‘Sobre el Hombre universal o perfecto’, es un fragmento del libro de HALIL BÁRCENA, “Perlas sufíes”. La obra recoge una selección de pensamientos de Rûmî, que se publican con un comentario del autor. Edición R. Arola y L. Vert.

Tumba de Rûmî en Konia

 

 

«Hay una cosa en este mundo que no se puede olvidar jamás. Si olvidaras todo lo otro, pero no olvidaras esto, no existiría motivo para preocuparse […]; mientras que si olvidaras esto, entonces no habrías hecho nada en absoluto»

Rûmî, Kitâb Fîji mâ fîji, 4, 1-4;  [Perlas sufíes, p. 61, § 51].

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COMENTARIO A LA CITA DE RÛMÎ

Según los sabios sufíes, en el Hombre universal u Hombre perfecto (al-insân al-kâmil) se realiza el propósito de la creación en toda su plenitud; él es la síntesis perfecta de la totalidad de los estados del ser y el dispensador de la misericordia divina (rahma) para con todo el orbe. El Hombre universal manifiesta la posición central del ser humano en el mundo: es la conjunción copulativa que une cielo y tierra, según el principio sufí de la mediación simbolizado por el istmo entre dos océanos (barzâj). Los sabios sufíes consideran que el macrocosmos del universo y el microcosmos del hombre son como dos espejos colocados frente a frente, de tal modo que cada uno de ellos comprende todas las cualidades del otro; por lo mismo, el conocimiento total de sí por parte del hombre abarca el conoci­miento del universo entero. Dios contempla el mundo —«mundo de las seis direcciones», como diría Rûmî— a través de dicho Hombre universal, que es la reali­dad interior del universo. «Cuando un hombre realiza este estado original y primordial», asevera William C. Chittick, «se convierte en un “canal de gracia” para el mundo». La tarea primigenia del ser humano consciente de sí mismo, su compromiso como creatura de Dios, es devenir Hombre universal, o lo que es lo mismo, un ser cuyo corazón es capaz de acogerlo todo, de adop­tar cualquier forma, merced al despliegue de todas las posibilidades principiales y a su naturaleza teomorfa.

Los sabios sufíes consideran que el macrocosmos del universo y el microcosmos del hombre son como dos espejos colocados frente a frente

Ese es el destino primero y último de la humanidad: cumplir con la responsabilidad del depósito divino [amâna], puesto sobre los hombros del ser humano en el momento de su creación y aceptado por él. «Ofre­cimos el depósito divino a los cielos, a la tierra y a las montañas», afirma el Corán, «pero se negaron a hacerse cargo de él y le tuvieron miedo; pero el hombre se hizo cargo» (Corán 33, 72). Un derviche sabe que hay cosas que se deben hacer no tanto por obligación moral o imperativo doctrinal, sino porque están inscritas en la sustancia del alma humana, creada a imagen de Dios, según un hadiz atribuido al profeta Muhámmad que los sabios sufíes han citado repetidamente a lo largo de los siglos. Todo en el sufismo persigue capacitar al hom­bre para realizar su cometido, la única cosa en este mundo que no se puede olvidar, como advierte Rûmî.

Un derviche sabe que hay cosas que se deben hacer no tanto por obligación moral o imperativo doctrinal, sino porque están inscritas en la sustancia del alma humana

Cada ser humano es un Hombre universal en poten­cia, sostienen los sabios sufíes, y puede llegar a serlo en acto, a través de la iniciación en la senda interior, que comporta una adhesión ontológica total. Y es que toda alma humana está atravesada por el sentido del absoluto trascendente, un poder supremo que es, como sostiene Martin Lings, al mismo tiempo origen y fin del universo. La función secular de los profetas y los sabios es —de hecho, siempre ha sido la misma— recordarle insistentemente al hombre su naturaleza primordial, lo que en verdad es, e indicarle el camino a través del cual dicha naturaleza primordial se puede actualizar. Y es que el hombre es un ser olvidadizo. No por casualidad «género humano» (nâs) y «amnesia» (nisyân) comparten en árabe una raíz gramatical muy cercana. «Habíamos confiado una misión a Adam [el Adán bíblico], pero la olvidó» (Corán 20, 115). Somos, ciertamente, lo que recordamos.

«Habíamos confiado una misión a Adam [el Adán bíblico], pero la olvidó» (Corán 20, 115). Somos, ciertamente, lo que recordamos.

Reseña del libro: Halil BárcenaPerlas sufíes. Saber y sabor de Mevlânâ Rûmî. Herder Editorial, Barcelona 2015.

Mevlânâ Rûmî (1207, Balj, Afganistán -1273, Konya, Turquía) constituye una de las cimas de la espiritualidad universal. Inspirador de la escuela sufí de los derviches giróvagos, conocidos por su danza circular, Rûmî es autor de una vasta obra poética en lengua persa que deriva del gozo de la experiencia unitiva con Dios. Las perlas sufíes que Halil Bárcena recoge en el presente volumen, en traducción directa del persa, constituyen una especie de antología del saber y el sabor del maestro sufí. Reflejan los aspectos cardinales de su filosofía espiritual, cuyo empeño es mostrar al ser humano el camino de retorno a su identidad perdida y olvidada: el Centro del cual todo emana y nada se aparta. Cada una de estas perlas se presenta acompañada de un comentario que solo pretende acercarnos al pensamiento de Rûmî e invitarnos a realizar nuestra propia lectura meditativa.
Esta edición incluye veinte caligrafías que recrean, con un estilo inspirado en la tradición caligráfica otomana, palabras clave y fórmulas iniciáticas, tanto en árabe como en turco y persa, que nos introducen sutilmente el universo espiritual de Rûmî.

halil