Texto de XAVIER ZUBIRI (1898 – 1983) en el que explica que no pueden disociarse el sentir humano y la intelección pues constituyen dos momentos de un solo acto de aprehensión, de captación de algo: la inteligencia sentiente. Edición de Raimon Arola.

Tabla de contenidos

Presentación

En el libro Naturaleza. Historia. Dios, el filósofo vasco Xavier Zubiri, escribe un apartado que titula “El problema de Dios”. En la sección III aparece el fragmento que reproducimos a continuación y que consideramos esencial en su pensamiento: el filosofo explica el problema de Dios desde la razón y, sorprendentemente, consigue construir un sentido que no debería pasar desapercibido para la filosofía de la religión y la teología católica contemporánea.

En esta obra, Zubiri afirma que “la Teología es una de las fibras más íntimas de mi realidad personal” y estamos convencidos que el saber teológico fue lo que más le preocupaba desde un punto de vista intelectual y vital, seguramente la teología fue su secreta vocación. Recordemos que Zubiri fue ordenado sacerdote el año 1921, a los 23 años. Durante los primeros años combinó su labor eclesiástica con su formación académica en Lovaina y Roma. En 1931 solicitó y obtuvo la secularización oficial por parte de la Iglesia Católica, dejando de ejercer activamente el sacerdocio, posteriormente, en 1935, consolidó su vida civil al contraer matrimonio con Carmen Castro.

Aunque el sentir y el entender no pueden identificarse, para Zubiri tampoco pueden disociarse, porque el sentir humano y la intelección constituyen dos momentos de un solo acto de aprehensión, de captación de algo: la inteligencia sintiente y esta idea en relación a lo divino tiene una gran importancia pues aúna y anula sentimiento y conocimiento en la evidencia de Dios en el ser del hombre religado a Dios.

Texto

Como, Dios es, pues, algo que afecta al ser mismo del hombre, resulta caduca toda discusión acerca de las “facultades” que primariamente nos llevan a Él. Dios está patente en el ser mismo del hombre. El hombre no necesita llegar a Dios. El hombre consiste en estar viniendo de Dios, y, por tanto, siendo en Él. Las aspiraciones del corazón son de suyo una vaguedad romántica que de nada nos serviría. Esos arrebatos o arrobos hacia el infinito, esa sentimentalidad religiosa, es, a lo sumo, indicio y efecto de algo más hondo: del ser del hombre en Dios.

Para evitar todo equívoco, no será malo añadir que nada tiene que ver el punto de vista que aquí sustento con lo que se llamó en su tiempo “filosofía de la acción”. La acción es algo práctico. Ahora bien: aquí no se trata ni de teoría, ni de práctica, ni de pensamiento, ni de vida, sino del ser del hombre. Ese espléndido y formidable libro que es L’Action, de Blondel, no logrará toda su maravillosa eficacia intelectual más que llevando el problema al terreno claro de una ontología. Y me inclino a creer que Dios no es primariamente un “incremento” necesario para la acción, sino más bien el “fundamento” de la existencia, descubierto como problema en nuestro ser mismo, en su constitutiva religación.

Tampoco resulta más favorable el conocimiento puro en cuanto tal. Porque hay en el conocimiento dos dimensiones distintas: la una, lo conocido efectivamente en el conocimiento; la otra, lo que nos lleva a conocer. El hombre es llevado a conocer por su propio ser. Y precisamente porque su ser está abierto y religado, su existencia es necesariamente un intento de conocimiento de las cosas y de Dios. Esto requiere alguna consideración especial.

Pero, antes, una observación. No se trata tampoco de una experiencia de Dios. En realidad, no hay experiencia de Dios, por razones más hondas, por aquellas por las que tampoco puede hablarse propiamente de una experiencia de la realidad. Hay experiencia de las cosas reales; pero la realidad misma no es objeto de una o de muchas experiencias. Es algo más: la realidad, en cierto modo, se es; se es, en la medida en que ser es estar abierto a las cosas. Tampoco hay propiamente experiencia de Dios, como si fuera una cosa, un hecho o algo semejante. Es algo más. La existencia humana es una existencia religada y fundamentada. La posesión de la existencia no es experiencia en ningún sentido, y, por tanto, tampoco lo es Dios.

La presunta controversia entre un llamado método de inmanencia y un método de trascendencia no tiene sentido, porque lo que no tiene sentido es necesitar de un método para llegar a Dios. Dios no es algo que está en el hombre como una parte de él, ni es una cosa que le está añadida desde fuera, ni es un estado de conciencia, ni es un objeto. Lo que de Dios haya en el hombre es tan sólo religación en que somos abiertos a él, y en esta religación se nos patentiza Dios. Por esto no puede, en rigor, hablarse de una relación con Dios. O, si se quiere, toda relación con Dios supone previamente que el hombre consiste en patentizar cosas y patentizar a Dios, bien que ambas patencias sean de distinto sentido. Hay, como he indicado antes y vamos a ver en seguida, un problema intelectual en torno a Dios; pero esto no quiere decir ni que el modo primario de patentizar a Dios sea un acto de conocimiento o de cualquier otra facultad ni tampoco que el conocimiento sea una postrera reflexión sobre una quimérica experiencia religiosa; no se trata de ningún acto, sino del ser del hombre.

Libro

Naturaleza. Historia. Dios. Editora Nacional, Madrid 1978, pp.377-378.

índice

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