El mensaje secreto de las cosas

Reseña de John Hipólito de una obra oriental del s. XIII en la que los habitantes no humanos de un jardín hablan con el autor para comunicarle sus secretos.

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Azz al-Dìn al-Muqaddasî es un oscuro autor del siglo XIII, olvidado hoy incluso en Oriente. El insigne orientalista francés Joseph Héliodore Garcin de Tassy, discípulo de Silvestre de Sacy, publicó en Paris (1821) una traducción de una obra suya bajo el título: Les oiseaux et les fleurs, allégories morales (1).

El texto se presenta como una colección de emblemas poéticos, en los cuales los habitantes de un jardín (el viento, las nubes, las flores, los pájaros, los insectos) hablan con el autor, comunicándole sus secretos. Dice Garcin (2) que el planteamiento de la obra de al-Muqaddasî es que todos los seres de la naturaleza tienen la facultad de transmitir un mensaje, de hacerse entender de una manera distinta a la del hombre, puesto que carecen de lenguaje. Por ello se dirigen al hombre mediante un lenguaje de símbolos y le hablan a través de su naturaleza, de sus propiedades y de sus actitudes. Este lenguaje, mudo y sin embargo muy elocuente, es bien conocido en la literatura árabe, y se denomina lisân al-hâl, “la lengua de la situación”. Podríamos con propiedad afirmar que los seres de la naturaleza nos interpelan mediante un “lenguaje de circunstancias”. Ahora bien ¿de qué nos hablan o de qué quieren hablarnos?

“Si el ojo de tu intelecto estuviera limpio de toda materia heterogénea, nada empañaría el espejo de tu conciencia, y si prestaras el oído de la atención, cada ser podría enseñarte lo que le falta a sus deseos, y la pena que padece a causa de esta cruel privación … el narciso se alza sobre su tallo, como para hacer la oración, la anémona se presenta con su vestido desgarrado, y se rasga sus mejillas rosáceas, como si hubiera perdido a un ser querido, el granado te expresa cuánto le hace sufrir el ardiente fuego que hizo prender en él la lejanía de la amada … ” (3)

De Tassy supone, acaso demasiado apresuradamente, que ‘Azzaddîn nos presenta los seres de la naturaleza como una alegoría de la vida psicológica y espiritual del hombre. Ignora, aunque no desconoce, que ha traducido un auténtico texto sufí, como él mismo señala en la introducción, con la misma terminología, con las mismas aspiraciones; la mayor riqueza de la forma, de la ampulosidad, de la elegancia del lenguaje le hace infravalorar la dimensión del contenido, a pesar de que el propio Garcin tradujo años más tarde –en 1857– uno de los mayores textos “alegóricos” del esoterismo musulmán: el magnífico Lenguaje de los pájaros (Mantiq al-Tayr) de Fârid ud-Dîn ‘Attâr (4).

La obra en cuestión, por lo tanto, es un texto poético de una naturaleza muy concreta. Por un lado, trata de la Gnosis de Dios (ma’rifat Allâh), es decir, del conocimiento experimental, integral, no sólo intelectual o espiritual, del Amado. Y es, además, un texto críptico –podríamos decir que hermético– en el que se da la paradoja que el lenguaje oculto de los significantes, los seres naturales, no es más explicitado intelectualmente por la traducción o el comentario del autor, que no habla sino por alusión (ishâra, una técnica particular de la instrucción sufí):

“Ojalá puedan, en este escrito, las gentes dóciles y sensatas encontrar útiles lecciones; las gentes profundas y reflexivas, el recuerdo de sus obligaciones, todos, en fin, saludables instrucciones. El que penetre en la inteligencia de mis sentencias y que comprenda mis parábolas leerá mi libro con placer, pero aquél que las halle extrañas, no sabría hallarles el gusto” (5).

O, como dice la Escritura: “No todos comprenden esta palabra, sino aquellos a quienes les ha sido dado” (6). Es condición indispensable para comprender los signos de la naturaleza estar instruido en la misma ciencia que el poeta. Estos son las “gentes” de las que habla, pues en la terminología sufí, son los iniciados, no la gente corriente. Así, parece que este “lenguaje natural” no es más inteligible que el de los textos herméticos, y cuyos mensajes están, además, estrechamente vinculados. Veamos un ejemplo:

“Lo que despertó mi atención, en primer lugar, fue el Céfiro, que, queriendo celebrar la languidez y voluptuosidad de su soplo, parecía que con sus emblemáticos suspiros modulaba estas palabras: “Llevo en mis alas, mensajero fiel de los amantes, los ardientes suspiros de aquel a quien agita la enfermedad del amor, con objeto de poner remedio a sus males. Transmito con exactitud los secretos que me son confiados, y cuento las noticias tal y como las he oído… La dulzura y la molicie componen mi esencia, mas sólo quien goza de los favores de Dios sabe apreciarme… En primavera soplo desde el Norte, fertilizo a los árboles, y vuelvo la noche igual al día… es mi aliento perfumado el que anuncia al peregrino de amor que se aproxima a la tienda de la bienamada.

¡Oh, qué dulce es que el céfiro me halla traído hasta el oído la belleza de este elevado lugar! … La brisa fresca y balsámica de la mañana habría debido apagar en mí la sed de mi pasión, pero, al haber pasado durante la noche cerca de los pabellones primaverales y de estos elevados cerros, y al haberse impregnado de las almizcladas emanaciones que desprende la tienda de mi amada, ha vuelto más violento el fuego del amor y de mi sufrimiento. Ebrio de placer, no he conseguido volver en mí, ni recuperar mis alientos. Atento a la voz del céfiro, comprendí el secreto que mis rivales no pudieron adivinar, y escuché lo que ellos no han oído. Supe que, en un lugar en el que el vino excitaba la más pura voluptuosidad, mi adorada amiga dejó ver el resplandor de su belleza, sin que ningún velo viniera a ocultar sus encantos, y ella mostró a sus fieles amantes este rostro arrebatador, ordinariamente inaccesible a las miradas más ávidas”.

Apenas se oculta, para el lector instruido, la alusión al encuentro nocturno, a la noche de las noches buscada por el discípulo de la Gnosis, que supone, en todas las tradiciones auténticas, el comienzo del Camino, o la iniciación. Deseamos que el lector deseoso de belleza e instrucción haya encontrado placer en esta propuesta de lectura, puesto que se trata de la obra de un olvidado autor que no habla sino de lo mismo de lo que siempre tratan los poetas genuinos.  

 

“¿Me afligiré por mi caparazón cambiante y por la llovizna, cuando las flores del ciruelo me llaman a la vida? ¿Me alegraré por mi piel elástica y por el sol ardiente, cuando las flores del manzano me llaman a la muerte? Pronto mi propia densidad me alejará de estos polos absurdos. Seré mi propio reflejo en la conciencia abstrusa.”

Louis Cattiaux (7)
 
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NOTAS:

(1) La obra consta de dos volúmenes: traducción francesa y texto árabe. Un facsímile electrónico se puede consultar en Gallica: http://gallica.bnf.fr/ark:/12148/bpt6k72936c.

(2) vol. 1, p. IX

(3) vol.1 pp. 2 s

(4) Esta edición puede consultarse en: Mantic Uttaïr, ou, le langage des oiseaux: poëme de philosophie (http://books.google.es/books)

(5) vol.1, p.5

(6) Mateo 19,11
(7) “Poemas de Antes”, en L. Cattiaux, Física y metafísica de la pintura. Obra poética, Arola editors, Tarragona, 1998, p. 147