Tres leyendas que se refieren al Fénix, la primera es de san Alberto Magno, la segunda de Michael Maier, el famoso alquimista, y la tercera de Jorge Luís Borges y Margarita Guerrero.Edición de R. Arola y L. Vert para Fèlix Arola.

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1. San Alberto Magno

Quienes estudian la teología mística más que la naturaleza, escriben que existe el ave fénix en Arabia, en Oriente. Pero, dicen que esta ave vive sola en su especie sin mezcla de sexo ni de macho y que viene al mundo y que vive solitaria trescientos cuarenta años. Es, según dicen, del tamaño de un águila. Lleva en la cabeza una corona como el pavo real. En el cuello tiene también un penacho. Un color de púrpura rodea su cuello con destellos de oro. Tiene la cola larga de color purpúreo con algunas plumas de color rosa como es­critas entre líneas, de modo parecido a los trazos de la cola del pavo real salpicada con unas órbitas formadas a la manera de los ojos. Esta variedad de colores es de una belleza mara­villosa. Cuando siente el peso de los años, construye un nido de incienso, mirra y cinamomo y otras plantas aromáticas valiosas en un árbol alto y retirado situado sobre una fuente de agua cristalina y se precipita en el nido, se pone bajo los rayos fervientes del sol, que el resplandor de las plumas mul­tiplica, hasta que se prende el fuego y así se enciende y se incinera junto con el nido. Dicen que de las cenizas nace al día siguiente un gusano, que a los tres días ya lleva plumas y pasados unos pocos días se convierte en un ave con la figura de la anterior y entonces levanta el vuelo y se va. Cuentan igualmente que tal hecho ocurrió ya en Heliópolis, ciudad de Egipto, donde esta ave fue reuniendo perfumes sobre el mon­tón de madera de sacrificio y luego se quemó en ellos y en la presencia del sacerdote se formó, con dos generaciones, el gusano y el ave del modo antedicho, y el ave levantó el vuelo y se fue. Y como dice Platón, «no debemos criticar demasiado severamente los relatos que se cuentan consignados en los libros de los templos sagrados».

(De los Animales)

 

2. Michel Maier

Contralto:

Cantaré la naturaleza y las propiedades del fuego, que sirve al Fénix de pira y de cuna, donde vuelve a tomar nueva vida. Prestadme una favorable atención y guardad silencio.

Este fuego no es el que encierra el Etna en sus profundas entrañas, ni el que alimentan los hornos ardientes del Vesubio, ni aquel que vomita el monte Hecla, cuyos ardientes azu­fres parecen querer encender los vastos mares que lo circundan. El principio de nuestro fue­go es muy distinto.

Toma su origen de una montaña, la más elevada de las que existen sobre la tierra y que sólo produce flores, cinamomo, azafrán y otras plantas aromáticas. Este fuego es el ori­gen de toda la luz que ilumina este vasto universo. Es aquel que da el calor y la vida a todos los seres. Es una llama cuyos ardores brillan sin consumirse jamás. Y es este fuego el que sirve para formar la pira, que nuestra misma ave prepara, para buscar en ella su fin y su muerte,

¡Oh, cuán cuidadosamente oculto es mantenido este fuego sagrado! ¡Oh, qué bien co­nocida es por los sabios esta maravillosa llama! Cuando se le ignora, todo se ignora. Voso­tros que deseáis beber de las fuentes fecundas de la ciencia, no permitáis que este fuego secreto sea manifestado.

Media:

¿Qué versos podrían celebrar dignamente al ave tan amada de los sabios?

Aunque tuviese cien bocas y cien voces, no bastarían para elogiar a esta ave, cuyas cenizas encuentran una vida más perfecta y un nuevo vigor en el mismo seno de la muerte.

Este admirable pájaro nació originariamente cerca de Syené, en las fronteras del alto Egipto. Es el bello Fénix, cuyo cuello de color púrpura está rodeado de un collar dorado y, su cabeza, ornada de un penacho tan brillante como el rubí. Sus alas son blancas por fuera y de un rojo intenso por dentro. Es de un temperamento más caliente que frío, de allí pro­viene la excelente calidad de la sangre que, circulando en sus venas, lo anima y le da fuerzas. Esta ave es amada tanto por el rubio Febo como por la brillante Diana. Desafía los ar­dores del sol y los más ardientes calores: es a prueba de fuego. Y el agua que todo lo roe no consigue destruirla.

Su morada habitual está en lo alto de aquellos montes altivos, desde donde el Nilo pre­cipita sus aguas para regar los campos de Egipto, y con su limo les trae la fecundidad. Es a este río que se consagró el buey Apis, cuya frente está marcada con una Luna creciente.

 Bajo:

Tebas, la que antaño fue villa muy célebre entre las naciones por sus cien puertas, fue con justicia consagrada al Sol. Allí, los sacerdotes, en gran número fueron ordenados para servir al altar sobre el que residía la Divinidad misma del astro que da luz al universo. El famoso templo de Delfos, aunque resplandeciente del oro con el que lo enriquecieron los do­nes de los reyes, no mereció jamás serle comparado.

De un rápido vuelo, y después de transcurridos diez siglos de su vida, es allí donde acu­de el Fénix para encontrar la muerte, contenta de acabar sus días, pues tiene la certeza ab­soluta que ha de rejuvenecer. Esta es la única hoguera digna de servir de sepultura a esta ave maravillosa. Ni los soberbios mausoleos que la piedad de los vivos alzó a las cenizas de los difuntos, ni las más altas pirámides, ni las más ricas tumbas de los reyes, que el uni­verso jamás haya levantado, pueden serle comparadas.

En estos augustos funerales, no aparece ninguna urna fúnebre como en los de los atridas. Ya que apenas el Fénix acude a Tebas dispuesto a ser presa de las llamas para emprender otra vida, se despoja de sí mismo para perecer en el fuego sobre el altar del Sol. ¿Acaso en este estado es víctima de la muerte? No: es un nuevo Fénix el que se ve renacer, de modo que por un prodigio inaudito esta ave es su propia tumba.

(Cantinelas Intelectuales sobre la resurrección del Fénix).

 

3. Jorge Luís Borges y Margarita Guerrero

Los libros canónicos de los chinos suelen defraudar porque les falta a lo patético a que nos tiene acostumbrados la Biblia. De pronto, en su razonable decurso, una intimidad nos conmueve. Esta, por ejemplo, que registra el séptimo libro de las Analectas de Confucio:

“Dijo el maestro a sus discípulos: ¡Qué bajo he caído! Hace ya tiempo que no veo en mis sueños al príncipe de Chu.”

O esta del libro noveno:

“El maestro dijo: No viene el Fénix, ningún signo sale del río. Estoy acabado.”

El “signo” (explican los comentadores) se refiere a una inscripción en el lomo de una tortuga mágica. En cuanto al Fénix (Feng), es un pájaro de colores resplandecientes, parecido al faisán y al pavo real. En épocas prehistóricas, visitaba los jardines y los palacios de los emperadores virtuosos, como un visible testimonio del favor celestial. El macho, que tenía tres patas, habitaba en el sol.

El primer siglo de nuestra era, el arriesgado ateo Wang Ch’ung negó que el Fénix constituyera una especie fija. Declaró que así como la serpiente se transforma en un pez y la rata en una tortuga, el ciervo, en épocas de prosperidad suele asumir la forma del unicornio, y el ganso el del Fénix. Atribuyó esta mutación al “líquido propicio” que, durante dos mil trescientos cincuenta y seis años antes de la era cristiana, hizo que en el patio de Yao, que fue uno de los emperadores modelo, creciera pasto de color escarlata. Como se ve su información era deficiente o más bien excesiva.

En las regiones infernales hay un edificio imaginario que se llama Torre del Fénix.

(El libro de los seres imaginarios)

 

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