Fragmento del libro «El buscador del orden» de R. Arola, con una ilustración de Bea Colom.


[…]

«El viaje por los secretos interiores de la noche se detuvo repentinamente y un ser desconocido, al que, sin embargo, reconocí como María, surgió ante mí y mirándome fijamente me preguntó: ¿quieres que te conduzca al lugar donde se origina el fuego?

»El ser dio media vuelta y comenzó a moverse por el aire oscuro sin esperar mi consentimiento. No la seguí de inmediato. Los monstruos de la razón se apoderaron de mí y un pánico indescriptible tomó la forma de unas aves nocturnas que se movían sobre mi cabeza. Las piernas me flaqueaban, la tierra se volvió pestilente, pero el deseo que sentí por María pudo más que mi razón y eché a andar tras aquel espíritu persuasivo. María parecía una hechicera vestida de negro con guantes y zapatos negros, pero me encontraba cómodo a su lado. Sabía que aquel ser de la noche no era malvado. Al contrario, era responsable y aplicado en su proceder, consciente de que con su actuación estaba preservando un tesoro inestimable. La pervivencia de los antiguos cultos ligados a la raíz más profunda de la vida, al oro negro, como lo denominaron algunos alquimistas.

»Descendimos por despeñaderos inacabables, prácticamente verticales. Nuestro andar era ligero a pesar de que cruzábamos bosques inexpugnables y zarzales desgarradores. Parecía que nos llevara el viento. Además, veía sin dificultad en aquella noche sin luna ni estrellas, como si alguno de los temibles brebajes preparados con sapos y víboras hubiese trastornado mi conciencia, permitiéndome penetrar en la boca del infierno. Nos acompañaban unos asnos voladores que rebuznaban con su sexo en erección. Después de dar tumbos como sátiros ebrios por unas rutas llenas de vegetación, llegamos a un lugar llano y desértico que se extendía más allá de donde alcanzaba la vista. De repente, María se convirtió en un cuervo al que acompañaban una turba de seres extravagantes, semejantes a los pintados por el Bosco. Hombres rapaces y aves contrahechas que emitían unos ruidos tan estridentes que ensordecían mi corazón. El suelo de aquella llanura era de una materia negruzca y maloliente como de cuerpos en descomposición. Materia y sólo materia. Materia muerta, sangre coagulada, sombras deformes e infinitas que estaban y no estaban». (pp. 40 y 41)

[…]

»En el momento de máximo vértigo, cuando aterrorizado temí que ocurriera algo que no pudiera soportar, María me habló suavemente al oído y me dijo: ahora verás el lugar donde nace el fuego. Al pronunciar esta frase, el estruendo se detuvo. Un silencio hostil nos paralizó. Nuestras miradas y las de todos los comparsas convergieron en un punto. Al principio la cabellera de María me impedía la visión, cuando la aparté vislumbré un espectro tan sorprendente que aún ahora me altero al recordarlo. Un macho cabrío sentado sobre un trono majestuoso iluminaba la reunión de los seres endemoniados con un cuerno luminoso que surgía de su frente

»María me susurró al oído: este es el lugar más bajo de la tierra, el más humilde, el inferior. Los ignorantes lo llaman Infierno, pero su nombre real es el de la región del fuego negro. Al final de los tiempos, aquellos que lo hayan buscado para obtener las riquezas que contiene o que lo hayan rehusado a causa de su ignorancia y de su miedo serán consumidos por este lugar que solamente muestra su secreto a quien llega hasta él sin deseo. La luz que ves en el cuerno alude a la primera cocción. No existe ninguna luz, ni en el cielo ni en la tierra, que esté separada de su raíz, la materia corrupta es necesaria para alimentar la luz pura.

»Después de la última afirmación de la sabia María, una gigantesca vela encendida sustituyó la imagen del gran cabrón. Observé que la luz de la llama nacía de la mecha que se consumía. A su alrededor brillada un resplandor negro que seguidamente se convirtió en azulado y, al final, apareció transformado en una luz blanca y resplandeciente como el oro».

 

Información del libro 

 

978-84-92408-06-1