Relaciones visuales en torno a la divisa alquímica: «Visita el interior de la tierra y rectificando encontrarás la piedra oculta». Raimon Arola.

 El lugar secreto

(Discurso visual)

En una de las imágenes más conocidas de la alquimia, atribuida a Basilio Valentín, aparecen diversos símbolos bordeados por una franja con la famosa máxima alquímica: «Visita el interior de la tierra y rectificando encontrarás la piedra oculta», sus iniciales en latín forman el acrónimo V.I.T.R.I.O.L., nombre con el que los alquimistas denominan a su materia y al proceso que permite la consecución de la Piedra filosofal. La sabiduría transmitida por la imagen ha sido equiparada a la expuesta en el texto de la Tabla de Esmeralda de Hermes Trimegisto, puesto que ambas aluden a la correspondencia milagrosa entre lo más alto y lo más bajo, entre el cielo y la tierra. En la empresa, esta correspondencia está representada por los símbolos de los siete planetas celestes y la estrella de siete puntas de la parte inferior, sobre la que se sostiene la Piedra filosofal. El símbolo del mercurio, en el centro, indica que es el medio para la unión. Antes de comentar la imagen, Basilio Valentín reproduce el texto de la famosa Tabla, que comienza así: «Lo que está abajo es semejante a lo que está arriba, por éstos se adquieren y se hacen las maravillas [o milagros] de la obra de una sola cosa». Lo inferior es una fuerza fija y particular como la que contiene una semilla, lo superior es una fuerza volátil y universal como la que aparece en los paisajes de los pintores románticos, representaciones perfectas de lo abismal e infinito. Sin embargo, ambas son de la misma naturaleza, pues si así no fuese no podrían unirse para hacer «una sola cosa». 

  
En la cumbre de los montes es donde puede producirse la unión de lo más alto y lo más bajo, puesto que también es el lugar de la tierra más cercano al cielo y el lugar del cielo más próximo a la tierra. Los paisajes de Caspar David Friedrich transmiten al espectador la sublime sensación que produce la unión del cielo insondable con las cimas de las montañas (Viajero al lado de un mar de niebla, 1818). En el interior de los montes se hallan las minas de las que se extraen los metales, luz celeste enterrada y sin brillo, pero que, sin embargo, es la semilla del oro oculto de los filósofos, como sugiere la pintura de Joan Miró (Mujer ante la estrella, 1974).

 

No hay que olvidar que los alquimistas se refieren a una realidad física que, sin embargo, no puede percibirse con los sentidos caídos. Todos los rituales mistéricos se refieren a ello y los masónicos no son una excepción. El candidato, después de escribir su testamento filosófico en la soledad de la cámara de reflexión, donde se halla un letrero con el acrónimo V.I.T.R.I.O.L., debe pasar por una serie de pruebas. (Fotografía de la Cámara de reflexión de una logia masónica del siglo XVIII). Si las supera, podrá desprenderse de la venda que oscurece su visión, imagen del mundo profano, y contemplará el brillo de la luz pura que ilumina el templo. (Escena masónica de The Iconographic Encyclopaedia, 1851). La iniciación alude a un nuevo comienzo, a una muerte y un renacimiento, tal como aparece en la plancha de elevación a maestro. (Tabla del grado de Maestro, 1819). En ella, los símbolos masónicos están dispuestos en torno a un ataúd por donde deben pasar los compañeros que quieran renacer a un grado superior. Siempre se trata del mismo misterio de la regeneración o nuevo nacimiento. Recordemos que el lema de la presente serie de imágenes es: «Visita el interior de la tierra… », esta visita es comparable a la muerte física. Cuando el espíritu y el cuerpo se separan, el cuerpo permanece en el ataúd, símbolo del interior de la tierra, donde se pudren las substancias heterogéneas y donde, al final, sólo quedan las cenizas. Mientras, el espíritu liberado de las ataduras mortales, puede viajar por las regiones etéreas en busca de la humedad mercurial tan apreciada por los alquimistas. Cuando la muerte es filosófica, este espíritu vuelve a unirse al cuerpo, como lluvia benéfica sobre las cenizas purificadas, revivificándolas y dándoles una nueva vida, un nuevo nacimiento. Sin el reencuentro del espíritu con el cuerpo no se puede «rectificar» para «encontrar la piedra oculta».

  

En muchas tradiciones, la muerte se compara al sueño iniciático, pues es por medio de sueños o visiones que Dios se manifiesta a sus profetas. El texto de Basilio Valentín, Azoth, comienza con el fragmento introductorio del Poimandres de Hermes Trimegisto. En él se explica que, tras caer en un extraño sopor, Hermes consigue elevar su espíritu hasta el cielo, y allí se encuentra con el guía que le conducirá por los mundos sutiles y le enseñará cuanto desee saber. Una excelente descripción de esta experiencia figura en la sura 17 del sagrado Corán, que comienza como sigue: «¡Gloria a Quien hizo viajar a Su Siervo durante la noche, desde la Mezquita Sagrada a la Mezquita Lejana, cuyos alrededores hemos bendecido, para mostrarle parte de Nuestros signos!». (Miniatura iraní atribuida a Ahmed Musa, s. XVI). En la tradición budista, la frontera entre los distintos mundos está, si cabe, más abierta, puesto que la existencia está sometida al ciclo de las reencarnaciones. La leyenda del nacimiento del Buda Gautama, recogida en los textos canónicos, explica como Maha Maya, señora de Suddhodana, soñó que los cuatro guardianes de los puntos cardinales la llevaban a un lago del Himalaya donde fue purificada, después la depositaron sobre un lecho celestial y allí el futuro Buda Gautama la visitó a lomos de un elefante blanco y se introdujo en su vientre. Al día siguiente, cuando Maha Maya contó su sueño a los brahmanes, éstos supieron que estaba a punto de nacer el monarca universal. (El sueño de Maha Maya, pintura china, s. X).

 

Por medio del sueño iniciático se descubre el lugar misterioso y secreto donde se produce la manifestación de lo sagrado. Es un espacio oculto en «el interior de la tierra», al que sólo pueden llegar los que han sido iniciados. En el mundo clásico, este lugar era por antonomasia el santuario de Delfos (s. IV a.C.), allí se manifestaba el oráculo de Apolo, que constituía el centro de la religión griega. Las pitonisas recibían las palabras divinas dentro de una cueva y después los sacerdotes interpretaban sus palabras inconexas. También el pozo es un símbolo de este lugar, pues de él brota el agua de vida que proviene del centro de la tierra. Diversos pasajes del Antiguo Testamento aluden a este misterio, sin embargo es en el encuentro de Jesús con la samaritana cuando aparece con más claridad, sobre todo si se relaciona la imagen con las palabras de Jesucristo: «El que bebiere del agua que yo le daré, para siempre no tendrá sed» Juan 4, 14. (Alfonso Cano, fragmento de Cristo y la samaritana, 1650).

 

Basilio Valentín recoge una cita del Poimandres de Hermes Trimegisto y el texto de la Tabla de Esmeralda atribuido también a Hermes. Pues hasta la época de Valentín se identifica al filósofo neoplatónico, autor del Corpus Hermeticum, con el inventor de la alquimia. Hemos representado esta unidad por medios de dos imágenes, la primera, sin ninguna connotación alquímica, muestra al filosofo conversando con Moisés. (Pavimento de la catedral de Siena, s. XV).  La segunda, ilustra la leyenda del hallazgo de la Tabla de Esmeralda escondida en el interior de un templo; a la derecha de la imagen y sentado aparece Hermes Trimegisto, el adepto poseedor del medio para hacer el oro oculto de los filósofos. (Aurora consurgens, s. XIV).

 

El grabado que acompaña una obra de Heinrich Khunrath resume las ideas fundamentales expuestas en el emblema de Basilio Valentín. El texto de la Tabla de Esmeralda está inscrito en el interior de la montaña sagrada de forma piramidal. La montaña también es una isla, para indicar que está separada del mundo profano y de su interior emana el fuego secreto de la creación. (Anfiteatro de la sabiduría eterna, 1602). La tradición popular europea mantuvo viva la sabiduría que contenían los rituales paganos al enseñar el misterioso lugar de las revelaciones. Uno de los ejemplos más conocidos fue el sabbat de las brujas, donde el gran Cabrón cuyos cuernos iluminaban la velada, era el centro del encuentro, como antaño lo había sido la figura de Baco, el dios de la hierofanía. (Francisco de Goya, fragmento del Aquelarre o el gran cabrón, 1821).

 

Louis Cattiaux pintó un pequeño cuadro que representa a un mago escribiendo el secreto de la materia que permitirá la unión del cielo y la tierra, o, dicho en términos herméticos, del fijo y el volátil. (El mago persa, c. 1948). El pintor escribió: «La cruz une el fuego y la tierra que están en el centro, y el círculo une el aire y el agua que los rodean» (El Mensaje Reencontrado 6, 5). El mago de la imagen está rodeado por los astros del cielo, puesto que su existencia se funde con el devenir del universo. Otro modo de expresar esta unión la encontramos en un medallón de la iglesia de Notre-Dame de París (c. 1245). La mujer que aparece personifica a la Alquimia, tiene su cabeza unida al mar de los mundos, pues su inteligencia emana de Dios. Con la mano derecha sostiene dos libros, uno abierto y otro cerrado; en el libro cerrado están escritos los secretos que permiten visitar «el interior de la tierra» y rectificarla.

 
Finalizamos la serie con una imagen curiosa. Se trata del reverso de una pintura del Bosco en el que el artista pintó la crucifixión de Jesucristo. El interés está en la imagen central: una montaña, que es una isla, en la que arde el fuego secreto del «interior de la tierra» y que es «rectificado» por la sangre del pelícano que está en la cumbre. Simbólicamente, se trataría de una alusión a la sangre incorrupta del Salvador. (Fragmento del reverso del San Juan Evangelista en Patmos, 1505).