Stéphane Feye desarrolla las propuestas de d’Hooghvorst a partir de una de las cartas del Tarot de Marsella, “La fuerza”.

Y verás a este Mercurio disgregar y reunir todos los elementos del Sol vulgar
Ireneo Filaleteo

Las cartas del tarot fascinan a una multitud de hombres. El fenómeno no desaparecerá, ni mucho menos, a pesar de los avances de las ciencias llamadas tradicionales. Pero, ¿por qué?
En primer lugar, porque la adivinación vulgar encuentra en ellas un soporte excelente que nadie de entre los que acuden por curiosidad natural, angustia existencial o desconcierto fortuito, podría negar.
Luego, porque los enigmas que ofrecen estas misteriosas cartas son demasiado numerosos como para atribuirse a la torpeza de un dibujante poco habilidoso. Por otra parte, estas curiosas figuras han sido objeto de una literatura abundante, que va desde las intuiciones más geniales a las elucubraciones más extravagantes.
Por último, porque desde los comentarios que Emmanuel d’Hooghvorst ofreció a los públicos francófono e hispanohablante en su obra El Hilo de Penélope I, el sentido hermético tradicional de estas láminas ya no puede ser desmentido. Quien intentara refutarlo correría el riesgo de hacer alarde de su ignorancia. En cuanto a los que prefieren el delirio, son libres: ¡Vulgus vult decipi!
El sentido primero, el de la reina de las ciencias, el de la alquimia cabalística, es el que buscaremos aquí a propósito de la undécima lámina mayor del Tarot de Marsella, titulada “La Fuerza”.

I. ¿Por qué “La Fuerza”?

“Es la fuerza fuerte de todas las fuerzas”, (1) leemos en la famosa Tabla de Esmeralda, piedra de toque de los discípulos de Hermes.
Homero, utiliza la palabra pansudie, para indicar que es necesaria toda la fuerza para apoderarse de Ilion. El pobre Agamenón, el maestro de los hombres, que toma al pie de la letra aquella orden recibida en sueños, reúne inmediatamente a sus soldados y se figura que va a tomar la ciudad el mismo día (Ilíada II, 12). Sin embargo, olvida lo esencial: Aquiles, humillado, privado de la dulce Briseida, permanece acostado, rumiando su cólera destructora. No obstante, sin Aquiles reconciliado, ¿qué podemos esperar? Efectivamente, Aquiles, “no es otra cosa que el sujeto filosófico”. (2)
En la misma Tabla de Esmeralda, Hermes explica porqué aquella fuerza es “la fuerza fuerte de todas las fuerzas”:
“Puesto que vencerá todo lo sutil y penetrará todo lo sólido”. (3)
Y, según el célebre comentario de Hortulano:
“La fuerza de esta Piedra no puede ser comparada a ninguna otra fuerza de este mundo […] Vencerá, es decir, que venciendo y superando, cambiará y convertirá el Mercurio vivo congelándolo, pues éste es sutil y blando, y penetrará los demás metales, que son cuerpos duros, sólidos y firmes”. (4)

II. ¿Qué ilustra la lámina?
Una mujer: ¿se habría convertido la mujer en símbolo de la fuerza?
Un león: ¡Dicho animal salvaje parece, no obstante, ser aquí muy dócil!
En realidad, como lo ha señalado con frecuencia Emmanuel d’Hooghvorst, se trata de una cosa doble. Los filósofos lo llaman su rebis (del latín res, ‘cosa’ y bis, ‘dos veces’). Dos cosas representadas, pero que en el rebis no hacen sino una sola. Ésta es, ciertamente, la enseñanza de Hermes:
“Lo que está abajo, es como lo que está arriba: y lo que está arriba, es como lo que está abajo, para realizar los milagros de una sola cosa”. (5)
Vemos además en nuestra lámina, que la dama y el león están tan bien ensamblados, que el cuerpo del león, del que sólo se ven las fauces y el pelaje, parece estar como fundido en aquel ropaje azul. La gran obra, que une el cielo con la tierra, se encuentra significada aquí de forma evidente… ¡siempre y cuando nos lo hayan dicho o mostrado!
Sin la gran obra de los filósofos, estos dos permanecerían separados: el cielo, en lugar de corporificarse, permanecería celeste; la tierra, en lugar de volverse celeste, permanecería terrestre. ¿Qué significa esto?
La dama, decía Emmanuel d’Hooghvorst, lleva un sombrero: es el pensamiento cósmico, el espíritu. Este origen cósmico y volátil viene indicado por la forma del sombrero, que, efectivamente, representa el signo del infinito, todavía utilizado hoy en día en matemáticas. Cuando está sola y abandonada, esta sabiduría volátil no se encuentra más que en estado de pensamiento. Se piensa, se sueña, sin embargo, no se expresa. Ni tan sólo posee el medio de conocerse. Lo propio del infinito es no estar definido, delimitado, carecer de medida.
La otra parte es aquella fuerza interior que, estando separada de la sabiduría, se ha reducido a un fuego despreciado. Esta fuerza ígnea, representada por el león (signo astrológico masculino, fijo y de fuego, domicilio del sol) está recubierta de pelo. Se trata de una energía animal que todos despreciamos ya que estamos atraídos hacia arriba. Observemos que está dibujada en la parte inferior, a la izquierda de la dama (cuyo ropaje de color azul ocupa la parte derecha de la lámina). Siniestra pasión animal, tal es, ciertamente, la ocultación de nuestra fuerza prisionera desde la caída, que el mundo actual niega con obstinación, pero que no obstante nos separó del cielo. También es nuestro corazón, situado del lado izquierdo. Pero está escrito en Deuteronomio VI, 5: “Amarás al Señor, tu Dios, con TODO tu corazón”.
Ésta es pues la discordia de aquellas dos materias, que, en la naturaleza, están separadas una de otra. Una es fija y mineral; la otra, volátil y celeste es una vida aérea. Nuestra lámina, no obstante, recordémoslo, simboliza la concordia entre ambas. ¿No está dicho en la divisa del reino de Bélgica: “La unión hace la fuerza”?

III. El rebis
“Aquél que posee el león y la dama, que en realidad es Isis, lo posee todo”. Estas palabras de Emmanuel d’Hooghvorst están confirmadas por los versos de Ireneo Filaleteo:
Rebis es una sola cosa compuesta de dos cosas,
Ambas unidas en una;
Se disuelve a fin de que en Sol o en Luna
Los espermas sean convertidos, que en realidad son sus principios. (6)
Una sola cosa en dos, dos cosas en una, por el misterio de la gran obra, y no como hubiera podido decir un Teilhard de Chardin, por una evolución natural hacia un “algo”, muy difícil de definir…
“Vemos que Dios en Su obra ha unido el espíritu con la materia, las cosas visibles con las invisibles, y de esta unión de las sustancias espirituales y naturales nace un compuesto perfecto, cuya naturaleza y el ser mismo consisten en dicha unión. ¿Cómo puede ser posible entonces demostrar la naturaleza de este compuesto mediante una teoría dividida del espíritu sólo y de la materia sola?” (7)
No nos engañemos. Sin duda hay una cierta intervención, ignorada en nuestros días, y este desconocimiento impide al profano penetrar en los libros herméticos. Los que ya están acostumbrados a su lectura lo sospechan; en cuanto a los demás, resultan expelidos por la oscuridad de los textos o por su propio prejuicio. Por ello quizá no sea inútil intentar clarificar nuestras nociones sobre la Gran Obra, consultando algunos autores de calidad.

IV. La Gran Obra
“¿Qué es nuestra obra? ¿Confeccionar la piedra? Ciertamente es la obra final, pero la verdadera obra consiste en encontrar la humedad en la que el oro se licúa como el hielo en agua templada: nuestra obra es hallar esto”. (8)
“Éste es el famoso secreto ancestral, el fundamento de la obra, que disuelve el oro vil tan simple y suavemente como el hielo se funde poco a poco en agua templada. ¿Quién podría creer que una sencilla moneda de oro pueda ser disuelta por el alma del mundo? Sin embargo, éste es el primer secreto de la filosofía, una locura para la mayoría, y una maravillosa revelación para algunos en el transcurso de los siglos”. (9)
“En el Génesis, o Libro del Comienzo, del sabio Moisés, también leemos qu: …el soplo de Elohim planeaba sobre las aguas antes de toda creación. La creación de la que habla es, por supuesto, la Gran Obra de los alquymistas, y no otra cosa”. (10)
“¡Por supuesto, por supuesto!”¡Habría que verlo! Pues, ¿quién sabe hoy en día lo que es el misterio de la Creación? ¿Quién lo escucha ahora y quién lo entiende bien?
“Alguna vez también hemos podido decepcionar a los presuntuosos, diciéndoles que, al ser la Gran Obra un don divino, nunca podría llevarla a cabo el mero talento de los hombres. (11)
¡Incluso si este talento solitario es oro!
“Si el oro, sol terrestre, es indestructible, es porque posee en sí un principio físico de inmortalidad”. (12)
“La Gran Obra consiste en hacer de este oro el medicamento de los tres reinos”. (13)
Algunos dirán que nos alejamos del tema, de nuestra lámina del tarot, “La Fuerza”. Y sin embargo:
“Adiestrar este león –decía Emmanuel d’Hooghvost– es reconciliarse con el adversario” El león es de color oro, pero es un oro irritado; un oro furioso, frustrado, que babea de rabia. El león es el oro terrestre y corrupto que el espíritu volátil penetra y regenera. La dama abre con gran facilidad las fauces babeantes y rabiosas del león para indicar que el disolvente universal lo puede todo y lo abre todo. Cuando esta fuerza de arriba, este pensamiento cósmico, que se sueña sin expresarse, puede unirse con la fuerza ígnea representada por el león, se convierte en una fuerza extraordinaria, porque lo disuelve, lo adiestra, lo coge por sus fauces, es decir, allí donde babea. El hombre que favorece una tal unión es, pues, necesario para este pensamiento puro. Su dignidad consiste en hacerlo hablar. Únicamente él, que está situado en el centro de la creación, puede hacerlo. Es el «Honor de los Hombres, Santo Lenguaje» tan grato a Paul Valéry. (14) Thomas Vaughan, alias Eugenio Filaleteo, lo afirma casi con la misma claridad:
“El león verde, es el cuerpo, o la tierra mágica, con el que debéis cortar las alas del águila, es decir, fijarla, a fin de que ya no pueda volar”. (15)
Quizá los buscadores de oro entenderán mejor la siguiente sentencia:
“Asimismo nuestro Sol no es el oro vulgar, y sin embargo en el oro vulgar se encuentra nuestro Sol, de lo contrario ¿cómo serían homogéneos los metales? (16)
El hombre, hastiado de su estado caído y de su animalidad, no debe separarse de ella para ser regenerado. La fuerza venida de arriba debe sencillamente adiestrarla. Por este motivo la lámina que nos ocupa, muestra la dama con unos manguitos de cuero para indicar que, a pesar de su feminidad, posee la fuerza de amansar los más robustos y más fieros leones. Observemos también que una mano está colocada en posición horizontal y la otra en posición vertical. Además, la mano derecha está por encima de la izquierda y la cubre un poco.
Examinemos ahora nuestro león: el número 5 parece haber sido indicado intencionadamente: 5 dientes, 5 pelos en la ceja de este único ojo, 5 pliegues en la mejilla. ¿No podría aludir al quinto signo del zodíaco, domicilio del sol, o al misterio de la manifestación?
“…pues aquí está el mundo de un sentido en cinco: condición de todo cálculo”. (17)
Si Plutarco señala que la palabra pente (‘cinco’) procede de la misma raíz que panta ?(‘todo’), añade que en griego: “para significar el concepto de contar, también se utiliza la palabra contar-de-cinco-en cinco”. (18) También apunta lo que era conocido por Platón y los pitagóricos, a saber que en el triángulo rectángulo, el 5 representa la hipotenusa (Horus, o el sol regenerado), el 3 uno de los catetos (Osiris, o el padre desmembrado por la animalidad de Typhon), y el 4, la base (Isis, nacida al cuarto día en medio de las marismas). (19)
No obstante, este 4 aparece claramente indicado en la manga izquierda de nuestra Isis con 4 puntitos. Asimismo, cuatro rayas diminutas en el interior izquierdo del sombrero, en esta forma de luna creciente, y sobretodo los cuatro dientes de la sierra dorada que aparece en la parte superior.
“Observemos –decía Emmanuel d’Hooghvorst– que el tocado de la dama ofrece en su parte superior una sección dentada, para indicarnos el aspecto del mercurio que, cual una sierra, abre de arriba abajo. Cuando Isis volvió a encontrar el cuerpo de Osiris, serró un árbol para encerrarlo en él. En algunos lugares de peregrinaje, la sierra constituye uno de los atributos de Nuestra Señora. Figura, por ejemplo, en el escudo heráldico de Montserrat en Cataluña, para indicar claramente que ella es esta fuerza que sierra las rocas, ella es el disolvente.
El martirio de numerosos santos consistió en ser serrados en dos.
El monte Tabor, en cuya cima tres apóstoles vieron bruscamente manifestarse el Señor bajo su aspecto de gloria, significa en arameo: ‘el monte serrado’, ‘el monte fracturado’.
Tal es el efecto de aquel mercurio de arriba, que corta, separa, y manifiesta lo que la roca dura posee en su interior.
Vemos como estas valiosas indicaciones de nuestro amigo Emmanuel d’Hooghvorst están corroboradas por Ireneo Filaleteo:
“Acabado el régimen de Mercurio, cuya obra consiste en despojar al rey de sus vestiduras de oro, extenuar al león mediante múltiples combates y acosarle hasta el último cansancio, entonces aparece el régimen de Saturno”. (20)
Así pues, para la Gran Obra, es necesario encontrar este Mercurio. Sin embargo, encontrarlo es saberlo:
“Debéis saber cuáles son las palomas de Diana, que venció el león adiestrándolo, aquel león verde, digo, es verdaderamente el Dragón babilónico, que todo lo destruye con su veneno”. (21)
¿Como podemos entonces saber un misterio tan oculto, y ocultado de forma tan voluntaria?
“El misterio que ocultamos con tanto empeño es la preparación del Mercurio propiamente dicho, que no puede encontrarse sobre la tierra totalmente preparado para nuestro uso, y ello por razones particulares conocidas por los Adeptos”. (22)
Hay motivos para desesperarse si se busca solo, sin embargo: “En efecto, la Gran Obra es imposible sin la ayuda de alguna persona caritativa”. (23)
¿No sería más fácil y eficaz rogar para recibir esta ayuda en vez de afanarse por querer forzar la puerta cuando se es profano? Por este razón pondremos fin a esas citas que podrían multiplicarse al infinito, y que no harían más (a pesar de su precisión y admirable concordancia) que aumentar la confusión del espíritu “no-iniciado”. Pero, no obstante, debemos también tratar de los colores.
V. Los colores
Nuestra Isis toca tierra: observamos aquel color azul celeste que baja hasta abajo, y sobretodo el pie de color carne. Esta pura bendición celeste no se escapa:
“Es nuestra Agua permanente; la cual, no obstante, sin el cuerpo con la que está unida, no puede ser permanente, es decir, que no puede permanecer en el fuego, y que enseguida se escapa”. (24)
Según Peroto, la palabra latina color, ‘color’ procede de colere, ‘cultivar’, ‘tener el culto de’, ‘curar’, ‘honrar’, ‘habitar’. (25)
Efectivamente, la vida celeste no puede unirse con el oro por la sola intervención de la naturaleza. Es necesaria, decía Emmanuel d’Hooghvorst, la industria del hombre en este asunto. En este momento aparecen los colores negro, blanco, rojo.
“Hijo mío, esta Piedra está cubierta de varios colores que la ocultan, pero no hay más que uno que marca su nacimiento y su entera perfección. Conoced cual es este color, y nunca más digáis nada de ello”. (26)
He aquí lo referente a los grandes colores de la Obra alquímica.
En cuanto a los de las láminas del tarot, no podemos sino remitir el lector a lo dicho por Emmanuel d’Hooghvorst en El Hilo de Penélope. (27) Recordemos que el rojo se refiere al sentido, el azul al origen celeste y el oro al cuerpo, es decir, a la potencia, la salud, la alegría, la riqueza.
Si es cierto que la Gran Obra consiste en volver pesado el cielo y volver ligera la tierra, ¿no vemos en nuestra lámina, el oro pesado a la vez arriba y abajo? Asimismo el color celeste se encuentra arriba y también abajo ¿Acaso pueden ser separados?
En cuanto al sentido, viene representado por el manto rojo que lleva la dama. Cuando encontremos la sabiduría de arriba, nos dará el sentido de todas las cosas. Esta capa de color rojo reposa sobre el azul celeste y el azul celeste reposa a su vez sobre un sayo de oro. Éste es, pues, el oro filosófico, el fundamento y la base de toda esta sabiduría.
“Después de la cual viene la rojez, que es perfección de la obra”. (28)
Este rebis se aclara por sí mismo y alcanza el rojo por la cocción. Él es quien da el sentido a todas las cosas.
Que el benévolo lector nos perdone los errores que proceden de nuestra ignorancia. En cuanto a las cualidades, tienen su origen en la enseñanza oral de nuestro amigo Emmanuel d’Hooghvorst, testigo de la ciencia de Hermes, como se habrá podido comprender. ¡Esperamos no haber deformado demasiado estas apasionantes palabras!

“Por la Isis encendiendo al Osiris despreciado, se ligó pensamiento vivo”.
Emmanuel d’Hooghvorst

 ____

NOTAS

1. Bibliothèque des Philosophes Chimiques, t. I, chez André Cailleau, París, 1741, p. 2. 
2. M. Maier, Atalante fugitive, Librairie de Médicis, París, 1969, p. 94.
3. Bibliothèque des Philosophes Chimiques, t. I, op. cit., p. 2.
4. Ibídem, p. 12.
5. Ibídem, p. 1.
6. I. Filaleteo, La entrada abierta al palacio cerrado del Rey, xxiv, 3.
7. Th. Vaughan, alias Eugenio Philaleteo, Oeuvres complètes, ed. La Table d’Emeraude, Saint-Leu-la-Foret, 1999, p. 469.
8. I. Filaleteo, op. cit., xvii, 4.
9. E. d’Hooghvorst, El hilo de Penélope, Arola ed, Tarragona, 2000, p. 84.
10. Ibídem, p. 28.
11. Ibídem, p. 44.
12. Ibídem, p. 321.
13. Ibídem, p. 322.
14. P. Valéry, CharmesLa Pythie, en: Oeuvres, t. I, Gallimard, París, p. 136.
15. Th. Vaughan, op. cit., p. 376.
16. I. Philaleteo, op. cit., xix, 5.
17. E. d’Hooghvorst, op. cit., p. 34.
18. M. Meunier, Plutarque, Isis et Osiris, L’Artisan du Livre, París, 1924, p. 173. Se podría hacer una curiosa relación con L. Cattiaux, El Mensaje Reencontrado, Arola ed., Tarragona, 2000, xxxvi, 68’: «Ahora, todo nos será contado y pesado en el mundo…»
19. Véase M. Meunier, op. cit., p. 172 y p. 54.
20. I. Filaleteo, op. cit., xxv, 1.
21. I. Filaleteo, op. cit., ii, 3. Véase La Bible des Rose-Croix, P.U.F., 1970, p. 82, donde contemplamos como este león venenoso se converte en medicina.
22. I. Filaleteo, op. cit., xiii, 21.
23. E. d’Hooghvorst, op. cit., p. 32.
24. B. Le Trévisan, La Parole Délaissée, in: Oeuvre chymique, La Maisnie, 1976, París, p. 98.
25. R. Stephani, Thesaurus Linguae Latinae, t. I, E. & J.R. Thurnisii, Bâles, 1740, voz: color.
26. Bibliothèque des Philosophes Chimiques, t. I, op. cit., pp. 22-23.
27. E. d’Hooghvorst, op. cit., pp. 216-217.
28. La Tourbe des philosophes, in: Trois Traitez, chez Iean Sara, París, 1618, p. 11.