“Cuestiones simbólicas. Las formas básicas” de R. Arola

Un libro de Raimon Arola, publicado por Herder Editorial en septiembre de 2015. Es un compendio de reflexiones e imágenes (más de 200) sobre el símbolo y sus manifestaciones en la creación. Aquí presentamos el capítulo que se refiere a la geometría y a su relación con el espíritu.

blanc.petitReproducimos la portada, el índice y el capítulo titulado: “El círculo, el triángulo y el cuadrado”. La fotografía de la gota de agua es de Manel Armengol.

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El círculo, el triángulo y el cuadrado

Una de las imágenes que mejor muestra la relación entre símbolo y las formas geométricas es una conocida caligrafía del maestro Sengai. Sengai Gibon fue un venerable maestro zen de la escuela Rinzai, que nació en 1750 y murió a los ochenta y siete años de edad. Los últimos años de su vida los dedicó a la escritura, lo que le llevó a la realización de unas caligrafías excepcionales que en la actualidad se admiran en los grandes museos de Tokio, Zúrich y otras ciudades. Sin embargo, en su retiro en el templo de Shōfukuji, lo que menos pretendía este monje era que su obra estuviera entre las más valoradas de la historia y que a él se le considerara un artista; todo lo contrario: su única preocupación fue la de enseñar qué era el zen –y por consiguiente la esencia del budismo–, cosa que hizo por medio de imágenes o ideogramas, algo normal pues en la cultura japonesa es complejo diferenciar los conceptos de las imágenes. Daisetz T. Suzuki acostumbraba a decir que si alguien quería saber qué era el zen contemplara la obra de Sengai, pues todo en ella respiraba el espíritu del zen.

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En la caligrafía de Sengai se representa un círculo, un triángulo y un rectángulo, que vale por un cuadrado. Las tres figuras que aparecen son las básicas de la geometría plana pero también, y ello es muy interesante, tres principios que fundamentan el lenguaje de los símbolos. Para Sengai estas figuras representan el universo –así se titula la obra–, o lo que es lo mismo: cierta completitud que incluye la vida y la muerte, origen y fin, lleno y vacío. La caligrafía comienza con el círculo que es símbolo de lo perpetuo y que, según el Tao, es el origen de todas las criaturas; sin embargo, el círculo necesita del triángulo para que este principio se complete. Del triángulo surge el cuadrado –la unión de dos figuras triangulares–, a partir del cual se engendrarán los “los diez mil seres” que aparecen en siguiente fragmento del Tao te King, un capítulo conocido como “Mutación perfecta”: “El dao engendra al uno, / el uno engendra al dos, / el dos engendra al tres, / el tres engendra a los diez mil seres. / Los diez mil seres contienen en su seno el yin el yang”.

El origen de todo se manifiesta a partir del Uno, que equivale al círculo primero de la caligrafía. Del uno se llega al dos –el primer desdoblamiento–, y seguidamente al tres que, a su vez, engendra los diez mil seres, lo que entendemos por la Creación. El origen no manifestado se relaciona con la imagen más representativa de la caligrafía japonesa, utilizada en el budismo zen, y que se conoce como ensó, que significa “círculo”.

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A partir de esta imagen y su significado se da a entender también lo siguiente: círculo infinito, vacuidad primera, simplicidad del origen, no acción, etcétera; hay que insistir, sin embargo, en que no se trata solo de un carácter caligráfico sino de un símbolo en sí mismo. La caligrafía de Sengai sería como una gota de agua, un nuevo símbolo, en el sentido que describió el maestro Dogen y comentó Taisen Deshimaru: “La luz de la luna es muy poderosa, pero puede ser reflejada por una minúscula gota de agua o de rocío sobre la hierba. Si alcanzamos el satori, no estamos en un estado de espíritu especial. Al contrario de lo que piensan muchos occidentales, el satori significa la vuelta a las condiciones normales del espíritu”.

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Así, el estudio de las formas geométricas en tanto que imágenes simbólicas equivale en cierto modo a lo que renacentistas buscaban en los jeroglíficos, es decir, el acercamiento a los misterios de la creación divina a partir de las formas de la materia. Marsilio Ficino escribió que cuando los sacerdotes egipcios querían traducir los misterios de la creación utilizaban figuras como árboles, círculos, animales, etcétera, y después añadió un ejemplo que nos parece significativo. Según Ficino los egipcios podían resumir la idea del tiempo así: “es múltiple y móvil y… es rápido y que por una suerte de revolución une el fin con el comienzo, que enseña la prudencia, que produce y anula las cosas” mediante una figura única y estable, con tan solo “pintar una serpiente alada que introduce la cola en su boca. Y lo mismo puede decirse de las demás figuras que describe el Horapolon”. Es imposible no relacionar este símbolo con la caligrafía ensó de Sengai, una forma que el arte del siglo XX supo recoger maravillosamente.

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Ordenar los símbolos a partir de las tres formas básicas de la geometría hace que estas sean los puntos de partida de un desarrollo que transcurre inevitablemente hacia las formas complementarias (por ejemplo, del cuadrado a la cruz, o del círculo a la espiral, etc.) y que en cada caso se establezca un nivel de significación determinado para poder abordar el conjunto del pensamiento simbólico que, en definitiva, es el retorno a la unidad primera. Así pues, las imágenes que hemos seleccionado y que van conformando nuestro discurso nos sirven como vehículos o soportes para acercarnos al contenido original o ensó. También el pensamiento occidental se refiere a este núcleo de significado y un ejemplo serían las siguientes palabras de Louis Cattiaux: “La verdad de Dios bien puede revestirse con todos los rostros y todos los plumajes, su santa desnudez permanece siempre igual a sí misma”. La santa desnudez, o el cuerpo puro, sería aquello original del universo simbólico al que pretendemos acercarnos.

Dado que la simbología es una disciplina en relación, es decir, que su significado no es estático ni cerrado sino que, al contrario, surge de la relación entre por lo menos dos elementos, hemos querido construir este trabajo a partir de un discurso, quizá poco frecuente, pero que entendemos que es el más apropiado para penetrar en significado de los símbolos: el hilo discurre a través de las relaciones visuales que vamos proponiendo al lector, por lo que el texto escrito servirá de apoyo al discurso originado por las imágenes, siempre más sugestivo que el construido por medio de palabras.

El hecho de utilizar la geometría básica como vehículo del símbolo tiene sentido porque, según se explica en algunas leyendas, la geometría es el único arte directamente ligado al retorno del hombre al Paraíso. Se cuenta que Euclides habría heredado este arte de Noé, quien a su vez lo habría recibido de Adán, que lo recibió directamente de Dios cuando fue expulsado del Jardín del Edén como un precioso útil para su retorno al lugar original.

En uno de los manuscritos más antiguos que se conocen sobre la masonería, el llamado “Grand Lodge No.1” datado en 1583 pero cuyo contenido podría haberse redactado durante la construcción de la catedral de York, en 1220, se definen las siete artes liberales: gramática, lógica, dialéctica, aritmética, geometría, música y astronomía, aunque, según dicho manuscrito: “estas siete se basan todas en un arte que es la geometría. El hombre puede probar que todas las artes del mundo se fundan en la geometría. Pues la geometría ha enseñado al hombre la medida, la ponderación y los pesos de toda clase de cosas sobre la tierra”. Esta afirmación se sostiene en otra leyenda según la cual las generaciones anteriores al diluvio de Noé sabían que Dios tenía la intención de castigar los pecados de la humanidad y, por ello, escribieron los conocimientos que poseían, y que provenían de Adán, en dos pilares de piedra de modo que si el castigo era por medio del fuego o bien por medio del agua pudieran resistir y conservarse para la posteridad. Una de las piedras era de mármol, a fin de que resistiera al fuego, y la otra piedra era de lo que se llama ladrillo, a fin de que resistiera al agua. Hermes, “el padre de la sabiduría” fue quien por fin encontró uno de estos pilares y con él la sabiduría que contenía. El otro, muchas generaciones después, lo encontró Euclídes cuando fue a Egipto.

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En un grabado renacentista que pertenece a una baraja conocida como el Tarot de Mantenga (c. 1465) se representa a la Geometría como una mujer aposentada sobre una nube que con un lápiz o un pincel en su mano derecha dibuja las tres formas básicas. La nube que sostiene a la figura femenina está sobre un río, que simbólicamente representa el Nilo, puesto que allí se encontraba la columna donde se había escrito la sabiduría original y que descubrió Euclides. Proclo, en sus comentarios a la obra Euclides, se refiere a estas tres formas con las siguientes palabras: “La primera, más sencilla y más perfecta de las figuras es el círculo. Si se divide el universo en los cielos y el mundo de las generaciones, se destinará la forma circular a los cielos y la línea recta al mundo de las generaciones […]. Los pitagóricos afirmaban que el triángulo es la última fuente de generación y de producción de las especies […] y que el cuadrado lleva la imagen de la naturaleza divina. Es su figura favorita e indica valor inmaculado”.

Teniendo en cuenta lo que acabamos de exponer, no es de extrañar que la imagen más importante de la Masonería esté formada por la escuadra y el compás que enmarcan un enigmática letra G. Según René Guénon esta letra muestra, al tiempo que esconde, al Gran Arquitecto del Universo, el Creador de todas las cosas que con la ayuda de la escuadra y el compás construye y ordena todo el Universo.

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El compás simboliza la bóveda celeste, el círculo o la esfera, mientras que la escuadra representa aquello creado, y en el centro se situaría el logos o el verbum del prefacio del Evangelio según san Juan. Para los estoicos, este centro es el logos spermatikos, la palabra primera que genera todas las cosas. En la tradición hindú, la semilla original se representa por la sílaba OM que es el primer sonido del dios creador Brahma, el nacido de sí mismo, de este sonido, al igual que sucede con la semilla, se genera toda la creación.

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