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Arnold Böcklin
El Dios de nuestra infancia
Planteamiento de Cattiaux y Philalethes sobre el dios interior y la verificación de las religiones antiguas,
En El Mensaje Reencontrado, Louis Cattiaux se refiere al Dios de nuestra infancia en un versículo que dice así:
No esperemos ser abatidos por la desgracia, el sufrimiento o la muerte para acordarnos del Dios de nuestra infancia y para hablarle sin testigos ni reserva. / Cada cual realiza aquí abajo un trabajo útil o agradable a los hombres y a sí mismo, pero ¿quién es el que pone mano en secreto en la obra de Dios? (M. R. 15, 37).
La primera cuestión que aparece es, ¿quién es el Dios de nuestra infancia? ¿El de nuestros padres, el oficial?, o quizá se refiere a otra cosa como la que aparece en el siguiente versículo:
Muchos dudan ahora de su religión y cada uno sale de ella a su manera, como se abandona una casa que amenaza derrumbarse. ¿Cuál es el inteligente que se sumergirá hasta las raíces de su fe, a fin de ser fortalecido en la revelación de Dios? (M.R: 33, 36).
El Dios de nuestra infancia podría situarse, sin duda, en la raíz de la fe, un lugar que no pertenece en exclusiva a ninguna religión, al contrario, es el mismo en todas las religiones. No hay dos raíces. El versículo 14 del libro 22 parece referirse a ello: Muchos salen de su religión y van a la muerte de la que no se vuelve. «Lo de fuera.» / Algunos penetran todas las religiones y van a la vida que no perece. «Lo de dentro.»
Según Louis Cattiaux, el retorno al Dios de la infancia puede entenderse de distintas maneras, siguiendo su pensamiento apuntamos tres niveles. El primero, y quizá el más obvio, es el retorno a la humildad de la inocencia, sin orgullo ni malignidad:
Los herederos bien pueden ignorar o rechazar su herencia, por creerse los suficientemente instruidos en su religión o lo bastante sabios en su ciencia. Su orgullo y su malignidad no forzarán el don de vida del Altísimo, y su inteligencia será humillada, y su libertad será retirada al final. ¿No volverán humildemente al Señor en sus corazones en vez de permanecer esclavos en una tierra extranjera? (MR 26, 36).
El segundo, Dios no es prisionero de sus formas, al contrario, las trasciende todas como muestran los siguientes versículos:
Que los guardianes que no pueden trascender las figuras, los símbolos y los ritos de sus religiones no impidan a los que buscan la salvación de Dios ir más allá de las apariencias destinadas a contener a los profanos (MR 26, 20).
Dejemos a los creyentes orgullosos que quieren aleccionar a los demás y que se creen automáticamente salvados por las fórmulas y por los símbolos de su religión, que confunden estúpidamente con la realidad viva del don de Dios (MR 27, 7).
El que reconoce a Dios por Padre, lo adora en su corazón y obedece a su voz es niño de Dios y practica la verdadera religión (MR 31, 17).
El tercer nivel es el más interior: el Dios de nuestra infancia nos remite por una vía secreta al Dios de los ancestros. A Cattiaux le dolía profundamente el olvido de las tradiciones que celebraban el culto a los antepasados. Leemos los versículos de El Mensaje Reencontrado que se refieren a Dios como la realidad ancestral de nuestra existencia.
Nuestras alegrías y nuestros dolores no interesan al mundo, ofrezcámoslos al que acoge amorosamente a sus niños, porque él es la suma de todos los antepasados (MR 5, 49).
Recordemos que el culto de los santos antepasados completa el culto de Dios, que es el Viviente de eternidad. «Adoremos el sol de vida y no despreciemos las cenizas de los antepasados» (MR 14, 9).
Mi Nombre es como un punto de oro en el tabernáculo de los antepasados. ¿Quién lo hará brillar en la tierra?, dice el Señor. y ¿quién lo hará resplandecer en el cielo?, pregunta el Único (MR 12, 49).
Todos ven al antepasado, algunos lo reconocen, uno sólo lo despierta y libera el mundo del pecado (MR 12, 49).
El antepasado de los días nos sonríe a través de la muerte, pero permanece sin nombre y sin rostro en la eternidad (MR 4, 18).
La ignorancia de lo que es Dios es quizá la única puerta para acceder a Él. Así, los sabios del mundo no pueden llegar hasta su presencia. Los fanáticos tampoco. Él es aquello que se transmite de generación en generación, que está en las cenizas del antepasado y que estará en las nuestras. Él se esconde más allá de toda definición. Él está. Ruge en el viento, amanece en el fuego que madura.
En alquimia, al antepasado se le denomina la raíz mineral. complemento de la realidad oculta en los distintos niveles del subconsciente. Emmanuel d’Hooghvorst se refirió a ella cuando escribió lo siguiente: …lo que está abajo, esta raíz mineral que desde tanto tiempo languidece sin quymica [sic]: de ahora en adelante, vegetará en flor de sal y en azufre puro.
El filósofo y alquimista Eugenius Philalethes escribió lo siguiente en uno de sus tratados:
No podrás nunca acceder perfectamente a los misterios animales y vegetales sin el conocimiento del primer secreto mineral, es decir, de la Sal de la tierra, que es una Sal y no una Sal, y su preparación.
En los Aforismos basilienses, su anónimo autor también se refiere a este cuerpo mineral y escribe:
…el carácter mineral está dotado como de un cuerpo que es semejante a la sal: dicho cuerpo tiene una virtud y un olor admirables; y cuando la sal esté separada de las inmundicias de la tierra, no será diferente del mercurio más que por el espesor y consistencia del cuerpo.
Este autor afirma unidad de la creación a partir de Hermes Trismegisto, quien mereció ser llamado el Padre de los Filósofos, pues encontró la esencia creada que reúne tres reinos, mineral, vegetal y animal. Por eso en el Canon V de los Aforismos se afirma que:
Estas tres subsistencias consideradas en una esencia creada, constituyen y establecen el limbo del gran y pequeño mundo, del cual limbo el primer hombre ha sido formado cuando fue hecho del polvo de la tierra: al cual llegó el alma micro cósmica inmortal, inspirada directamente de Dios…
Desconocer al Dios unido al limbo con el que se formó al hombre es separar lo que es, en unidad. Fijarse solo en lo exterior es crear una entelequia que el pensamiento y la vida razonable no pueden aceptar. De aquí, la profunda irreligiosidad del mundo contemporáneo Lo religado ha desaparecido y, de este modo, ha desaparecido la religión de nuestra infancia.
El fénix y la resurrección de los muertos.
Lo corruptible y lo incorruptible en unidad. Interpretación alquímica. Poema de Quevedo. Comentarios de Pablo, Paracelso, Alberto, Maier, Corbin, Espagnet y Valentin.
El famoso soneto de Francisco de Quevedo sobre el amor después de la muerte, termina con este terceto:
…su cuerpo dejará, no su cuidado;
serán ceniza, mas tendrá sentido,
polvo serán, mas polvo enamorado.
Parece bastante evidente que Quevedo reconstruye las palabras de san Pablo sobre la resurrección de los muertos. Me refiero al apartado de I Corintios 15:35-44 (según Reina-Valera 1960.
Pero dirá alguno: ¿Cómo resucitarán los muertos? ¿Con qué cuerpo vendrán? Necio, lo que tú siembras no se vivifica, si no muere antes. Y lo que siembras no es el cuerpo que ha de salir, sino el grano desnudo […], hay cuerpos celestiales, y cuerpos terrenales; pero una es la gloria de los celestiales, y otra la de los terrenales. Una es la gloria del sol, otra la gloria de la luna, y otra la gloria de las estrellas, pues una estrella es diferente de otra en gloria. Así también es la resurrección de los muertos. Se siembra en corrupción, resucitará en incorrupción. Se siembra en deshonra, resucitará en gloria; se siembra en debilidad, resucitará en poder. Se siembra cuerpo animal, resucitará cuerpo espiritual. Hay cuerpo animal, y hay cuerpo espiritual….
El polvo enamorado después de la muerte física sería el cuerpo espiritual que en ningún caso debe confundirse con un espíritu sin cuerpo, sino más bien con el cuerpo incorruptible. En su poesía Quevedo nos habla del fuego de amor que perdura más allá de la muerte para conducirnos hasta el misterio de la resurrección, el nuevo Adán, fin último de la ciencia hermética y de toda revelación. Entonces se produce el diálogo entre la vida y la muerte.
Lo corruptible y lo incorruptible deben estar unidos, el uno es el precedente inexcusable del otro, por ello dice Pablo en el versículo 46: “Pero no es primero lo espiritual, sino lo animal; después lo espiritual. El primer hombre fue de la tierra, terreno; el segundo hombre fue del cielo”.
Quevedo, con su soneto, nos muestra la completitud del Amor, y en este sentido no sigue la senda de los místicos, enamorados de Dios, sino la del conocimiento. Paracelso (1493-1541) explica este profundo misterio de la manera siguiente (Philosophia Sagax libro II):
La carne, nacida de la semilla de Adán, es enteramente mortal. Pero el hombre no puede entrar en el cielo sin ser carne y sangre, como un hombre; en efecto, es por la carne y la sangre que el hombre es distinto a los ángeles, si no serían de la misma esencia […]. Si Adán no hubiera pecado, su carne permanecería inmortal en el Paraíso. Pero ahora por su pecado, ha sido expuesta a la muerte. Por piedad hacia esta condición, Cristo ha dado al hombre un cuerpo nuevo. Por supuesto, es el espíritu quien vivifica, es decir, que la carne viva procede del espíritu. En él no hay muerte, sino vida. Esta carne es, pues, la que el hombre necesita para ser el hombre nuevo; en esta carne y en esta sangre resucitará en el día último y poseerá el reino de los cielos en unidad con Cristo.
Uno de los principios en el diálogo entre la vida y la muerte es la existencia de los dos cuerpos, pero, quien se encierra en la visión exterior se excluye de dicho diálogo. Escribió Louis Cattiaux: Los ojos del espíritu perciben fácilmente la evidencia de la eternidad y las manos del conocimiento la manifiestan sin esfuerzo (MR 9, 4).
En relación a este misterio, los antiguos crearon el mito del ave fénix, que más tarde sería asociado a Jesucristo. Este mito, dice san Alberto Magno (1206-1280), representa la vida más allá de la muerte, seleccionamos un fragmento muy conocido de una de sus obras (“De animalibus”):
Cuando siente el peso de los años, construye un nido de incienso, mirra y cinamomo y otras plantas aromáticas valiosas en un árbol alto y retirado situado sobre una fuente de agua cristalina y se precipita en el nido, se pone bajo los rayos fervientes del sol, que el resplandor de las plumas multiplica, hasta que se prende el fuego y así se enciende y se incinera junto con el nido. Dicen que de las cenizas nace al día siguiente un gusano, que a los tres días ya lleva plumas y pasados unos pocos días se convierte en un ave con la figura de la anterior y entonces levanta el vuelo y se va.
Michael Maier (1568-1622) escribió un libro sobre la resurrección del fénix donde desvela el sentido alquímico del mito: el fuego de la pira (“Cantinelas Intelectuales sobre la resurrección del Fénix”):
Toma su origen de una montaña, la más elevada de las que existen sobre la tierra y que sólo produce flores, cinamomo, azafrán y otras plantas aromáticas. Este fuego es el origen de toda la luz que ilumina este vasto universo. Es aquel que da el calor y la vida a todos los seres. Es una llama cuyos ardores brillan sin consumirse jamás. Y es este fuego el que sirve para formar la pira, que nuestra misma ave prepara, para buscar en ella su fin y su muerte.
Se trata del fuego de los alquimistas, gracias al cual aparecen las cenizas secretas que permiten:
…emprender otra vida, se despoja de sí mismo para perecer en el fuego sobre el altar del Sol. ¿Acaso en este estado es víctima de la muerte? No: es un nuevo Fénix el que se ve renacer, de modo que por un prodigio inaudito esta ave es su propia tumba.
El fénix se eleva de entre las cenizas o de su tumba con un cuerpo nuevo, el cuerpo puro de la eternidad. El lenguaje duda ante tales propuestas cuando sigue la razón lógica y es incapaz de crear un “relato visionario”, como quería Henry Corbin, puesto que debería salir del “tiempo” que necesita la razón lógica para ser. El mito, como el del fénix, demanda entender más allá de la realidad de este mundo. El Fénix al morir renace con un nuevo cuerpo, al igual que Heracles que después de ser quemado en una pira renace como un dios. La semilla de Zeus puede aparecer entonces en su esplendor y el héroe, ya convertido en dios, viajará al Olimpo donde se casará con Hebe, que simboliza la eterna juventud.
La muerte purga por medio de la descomposición y putrefacción las partes heterogéneas del cuerpo, pero su poder no alcanza al núcleo sagrado; por ello en todas las tradiciones, la muerte, lejos de ser un final inevitable, es una aliada de la vida, pues, como sucede con toda semilla, el ser humano debe morir y pudrirse bajo tierra para convertirse en un árbol nuevo que produzca nuevos frutos. Quevedo conocía esta realidad y la versificaba, por ejemplo, en versos como estos: Cuando esperando está la sepultura / por semilla mi cuerpo fatigado, o en cartas como la que sigue:
Cualquier tierra, ¡oh Lucilio!, es nuestra madre… Ella nos cobra, pues nos debemos a ella. No defraudemos la agricultura de la muerte: semilla es nuestro cuerpo para la cosecha del postrero día […]. La tierra de que fue hecho (el cuerpo) le guarda como madre; recíbele como semilla para que renazca de la putrefacción.
El alquimista Jean d’Espagnet, presidente del Parlamento de Burdeos y contemporáneo a Quevedo, escribe lo siguiente respecto a este tema (Filosofía Natural Restituida):
Todo lo que es inmortal se vuelve a encontrar en el húmedo radical; con la muerte no desaparece, la fuerza del fuego más violento no puede consumirlo, permanece invicto en los cadáveres y en las cenizas de las cosas destruidas.
Así mismo, el monje benedictino de la abadía de San Pedro de Erfurt, Basilio Valentín, escribió lo siguiente en su Cuarta Llave de la Filosofía:
Toda carne nacida de la tierra será destruida y, de nuevo, será devuelta a la tierra, como al principio fue tierra; entonces la sal terrestre da una nueva generación por el soplo de vida celeste. Donde, en efecto, la tierra no fue antes, allí no puede seguir la resurrección en nuestra obra. Pues en la tierra está el bálsamo de la naturaleza y la sal de aquellos que buscaron el conocimiento de todas las cosas.
El Rosario de los Filósofos
Las citas que ilustren este proceso alquímico podrían extenderse muchísimo, pero creemos suficiente el resumen que hizo el anónimo autor del Rosario de los Filósofos:
Aristóteles, rey y filósofo: yo no he visto jamás a ningún ser vivo crecer sin putrefacción. Si no se realiza la putrefacción, la obra alquímica será vana.
Morieno: Esta tierra se putrifica y se purifica por medio del agua. Cuando haya sido purificada, toda la obra será dirigida por la ayuda de Dios.
El filósofo Parménides: Si el cuerpo no es destruido, quebrado, si no se pudre y convierte en una sustancia substancial, esta virtud escondida no puede ser extraída y mezclada con el cuerpo.
El filósofo Bacchus: Cuando las naturalezas se corrompen y pudren, entonces engendran.
El filósofo Platón: Tenemos un ejemplo en el huevo: primero se pudre, con lo que se engendra un polluelo, el cual, después de la corrupción total, llega a ser un animal vivo.
Platón: Nota que sin corrupción la generación no puede realizarse. Esto también se debe aplicar a la putrefacción.
El Filósofo: La corrupción de uno es la generación de otro.
La mayor parte de la obra de Quevedo se caracteriza por esa mirada tan inconfundiblemente lúcida y también tan propia del Barroco, capaz de evidenciar cómo los seres humanos se esconden bajo un disfraz, Cómo, en este mundo, todo es hipocresía y falsedad, y cuánto adoramos las cortezas y despreciamos la almendra. En su obra: El Mundo visto por de dentro escribe lo siguiente: “Desventurado, esto es todo por fuera, y aparece así; pero ahora lo verás por de dentro y verás con cuánta verdad el ser desmiente las apariencias”.
El poeta es aquél que puede y sabe descubrir, bajo de las apariencias vanas del mundo, el núcleo de vida que permanece enterrado, la pura sustancia del ser, y que después, conducido por el entusiasmo creativo, sabe llenar sus palabras con el brillo del fuego interior de los seres y las cosas. Entonces es cuando podría hablarse de un poeta: aquel capaz de alcanzar el des-engaño del mundo para ver su luz interior, iluminarse con ella y después mostrar la visión de lo interior, de aquello que perdura y que la muerte no puede destruir, de la vida oculta que pervive en las cenizas.
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