Raimon Arola y Lluïsa Vert, «Pequeñas alegrías», Los pequeños libros de la Sabiduría. José J. de Olañeta, Editor, Palma de Mallorca, 2006.

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Prefacio

Querida amiga: Acabo de recibir las últimas correcciones, espero, de nuestros relatos y con ellos tu propuesta de llamarlos Pequeñas alegrías, ¿cómo podrían resumirse mejor los pensamientos intercambiados a lo largo de los dos años que hemos estado trabajando para dar forma a nuestros cuentos?

Siempre me he sentido seguro con tus decisiones, sobre todo cuando aparecen inesperadamente, como si la cosa no fuera contigo. Entonces las palabras acuden a rescatar las realidades perdidas y dan nombres exactos a las existencias.

Pequeñas alegrías es el término perfecto que define los desordenes ilusionados de nuestros pensamientos. Queríamos hablar de lo que nos apasiona sin tener que servirnos de discursos aburridos sino intentando distraer. Pero era un propósito vago, pues, efectivamente, no se trata de “distraer” sino de “alegrar” y ahora comprendo la diferencia. Distracción es sinónimo de evasión, un intento de escapar de la realidad que nos hiere. Alegrar, tal como lo entiendo, sería proponer acuerdos espirituales, abrir caminos de amor que permitan el avance de los deseos más íntimos de los corazones, aquello que es más propio y personal pero que también es lo más común, para que las causas del dolor y de la tristeza se conviertan en motivos de conocimiento

El espíritu del hombre se alegra cuando ve reflejadas en el exterior sus propias inquietudes, sus distintos modos de búsqueda. Tu y yo, sin ir más lejos, hemos vivido también la alegría que proporciona la aventura de reconocerse el uno en el otro mediante los cuentos. Quizá, al final sólo sirvan para eso.

Así, si no cambias de opinión, ni surge un imprevisto, nos vemos el viernes en mi casa, que es la tuya, para poner el punto final a los cuentos.

Un beso

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