Clase de RAIMON AROLA dentro del curso de extensión universitaria de la Universitat de Barcelona titulado “SIMBOLOGÍA. Planteamientos teóricos” dirigido por Raimon Arola. La primera edición fue en 2015-2016. Ahora ARSGRAVIS lo reproduce en forma de distintas entradas en la web.

Vídeo de la clase

 

El reencuentro simbólico en la contemporaneidad

A principios del siglo XXI, la simbología, es decir, el estudio de los símbolos tradicionales, es una urgencia puesto que el hombre actual necesita saber qué son y qué sentido tienen los textos, las imágenes y los ritos de los antiguos, en qué se asemejan y en qué divergen según las distintas culturas y épocas, y, sobre todo, cuál es su papel en la sociedad actual.

En un mundo de información y cruce de culturas como el actual, tiene poco sentido proponer novedades continuas sin tener en cuenta aquello que fue y, en consecuencia, fuimos; incluso los grandes avances tecnológicos necesitan recuperar formas y contenidos. En esta búsqueda de identidad adquiere cada vez más importancia el sentido del símbolo como aquello que está más allá o al margen de las circunstancias concretas en las que fue creado. El símbolo sería como un hilo de plata que reúne las distintas manifestaciones espirituales del ser humano a lo largo del tiempo y de las culturas.

C.G. Jung y Mircea Eliade. El símbolo en la academia

La simbología es una ciencia relativamente reciente y, por consiguiente, en muchos aspectos todavía demanda precisión, pero también, y paralelamente, exige un abandono de prejuicios. El estudio de los símbolos tradicionales conlleva un cierto desasosiego puesto que necesita del respeto a la manera de comprender el mundo de las culturas antiguas. Mircea Eliade, un personaje clave respecto a todos los temas que analizaremos en este curso, afirma que uno de los grandes encuentros del siglo XX es el “descubrimiento de la coherencia, la nobleza, la lógica interna y de la estructura metafísica de las culturas arcaicas, de las culturas supuestamente primitivas” lo que contradice a los estudiosos anteriores quienes solo veían magia y supersticiones en estas culturas.

Eliade estudió atentamente al antropólogo inglés James George Frazer, que en 1890 publicó un extenso trabajo donde reunió tradiciones que hasta entonces nunca habían estado relacionadas y que llevaba por título, La rama dorada: un estudio sobre magia y religión. Sin embargo, en dicha obra todavía se consideran a las culturas primitivas o arcaicas como “inferiores” a las religiones posteriores (básicamente al cristianismo). Una corriente que no cambió hasta que, con Eliade y otros importantes pensadores, el hombre occidental se dio cuenta de que su cultura no era superior a las demás.

También ayudó a este cambió los estudios sobre las correspondencias entre las mitologías de religiones distintas. Señalemos a Max Müller, quien a lo largo de la segunda mitad del siglo XIX propuso una nueva disciplina académica, imprecisa en muchos aspectos, a la que llamó “mitología comparada” y que se basaba en el descubrimiento lingüístico del origen común de las lenguas indoeuropeas. Los trabajos de Müller se consolidaron gracias a los estudios de Georges Dumézil quien supo encontrar “las dinámicas del espíritu humano”, en las estructuras mentales básicas que se reproducen tanto en la India como en Grecia o Roma, por poner unos ejemplos extremos.

Sin embargo, fue la psicología la que llevó al definitivo estudio de los símbolos antiguos como disciplina académica a partir, no de Freud, sino de la psicología de las profundidades de C. G. Jung, que inevitablemente se involucró con la antropología y disciplinas afines.

Los trabajos de Jung los enmarcamos dentro del llamado Círculo de Eranos, unos encuentros de intelectuales instaurados por Rudolf Otto, un teólogo protestante que desde la fenomenología abrió el camino del estudio comparativo de las religiones en su libro de 1917, Lo santo. Lo racional y lo irracional en la idea de Dios. Otto buscó el impulso de la espiritualidad al margen de las confesiones, algo que hoy en día parece superfluo pero que hace un siglo era un tema vital para el conocimiento humanista.

Los  encuentros se realizaban en la casa de Olga Fröbe-Kapteyn, en Ascona, y el 14 de agosto de 1933 se celebró el primero en torno al tema “Yoga y meditación en Oriente y Occidente”. Pero fue Jung, años más tarde, quien realmente los dinamizó al proponer el “inconsciente colectivo” como la fuente principal del pensamiento simbólico.

La lista de personajes ilustres que acudieron a estas reuniones es larga, tanto como los aspectos y matices que llenaron y todavía llenan de sentido a la simbología. Citemos algunos de los que compartieron con Eliade y Jung estas sesiones que se desarrollaron básicamente de 1933 a 1988: Martin Buber, Joseph Campbell, Henry Corbin; Jean Daniélou; Antoine Faivre; Pierre Hadot; Károly Kerényi; Herbert Read; Gershom Scholem; François Secret; Daisetz Suzuki; Shizuteru Ueda; Heinrich Zimmer; George Steiner; Elémire Zolla, etc.

Allí, el estudio de los símbolos se encontró con la antropología, la psicología, la historia -en especial de la religión-, la mística, el hermetismo, el yoga y otro largo etcétera. Las personalidades que intervinieron en los encuentros tenían poco en común y no formaban parte de una escuela ni tendencia intelectual concreta. Sin embargo, todo se conjugaban a partir de un sentimiento y una búsqueda que, a nuestro entender, se remonta al Renacimiento, cuando Pico della Mirandola escribía: “Gran milagro, oh Asclepio, es el hombre”. En Ascona no solo se revivificaron las propuestas renacentistas sino que se fundamentó la manera de entender el humanismo del hombre del siglo XXI, gracias a unos estudiosos especialista sus materias pero con una visión global sorprendente. La simbología encajó perfectamente en esta idea, puesto que es un “lenguaje” que recorre las distintas tradiciones y formas culturales. La siguiente clase está dedicada al Círculo de Eranos pues nuestro curso se basa en su legado.

Y por eso también dedicamos la última clase de este apartado a la figura de Juan Eduardo Cirlot, quien, en 1958, escribió el primer diccionario de símbolos recopilando entre otras las ideas surgidas en el Círculo de Eranos. Juan Eduardo Cirlot fue poeta, músico y crítico de arte, y de estas actividades surgió su diccionario como la forma más coherente de estudiar la simbología. Su diccionario es interesante además pues incorpora, además de los estudios de Eranos, a otros autores pertenecientes al movimiento que vamos a explicar a continuación.

Guénon y la escuela tradicionalista

Paralelamente al Círculo de Eranos, la simbología se ha nutrido de trabajos ajenos a la academia y más vinculados a sociedades secretas y personajes “extraños” en la historia de la cultura que apenas han sido estudiados con rigor. Los hemos incluido en el tercer apartado titulado: “Guénon y la escuela tradicionalista”. Por ser un tema tan peculiar y complejo es difícil abarcarlo de manera completa; sin embargo, hay que saber que éste fue el ambiente en que se formó René Guénon,  aunque más tarde él mismo se encargara de desprestigiarlo para abrir, seguidamente, una puerta para nosotros básica en el estudio de los símbolos fuera de la academia y que es la vida y el pensamiento según las fuentes tradicionales.

Pero vayamos por partes. En el siglo XIX, y como un fruto natural del Romanticismo, el simbolismo como tal se asoma a la historia. Surge como un movimiento artístico, principalmente literario, preconizado por Jean Moréas en un artículo aparecido en Le Figaro el 18 de septiembre de 1886 y conocido como el manifiesto simbolista. Apenas un mes después, este personaje funda, con Gustave Kahn y Paul Adam, la revista Le Symboliste. Las propuestas de Moréas contenían el germen del estudio sistemático de los símbolos, aunque primero fuera solo como la intuición de una búsqueda de aquello perennis et universalis de todas las tradiciones concretada en la creación artística. En el artículo aparecido en Le Figaro, Moréas lo deja muy claro: “…en este arte, los cuadros de la naturaleza, las acciones de los hombres, todos los fenómenos concretos no sabrían manifestarse ellos mismos: son simples apariencias sensibles destinadas a representar sus afinidades esotéricas con Ideas primordiales”.

Las “afinidades esotéricas” son los símbolos que permiten al hombre comprender y  vincularse con las Ideas primordiales. A partir de aquel momento fue como si de repente, Europa se diera cuenta de que era necesario exponer públicamente el pensamiento hermético transmitido secularmente mediante la masonería y las sociedades secretas. El simbolismo promulgado por Moréas hundió sus raíces en la obra poética de Charles Baudelaire. Su obra Las flores del mal de 1857 es el fundamento para ver el mundo de otra manera: lo oculto, o lo esotérico, resplandecen en el mundo, aunque lo oculto  sea “el mal”.  Si bien se ha escrito poco al respecto, el genio de Baudelaire está emparentado con la obra de Éliphas Lévi, Dogma y ritual de la alta magia, aparecida también en París en 1854.

El movimiento simbolista estuvo estrechamente ligado al florecimiento del ocultismo que inauguró Lévi y seguido por Papus. El ejemplo concluyente son los famosos salones de La Rosa-Cruz estética (o Orden del Templo de la Rosa-Cruz) creados por Joséphin Peladan en 1890. En aquel fin de siglo, el universo simbólico fue una mezcla abusiva de tradiciones de oriente y occidente, más cercanas a la superstición que al sentido propio de las tradiciones espirituales.

También se debe mencionar aquí la fundación de La Sociedad Teosófica que Helena Petrovna Blavatsky creó junto con unos amigos en Nueva York, en octubre de 1874, y que en Francia tomó cuerpo a partir de 1883 al formarse la Société théosophique de France. Ocultismo, teosofía, espiritismo, etcétera, fueron manifestaciones más bien desafortunadas de la búsqueda de la philosophia perenne que había pervivido en la Antigüedad y en el Renacimiento, pero de la que en el siglo XIX solo quedó un reflejo burdo y extraño… pero, aún así, allí estaba el símbolo. El ensueño del conocimiento del Gran Arquitecto del Universo, el Dios de todas las tradiciones, era el leit motiv que ocupó a estas sociedades masónicas o seudo masónicas. Éste era el lema de la  Sociedad Teosófica: “No hay religión más elevada que la verdad”. El valor de estos movimientos es muy discutible, pero no su influencia directa en el arte, tal como expone Mircea Eliade.

La teosofía y el ocultismo decimonónico toparon con la obra de René Guénon y este fue su fin al considerarlos este autor como modas equívocas y desviadas. Los títulos de sus primeras obras son significativos: El teosofismo: historia de una pseudorreligión, de 1921 y El error espiritista, de 1923. Según Guénon, durante el siglo XIX –y en general en el mundo contemporáneo– la auténtica iniciación masónica se había convertido en lo que llamó “contra-iniciación”, por eso su propósito fue revivificar la auténtica tradición iniciática, y por lo tanto simbólica. En demasiadas ocasiones, sobre todo en el marco académico, se ha prescindido de su obra y del trabajo de sus continuadores, pero al actuar así se margina un enfoque importante de la simbología.

 

La luz universal. Intento de reunión

Un apunte final que relaciona al Círculo de Eranos con la escuela tradicionalista y otros enfoques posibles del estudio del símbolo. El universo puede contemplarse en su expansión y en su concentración, lo que en términos simbólicos equivale a su manifestación y a su ocultación. Según muestra el esquema que presentamos cuando el símbolo está manifestado, el hombre está en e centro de la creación y el Espíritu lo envuelve como si fuera el cielo que podemos contemplar. Pero el símbolo también se vincula con lo oculto (evidentemente más allá del ocultismo), puesto que incluye la luz de la creación en el interior de sus formas y, obviamente, del hombre. El alma sirve en ambos casos como unión de los dos extremos.

El símbolo oculto es como el grabado que ilustra un libro del alquimista Eugenio Filaleteo. El viajero se acerca al centro del grabado después de atravesar las zonas más oscuras de la creación y entones, y solo entonces, puede contemplar la luz central, a la que denomina “luz de la naturaleza”. Es el Espíritu universal condensado en el interior de las formas creadas, un fuego que brilla en medio de la oscuridad y que demasiado a menudo se ha considerado como el principio del mal.

Conclusión

  • Podría decirse que el símbolo tradicional enseña la manera en que la materia se convierte en espíritu y el espíritu se convierte en materia. En el primer caso se estaría hablando de la espiritualidad exotérica, en la que el hombre se une con el espíritu universal. En el segundo de la espiritualidad esotérica, en la que el espíritu universal se condensa en el interior de la material.
  • Al lugar donde suceden estas transformaciones, y que en el gráfico adjunto aparece como el alma entre el cuerpo y el espíritu; Henry Corbin, recuperando la tradición paracelsiana, lo denominó: mundus imaginalis. Este mundus imaginalis une los dos extremos, espíritu y materia, que aparecen reflejados en la Tabla de esmeralda de los amantes de la alquimia: “He aquí, lo más alto viene de lo más bajo, y lo más bajo de lo más alto; una obra de milagros para una cosa única” y que Louis Cattiaux explicó con este aforismo: “Si juntamos lo más bajo con lo más alto por mediación de lo más medio, obtendremos el origen y el fin de todo lo que ha sido, de todo lo que es y de todo lo que será” (‘El Mensaje Reencontrado’ 32, 26).
  • El símbolo es unión.