Geometría y alquimia en la “Tabla de esmeralda”

Fragmento del volumen dedicado al pensamiento paracelsiano publicado en francés por las ediciones Beya, bajo la dirección de Caroline Thuysbaert y titulado “Paracelse Dorn Trithème”. En él se trata de la relación entre las figuras y los números y la “Tabla de esmeralda” de Hermes Trismegisto.

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En el fragmento de La luz física de la naturaleza que hemos seleccionado, Gerard Dorn (c. 1530-1584) reproduce el comentario del famoso abad de Sponheim, Johannes Trithemius o Tritemo, a las primeras frases de la Tabla de esmeralda de Hermes Trimegisto. De Tritemo se sabe que fue maestro de Paracelso, mientras que Dorn, si bien no fue un discípulo directo de Paracelso, contribuyó en gran manera a que su obra fuera conocida pues la tradujo al latín, el idioma común de la época. Gerard Dorn escribió también sus propias obras, todas ellas imbuidas del pensamiento de Paracelso y muchas de ellas destinadas a defenderlo ante los ataques que recibió después de su muerte.

En los comentarios de Tritemo y del propio Dorn, aparecen muy a menudo los conceptos aritméticos de lo unitario, binario, ternario y cuaternario, con referencias a la década pitagórica. En el volumen se incluyen unos gráficos que, si bien no pertenecen a La luz física de la naturaleza sino a otro tratado de Dorn escrito con anterioridad y que se titula La monarquía física, proponen una explicación visual y geométrica de los conceptos que acabamos de mencionar y que creemos necesario reproducir para acercarnos aunque sea someramente a lo que el pensamiento paracelsiano entendía por estos conceptos.

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Según Tritemo la unidad fue dividida y convertida en binario por la propia obra de la Creación:

“En efecto, dice Tritemo, antes de dividirse, el agua universal del abismo (que se menciona en el Génesis) era una. Por esta división es por lo que lo unitario produce lo binario, el primero de todos los números, no por sustancia sino por accidente”.[i]

La unidad y el binario que aparecen en el  Génesis, Tritemo los halla también en el texto de Hermes cuando dice: “lo que está arriba es como lo que está abajo, etc.” Según el abad, el binario aparece designado por “lo alto” y “lo abajo”. Sin embargo, para alcanzar lo que Hermes propone en su Tabla, es decir, “los milagros de una sola cosa”, el binario debe ser transformado en el ternario, que, a su vez “será convertible en unidad”. Así lo explica Tritemo:

“La unidad, en tanto que natural, es pues divisible o, más bien, contable en el binario; el ternario es reversible en una unidad distinta que se denomina segunda unidad, más allá de la cual es imposible progresar. Por eso toda operación de milagros que se detiene en los límites de la naturaleza desciende de la unidad por el binario en el ternario, pero no antes de que surja del cuaternario en la simplicidad, por el orden de los grados.” (p. 99)

Y aquí aparece la razón de toda la explicación de Tritemo recogida por Dorn: la operación de los milagros o  la magia que está propuesta al género humano, si bien hay que aclarar que Dorn escribirá siempre “sapiencia” o “sabiduría” allí donde Tritemo emplea la palabra “magia”. A este respecto, y para evitar malos entendidos, Dorn reproduce la opinión de Tritemo sobre esta ciencia natural o sobrenatural de la que afirma que nada tiene que ver con los demonios ni con las supersticiones que el vulgo le asocia, sino que actúa a partir del conocimiento interior de Dios, un conocimiento, añade, que nadie puede comprender ni tener si no lo recibe directamente del Creador. He aquí las palabras de Tritemo:

“Los que ignoran la profundidad de este encadenamiento se preguntan qué principios utilizamos para operar los milagros, y piensan equivocadamente que nos apoyamos en la ayuda de los demonios o cualquier superstición contraria a nuestra fe cristiana.  En cuanto a nosotros, no nos extraña que nos juzguen de este modo, visto su ignorancia de los [principios] susodichos. Pues como atestiguan las santísimas Escrituras en relación al conocimiento interior de Dios (conocimiento que nadie comprende excepto aquél que lo recibe) nadie puede ser iniciado a [estos principios] ni hacer uso de ellos si no ha recibido, por don divino, la comprensión de la luz singular de naturaleza en naturaleza, y si no se encuentra en él el fuego con la luz, el viento con el fuego, la potencia con el viento, la ciencia con la potencia, la integridad de una mens sana.”(p. 100)

Creemos que es a partir de estas premisas como debemos adentrarnos en el comentario a la Tabla esmeralda del abad Tritemo recogido por Dorn que empieza así:

A fin de mostrar con mayor claridad lo que Tritemo suscribe al arte de Hermes, he aquí sus palabras:

“Es verdad (como dice Hermes), sin mentira, cierto” y muy cierto por el conocimiento de la unidad, “que lo que está abajo es como lo que está arriba” y viceversa, visto que cualquier número sólo se compone de unidades, “para hacer los” numerosos “milagros de una sola cosa”. ¿No es cierto que “todas las cosas” provienen de una sola cosa, por la bondad del Uno, y que todo lo que se une con la unidad no puede ser diverso, sino que fructifica gracias a la simplicidad y a “la adaptación del Uno”? ¿Qué nace de la unidad? ¿No es el ternario? Escucha: lo unitario es simple; el binario, compuesto; el ternario, en cuanto a él, es llevado a la simplicidad de la unidad. No soy Tritemo, el de la mens triple, sino que disfruto de una sola mens gracias al número ternario que engendra un hijo verdaderamente admirable. “El Sol es el padre; la Luna, la madre, el viento ha llevado”, la simiente, “en su vientre”. “La tierra” lo ha alimentado. “El padre de” toda la perfección “del mundo total está aquí”. “Su virtud es completa” e inmensa, “si se convierte en tierra”. “Separarás la tierra del fuego, lo sutil de lo denso” y el ternario entonces devuelto a sí mismo, se elevará, “con genio” y gran “dulzura,  de la tierra al cielo y de nuevo” adornada con virtud y belleza, volverá “a la tierra”. “Recibe la fuerza” superior e inferior, y será entonces poderoso y glorioso en la claridad de la unidad, apto para producir todos los números, “y huirá toda oscuridad”. El ternario debe, pues, ser llevado enteramente a la unidad, si la mens quiere alcanzar la perfecta comprensión de estas cosas. Lo unitario, en realidad no es un número, pero todos los números surgen de él. El binario, que se separa de la unidad, es el primer número compuesto. He aquí porqué el binario debe ser eliminado, y el ternario será convertible en la simplicidad de la unidad. Todo número está compuesto de unidades. ¿No es verdad que “todas las cosas” derivan de la unidad, por la bondad “del Uno”, como se dice más arriba? ¿Que todo lo que se une a la unidad no puede ser diverso, sino que produce un fruto gracias a la simplicidad y a “la adaptación del Uno”? ¿Qué es lo que nace de la unidad? ¿No es el ternario? En consecuencia, lo unitario es simple; el binario, compuesto; el ternario, en cuanto a él, es llevado a la simplicidad de la unidad.

El Uno es en efecto un principio puro. El binario que se separa de la unidad es compuesto, puesto que es imposible que haya dos principios. Sólo el ternario, pues, sagrado en potencia y virtud, después de haber sobrepasado el binario, vuelve a s u principio, no por naturaleza sino por participación en la similitud. Dentro de este principio, la mens comprende, sin contradicción, todos los misterios del arcano bellísimamente ordenado. “Es” la bellísima virtud “de toda fuerza” que vence todas las  cosas mundanas.

Pero en realidad, las cosas necesarias para todo hombre que desee operar útilmente en este arte por la sabiduría natural, [aquí están] expuestas.

En primer lugar, no sólo debe tener una inclinación natural a este arte, sino que también dispone o al menos [está] disponible al magisterio del preceptor, por la rectificación del ternario en la unidad por el binario dividido.

En segundo lugar, debe tener un conocimiento suficiente de la lengua para que el vulgo no adquiera la tan gran majestad de la ciencia de la misma sapiencia natural. También es necesario que conozca el fundamento de la doctrina astronómica, o al menos, que tenga alguien que la conozca a su disposición.

En tercer lugar, hay que tener una cantidad de libros de esta ciencia, sólo los libros más irreprochables, como los que raramente se encuentran en nuestros días. [Es necesario] ya sea tener [los libros] a mano, o tener a alguien próximo que pueda corregir verdaderamente sus errores sin aumentarlos.

En cuarto lugar, es necesario tener un preceptor muy docto y muy experto en este arte, dado que esta ciencia está envuelta en misterios tan grandes que no se deja aprender sin sabios muy expertos, a menos que el Dios todopoderoso quiera iluminar la mens por un don singular (lo que en general se produce muy raras veces).

En quinto lugar, se requiere conocer la separación de lo alto y de lo bajo de el universo entero, desde el Uno hasta el cuaternario, reposando en el ternario. Igualmente hay que [conocer] el orden de la subida y el descenso, el grado, el número, la inflexión y la reflexión, el ser y el no ser, en el Uno y en el Tres. Pero hay que saber que esto es muy difícil, pues todas las raíces de efectos maravillosos (de la manera que se producen, tanto en la sabiduría natural como en la sobrenatural) se apoyan sobre el fundamento de este principio. Por eso, todo aquél que aprenda este orden y haya comprendido el modo mismo, será consumado en toda ciencia y alcanzará en la operación, las profundidades de la sabiduría y realizaciones efectivas admirables. Pero en vista de que es muy difícil el saber estas cosas, son muy raros los que obran útilmente en la sabiduría espagírica y numerosos, al contrario [los que obran] sin ningún fruto.

En sexto lugar, hay que conocer el modo de vida que conviene, el orden de trabajo, el momento favorable, la obra, el maestro de obra, es decir, el planeta, el lugar apto, la forma, la materia, la mezcla de la materia, lo puro y lo impuro, lo simple y lo compuesto, lo semejante y lo diverso, así como el vínculo entre las cosas conjuntadas, y después de todo esto, la medida de su propia anima, su virtud y bondad de entrar en potencia.

En séptimo lugar, hay que saber bajo qué dominación de qué planeta (del spiritus del momento, del día y del tiempo) se encuentra cada cosa del mundo, según su substancia, según su accidente, y sobre todo, según el efecto por el cual opera. En efecto, los inferiores están sometidos a los superiores, y sólo es por semejanza (que consiste en substancia, accidente, potencia, virtud, número, grado y propiedad) por lo que se hace una operación útil de cosas sorprendentes en la sabiduría natural, por la aplicación de uno sobre el otro, por un modo seguro en el arte.

En octavo lugar, el operador debe también saber y comprender, dentro de esta sabiduría, todas las propiedades de las inteligencias, sus grados, sus lugares o disposiciones, sus nombres o palabras y sus roles u obras y cómo se comportan en último lugar; [y debe comprender] cómo hay que operar por ellas en cualquier intención universal. O dicho de otro modo, antes que nada es necesaria la ciencia por la cual se perfeccionan ciertamente, al igual se que conserva la carne en sal para evitar que se pudra.

En noveno lugar, en aquello que no pueda hacerlo solo, deberá buscar asociados, ya sean dignos por naturaleza, ya se vuelvan dignos por enseñanza, pues la indignidad de los asociados impide la realización efectiva de la operación en todas las operaciones de la sabiduría tanto natural como sobrenatural.

En décimo lugar, es necesario, en este arte, que el operador sea de una confianza firme, que no dude ni vacile en ningún caso en cuanto a la obtención del resultado efectivo. Y ello no es por la razón que la credulidad sea una ventaja, sino porque la vacilación finalmente rompe por la mitad la firmeza del anima del operador y la vuelve débil. Sin su virtud estable, el influjo deseado de los superiores no se produce.

En onceavo lugar, aquél que quiera operar con fruto en la sapiencia natural[ii], debe conservar el mayor secreto y no revelar a ningún hombre ni el avance ni el fallo de la operación, ni la propia operación, ni su voluntad, ni su arte, no el momento, sino es a su preceptor o a su discípulo. En efecto, esta ciencia huye de lo público y raramente produce frutos perfectos cuando se divulga.

Nuestra filosofía es celeste y no terrestre, de modo que consideramos fielmente, con la mirada de la mens a través de la fe y el conocimiento, este principio supremo que llamamos Dios. [Debemos] creer verdaderamente que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo [son] un principio único, un Dios único, y el único bien supremo que existe de toda la eternidad en la trinidad de personas; [debemos] conocerlo con pureza y adorarlo sin cesar, [dedicándole] un culto de amor y servicio muy ferviente, [a él] por quien es todo lo que puede ser en cualquier lugar. Si la mens no se muestra animada en este sentido, no comprende nada de lo que es bello, y se consumirá en su ignorancia. Esta subida no es vulgar, y para alcanzarla no basta con imitar a los que se elevan con una sola ala. Solo es familiar a muy pocos, a saber, a los que se han devuelto a sí mismos a la unidad, ni a la ligera ni equivocadamente. Ciertamente muchos lo emprenden, pero no todos tienen el ternario en la mens. ¿No es cierto que para ver el cielo, necesariamente debemos elevar en primer lugar la cabeza y que la bajamos después de haber mirado hacia arriba? Solo se puede mirar al Sol con los ojos, las orejas no ven. Así, a fin de que el animus se eleve, que no haya una oreja, sino el ojo y el corazón y la unidad se haga a partir del ternario, gracias a la participación de la bondad al principio, pues el Uno es un bien todopoderoso y no el Dos o más. En efecto, si no se hace la unidad, no habrá conjunción de la similitud en la mens, ni participación en el bien, y sin ellos no habrá ninguna superación. Si no preceden, nadie podrá obtener la inteligencia de las cosas arriba ni la operación propia de las cosas de abajo. En cuanto a las cosas, ya sean universales o singulares, o en cuanto a las condiciones de las cosas, ciertas son necesariamente manifiestas, otras más manifiestas y otras muy manifiestas. Unas son ocultas, otras más ocultas y otras muy ocultas, tanto al sentido como a la razón. ¡Esta diversidad es obra de la naturaleza de las cosas! De lo que se deriva que ciertos hombres acaban por ser más sabios que todos los demás. Se llama más sabio a quien percibe las cosas menos perceptibles.

A su comprensión debemos abrir el acceso. En consecuencia, aquél que aspire a la filosofía adepta ya sea sobrenatural o natural, puede adquirir el acceso a cada una de ellas por medio de la otra. No obstante progresará con más seguridad si se conduce a sí mismo del binario al ternario por los grados del cuaternario, antes de intentar o presumir realizar lo mismo en el dominio natural. Aunque se pueda acceder igualmente a lo sobrenatural en sentido inverso, por medio de la medicina espagírica, esta vía es, no obstante, más errática que la otra y podemos equivocarnos más que en cualquier otra. Por esta razón, persuadiría a todo el mundo de que avanzara con preferencia por la otra. Iníciate en ella, excelente lector, vuelve atento tu animus y presta oído. (p. 106 y sigs.)



[i] Paracelse, Dorn, Trithème, Caroline Thuysbaert éd. , Beya, Grez-Doiceau, Bélgica, 2012, p. 99. Más información en http://www.beyaeditions.com/livre13.htm

[ii] Antes se ha advertido que Dorn reemplaza la palabra “magia” que emplea Tritemo por “sabiduría” o “sapiencia”.