Con motivo de la reciente publicación de la traducción al castellano del poemario «Els ocells no tenen por de volar», realizada por Teresa Martín y Lluïsa Vert, recogemos un resumen de la presentación de este libro realizada en el Ateneu Barcelonés el pasado verano por Victoria Cirlot, Halil Bárcena, Pere Secorún y el autor.

 

Contracubierta

En sus poemas, Raimon Arola se pregunta por qué el ser humano teme ser lo que realmente es. El ejemplo de los pájaros que da título al poemario es muy claro: un pájaro no teme volar porque es algo que pertenece a su propia naturaleza, del mismo modo que lo propio de los seres humanos debería ser el conocimiento espiritual, que cada vez aparece más lejano y amenazador. Los poemas de Arola son una invitación a la trascendencia y a la búsqueda del universo espiritual, que es lo propio del hombre.

Fragmento de la presentación de Raimon Arola

Me parecen necesarias unas breves notas como apertura a este poemario, aunque soy consciente de que se trata de una práctica poco aconsejable, ya que el valor de los poemas reside siempre en sí mismos, y las presentaciones, más que crear un contexto, pueden parecer justificaciones. Sin embargo, el anhelo por compartir estos poemas hace que escriba unas palabras acerca del estado de ánimo que los originaron.

Para hacerlo, me inspiraré en el conocido Elogi de la paraula (‘Elogio de la palabra’) de Joan Maragall, el discurso que pronunció en el año 1902, cuando fue nombrado presidente del Ateneu Barcelonès. En él, Maragall explica lo que sabe de poesía, y lo que sabe es lo que siente y lo que siente es, al mismo tiempo, lo que sabe.

En el título de este poemario, Los pájaros no temen volar, aparece un sujeto con un complemento obvio, ya que volar es lo propio de los pájaros. Del mismo modo, al ser humano le son propios el pensamiento, la palabra y la obra, aunque, desgraciadamente, el hombre del tercer milenio parece que tenga miedo de profundizar en cualquiera de los tres niveles citados. Tampoco se atreve a vincularlos entre sí, pues el hilo que debiera unir el pensamiento, la palabra y la obra es el espíritu, y en la actualidad existe como una resistencia a pronunciar esta palabra. Los equívocos, las coacciones, la ignorancia y el abuso han convertido la vida del espíritu en un territorio ignoto, casi prohibido. Entonces, el ser humano teme aquello que le es propio, como si un águila, una golondrina o un gorrión tuviesen miedo de volar.

El espíritu viaja desde el mundo de las ideas hasta la realidad material y desde dicha realidad retorna a las ideas. A menudo, un poemario es la descripción de este viaje, o, al menos, una apertura a unas realidades espirituales que hibernan en nosotros y que no nos deberían asustar. Estas realidades son las propias de nuestra naturaleza, del mismo modo que los pájaros no temen volar porque el vuelo es el hecho propio de la suya….

Fragmentos del prólogo de Halil Bárcena

Al poeta no le pedimos que nos deslumbre con juegos de palabras estériles. En realidad, el poeta, cuando lo es de verdad, no juega nunca con las palabras, a diferencia de lo que hacen los palabristas, hoy tan de moda, y los simples rimadores.  Y, entre otras cosas, no lo hace porque la palabra tiene algo de sagrado. Al fin y al cabo, la creación divina es un acto de la palabra, según reconocen diferentes tradiciones de la sabiduría.

Y, no, lo único que le pedimos al poeta es que sea veraz, es decir, que en los pliegues de sus versos palpite la verdad. Y eso mismo le pedimos también al místico, que es quien ha penetrado en el misterio, al contrario del filósofo, que solo ha dado vueltas a su alrededor. Muchas veces, las dos figuras coinciden: el poeta es un místico y el místico es un poeta. Sea como fuere, ni el poeta ni el místico tienen derecho a mentir. Y es que, ya se sabe, nobleza obliga.

Pues bien, Raimon Arola, que no es ningún jovencito –por eso sus versos no son impacientes- y sabe muy bien lo que se lleva entre manos, ni juega ni miente, conocedor del «lugar donde habita la poesía» y que ésta es «hija predilecta de lo inmensurable», según sus propias palabras. Ni juega, ni miente, ni nos habla de sí mismo, cosa que se agradece, y mucho. Más bien, el autor nos hace partícipes de todo lo que pasa a través de sí y que lo traspasa y lo conmueve. Y es que la voz del poeta nunca se alza para decir «yo soy», sino «eso es».

En un tiempo huérfano de espíritu y desordenado como el nuestro –así lo define Arola-; un tiempo episódico y fragmentado, donde casi todo es virtual y no importa demasiado que las cosas sean realmente reales, sino que simplemente lo parezcan, la voz verdadera y esencial del poeta resulta tan inusual como imprescindible, porque el ser humano tiene una sed innata de verdad; de verdad y de belleza, y el poeta, custodio del valor salvífico de la palabra, es el que siempre sabe decirlo todo mejor que nadie.

Los pájaros que evoca Raimon Arola en estas páginas no temen volar. El propio autor tampoco tiene miedo, y vuela como lo hacen los sabios: con la mirada iluminada, el corazón encendido y los pies en el suelo. Y es que nadie es más sensato que el sabio, ni tan obstinadamente insistencialista como él. El sabio insiste, una y otra vez, sin desfallecer en aquello que nos hace ser plenamente humanos y que hemos olvidado o estamos a punto de olvidar para siempre. Y lo hace por amor, porque el amor nunca puede callar ni permanecer indiferente.

Dos poemas de los 72 que componen el libro

Halil Bárcena, Pere Secorún, Victoria Cirlot y Raimon Arola en la presentación del poemario en el Ateneu Barcelonés

Algunas de las imágenes del libro

 

Fragmentos de las presentaciones del libro «Els ocells no tenen por de volar» traducidos al castellano.

Victoria Cirlot

En el prólogo de “Los pájaros no temen volar”, Raimon Arola se refiere a cómo de habitual es en la cultura cristiana la idea de que Dios se hace hombre y en cambio se oculta que el hombre se hace Dios. Entonces, cuando ocurre, sucede lo que sigue explicando Raimon en su libro: “la fiesta donde se reúnen los sabios y concuerdan todos los reinos de la tierra, todas las iglesias, todas las sectas, donde se encuentran creyentes y ateos, sabios e ignorantes. Pero, en este caso, la alquimia debe considerarse no como una búsqueda del oro vulgar sino como una palingenesia, la palabra empleada por los filósofos griegos para designar la regeneración del mundo, ya que, en griego, palingenesis significa `nuevo nacimiento”. Por eso el libro está ilustrado con imágenes alquímicas del Rosarium Philosophorum, muy conocidas porque ya fueron publicadas por Jung en su obra Psicología de la transferencia de 1946. En una nota sobre ellas, Raimon nos advierte de que explican el viaje del espíritu humano desde el pensamiento a la obra y desde ésta, al espíritu. Representan un vuelo que, demasiado a menudo, nos da miedo.

Las antiguas tradiciones nos descubren un lenguaje por imágenes, un lenguaje simbólico que remite a verdades profundas y esenciales de la vida y estas verdades las verificamos a través de nuestras propias experiencias. Sobre todo, aquellos que necesitamos de una u otra manera darle un sentido a la vida.

A partir de ahora voy a cambiar de registro para hablar de una experiencia particular relacionada con un poema de este libro que Raimon me dedicó, como un ejemplo de lo que significa una poesía que indaga en los senderos complicados de la vida y cómo el que la recibe puede comprobar la verdad de este poema… Por eso, no puedo dejar de situar el poema de Raimon dentro de esta serie de acontecimientos dominados por la presencia o la intuición del oro:

Vives en el bosque /  de los árboles dorados, / atravesado por un río /de oro fluido.

Se trata de un paisaje propiamente medieval, el bosque: el lugar de la aventura en la novela artúrica, lo que anima realmente este paisaje dorado es el agua, que no es agua sino oro fluido.

Robles de oro,/ pinos de oro, / hierbas de oro blanco.

No hay duda de que es éste un paisaje transfigurado. Diría que al leer estos versos, que más que ver el paisaje, que también lo veo, diría que lo oigo, es de una sonoridad intensa siempre en el mismo tono, infinita. Y de pronto, un cambio vertiginoso..

También tus sueños son de oro, / y tus palabras brillan con luz fina.

Sueños y palabras marcan otro territorio, el de la interioridad y el oro se hace inmaterial, se vuelve luz

En tu bosque, / el oro es la vida / y la vida es el oro.

Este bosque se ha convertido en mi hogar, en mi casa que diría Novalis, el espacio que me es propio. La doble identificación genera un círculo del que es imposible salir, allí está todo, quiere decir, allí está la verdadera vida

Oro generoso,/ sin malicia.

No hay aquí confusión posible, no hay aquí aurum vulgui, no estamos hablando pues de un oro vulgar sino del oro puro de la alquimia. Por, último el poema concluye con tres sentencias.

El sol en la tierra. / Simiente dorada. / Luz sobre luz.

No hay duda que este poema posee un significado por sí mismo, pero he querido situarlo dentro de una serie de acontecimientos porque se inserta en la creencia de que, para ser lo que deberíamos ser, es necesaria una transformación o transfiguración. Como el pájaro vuela y como el zorro zorrea, el ser humano debería humanear, y a eso es a lo que llamo la individualización.  Y este humanear no es sino encontrarla chispa divina de nuestra alma, que el oro simboliza, transfiguración en el encuentro con el oro, en la fabricación del oro, en este deambular entre signos y símbolos que para alguno de nosotros es la vida. La existencia de este bosque dorado del que habla el poema es decisiva, y ciertamente ese es el lugar donde yo quiero habitar.

Pere Taiho Secorún

Al recibir el libre de poemas de Raimon Arola no me sorprendió sabiendo de dónde venía, de muchos años de trabajo académico. Porque en la trayectoria de Raimon, o de cualquier otra persona con una búsqueda cultural, vital, espiritual existe siempre la necesidad de asomar la nariz por lo que yo llamo la última frontera, es decir, ir un poco más allá de la realidad evidente que todos podemos ver.

La poesía de verdad siempre ha sido esto, del mismo modo que podría decirse que es paralela a la experiencia mística. Es a partir de este ver más allá de la última frontera, de tener una experiencia más allá de la realidad, cuando se intenta expresar algo, en este caso, por medio de la palabra y la poesía.

Para explicar a qué me refiero me serviré de una anécdota que sucedió al volver de una seshin, una sesión de meditación zen, que tuvo lugar en el sur de Francia y en la que llovió todos los días. Tuvimos lluvia, rayos y truenos hasta que, al volver, ascendiendo por el Puymorens, llegamos a un lugar por encima de las nubes en el que, de pronto, al otro lado, se veía toda una planicie resplandeciendo bajo un brillante sol. Después, al ir bajando, nos encontramos de nuevo con la lluvia, los truenos y los rayos. Ésta experiencia fue realmente una pequeña epifanía pues pude experimentar claramente lo que significa asomarse por encima de nuestra realidad, mirar más allá de la última frontera.

Creo que Arola, a quien conozco desde hace muchos años, siempre ha intentado estar en esta última frontera, mirando hacia el otro lado, a partir del simbolismo, de su búsqueda académica y de su búsqueda personal. Por eso, teniendo en cuenta que el libro parte de esta premisa: los pájaros no temen volar porque no tienen miedo a ser lo que son, es decir, no tener miedo a reconocer nuestra verdadera realidad, quería remarcar que eso equivale a colocarnos en la última frontera, en el límite del más allá, pues tras ello hay una vocación que podríamos denominar poética. Creo realmente que la verdadera poesía mística, ya sea cristiana, musulmana, judía, u oriental parte de este transitar por la última frontera, del vaciamiento de uno mismo i de la unidad, del punto cero del que hablaba Valente, de allí es de donde surge la obra.

Lo que digo sobre la poesía de Raimon, el mismo título de la obra, entronca en una tradición mística sufí y en otras mucho más amplias de todas las culturas.  Y por ello, ahora haré una pequeña mención a un concepto muy importante del budismo zen que también es complicado y que se expresa en uno de los sutras más antiguos del budismo, que es el sutra de la gran Sabiduría o Compasión, y que habla de lo que es la vacuidad, es decir el punto cero que no podemos ver.  Como digo, este Sutra habla de algo complicado: del Ku, de la vacuidad y de los fenómenos y, de pronto, la vacuidad y los fenómenos están entrelazados, forman parte de la misma realidad y creo que en el acto poético, en el acto de creación, es constatable. Del silencio surge la palabra, del vacío surgen las manifestaciones y al mismo tiempo las manifestaciones cubren su vacuidad interior. Por eso, para mí lo importante es esta necesidad de atisbar por detrás de la última frontera.

Halil Bárcena

….  Pues a pesar de que Arola dedicó su vida académica al estudio del simbolismo y los saberes tradicionales, no es un plasta y esto se agradece. Tampoco es un jovencito, por eso sus versos no son impacientes, de hecho es una persona madura y madurada, lo que quiere decir que su mirada no es ávida ni depredadora sino serena y reposada, si bien también es apasionada.

De hecho la poesía es sinónimo de expectativa y asombro ante la maravilla que se despliega ante nosotros a cada instante. Arola, como poeta, es un ser con memoria que recuerda estrictamente lo esencial, por eso le duele la desmemoria del hombre.

Arola ha desarrollado una visión simbolista del cosmos y de la vida que se refleja en su poesía. Podríamos denominar-la una poesía de ideas, alejada del racionalismo imperante. Una visión en conexión con las esencias que  hace que vea en las cosas la irrupción de una realidad primigenia.

Raimon Arola

La poesía, tan particular, tan personal, no es una creación estrictamente literaria, no es una búsqueda de la belleza únicamente, sino que también invita o debería invitar a una trascendencia. El hombre es un ser trascendente en la medida que usa el poder de la palabra, su modo de ser en el mundo más propio.  La poesía puede ser bella, evidentemente, pero es el acto de la trascendencia, por excelencia, y en este sentido es profundamente universal…

Escribir poesía me ha llevado al título de esta obra “Los pájaros no temen volar”, pues si el hecho de ser humano se liga directamente con la palabra y ésta, con el espíritu, ¿por qué el hombre siente miedo de este concepto y teme vivir en espíritu, al contrario de un pájaro que no teme desarrollar aquello que realmente es?

LIBRO EN CATALÁN 

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