, sabidu­ría eterna y maestro de todos los maestros, de quien el mundo toma su sabiduría y magisterio y también cada uno mientras ello plazca a su voluntad divina. ¿Cómo es posible que la sabiduría eterna, el maestro, no haya sabido ni visto de antemano, en la primera divinidad y sabidu­ría, como serían todas las cosas que fueron creadas aquí abajo, el comienzo, el medio y el fin? En albañilería esto sería imposible: que no lo hubiera sabido ni visto todo de antemano en su ser divino y sabi­duría, ya que Dios es principio y causa de todas las cosas. Por ello es natural pensar que ha sabido y visto de antemano cómo se volverían y serían todas las cosas por su divinidad eterna, todopoderosa que está por encima de todas las cosas.

Es pues indudablemente un Dios verdadero de quien y a partir del cual todo ser recibe su principio, origen y vida, a través del que ha creado todas las cosas, por su Verbo eterno. Es lo que muchos docto­res escriben y enseñan: cómo la sabiduría divina ha sido descrita en la Biblia, que es su palabra, la del Verbo eterno. Por esta palabra, el Verbo eterno ilumina todas las cosas conscientes que Dios ha creado, como los ángeles, los cielos, las estrellas, los cuatro elementos, así como otras criaturas inteligibles y todos los hombres que vienen a este mundo. Todo ello se ha producido y ha existido por el Verbo eterno. Este verbo, como dice Jerónimo, el sapientísimo Platón no lo conoció, ya que el Verbo ha permanecido totalmente desconocido para los elo­cuentes. Es también lo que escribe Demóstenes y también Pablo a los Romanos: «Por cuanto habiendo conocido a Dios, no obstante no lo honraron como a Dios, sino que se perdieron en sus propios pensa­mientos». (11)

Por ello, Salomón dice: «El libro de la vida es un testamento del Altísimo, y una ciencia de la verdad». (12) Concluid y entended todas estas cosas. Este libro es la Biblia y es el de la Santa Escritura, el libro de la vida que es inmortal y no tiene fin, como lo dice Ezequiel en la persona de Dios: «Le he dado mi justicia, el hombre actuará para que permanezca en ella; y los que habitan en ella, tendrán la vida eterna». (13) Por este motivo, pues, no encontramos salvación ni beatitud en ningún libro ni ciencia del hombre más que en la sabiduría de su Dios. Esta sabiduría se encuentra solamente en el libro de la santa Escritura que es la Biblia. Ella hace conocer al creador y salvador de todas las criaturas. Examinad este libro correctamente; entonces, encontraréis y comprenderéis lo que Juan ha escrito en su Evangelio. Juan ha hablado abiertamente de Dios y de todas sus criaturas creadas y de todas las cosas: la justicia que Dios ha dado al hombre, para que viva y actúe en ella, según está escrito. A continuación, el Evangelio de Juan: «In principio», hasta «plenum gratiae et veritatis». (14) Amén.

La segunda operación de Dios

En la segunda operación, Dios dijo: «que se haga un firmamento, [una solidez, (15)] entre las aguas. Y Dios hizo el firmamento y separó el agua bajo el firmamento del agua por encima del firmamento. Y Dios llamó al firmamento: cielo». (16)

Dicho cielo ha sido extraído y creado por la palabra del Verbo eterno, a partir de la más noble, pura, sutil, clara y fecunda sustancia del aire, a partir de la primera materia de las aguas. (17)

La creación del cielo es pues una tierra-luz. Pues la tierra espiritual es un corpus (‘cuerpo’) claro, transparente, imperecedero, incombusti­ble en sí mismo, sacado de todos los elementos en cuanto a materia y forma. Y la claridad del extracto procede de esta tierra espiritual que ha sido creada a partir de las aguas y hace que nazcan las aguas.

Dentro de dicho corpus (‘cuerpo’), o tierra espiritual, la com­plexión de las naturalezas y la fuerza de los cuatro elementos se encuentran mezcladas de forma totalmente equivalente en cuanto a peso, frialdad, humedad y sequedad. A causa de la homogeneidad de la mezcla y de la unión, ya ninguna corruptio (‘corrupción’) podrá nunca penetrar en ella ni podrá ser corrompido por otra cosa. (18)

Por tanto, toda tierra espiritual es separada de la corruptio (‘corrupción’), que es la impureza superflua de los elementos. La tie­rra espiritual está mezclada con esta superfluidad e impureza, por ello no se la puede ver ni observar en las cosas elementales y esenciales.

Y cuando se obtiene un elemento seco a partir de cualquier subs­tancia o materia elemental, se la llama igualmente cielo, según es posible y natural para un conocedor, artista y artífice del arte natural y filosófico.

Los filósofos han creado también dos tierras espirituales, a partir de las cosas elementales y esenciales cuya naturaleza es la más cer­cana a la tierra espiritual. Ya que en una cosa está más próxima, mejor, más breve; y si sólo hay dos, hay más de una que de otra. Pues la han conocido bien y sabido por la naturaleza que Dios todopoderoso ha creado aquí en este valle de la noche.

Pues hay dos tierras espirituales: en el cielo, y también en la tierra. ¿Y cuáles son estas dos tierras espirituales? Son las estrellas; y la otra tierra espiritual es el cielo en sí mismo. La tierra espiritual del cielo procede de las aguas, y las estrellas son una tierra espiritual proce­dente de las substantiae (‘sustancias’) corporales del cielo.

Paracelso4Por tanto, a partir de cosas de naturaleza terrestre podemos crear aquí sobre la tierra una tierra espiritual por la gracia de Dios, y tam­bién una creación del Espíritu Santo. (19) Un maestro llamado Elardus preguntó al espíritu si un hombre podía crear aquella tierra espiritual de la que los antiguos filósofos han hablado tanto en sus escritos. El espíritu respondió: «Lo que Dios ha creado y lo que se ha agenciado como propiedad, todo ello le es posible al hombre». (20)

Es por este motivo pues que los filósofos han obtenido a partir de un cielo la tierra espiritual artificialis (‘artificial’), porque tiene una potencia del cielo. Puesto que allí donde se encuentra esta tierra espiri­tual, hecha a partir de estos dos corpora (‘cuerpos’) elementales infe­riores, ningún espíritu malvado puede ni quiere quedarse, ni ir, en tan poca medida como Lucifer pudo permanecer en el cielo. Y a causa de su potencia, esta tierra espiritual hecha por arte, con manos de hom­bre, es comparada con el cielo y llamada con este nombre. (21)

Así pues, cuando una cosa ha sido primeramente separada de la impureza, no podrá nunca más mezclarse con lo impuro, ya que a par­tir de entonces son dos contraríete naturae (‘naturalezas contrarias’). Por ello tampoco es posible que el cielo perezca, o que se una de nuevo con la materia a partir de la cual Dios todopoderoso la ha creado, a pesar de que todo le sea posible a Dios. Pero Dios no actúa en contra de la naturaleza, ya que Dios ha dado a la naturaleza la pro­piedad de todas las cosas.

Y es así como Dios creó el firmamento del cielo a partir de la pri­mera materia.

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(Nota de Arsgravis: En la actualidad, por fin puede encontrarse la traducción completa de De secretis creationis en francés, ha sido publicada por la editorial Beya y forma parte de un volumen titulado “Paracelse, Dorn, Trithème” ed. de Caroline Thuysbaert, Bélgica, 2012. Más información: http://www.editionsbeya.com/collection)

1. Cahiers de l’Hermétisme, Paracelse, Albin Michel, París, 1980, pp. 249-267.
2. El hilo de Penélope II, Arola ed. Tarragona, 2006, p. 88.
3. Ibídem.
4. Ibídem.
5. Respecto a este color azul, recomendamos encarecidamente la lectura de «Barba Azul» en E. d’Hooghvorst, El Hilo de Penélope, t. I, Arola ed., Tarra­gona, 2000, pp. 177 y sigs.
6. Véase Isaías LXIV, 4; I Corintios II, 9.
7. Véase Deuteronomio IV, 24; Hebreos XII, 29.
8. Véase Baruc III, 36.
9. Véase Romanos XI, 36.
10. Véase Efesios III, 18.
11. Véase Romanos I, 21.
12. Esta cita en realidad procede del Eclesiástico XXIV, 22 (Vulgata).
13. Véase Ezequiel XX, 11.
14. Véase Juan I, 1-14.
15. El autor parafrasea ein Firmament por eine Vestung. Véase E. d’Hooghvorst, op. cit., p. 229.
16. Véase Génesis I, 6-8.
17. Véase G. Mennens, La Toisón d’or, I, 7 (citado en Le Fil d’Ariane n° 65-66, p. 59): «[…] Dios, fuente de todas las virtudes y bellezas, creó el cielo y la tierra, es decir, la materia primera y universal de las cosas; donde hay que entender ‘el cielo’, hachamaím en hebreo, por ‘las aguas’».
18. Según Isidoro de Sevilla, Etimologías XI, 1, 14, corpus (‘cuerpo’) significa preci­samente lo que está corruptum (‘corrupto’).
19. Véase Salmos CIV, 30, que se cantaba antaño en el momento de la Misa del Espíritu Santo: Emittes spiritum tuum et creabuntur et renovabis faciem terrae: «Enviarás tu espíritu y se hará una creación y renovarás la faz de la tierra».
20. Véase M. Ficino, De Arte Chimica, XX (Manget, Bibliotheca Chemica Curiosa, t. II, p. 183): «Cierto necromántico llamado Illardus, en Cataluña, hizo las siguientes preguntas al diablo: ¿Puede el hombre hacer esta piedra? Respuesta: Todo lo que Dios ha creado y que le pertenece, el hombre puede actuar en vistas de ello. Pero es muy difícil hacer la piedra. No obstante, se puede hacer». El diálogo entre Illardus y el diablo también está referido en: Artis Auriferae, I, pp. 629-631. A su vez E. Filaleteo alude a ello en Aula Lucís (Thomas Vaughan, alias Eugenio Filaleteo, Oeuvres Completes, La Table d’Emeraude, París, 1999, p. 371). Por último, se observará también la sorprendente paráfrasis de Virgilio, Bucólicas I, 6 en E. d’Hooghvorst, op. cit., p. 335.
21. Respecto a la tierra celeste, véase E. d’Hooghvorst, op. cit., p. 206.