Extractos de un estudio de Emmanuel d’Hooghvorst sobre el simbolismo del Tarot, presentado, en formato de vídeo, por Stéphane Feye. En el artículo y en la presentación se plantean los distintos niveles de lectura de estos jeroglíficos.

1. Presentación de S. Feye.

2. Extractos del artículo de E. d’Hooghvorst[1]

¿Quién no ha interrogado nunca los tarots? El método es conocido: el consultante baraja los naipes, luego los saca uno a uno de la pila. Entonces, el intérprete los coloca en un orden determinado y lee en ellos el porvenir según las misteriosas reglas adivinatorias. Si el intérprete, a menudo una mujer, está dotado y tiene experiencia, se pueden obtener sorprendentes verdades de esta consulta. Lo hemos experimentado. Este tipo de adivinación se denomina cartomancia; las cartas sirven de soporte a un tipo de videncia natural para la que algunas personas están dotadas. La cartomancia es una práctica ampliamente difundida en el mundo, pues existen antiguos naipes chinos, indios e incluso musulmanes.
De todos los juegos de tarot, el más conocido en nuestros países es el antiguo Tarot de Marsella, llamado también Tarot de los Bohemios. En nuestro estudio, nos ocuparemos sobre todo de éste.
Pero la simple cartomancia vulgar no lo explica todo. Ante la complejidad de estos dibujos, cabe preguntarse la intención con la que fueron primitivamente diseñados estos naipes. Si los consideramos atentamente, ¿acaso no nos encontramos ante un mensaje de alcance más profundo y esencial?
El origen de la palabra «tarot» es mal conocido. El adjetivo ‘tarotado’[2],  se refiere a naipes cuyo dorso está pintado de color gris en compartimentos.[3]  Pero, ‘tarotado’ se decía antiguamente de «una superficie dorada con hojas, cuando estaba troquelada o grabada con un estilete o un punzón para imprimir un dibujo en el oro. Los fondos de los primeros tarots coloreados se realizaban de esta manera[4] Uno de los más antiguos juegos de tarot que conocemos, el Tarot de los Visconti (siglo XV), nos muestra efectivamente personajes pintados sobre hojas de oro ‘tarotadas’, como podemos observar en la figura.

Estas láminas de oro grabadas y pintadas, ¿no aluden a esta filosofía del Oro Sabio u Oro del Templo, de la que ya hemos tenido oportunidad de hablar y por la cual los profetas profetizaron?
Nos encontraríamos aquí, pues, ante un mutus liber que los antiguos imagineros nos habrían transmitido bajo el velo de la cartomancia. Al menos, tal parece haber sido la intención del Adepto desconocido que grabó con tanto esmero las láminas del Tarot de Marsella.
Ya en el siglo XVIII, el ministro protestante francés Antoine Court de Gebelin (1725-1784) fue uno de los primeros en presentir en sus escritos la verdadera naturaleza de los tarots.
«Si se oyera proclamar que todavía existe hoy en día una obra de los antiguos egipcios, uno de sus libros escapado de aquellas llamas que devoraron sus espléndidas bibliotecas, todos estarían impacientes por conocer un libro tan preciado, tan extraordinario. No obstante, el hecho es ciertísimo, este libro egipcio, único resto de sus espléndidas bibliotecas, existe hoy en día; incluso es tan común que ningún sabio se ha dignado reparar en él, pues nadie, antes de nosotros, ha sospechado su ilustre origen. Este libro está compuesto de LXXVII hojas o láminas, incluso LXXVIII, dividido en cinco clases. En una palabra, este libro es el juego de los tarots.»…
Nuestro autor conocía bien su mundo. Añade un poco más adelante: «… efecto necesario de la forma frívola y ligera de este libro que le ha permitido incluso triunfar sobre todas las épocas y perdurar hasta nosotros con una futilidad poco común; incluso la ignorancia en la cual hemos permanecido hasta ahora acerca de lo que representaba, ha sido un acertado salvoconducto que ha contribuido a que atravesara tranquilamente los siglos sin que se haya pensado en hacerlo desaparecer…».[5]
Así, el uso de nuestros valiosos tarots es lo que les ha salvado de la desaparición.
Especifiquemos ahora en qué sentido convendría entender una cartomancia original que fuera como el reflejo de la Gran Obra de la alquimia. Si se ha acabado considerando los tarots como un medio para prever el porvenir, en el sentido vulgar de la palabra, es por una especie de amputación de su principio, por ignorar la intención primitiva de los imagineros. La adivinación vulgar ya no es más que la corteza vacía de la antigua mancia o profecía, cuya función no es anunciar lo que acontecerá mañana o pasado mañana, sino decir el mundo por venir o edad de oro, lo cual es muy distinto. Es únicamente desde esta última perspectiva como convendría estudiar los libros proféticos. En el anuncio o descripción de esta edad de oro, suele ocurrir que el profeta se vea conducido, de modo natural, a describir la disolución de la edad de hierro, es decir, de este mundo. Ello no impide que la finalidad de la profecía consista en el único misterio de la regeneración del mundo. Echar las cartas es decir la suerte o la buenaventura, lo que traduce con mucha precisión el sentido de la palabra griega Eleusis.
Así pues, la intención de los antiguos imagineros era ver en los tarots la imagen de un cielo terrestre, llamado también firmamento o espejo de oro, sobre el que los profetas han inclinado para contemplar. Por esta razón los han concebido como láminas ‘tarotadas’, «doradas a la hoja, troqueladas o grabadas con un estilete para imprimir mejor un dibujo sobre el oro». Seguidamente, animaron sus dibujos, coloreándolos.
Ocupémonos primeramente de esas láminas de oro dibujadas. Con el tiempo, las hojas de oro han desaparecido de estos grabados, pero la intención ha permanecido invariable. ¿Acaso no se habla comúnmente de las láminas del Tarot?
Volveremos a encontrar precisamente estas láminas, calificadas de celestes, en el texto hebreo de la Biblia, al leer la descripción del segundo día de la creación, la creación del firmamento. La palabra latina firmamentum evoca una idea de solidez. Efectivamente, leemos en Génesis I, 6: «Y Elohim dijo: Que haya un firmamento en el seno de las aguas». La palabra traducida por ‘firmamento’ es rakyia en hebreo, que significa ‘extender’, pero el verbo también tiene el sentido de ‘extender una lámina martillándola’. […] También Virgilio, en la Eneida (VI, 136 y ss.), nos ha hablado de láminas de oro martilladas. Se trata de este famoso ramo de oro, del que el héroe ha de apoderarse para llegar a sus fines, en el curso de su descenso a los infiernos: «Entre la espesa fronda de un árbol hay oculto un ramo de oro /cuyas hojas y tallo son maleables [lento: extendidas con el martillo]; / consagrado, según dicen, a la Juno infernal…». [..]
Los tarots son grabados coloreados, es decir, animados. En los Tarots de Marsella, los colores no han sido escogidos al azar, sino que todos se refieren a una realidad oculta. Hay, en primer lugar, tres colores principales: el azur, el oro y el rojo. El azur indica el espíritu, el oro el cuerpo y el rojo el sentido. Pero son equívocos; así, el azur significará unas veces el cielo o lo que viene del cielo, otras el sheol, la ilusión, el sueño, el engaño, o también el volátil, el disolvente. Lo mismo ocurre con el valioso metal, que significará el cuerpo del oro noble o del oro vil, el metal muerto o vivo, el oro de los elegidos o el de los avaros. Lo mismo ocurre con el sentido.
La interpretación jeroglífica de cada una de las láminas dependerá, pues, de la situación de los colores respecto al dibujo. Aquí se condensa todo un lenguaje, una verdadera gramática que hay que aprender paulatinamente para poder leer y comprender.
La naturaleza del oro, por ejemplo, será muy diferente según si el personaje lo lleva en la cabeza, como un casco, o en su mano bajo tal o cual forma, o si lo lleva sobre su vestido, etc. Estos tres colores se vuelven a encontrar siempre en todas las láminas y, con las particularidades del dibujo, forman el lenguaje que el autor ha utilizado. No podemos, en el marco de este estudio, extendernos sobre esta cuestión importante, pero volveremos a ello en otras circunstancias. Especifiquemos, no obstante, que estos tres colores designan también las tres substancias que los magos, llegados de Oriente, ofrecieron al Niño-Dios en su pesebre: el oro para el cuerpo, el incienso para el espíritu y la mirra para el sentido que une el espíritu con el cuerpo. Los colores secundarios son el blanco, signo de pureza, el verde, para significar la naturaleza, y a veces el negro. Tenemos así los seis colores principales de la heráldica: gules, azur, oro, blanco o plata, sinople y sable. Finalmente, el color carne sirve para colorear los diferentes personajes.
A título de ejemplo, proponemos al lector una interpretación de la lámina XVI, la Torre o la Casa-Dios.
He aquí, primeramente, la interpretación dada por Court de Gebelin en Le Monde Primitif. Es un buen resumen de la que hacen los cartománticos: «La Casa-Dios o castillo de Plutón: Ciertamente, tenemos aquí una lección contra la avaricia. Esta imagen representa una torre que es llamada Casa-Dios, es decir, la casa por excelencia; es una torre llena de oro, es el castillo de Plutón, cae en ruinas y sus adoradores caen aplastados bajo sus escombros
Esta lámina, pues, se considera temible cuando sale en el juego. Significa derrumbamiento, ruina y la gama más sombría de accidentes. Es, por lo tanto, una lámina funesta.
No obstante, un examen atento desmentirá totalmente esta interpretación. En efecto, ¿Pero no cabe extrañarse de que esta torre tambaleante se denomine Casa-Dios? Dicho término evocaría más bien la idea de un tabernáculo antes que la de una reserva de oro vulgar, amenazada por la ruina. Consideremos, pues, atentamente el grabado.

En realidad, vemos una torre cuyo techo se levanta sin dificultad, como una tapa, por lo tanto no se trata aquí de una torre fulminada. Es simplemente el atanor u horno de los alquimistas en el momento en que se produce lo que se llama la primera conjunción, que es el «don de Dios». Lo que penetra en la torre es aquel nitro corruscante que se convertirá en el mercurio de los filósofos. El atanor ha sido descrito a menudo por los autores antiguos como una torre redonda de ladrillos cimentados. ¿Acaso no vemos, por las tres ventanas de esta torre, que se está llenando de este aire libre que es el azul celestial? He aquí la noble sangre azul que se irá cuajando poco a poco en miel de caridad.
Fue este mismo nitro corruscante, llamado también nitro de los montes, que se manifestó al sabio Moisés[6]  en la nube en medio de los relámpagos (Éxodo XIX, 16 y ss). Vemos pues aquí, con este gran don, el comienzo de la obra de la cábala química o misterio de la creación.
Los dos personajes, que podrían parecer haber sido precipitados de lo alto de la torre, son en realidad dos locos que bailan cabeza abajo como niños alegres. Es la danza llamada de Salomé [ver figura más adelante] o danza de David ante el Arca. También se podrá interpretar diciendo que andan cabeza abajo para leer mejor los signos inscritos en esta tierra filosófica o Santo Egipto.
Uno es el maestro y el otro, el discípulo. Efectivamente, el maestro enseña mediante la palabra y muestra con la mano; por esta razón, el cuerpo del personaje de la derecha permanece escondido, excepto la cabeza y el brazo que lo definen. El personaje de la izquierda es el discípulo: el cuerpo rojo y arrugado del hombre de los sentidos empieza a resquebrajarse, como un caparazón agrietado, por efecto del empuje interior del hombre celestial.[7] Se observará, en las rodillas, las calzas gastadas por la plegaria. La posición de las piernas es significativa: el pie levantado verticalmente indica una jerarquía entre el espíritu y el sentido; el pie levantado veja el estudio pues, aquí, el espíritu domina el sentido. Respecto a la otra pierna, el pie azul y la pierna roja están al mismo nivel: el espíritu y el sentido se equilibran mutuamente, van a la par.
Al pie de la torre, sobre un suelo seco, se observan dos pequeños charcos de agua: esta agua debería estar en el interior, pero el dibujante no ha encontrado otro medio para indicar el vapor condensado en las paredes y que, poco a poco, se escurre en agua al fondo del vaso. Es la fuente de la que beberá el sabio discípulo de la filosofía.
Veamos, finalmente, el «mercurio vulgar» en estos pequeños círculos azules, blancos y rojos que poco a poco caen al suelo; el azul indica su naturaleza celestial; el blanco, su pureza cuando no está mezclado con los mixtos; el rojo nos recuerda la naturaleza, en algún modo mágica, de este aire sensible que anima nuestro mundo. Muchos ocultistas, desde Etteilla[8], se han dedicado a dibujar de nuevo los tarots, alardeando de hacerlo mejor que el antiguo imaginero, pero sin haber jamás poseído, es evidente, ni su saber ni su intención. Consideremos la misma lámina XVI redibujada por Oswald Wirth, un estimable erudito del siglo pasado. El dibujo es agradable, pero, ¿qué queda en todo esto del sentido de la lámina? Los dos personajes que reciben ambos un ladrillo en la cabeza nos recuerdan las desventuras del célebre capitán Haddock, más que la Gran Obra

.[…]

Explicar los jeroglíficos de todas las láminas no sería conforme a las intenciones del autor. Efectivamente, ha querido que este libro permaneciera sellado, que el sentido de estas sabias figuras no fuera divulgado.
Por eso, esperamos que se nos perdone esta publicación si fuera juzgada indiscreta. Hemos querido rendir un homenaje filial a la memoria olvidada del sabio imaginero cuyos jeroglíficos encantan nuestro estudio.

 

LA DANZA DE SALOMÉ (post-scriptum )

Salomé significa «reposo del Señor». Su figura aparece en el tímpano del portal izquierdo, llamado Portal de san Juan, de la catedral de Ruán. En el nivel superior del tímpano, vemos el amortajamiento del santo precursor. En el nivel inferior, el festín de Herodes, la danza de Salomé, la decapitación de san Juan y la entrega de la cabeza cortada por parte de Salomé a Herodías. (Mateo XIV, 1 a 12)
Salomé  también baila cabeza abajo[9]. Se puede apreciar, un poco más arriba de sus rodillas, el huevo filosofal sobre un soporte de piedra. El parentesco de inspiración entre el escultor y el imaginero parece evidente.
La decapitación de Juan Bautista ha sido a menudo comentada por los Padres, quienes la evocaron en su polémica contra los judíos de la época. Leemos en Orígenes (siglo III): «Mira este pueblo en el que alimentos puros e impuros son examinados, mientras que la profecía presentada en bandeja a modo de alimento es despreciada».[10] La cabeza de Juan Bautista representaría, pues, el principio de la profecía, de la que se habrían privado los judíos por la decapitación del santo. Orígenes añade: «Decapitan la palabra profética, tras haberla encerrado en una prisión, no conservando más que una palabra cadáver, mutilada, que ya no tiene ninguna parte sana, dado que ya no la entienden».[11] Esta reflexión está todavía de actualidad y sería aplicable a mucha gente… Relacionaremos este pasaje con la decapitación de Polidoro en la Eneida.[12]
También David bailaba ante el Arca del Señor (II Samuel VI). Su esposa Micol le vio bailar y le menospreció en su corazón. Le dijo: «¡Qué gloria hoy para el rey de Israel haberse desnudado a los ojos de sus siervas y de sus siervos, como se desnuda un juglar!» Al bailar, también él, cabeza abajo ante el Arca, había desnudado su fundamento…
En el mismo sentido Louis Cattiaux, el autor de El Mensaje Reencontrado, escribió: «Heme aquí barrido, andando sobre la cabeza… con gran escándalo de los bien pensantes». (El Mensaje Reencontrado, XXXVII-8′).

NOTAS

[1] Publicado en: Emmanuel d’Hooghvorst, El hilo de Penélope I, Arola ed., Tarragona, 2000. Traducción: J. Lohest-Hooghvorst.

[2] Traducción literal de la palabra francesa taroté(N. del T.)

[3] Según el Diccionario Littré.

[4] Según la excelente explicación de D. Gabriele Mandel: Les Tarots des Visconti, Ed. Vilo, París, 1975.

[5] A. Court de Gebelin: Le monde primitif analysé et comparé avec le monde moderne considéré dans divers objets concernant l’historie, le blason, les monnaies, les jeux… (París, 1781). Esta obra, aún ahora y respecto a muchas cosas, merecería ser consultada.

[6] Aparece varias veces en la revelación bíblica, por ejemplo: I Reyes XIX, 11-13; Ezequiel I-4; etc.

[7] Esaú, el hombre terrestre, es llamado Edom, que recuerda el color rojo, mientras que Jacob, su hermano gemelo que nació después de él, es llamado el hombre azul, en hebreo Tekhelet.

[8] Etteilla: su verdadero nombre Alliette, contemporáneo de Court de Gebelin y lector entusiasta de éste. Era el más erudito de los peluqueros. Había hecho pintar versos griegos sobre su puerta. Pero su erudición era debida en gran parte a su imaginación. He aquí las primeras líneas de su libro sobre los tarots: «Es con razón que nos extrañamos de que el tiempo, que lo destruye todo, y la ignorancia que lo cambia todo, hayan dejado pasar a la posteridad una obra compuesta en el año 1828 de la creación, 171 años después del Diluvio y, finalmente, escrito hace hoy 3.953 años. Este libro fue redactado por diecisiete Magos, incluyendo el segundo de los descendientes de Mercurio-Athotis; éste, nieto de Cam y biznieto de Noé, el cual tri-Mercurio o tercero con este nombre, ordenó el libro de Toth (El Tarot) según la ciencia y la sabiduría de sus antepasados…» Etteilla murió en 1791. Es el autor de tarots redibujados y de numerosas obras dedicadas a la alquimia, la cartomancia, etc…

[9] Salomé, hija de Herodías, se desposó con Aristóbulo, rey de Armenia; de cuyo matrimonio nació un hijo llamado Herodiano. ¿Se hizo cristiana Salomé, así como su marido y su hijo? Un fragmento de la Epístola a los Romanos (XVI, 10) alude a la casa de Aristóbulo: «Saludad a los de la casa de Aristóbulo, saludad a Herodiano mi pariente». Ver A. Estryn: « L’incendie de Rome sous Néron ». En Les cahiers du cercle Ernest Renan, 1979. Según el comentario de Orígenes y el sentido espiritual del Evangelio, ¡Salomé sería un modelo a seguir para los cristianos…! Asimismo, encontramos una Salomé discípula de Jesús en el Evangelio según Tomás, pero nada nos garantiza que se trate de la misma persona.

[10] Orígenes, Commentaire sur l’Evangile selon St. Matthieu, X-22. Sources Chrétiennes, vol. 162, p. 251.

[11] Id., X-22, p. 252.

[12] e Emmanuel d’Hooghvorst, El Hilo… cit.