Clase de Raimon Arola del curso de ‘Simbología, planteamientos teóricos’, de la Universidad de Barcelona, que presentamos en abierto. El texto es un resumen del vídeo.

A lo largo del curso de Simbología, planteamientos teóricos, de la Universidad de Barcelona, se ha procurado contextualizar social y culturalmente los símbolos y, también, el estudio y los comentarios que a ellos se refieren, es decir, “la simbología”. Pero la historia y sus contingencias no lo explican todo. Por eso, hemos complementado la idea del “contexto del símbolo” con una propuesta, que quizá se escapa del academicismo, y  que se refiere a que el símbolo es una forma del espíritu que depende de una inspiración esencial que aparece al margen de cualquier lógica. La epifanía simbólica no sigue reglas, las instaura. ¿Cómo se puede comprender esto? Y la respuesta es que no hay manera, aunque finalmente todo se puede justificar, pero, incluso si se pudiera constatar la necesidad histórica de la manifestación espiritual, ésta, como hemos dicho, no sigue ninguna lógica humana.

La epifanía simbólica no sigue reglas, las instaura.

Por eso hablamos del “símbolo renovado”. Los símbolos necesitan estar vivos y, para ello, algún hombre (la humanidad no tiene otro instrumento) debe revivirlos. La simbología siempre debe dejar paso al símbolo reencontrado; es decir, a la sabiduría de su sentido último, encarnada en alguien. Louis Cattiaux, protagonista de esta última clase, escribió: “Hablamos un lenguaje nuevo, pero volvemos a decir la única revelación antigua, ya que nadie inventa nada en el ARTE de Dios” (‘El Mensaje Reencontrado’ 33, 42). Confundir los símbolos con formas de lenguaje es aspirar a convertir la simbología en una semántica.

Los lenguajes cambian según las necesidades y las coyunturas, pero el símbolo perdería su importancia si solo cultivase el conocimiento de las diferencias de los lenguajes, pues dejaría de ser un símbolo para convertirse  en un signo convencional. La simbología debe desvelar aquello que ocultan los lenguajes. Así, adquiere  sentido la anterior afirmación de Cattiaux relacionada con los símbolos: la revelación antigua del ARTE de Dios, también es la revelación nueva. Lo nuevo y lo viejo son dos caras de la misma moneda. No se pueden separar. Aunque los lenguajes y las contingencias cambien, el símbolo habla de lo esencial, o para ser más precisos, de la experiencia de lo esencial, puesto que lo esencial en sí mismo es profundamente equívoco. “No basta con estudiar –escribe Cattiaux–, también es necesario comprender lo que estudiamos. Y ¿para qué comprender, si no experimentamos en nosotros mismos la verdad de Dios?” (‘El Mensaje Reencontrado’ 18, 40).

Louis Cattiaux nació en Valenciennes en 1904, pronto quedó huérfano y fue cuidado por sus hermanas. Durante la guerra, ingresa en un internado en París, ciudad que no dejará hasta su fallecimiento en 1953. Muy pronto se siente atraído por la creación artística y se dedica a la pintura y a la poesía. Se mueve por los ambientes artísticos hasta que, a partir de 1936, comienza una intensa búsqueda espiritual que se reflejará en el libro de su vida, ‘El mensaje reencontrado’ que comienza en 1938 y termina justo antes de morir en 1953. No nos extendemos aquí sobre la vida y obra de Cattiaux, Lo que sí nos interesa es profundizar en su libro, ‘El Mensaje Reencontrado’, pues en él se produce el encuentro de los símbolos herméticos con los fundamentos de la teología, por eso se trata de un libro extraño y sorprendente. Los hermanos Charles y Emmanuel d’Hooghvorst, discípulos de Cattiaux, publicaron la versión definitiva en 1956, ellos lo divulgaron y enseñaron a profundizar en su contenido, explicando qué es un “símbolo reencontrado” o, como reza el título de la obra, qué es el “mensaje reencontrado”.

En ‘El Mensaje Reencontrado’ se produce el encuentro de los símbolos herméticos con los fundamentos de la teología, por eso se trata de un libro extraño y sorprendente.

Como acabamos de decir, en el libro de Cattiaux se reúnen la teología y el hermetismo, la física y la metafísica y seguramente por eso sus aforismos están dispuestos en dos columnas, pues como explican los hermanos d’Hooghvorst: “Cada versículo implica varios sentidos en profundidad: la columna de la izquierda suele dar los sentidos terrestres: moral, filosófico y ascético; la columna de la derecha, los sentidos celestes: cosmogónico, místico e iniciático. Algunas veces, los versículos se completan con un tercero dispuesto en medio de la página, que hace concordar los otros dos en el sentido alquímico que une el cielo con la tierra y que hace referencia al misterio de Dios, de la creación y del hombre”.

Esta obra busca también la unidad de las religiones o manifestaciones espirituales pero, a diferencia de otros autores del siglo XX, la mayoría, la unidad que propone Cattiaux no es solo trascendente, sino también inmanente, es decir, que está en el hombre y también fuera de él. Esta particularidad esencial que reúne las distintas tradiciones  se llama, según el lenguaje de los maestros antiguos, la Piedra filosofal, que, como ya hemos visto, es aquello que los sabios de todas las naciones se han transmitido desde Hermes Trismegisto. Precisamente, Cattiaux pintó un cuadro titulado la Piedra filosofal, pues su obra pictórica está estrechamente relacionada con su búsqueda espiritual .

La búsqueda trascendente de la unidad de las distintas tradiciones puede definirse como el conocimiento del origen inefable de toda tradición, aquello-que-no-se-puede-decir, pues cualquier decir es partidista o dual. A esta tradición, la iglesia oriental la denominó apofática o, también, teología negativa. Pseudo Dionisio, el máximo representante clásico de esta teología, escribió que cuando la mente renuncia a hacerse una idea de Dios, entonces,  “se entrega a lo que es totalmente intangible e invisible… unida a Aquel que es totalmente incognoscible

La teología apofática va unida a la catafática, es decir, aquella en la que se afirma “qué es Dios”. El hermetismo y con él, inevitablemente, los símbolos forman parte de la teología catafática (aunque en muchos casos se ha hablado de teosofía y no de teología), pues son imágenes que muestran aquello que es la divinidad. Parece imposible que a partir de esta vía afirmativa se pueda hablar de unidad de las religiones puesto que, se dirá, cada una de ellas utiliza símbolos particulares y, por eso, la única manera de encontrar la unidad es a partir de aquello que es “totalmente intangible e invisible”. Esto es cierto, aunque esta certeza amplía el horizonte de la propuesta hermética-simbólica, puesto que ella aboga por una realidad universal, que se ve y se toca, y que está en la particularidad secreta. Escribió Cattiaux: “Algunos prosiguen en secreto la búsqueda de Dios más allá de los símbolos y de las figuras, porque tienen sed de la realidad que se ve, que se toca y que se come…” (‘El mensaje reencontrado’ 21, 55).

En la búsqueda no pueden existir prejuicios históricos o sociales de ningún tipo, ni tampoco ideas preconcebidas: “Dios no es una abstracción delirante del espíritu humano, como podrían hacer creer las descripciones de ciertos creyentes. Es una realidad viva que se ve, que se siente, que se palpa, que se saborea y que da la vida imperecedera. ¿No es suficiente y maravilloso?” (‘El mensaje reencontrado’ 26, 24).

Evidentemente, se trata de un viaje al universo interior y, por lo tanto, esotérico y demanda una iniciación. Henry Corbin, al presentar su estudio sobre la gnosis islámica en ‘Cuerpo espiritual y Tierra celeste’ necesita precisar las palabras que utiliza y por ello escribe lo siguiente: “Los términos ‘esoterismo’, ‘inicia­ción’,… se  refieren respectivamen­te a las cosas ocultas, suprasensibles, a la discreción que ellas mismas su­gieren respecto a quienes, al no comprenderlas, las desprecian, y al naci­miento espiritual que, por el contrario, da luz a la percepción. Tal vez se ha abusado de estos términos; los contextos en los que se encuentren aquí recordarán su verdadero uso”. Nos parece que ‘El Mensaje Reencontrado’ recoge el esoterismo y la iniciación en “su verdadero uso” por eso su aportación, y la de cualquier libro semejante, es decisiva a la espiritualidad del siglo XX como legado al tercer milenio.

La experiencia de Dios es metafísica pero también física, al igual que la unión con Él. Y así volvemos al principio de la clase y al tema fundamental del simbolismo: la unión del hombre con Dios y de Dios con el hombre.

La experiencia de Dios es metafísica pero también física, al igual que la unión con Él.

El hermetismo, y, sobre todo, el lenguaje alquímico se basa en una constante creación de símbolos de unidad; algunos ejemplos serían: fijo-volátil; disolución-coagulación; superior-inferior; imagen-semejanza; sol-luna; fuego-agua; luz- oscuridad; dios no manifestado-dios manifestado… El libro VIII de ‘El Mensaje Reencontrado’ empieza con este versículo: “El hombre sin la mujer es como una piedra en el fondo desecado de un torrente, y la mujer sin el hombre es como una nube extraviada sobre el mar eterno. / ¿Quién hará la unión de los contrarios por medio de lo semejante?”

Sin apartarnos del lenguaje alquímico que tanto estudió, amó y utilizó Cattiaux, la unidad a la que se refiere el versículo es la Piedra filosofal, el Dios concreto (no un Dios), que es engendrado en la historia. Ahora bien, afirmar que lo eterno está en la historia no significa que esté en el mundo profano. Al contrario: lo eterno está separado del mundo profano. Es en el  mundus imaginalis donde se engendra la realidad de la Naturaleza perfecta. Insistimos en el carácter necesariamente esotérico de esta propuesta y, por ende, iniciático. Así ocurre en todas las tradiciones, existe una lectura de los textos que muestra la historia o la leyenda exterior, pero existe otra lectura en la que cada palabra, cada versículo, es un canto y una enseñanza del encuentro del hombre-dios o dios-hombre en un mundo otro.

Hemos hablado poco de Dios, pues es una palabra que, inevitablemente, se ve asediada por prejuicios insalvables y los matices siempre son equívocos. Sin embargo, ¿cómo hablar de simbolismo sin hablar de la idea de Dios, sea como sea dicha idea? Dicho de otro modo: sólo hay un símbolo y este símbolo es el hombre hecho a imagen y semejanza de Dios. El hombre se separó de Dios, como, si se rompe un papel, se separan las dos partes, pero su destino es volver a reunirse en la unidad original: ésta es la experiencia de la verdad de Dios, y evidentemente, también del símbolo. Entonces se produce el reencuentro del hombre-dios, o, como enseña el cristianismo, del dios-hombre. Dicho encuentro sería “lo redivivo” del símbolo, aquello que no cambia por mucho que lo hagan los lenguajes.

Sólo hay un símbolo y este símbolo es el hombre hecho a imagen y semejanza de Dios.

En consecuencia, sólo el ser reunido puede revivificar los símbolos, pues ellos solo se refieren a él, hablan de él, y en él. “Aunque nos ofrecieran el cielo y la tierra y toda la creación intermedia, pediríamos siempre ÉL, ÉL, ÉL, porque él es la simiente sin la cual nada sería” (‘El Mensaje Reencontrado’ 14, 37). El texto original posee una riqueza imposible de traducir por lo que merece una explicación: Cuando Cattiaux escribe: “ÉL, ÉL, ÉL” en francés se escribe: “LVI, LVI, LVI” que significa lo mismo, pero que, además, es un jeroglífico que Cattiaux utilizaba para explicar al Dios de ‘El Mensaje Reencontrado’. Decimos el Dios, con artículo determinado puesto que el libro se refiere a un conocimiento experimental y, por eso, no es un Dios o Dios, sino, “el Dios”.

‘El Mensaje Reencontrado’ está dedicado a este Dios; el libro comienza con la siguiente dedicatoria: “A la gloria de Dios* y al servicio de los hombres que lean con los ojos del espíritu y del corazón los signos inscritos en la carne del mundo”, el asterisco que acompaña a la palabra Dios remite a la parte inferior de la página y dice: “ÉL: El fuego secreto que suscita los Universos, que los mantiene y que los consume”, de manera que se entiende que el Dios es “ÉL”, es decir, es “LVI”. Los versículos que presentamos a continuación comienzan preguntando: “¿Quién ha escrito el Libro verdaderamente? Y ¿quién lo lee en verdad?” (‘El Mensaje Reencontrado’ 32, 11-12).

LVI es, pues, el fuego secreto. Origen y fin del universo simbólico. En nuestro libro, ‘El símbolo renovado. A propósito de la obra de Louis Cattiaux’, contamos la siguiente anécdota: Una mañana de invierno de 1952, Louis Cattiaux se dirigió con un amigo a la iglesia de Limal, en Bélgica, para asistir a la misa. En el interior de la iglesia ardía una estufa; lo primero que hizo Cattiaux, después de entrar y antes de tomar asiento, fue arrodillarse con mucho respeto ante la estufa en lugar de hacerlo ante el santísimo sacramento. Esta anécdota nos muestra la personalidad del personaje que escribió ‘El Mensaje Reencontrado’ . Pero la anécdota también contiene una enseñanza en sí misma, pues al optar por arrodillarse ante el fuego de la estufa en lugar de ante el sagrario, Cattiaux renovó el sentido del símbolo de la presencia divina entre los hombres y, más que en los objetos litúrgicos, la reconoció en el fuego que ardía. En aquella mañana de 1952, el fuego de la estufa se presentó a Cattiaux como un símbolo vivo y él lo reconoció como un instrumento para explicar una verdad que había comprendido y había hecho suya. Sin embargo, repetir lo que hizo Cattiaux tendría poco que ver con la vivificación del símbolo, pues, obviamente, sería un gesto superficial y sin valor cognoscitivo.

No se debe confundir, sin embargo, el fuego vulgar con el fuego de los alquimistas, aquél que Prometeo robó a los dioses y entregó a los hombres. El fuego de los alquimistas sería, pues, el secreto del hombre y de Dios. El sabio Johannes Pontanus en la conocida ‘Epístola de Igne Philosophorum’  escribió: “No se trata del fuego de baño, de estiércol, de cenizas ni ninguno de los otros fuegos que nos evocan y describen los filósofos en sus libros. Entonces, ¿cuál es aquél fuego que perfecciona y acaba la Obra [alquímica] entera desde el principio hasta el final? Ciertamente, todos los Filósofos lo han ocultado; pero yo, con movido por un impulso de misericordia, quiero declararlo junto con la completa realización de toda la Obra. […] Por lo tanto, el error en este Arte es no encontrar este fuego, que convierte la materia en la Piedra de los Filósofos”.

El fuego de los alquimistas sería, pues, el secreto del hombre y de Dios.

En los textos clásicos de alquimia se encuentran numerosas citas parecidas, pues el conocimiento de este fuego es el fundamento de su arte, incluso para distanciarse de los alquimistas vulgares, ellos mismos se denominan: Filósofos por el fuego, que es lo mismo que decir que su saber es el saber de Dios.

Las pinturas de Cattiaux acompañan el saber oculto que contiene el ‘El Mensaje Reencontrado’. Nos detenemos en una que lleva por título, El juicio final y que muestra a un personaje, un hombre – árbol, surgiendo de una tumba en medio de la noche. Cattiaux realizó también un dibujo sobre este mismo tema que permite profundizar en los motivos relevantes.

Una vez más es imprescindible separar el cuerpo carnal del cuerpo espiritual. De este último es del que habla san Pablo desde la teología y Paracelso desde la alquimia . El cuerpo espiritual, soma pneumatikon, es el del resucitado. En la pintura aparece este cuerpo después del juicio que dicta la sentencia inevitable que separará las tinieblas de la luz.

Cattiaux pintó el tema con una iconografía especial que permite comprender el misterio del cuerpo espiritual. En medio de la noche, pero con un  sol nocturno ocupado por la madre celeste, un espacio de la tierra -tras una cordillera que separa la escena del mundo profano– se ilumina y alumbra el hecho milagroso de que el hombre-árbol rompa la losa de su tumba y crezca hacia el sol de medianoche puesto que son de la misma naturaleza, de él ha nacido y a él retorna. El hombre-árbol es la propia vida y a ella retorna.

El hombre-árbol es la propia vida y a ella retorna.

Como germina un árbol, así germina el hombre nuevo. Se debe atender a la textura de la tela, a las ramas, o dedos del resucitado, que están pintadas de tal manera que muestran a un ser viviente que emerge hacia la luz. Le acompañan dos flores, una roja y la otra azul, que germinan de entre la cruz muerta; una puede representa el rigor, la otra la misericordia, las vías del árbol sefirótico que flanquean la central, el justo. En el fondo del paisaje, y como señalando el punto de fuga de la tela, una estrella, el lucero del alba, cierra el ciclo cósmico con el sol y la luna de la noche sagrada.

La pintura de Cattiaux es otra versión, según la iconografía tradicional, de la verdad que surge de la tierra oscura o, que emerge de un pozo. La filosofía hermética enseña pues que la verdad está en el cielo, pero también está escondida en la tierra. Son dos hermanas que se encuentran. Cattiaux escribió respecto a ello: La naturaleza liberará la naturaleza y el niño misterioso nacerá de la única Madre” (‘El Mensaje Reencontrado’ 4, 96).

La unidad, que es el ‘símbolo renovado’ aparece cuando la gracia del cielo desciende y la semilla de la tierra asciende como un brote verde. Quizá por ello ‘El Mensaje Reencontrado’ comienza con el doble titulo: VÉRITÉ NUE y EL BROTE VERDE. El primer título no se traduce como explican los hermanos d’Hooghvorst: “También se observará que cada uno de los XXXX libros lleva un doble título; por ejemplo, en el libro I, a la izquierda: VÉRITÉ NUE; a la derecha: EL BROTE VERDE. Los cuarenta títulos de las columnas de la izquierda son anagrama unos de otros”.

Cuarenta anagramas de VÉRITÉ NUE, es decir, de la VERDAD DESNUDA, aquella que crece desde lo más hondo de la creación hasta su cima original. Aquella a la cual aluden todas las palabra de los libros sagrados. Le pertenecen todos los nombres y se esconde en todos ellos. Hemos visto como el pincel de Cattiaux pintaba unos brotes que, rompiendo la losa de la tumba que los encerraba, surgen como materia de luz. Es el símbolo vivido y por ello vivo.