Presentación de las imágenes alquímicas que aparecen en los distintos capítulos del libro de Raimon Arola, «Alquimia y religión. Los símbolos herméticos del siglo XVII», publicado por ediciones Siruela.

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En la obra que presentamos, Alquimia y religión, los símbolos herméticos del siglo XVII, se incide en el estudio de la alquimia tal y como se conformó en el Renacimiento, en especial a partir de Paracelso. En esta época, la filosofía alquímica se convirtió en el lugar común en el que algunos sabios concentraron un tesoro de conocimiento y desarrollo espiritual que, según ellos, debía llegar a convertirse en el núcleo interior y secreto de tradición cristiana. Y, también, el impulso necesario para una reforma del pensamiento religioso. Pero con el racionalismo que se impuso en Europa a finales del siglo XVII, esta ciencia o arte se guardó en el cajón de sastre que hoy en día se conoce como esoterismo y desde entonces se la considera ccomo algo completamente ajeno a la religión.

En esta época, la filosofía alquímica se convirtió en el lugar común en el que algunos sabios concentraron un tesoro de conocimiento y desarrollo espiritual.

Sin embargo, si se la estudia con atención, tras la aparente locura de los antiguos alquimistas se esconde una enseñanza que merece ser tenida en cuenta por los filósofos e historiadores de las religiones, de las artes y de las ciencias actuales. Sus postulados esclarecen registros y modos del ser humano que han permanecido olvidados, o enmarcados en campos disciplinares ajenos a la vida del espíritu. Con este olvido, se ha marginado del pensamiento occidental su universo simbólico más íntimo, expresado básicamente por medio de imágenes.

Con el olvido de la alquimia se ha marginado del pensamiento occidental su universo simbólico más íntimo, expresado básicamente por medio de imágenes.

Las imágenes de los tratados alquímicos del siglo XVII, pretendían, como unos nuevos jeroglíficos se tratara, reconstruir el pensamiento de la ‘prisca teología’ o ‘philosophia perennis’, una sabiduría que, supuestamente, hundía sus raíces en el origen de la humanidad o, si más no, en la doctrina revelada por el mítico Hermes Trimegisto, el sabio profeta egipcio, y que había llegado hasta la Europa cristiana con el impulso de renovar la espiritualidad de Occidente.