Presentación del libro, “El Símbolo Renovado. A propósito de la obra de Louis Cattiaux” en la Llibreria La Central (Barcelona) el 24-10-2013. La acompaña un fragmento del libro.

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Intervención de la Dra. Victoria Cirlot

Imágenes mencionadas por la Dra. Cirlot durante la intervención

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Fragmento del libro

Presentación 

1. En la obra de Louis-Ghislain Cattiaux (1904-1953) convergen los elementos necesarios para iniciar una reflexión sobre el sentido del símbolo en el tercer milenio de la era cristiana, en un tiempo y en un mundo globalizado y a la vez profundamente individualizado. La búsqueda de Cattiaux anunció aquello que ahora, sesenta años después, va viendo la luz, y que es, como acabamos de decir, el sentido del símbolo como una realidad que cristaliza, con sus luces y sus sombras. Una realidad que obliga a precisar con el máximo rigor posible las características de las nuevas morfologías que tratan de la única experiencia espiritual inherente al hombre.

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El título de este estudio se refiere precisamente a un conocimiento que se halla imbricado en una existencia y en el que las tradiciones de nuestros antepasados se aúnan con la experiencia particular e individual, complementándose. Desgraciadamente, en el mundo actual, el símbolo se identifica demasiado a menudo con ciertos esoterismos de poca profundidad espiritual. Y decimos desgraciadamente porque el término esoterismo se ha degradado hasta llegar a ser sinónimo de superstición, una especie de magia infundada sin relación con la religión, ni con la filosofía, ni con las ciencias humanas.

Nuestra propuesta se dirige a lo contrario, ya que el esoterismo bien entendido podría (y quizá, incluso, debería) ser el vínculo que permitiera un diálogo interreligioso y globalizado, puesto que puede desplazarse silenciosamente por las formas exteriores de las distintas confesiones sin alterar para nada su núcleo original. Una propuesta tal no es original, otras veces ha brillado con luz propia a lo largo de la historia, sobre todo durante el Renacimiento, cuya filosofía hermética pretendió reunir en torno al cristianismo la mitología de las antiguas tradiciones paganas y las enseñanzas de la cábala judía. Para ello debió utilizar ciertos «símbolos renovados» que habían perdido vigencia y que, a su vez, con el paso de los siglos, se convirtieron de nuevo en esoterismos vacíos y en absoluto unificadores.

Los límites de esta propuesta son imprecisos y, a la vez, abismales. Por eso, aquí tan sólo pretendemos abrir un ámbito de estudio que permita recobrar la riqueza de los símbolos tradicionales y hacerlos presentes y vivos sin caer en supersticiones ni sinsentidos, y evitando cualquier tipo de fundamentalismo.

Para desarrollar esta propuesta nos hemos servido de la obra de Louis Cattiaux, un personaje singular, un creador polifacético que, como les sucedió a tantos otros, la historia se ha empeñado en marginar; quizá, por lo mismo que acabamos de mencionar, pues, ¿dónde se ubica un artista que ha sido también filósofo, místico y alquimista? Así, los hombres que construyen su obra sin que se enmarque en una disciplina o una técnica pronto son olvidados cuando deberían ser los más reconocidos, pues sus aportaciones siempre abren horizontes, aunque sea difícil clasificarlos en los sistemas establecidos.

Este es el caso de Cattiaux. Los historiadores del arte no saben ver la mística de su pintura, pero los historiadores de la mística no entienden su fuerza plástica; a la vez que los religiosos y los filósofos se desconciertan y rehúsan estudiar su obra en profundidad. Sin embargo, y por diversos motivos que desarrollaremos detenidamente, la semilla interdisciplinar de la obra de Cattiaux quedó depositada en un libro también inclasificable, El Mensaje Reencontrado, en donde escribió estas turbadoras palabras:

«Los profetas nos han hablado de la sustancia y de la esencia de Dios, ¡pero nosotros escudriñamos sus textos para descubrir en ellos la historia, la moral, la poesía o la adivinación! ¡Oh, estúpida ceguera de los inteligentes y de los sabios! ¡Oh, mediocridad satisfecha de los creyentes

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2. Jean Rousselot (1913-2004), que fue un buen amigo de Cattiaux y un poeta destacado en los ambientes surrealistas parisinos, publicó en 1951 una breve semblanza de nuestro autor en la que lo califica como: «Un pintor perezoso», después como un: «Pintor, poeta…; y filósofo» y, finalmente, como: «Vidente, quiromántico y curandero;…un sabio». Lo que indica que Cattiaux del arte hizo una filosofía y de las videncias una sabiduría. Extractamos el texto de Rousselot:

«Un pintor perezoso». Existen cuarenta mil pintores en París. Sólo uno sacude sus alfombras sobre las verjas de Sainte-Clothilde, por la mañana; sólo uno vive en el campo en plena capital, con su gato sobre las rodillas: es Louis Cattiaux…

 «Pintor, poeta…» La pintura de Cattiaux se hace sola. Al menos en su ejecución; ya que la medita durante mucho tiempo; cada una de sus telas nace lentamente de una exigencia a la vez metafísica, religiosa y plástica. […] Tampoco necesita más tiempo para escribir sus poemas: Los poemas del holgazán a los que puso como encabezamiento esta frase maliciosamente atribuida a Hipócrates: “Demasiadas gentes que escriben, tienen las uñas sucias”. […] Poeta en su pintura –por su maravillosa invención que le permite dar cuerpo a sus postulados, carne a sus puras especulaciones– Cattiaux es pintor en su poesía, en el sentido de que cada uno de sus poemas es como una ilustración de lo que expresa pintando: Vírgenes alquimistas, tigres coronados por soles y ceñidos por la eterna serpiente. Deslumbrantes explosiones de un Cosmos que de pronto parecen la sístole del corazón.

 «… y filósofo» La filosofía de Cattiaux, y su metafísica, no oculta sus fuentes: la tradición, el esoterismo […] Su dios es el Único, su religión, el Amor. El Mensaje Reencontrado lo explica en cortos capítulos que se ajustan según una lógica interna que no se percibe inmediatamente.

«Vidente, quiromántico y curandero» “Hay que volverse vidente” decía Rimbaud. Cattiaux ha seguido este consejo. […] Se encuentre donde se encuentre, lo insólito se instala con él: siempre tiene el aspecto de venir de muy lejos, de un mundo pacificado donde se viviría sin comer, sin trabajar, sin combatir. Este vidente, sin embargo, no tiene nada de brujo….

 «…un sabio» Cattiaux, entre su esposa Henriette y su gato Poupinet, entre su paleta y su escritorio, lleva la vida de un sabio. Posee la alegría de un niño, el humor tierno de un santo […]. Al verdadero Cattiaux, hay que ir a verlo a la calle Casimir-Perier, mimado, mimando, y obteniendo los dones por el único ejercicio de su amor. “Ante quien se prosterna, se prosternarán” decía el gran poeta lituano Mislosz. “A quien da, se le dará”, tal podría ser la divisa de Cattiaux»

La casa de la calle Casimir-Perier, a la que se refiere Rousselot, era una galería de arte reconvertida en vivienda, un espacio tan pintoresco que llegó a convertirse en un lugar conocido en París. Allí podía verse al pintor trabajando a pie de calle, como en un escaparate.

3. El Mensaje Reencontrado, la obra principal de Cattiaux, es un libro difícil de comentar, casi diríamos que imposible. Cattiaux lo sabía, pero no podía hacer nada al respecto pues el Libro tenía una vida propia que él mismo era incapaz de alterar aunque fuera para hacerlo más comprensible o dotarlo de contextos culturales. Por este motivo, Cattiaux se esforzó en buscar maneras externas que ayudaran y acompañaran la lectura de El Mensaje Reencontrado. Sus pinturas, poemas, cartas, apuntes y un ensayo sobre la pintura titulado: Física y metafísica de la pintura, configuran un soporte de ayuda en la lectura del Libro y son los que hemos utilizado en nuestro trabajo. Ahora bien, hemos tratado de ceñirnos a la voluntad de Cattiaux y no confundir estas aportaciones con el contenido de El Mensaje Reencontrado.

Debido a todo lo que acabamos de mencionar, el libro que el lector tiene entre sus manos puede considerarse como protréptico, pues, inevitablemente, constituye una exhortación al conocimiento del símbolo renovado que, de algún modo, se identifica con el mensaje de nuevo encontrado.

Hemos construido este ensayo a partir de cuatro grandes apartados. El primero está dedicado a comprender la diferenciación y la identificación entre la personalidad de Cattiaux y los símbolos renovados que aparecen en El Mensaje Reencontrado y que van más allá del autor, quizá sea eso lo más complejo de todo lo escrito. Pera ello hemos insistido en qué es un símbolo y cómo no puede separarse de las santas Escrituras.

El segundo apartado trata del vínculo entre la creación artística y los símbolos renovados. El arte de primera mitad del siglo XX está marcado por un intenso proceso de búsqueda y de cambio, de todo ello participa Cattiaux. Son especialmente destacables las aportaciones surrealistas en tanto que indagaron en los mundos ocultos, siendo además la sensibilidad más próxima a Cattiaux.

El tercer apartado esta centrado en el ensayo que escribió nuestro autor, Física y metafísica de la pintura, y en las consideraciones que de él se pueden extraer. Señalemos quizá la más decisiva: la relación del arte con la magia, lo cual obligó a Cattiaux (así como a nosotros) a la comprensión del vínculo entre la magia y las tradiciones espirituales auténticas. Un tema siempre equívoco y a menudo mal interpretado. Esta parte termina con un capítulo dedicado al Nombre creador.

La última parte está dedicada a la alquimia y a la tradición hermética, lo cual nos obliga, de nuevo, a dilucidar entre el esoterismo trasnochado y lo que significó lo oculto para los antiguos maestros. En El Mensaje Reencontrado, Cattiaux no utiliza un lenguaje directamente alquímico, pero todo el libro está preñado por la misteriosa conjunción y la metamorfosis de los elementos naturales que conducen a la Piedra filosofal, y, a partir de ella, al universo de símbolos que explican el ser trascendente, pudiendo de esta manera volver al principio: el encuentro de las distintas tradiciones espirituales.

Más información:

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Raimon Arola. Universidad Barcelona. Cattiaux. Simbología. Arte. Alquimia.