Presentación de un fragmento del ‘Sefer ha-Zohar’, el libro principal de la cábala, dedicado al cuerpo y el espíritu de la Torá, con un comentario al texto de Emmanuel d’Hooghvorst recogido y publicado por Claude Froidebise.

Presentación de Claude Froidebise [1]

Nuestra propuesta es seguir, con discernimiento, la lectura de las notas tomadas durante las clases de hebreo impartidas por Emmanuel d’Hoohgvorst.

El Pensamiento de Dios ha escogido a los profetas para manifestarse aquí abajo, éstos han expresado el misterio con delicadeza, pero con nuestro ordinario modo de expresarnos. ¿Quién estará atento?

Igualmente, ¿quién busca amorosamente la almendra bajo la corteza de la tierra? Quien abriera una manzana, escribió Nicolas Valois, encontraría en ella el esperma, en cuyo centro está la simiente capaz de producir un manzano.[2]

¿Quién presenta a la Vida de lo alto un vestido que le convenga aquí abajo? Una encantadora canción tradicional francesa cuenta que “en las escaleras de palacio hay una muchacha muy hermosa. Tiene tantos amantes que no sabe a cuál escoger. Un pequeño zapatero fue el preferido. Un día que la calzaba, se lo pidió”.

“La idolatría es confundir las apariencias de la cosa de Dios con la cosa misma, y es permanecer extraviado por las cortezas que esconden la almendra substancial y pura de la vida imperecede­ra”. (L. Cattiaux, El Mensaje Reencontrado IV, 73; a partir de aquí citado como MR).

 

El cuerpo y el espíritu de la Torá  (Zohar III, 152 a)

Rabí Simeón dijo, desgracia para el hombre que dijo que la Torá vino para exponer historias según un sentido simple y con palabras profanas , pues si así fuera, seríamos capaces incluso actualmente, de hacer una Torá a partir de palabras profanas que sería extremadamente alabada. Si la intención fuera la de expresar los asuntos del mundo, hay entre estos escritos sobre el mundo, palabras muy elevadas. Si así fuera, ¿las seguiríamos y haríamos con ellas una Torá parecida? Pero todas las palabras de la Torá son palabras sublimes y secretos elevados.

Ven y ve, el mundo de arriba y el mundo de abajo son pesados con un mismo peso, Israel abajo y los ángeles superiores, arriba. Está escrito respecto a los ángeles superiores: “Hace de los soplos sus ángeles y de un fuego ardiente sus servidores” (Sl 104, 4) En el momento en que descienden, se revisten de los vestidos de este mundo. Y si no se revistieran de un  vestido de la naturaleza de este mundo, no podrían permanecer en este mundo y el mundo no los soportaría. Si es así respecto a los ángeles, con cuánta más razón respecto a la Torá que los ha creado y que ha creado todos los mundos que subsisten gracias a ella. [3] Si no se revistiera con vestidos de este mundo cuando desciende a él, el mundo no la podría soportar. Por eso, la historia de la Torá es el vestido de la Torá. El que piense que este vestido es la Torá real y nada más, ¡qué muera y que no tenga parte en el mundo por venir! Por eso David dijo: “Descubre mis ojos y contemplaré las maravillas que provienen de tu Torá” (Sl 119, 18) Es decir, lo que está bajo los vestidos de la Torá.

Ven y ve. Hay un vestido que todos lo ven, y cuando los estúpidos ven un a un hombre con un vestido que les parece hermoso ya no consideran el resto. Mientras que lo importante de ese vestido es el cuerpo, y la importancia del cuerpo es el alma. Del mismo modo, la Torá tiene un cuerpo. Son los mandamientos de la Torá que se llaman el cuerpo de la Torá. El cuerpo está recubierto de vestidos que son las historias de este mundo. Los estúpidos de este mundo solo consideran los vestidos, que es la historia de la Torá, y no el resto, no consideran lo que hay debajo de este vestido. Los que saben más no tienen en cuenta el vestido sino el cuerpo que está debajo de este vestido. Los sabios servidores del Rey de lo Alto, los que están de pie sobre la montaña del Sinaí solo consideran el alma que es la raíz de todo, la Torá auténtica.  Y en el tiempo por venir[4], estarán preparados para considerar el alma del alma de la Torá.

Ven y ve.  Así, incluso en lo alto hay un vestido y un cuerpo y un alma y un alma del alma. Los cielos y sus ejércitos son el vestido, la asamblea de Israel es el cuerpo que recibe el alma, que es el esplendor de Israel, por eso es el cuerpo del alma. El alma de la que hablamos es el esplendor de Israel pues es la Torá auténtica, y el alma del alma es el Santo Anciano, y todo está encerrado una dentro de la otra.

Desgracia para los malvados que dicen que la Torá solo es una historia según el sentido simple y que consideran el vestido y no el resto. Felices los justos que consideran a la Torá como conviene. El vino solo puede estar en un recipiente, igualmente la Torá solo puede permanecer bajo este vestido. Y por eso solo hay que tener en cuenta lo que está debajo de este vestido y por eso todos estos significados y todas estas palabras son unos vestidos.

Comentario de Emmanuel d’Hooghvorst

La Torá no ha venido al mundo para hablarnos de cosas profanas, dice el Zohar. Estos textos son importantes porque nos muestran cómo debemos leer las Escrituras y qué sentido debemos darles.

¿Qué significa “el mundo de lo alto y el mundo de abajo son pesados con un mismo peso”? Para empezar, tengamos en cuenta que se trata del encuentro entre ángeles e Israel, no entre ángeles y hombres ordinarios. Y, ¿qué es Israel? Es el que ha luchado con el ángel de vida y lo ha vencido (Gn 32, 25 a 32). Al final de la lucha, Israel y el ángel van al mismo paso y tienen el mismo peso. Si realmente queremos ser interlocutores válidos para los ángeles es importante que formemos parte del Verus Israel, es decir, de los ángeles que están sobre la tierra. Este modo de considerar a los ángeles está bastante alejado de la imaginería habitual, ¡los ángeles en este mundo son Israel, e Israel en el otro mundo son los ángeles!

La noción de peso alude a algo que no conoceremos si no es por experiencia. Se dice por ejemplo: “Nadie sabe el espesor de la capa de mugre que nos  recubre, excepto el santo que la consume, y nadie conoce el peso de la luz que nos habita, excepto el sabio que la madura en secreto” (MR 20, 41). Nuestro estudio debe darnos el deseo de esta experiencia.

Cuando leemos que, en su bajada, los ángeles se revisten con un vestido de este mundo, hay que comprender que este vestido es el hombre. El misterio marial indica que la unión de lo que está arriba con lo que está abajo solo puede hacerse por medio de la bendición. Y cuando se dice que sin este vestido el mundo no podría soportar la presencia del ángel, se ve el peligro de este encuentro. Es la historia de Tu-ti, que se había convertido en un adorador ferviente del Gran Dragón por lo que le pedía sin cesar que pudiera verle. Pero cuando el Gran Dragón se manifestó, Ti-ti huyó atemorizado[5]. Quizá sería mejor para nosotros recibir la visita de un israelita que la de un ángel, porque podríamos quedar reducidos a cenizas. Por eso, el ángel Gabriel le dijo a la Virgen María: “No temas María, pues has hallado gracia ante Dios. Y he aquí que quedarás preñada y darás a luz un hijo al que pondrás por nombre Jesús” (Lc 1, 30) El hombre visitado comienza por ser aniquilado por el fuego del ángel, he aquí el temor del Señor. Seguidamente, el ángel le da las fuerzas necesarias para mantenerse en pie. Se trata pues de casos totalmente excepcionales y particulares. El mundo se mantiene en pie gracias a estos sabios que han unido el ángel con Israel. Ellos conocen a los que buscan y pueden visitarlos en el tiempo fijado. Yo creo, como ya he dicho a menudo, que un sabio viene hacia nosotros. Pero como siempre, estos personajes vienen a lomos de un asno y ¡tardan mucho tiempo!

Se nos enseña, pues, que la Torá tiene que vestirse con historias, símbolos, leyendas de este mundo, porque si se mostrara tal como es, el mundo no podría soportarla. Igualmente Cristo habló mediante parábolas. En efecto, dijo a sus discípulos: “Os he dicho estas cosas de manera figurada. La hora se acerca en la que ya no os hablaré de manera figurada, sino que os daré abiertamente una respuesta respecto al Padre” (Jn 16, 25) Y también: “Por eso les habló en parábolas, pues ven sin ver, escuchan sin escuchar ni comprender” (Mt 13, 13) O incluso: “A vosotros se os da el misterio del Reino de Dios, pero para los de fuera, se da en parábolas” (Mc 4, 11) Cristo siempre hablaba a la multitud mediante parábolas, y abiertamente a los discípulos “dentro de la casa”, y eso a fin de dejar a Dios el cuidado de escoger a quién revela sus misterios. Aquél que diga que no será escogido es un blasfemo, pues pronuncia una palabra falsa sobre la Torá. Louis Cattiaux escribía: “El que prejuzga la elección de Dios, se separa del amor de su Señor”. (MR 12, 1). Hay que tener la esperanza de la salvación, es decir esperar ser escogido por Dios.

Si la Escritura se presentara a nosotros tal como es en los cielos, no podríamos soportarla. Existe, pues, una cierta indiscreción en descubrir estas maravillas, de aquí la inscripción que se hallaba en el templo de Atenea en Sais: “Soy todo lo que ha sido, todo lo que es y todo lo que será, y mi velo jamás lo ha levantado ningún mortal. El fruto que he engendrado es el sol[6]. A propósito de este velo, leemos lo siguiente: “Jesús gritó con voz fuerte y entregó su espíritu. Y he aquí que el velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo, la tierra tembló las rocas se rompieron, las tumbas se abrieron y los cuerpos de muchos santos que dormían se despertaron”. (Mt 27, 50 y 51). Entonces fue cuando llegó la revelación para los discípulos de Cristo.

Es como jugar con los dados trucados; siempre leemos los textos en el mal sentido. ¿Por qué estudiarlos entonces? Porque este estudio alimenta nuestra plegaria nuestro deseo de conocer el secreto. No hay que intentar conocerlo mediante la astucia. Que nuestro estudio sea protréptico, es decir, una exhortación a la sabiduría. Y, ¿cuáles son las condiciones para obtener esta elección? Creo que de entrada hay que tener el deseo de pureza y en segundo lugar tener un corazón generoso. “Alá no da la sabiduría sino a los que tienen corazón” (Corán 28, 14), es lo que encontramos en el libro de los Proverbios: “Guarda tu corazón más que cualquier otra cosa, pues de él nacen los manantiales de la vida” (Pr 4, 23) ¿Por qué el Santo, bendito sea, dio la Torá a Moisés? Porque sabía, dicen los comentarios, que Moisés amaba a sus hermanos y deseaba guiarlos fuera de Egipto. No pedía pues la Sabiduría para sí mismo, sino para los hijos de Israel.

En la búsqueda de Dios, hay también una actitud de abandono. Después de haber rogado mucho, debemos reposar, a fin de que la reacción pueda darse. Este abandono consiste en dejarse guiar y dar gracias a Dios por todo lo que viene, es ponernos totalmente, con nuestros asuntos, en manos del Señor. Esta idea de abandono se encuentra, por ejemplo, en el hesicasmo que forma parte de la tradición de la Iglesia de Oriente[7] o, en Occidente, con el molinismo y el quietismo.

El texto nos enseña que los mandamientos son el cuerpo de la Torá que está oculto bajo los vestidos de las historias de este mundo. Conocer el alma de los mandamientos es conocer la Torá. Por ello está dicho que aquél que cumple perfectamente un solo mandamiento, los cumple todos y que el más importante de entre todos ellos es el estudio de la Torá. Aquellos que, por ejemplo, respetaron el mandamiento del reposo dominical no sufrirán jamás ningún daño. Rabí Hilel resumía todo el judaísmo al decir: “No hagas a tu prójimo lo que a ti no te gustaría que te hicieran a ti, he aquí toda la Torá. El resto solo es un comentario. Ves y estudia”.[8] Del mismo modo Jesús respondió a los fariseos que le preguntaban cuál era el mayor mandamiento de la Ley: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, toda tu alma y todo tu espíritu. Es el más grande y el primer mandamiento. Pero el segundo es parecido: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos depende toda la Ley de los profetas[9]. En efecto, todo procede de una única alma y el que la posee no necesita libros porque él mismo es el mandamiento. Llegado a este estado, el hombre está totalmente liberado. Se comprende porque este don es dado tan raramente; se necesita de alguien que esté en completo acuerdo con el Universo, a fin de no molestar la economía del mundo.

El Zohar nos enseña también que: “Los sabios servidores del Rey de lo Alto estaban de pie sobre la montaña del Sinaí, y consideraban solo el alma, que es la raíz de todo, la Torá real. Y en el mundo por venir serán invitados a considerar el alma del alma de la Torá” En el Mensaje Reencontrado encontramos lo siguiente: “La sabiduría y la santidad en Dios no depende ni de las opiniones mundanas, ni de las obediencias generales ni particulares, ni de los ritos figurativos, ni de las situaciones sociales, ni de los patriotismos, ni del número de mujeres o de hijos, ni de la cantidad de bienes, sino más bien del conocimiento de la causa primera y del efecto último” (MR 17, 16) En la manifestación de Dios, la causa primera es la natividad, y el efecto último es la resurrección, pero hay alguna cosa antes y después de esto. Leemos en el libro del profeta Isaías lo siguiente: “El año de la muerte del rey Ozias, vi al Señor sentado sobre un trono alto y elevado, y los pliegues de su vestido llenaban el Templo. Los serafines estaban encima, seis alas, seis alas cada uno, con dos ocultaban su cara, y con dos ocultaban sus pies, y con dos, volaban. En una carta dirigida al Papa Dámaso, san Jerónimo escribió lo siguiente respecto a ello: “Con dos alas ocultaban su cara, y con dos ocultaban sus pies, y con dos volaban. No ocultaban su cara, sino la de Dios. ¿Quién, en efecto, puede conocer su origen? ¿Lo que era en la eternidad antes de que creara el mundo? (…). Y con dos ocultaban sus pies, tampoco los suyos sino los de Dios, ¿quién, en efecto, puede ver su fin? ¿Qué sucederá después de la consumación de los siglos? (…) “Y con dos volaban”: solo conocemos lo que está en medio, que nos está descubierto por la lectura de las Escrituras (…) “[10]. En el Mensaje Reencontrado encontramos también: “El fin es como el principio pero el medio nos ilumina. La Plegaria, la Estrella, la Piedra”. (MR 1, 2). En la traducción aramea[11] de la continuación del versículo de Isaías: “Y se respondían entre sí” está dicho. “Y uno recibía del otro”, indicando que se trata de un maestro y un discípulo que se transmiten uno al otro la santidad del Señor, de donde viene la continuación del versículo: “Y decían: Santo, Santo, Santo”.

Existe, pues, dice nuestro texto como conclusión, una Torá sobre la tierra que tiene un vestido, un cuerpo y un alma, y hay una Torá sobre el cielo que tiene un vestido un cuerpo, un alma y el alma del alma. El vestido y el cuerpo de la Torá sobre la tierra son las historias y los mandamientos, y el alma de la Torá es la de estos mandamientos. Los cielos y los astros son los vestidos de la Torá en el cielo, la asamblea de Israel es el cuerpo, el Esplendor de Israel es el alma, y el Santo Anciano es el alma del alma.

 

 

NOTAS

[1] En el 2008, la revista belga Le Miroir d’Isis comenzó a publicar unas lecturas de textos hebreos comentadas por Emmanuel d’Hooghvorst que tuvieron lugar en Bruselas durante el último tercio del siglo XX, y que fueron recogidas, corregidas y ordenadas por Claude Froidebise. En una de las presentaciones a estas notas, él mismo advierte de su carácter personal: “no se trata de lo que verdaderamente dijo o escribió Emmanuel d’Hooghvorst”, sin embargo, y en eso creemos que reside su valor: “…en estas notas imperfectas descubriréis la expresión de la lectura tradicional de las Santas Escrituras, y adivinareis, así lo espero, el entusiasmo con el que participábamos en estas reuniones de lectura…” Por eso, queremos expresar aquí nuestro agradecimiento a Claude Froidebise por un trabajo que permitirá que las siguientes generaciones puedan participar de dicho entusiasmo. (Le Miroir d’Isis, nº 18, 2011; pp. 121-129).

[2] N. Valois, Les cinq libres ou La clef du secret des secrets, Retz, Bibliotheca Hermetica, 1975, p. 248. Ver también las páginas 160, 218, etc.

[3] Cf. Libro de la Sabiduría 9, 9: “Contigo está la Sabiduría que conoce tus obras, que estaba contigo cuando creaste el Cosmos”.

[4] Se trata del tiempo mesiánico.

[5] Se trata de un cuento zen de origen chino. Lo encontramos, por ejemplo en el libro de Henri Brunel, Les plus beaux contes zen, Calman-Levy, 2002, p. 136.

[6] Citado por Plutarco, Obras morales, libro V. Proclo, Comentario sobre el Timeo de Platón, 30.

[7] Hesicasmo viene de la palabra griega hesykia, tranquilidad, calma, reposo.

[8] En el tratado Chabat 31a del Talmud de Babilonia, se cuenta una historia de un pagano que prometió convertirse si se le enseñaba toda la Torá durante el tiempo que pudiera sostenerse sobre un pie. Fue rechazado por Chamai, conocido por su severidad, pero Hilel, más clemente, le dio la respuesta que acabamos de mencionar.

[9] Mt 22, 36 a 40. Los textos citados por Jesús son Dt 30, 6 y Lv 19, 19.

[10] San Jerónimo, Cartas, t. I, Ad Damasum, 7.

[11] Del Targum de Jonatán ben Uziel.