Del libro de Henry Corbin ‘El hombre y su ángel. Iniciación y caballería espiritual’ presentamos un relato del s. X en el que se alude a dos aspectos básicos de la tradición: la resurrección de los muertos y la transmisión. Selección texto, Lluïsa Vert, selección imágenes, Raimon Arola.

En su obra El hombre y su ángel. Iniciación a la caballería espiritual, Henry Corbin analiza un texto del siglo tercero o cuarto del calendario musulmán, el décimo occidental, llamado El libro del sabio y el discípulo. Se trata de un relato iniciático tan sorprendente como interesante, en el que destaca la claridad conceptual y espiritual con la que el autor, dudoso, pues es un texto que se ha atribuido tanto a Mansur al Yaman como a su hijo o a su nieto, expone los fundamentos de la «tradición hermética».

Al interés que provoca por sí mismo se le añade su significado pues, como todos los relatos iniciáticos, dicho significado no está restringido a la época y la tradición de donde surgió sino que desborda tanto el marco geográfico como el temporal, para convertirse en acuciantemente actual para el ser humano occidental.

Comienza con una especie de monólogo interno en el que el sabio, uno de los personajes, afirma que la más importante de las obras que pueden hacerse en este mundo es la «resurrección de los muertos» pues él mismo era un muerto y Dios hizo de él «un ser vivo», «alguien que sabe» ( un gnóstico). Por eso se siente obligado a transmitir a los que vengan detrás «el legado que me ha sido confiado» de igual modo que se lo transmitieron a él los que vinieron primero. Y estos dos temas, la resurrección de los muertos y el legado confiado que deberá transmitir, articulan todo el relato en el que se dramatiza la búsqueda de la manifestación del Verbo divino, modulado, dice Corbin, como Verbo humano de los profetas.

De los dos temas tratados en el relato, el primero, la resurrección, consistiría en el despertar de la muerte espiritual o agnosia para abrirse al sentido oculto del Libro santo, a lo esotérico. Este despertar, que depende del hermeneuta, del enviado, del profeta propicia un nuevo nacimiento. El segundo tema se centra en la doble demanda, la del buscador que aspira a este nuevo nacimiento y demanda un maestro y la de este maestro que recibió su iniciación de un sabio anterior y que tiene el deber de trasmitirlo al siguiente eslabón de la cadena de la gnosis.

Corbin comienza presentando el problema común a todas las «religiones del Libro», que corresponden a las tres ramas de la tradición abrahámica, es decir: judaísmo, cristianismo e islam y escribe lo siguiente:

«En efecto, todo el sentido de la vida está centrado para esta comunidad en el fenómeno del Libro santo revelado, en el sentido verdadero de este Libro; ahora bien, el sentido verdadero es el sentido interior, oculto bajo la apariencia literal, y desde el momento mismo en que los hombres desconocen o rechazan este sentido interior mutilan la integridad del Verbo, del Logos, y comienza el drama de la Palabra perdida».

Según este autor, aferrarse a la literalidad o a la ignorancia, rechazando el sentido interior o esotérico que «es el sentido verdadero porque es el espíritu y la vida del Libro Santo revelado», es privarse uno mismo de dicho espíritu y vida, condenándose, inevitablemente, a una muerte espiritual cierta y lo que es más terrible a la pérdida de la auténtica Tradición por falta de candidatos a la búsqueda de dicha Palabra

En la tradición shiíta, el depositario del sentido oculto y verdadero, es decir, de la gnosis del Libro, es el Imam, él es la «llave» de la revelación porque tiene el poder de abrir el acceso a la comprensión del Libro; así mismo y bajo otro aspecto, también es el «arca de la Alianza», ya que une el cielo con la tierra. En otras tradiciones sería el sabio o el justo.

Si no hay un Imam, es decir, un conocedor verdadero de los secretos del cielo y la tierra de los que habla el Libro, éste se vuelve mudo; sin él, la «Palabra está perdida y no hay resurrección de los muertos», puesto que la Palabra profética es lo que transmite la vida y da acceso a un nuevo nacimiento.

Por eso, tradicionalmente se dice que, al «tiempo de la profecía», le sucede el «tiempo de la walayat» (que en persa significa ‘amistad’), dando a entender que, al tiempo de la Ley promulgada por un profeta, le sucede el tiempo de la iniciación espiritual llevada a cabo por los Amigos de Dios, o los Imames. En el Imam está contenida la ciencia del Libro y por medio de él, el «Libro habla» puesto que él conoce por propia experiencia de qué trata el Libro y además tiene el poder de transmitir este conocimiento.

Corbin declara la necesidad de que el carisma profético se perpetúe en el mundo «incluso tras la venida del profeta del Islam, que fue “el Sello” de los profetas enviados para revelar una Ley nueva». Ello es así, porque la actualización del misterio profético es la prueba que manifiesta la equidad divina, siempre presente, como explica uno de los personajes del relato que hemos mencionado al principio:

«Es preciso que la ignorancia del hombre sea compensada, equilibrada por un contrapeso, que no puede ser más que un conocimiento directamente inspirado por Dios. […] Los seres humanos a quienes este conocimiento es inspirado son los llamados Amigos de Dios, y son ellos quienes hacen contrapeso a la carencia de la criatura humana, y en eso consiste la equidad divina: en suscitar los contrapesos que equilibran la ignorancia de los hombres».

Sin embargo, para que la presencia de los Amigos de Dios no desaparezca de este mundo, tiene que producirse una transmisión del espíritu del Libro a través de los tiempos, y para que ésta tenga lugar, es necesaria una «doble demanda»:

«Primero, demanda de la gnosis que es la resurrección espiritual; segundo, demanda de aquél a quien el gnóstico podrá, a su vez resucitar, y que será el heredero legítimo al cual transmitirá lo que le ha sido confiado […] El adepto no es verdaderamente un fiel hasta que ha conseguido que otra persona se convierta en adepto fiel semejante a él».

Con estas afirmaciones, se completan los dos aspectos fundamentales que corresponden a los temas centrales del relato iniciático que se desarrolla en el capítulo que hemos citado, es decir: la resurrección de los muertos por medio de la gnosis, la necesidad de la transmisión del legado confiado y, como consecuencia de ello, la actualización del tiempo de los profetas.

A este último punto, esencial para la vida tanto del mundo como del ser humano, Corbin le dedica un apartado titulado «El tiempo de los profetas no ha terminado todavía», demostrando que, si bien y debido al fanatismo de los literalistas, la transmisión de la gnosis se ha visto obligada a seguir unas vías ocultas, esta transmisión jamás ha cesado, ya que su permanencia «es condición necesaria para la pervivencia del mundo y del hombre» y, como hemos apuntado antes, prueba de la justicia divina.

Para que esto ocurra, para que nunca deje de ser «el tiempo de los profetas» es ineludible el deber de cada ser humano que siente la llamada de la gnosis, y que consiste en la actualización de la «demanda» o la búsqueda de los depositarios de la tradición; al igual que tales depositarios buscan desesperadamente un heredero para transmitirle el legado a ellos confiado, y asegurar así «la pervivencia del mundo y del hombre».

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