Vídeo de la conferencia pronunciada por Raimon Arola con motivo de la presentación del libro de Louis Cattiaux, “Física y metafísica de la pintura”. Se incluye un fragmento escrito. Edición del video: J. Martínez Villegas.

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La redacción de El Mensaje Reencontrado fue muy larga, pues el autor «tardó –comenta Charles d’Hooghvorst– los catorce últimos años de su vida en escribirlo, o, mejor dicho, [es] la obra de toda su vida». En ciertas fases de la gestación de esta obra, Cattiaux, que era pintor, concibió imágenes que acompañaban al texto. Al final, estas imágenes como tales no se integraron en libro –salvo una, como veremos más adelante– sin embargo son un excelente medio para comprender algunos aspectos importantes de El Mensaje Reencontrado.

Cattiaux concibió estas imágenes como los antiguos jeroglíficos o como emblemas alquímicos cuya lectura comporta una gran superposición de sentidos y es un acceso al conocimiento, motivo por el cual hemos planteado el arte en relación al conocimiento; respecto a ello Jean d’Espagnet escribió lo siguiente en el siglo XVII: «Los filósofos se expresan más libremente y más significativamente por medio de figuras y caracteres enigmáticos, como por un discurso mudo, que por medio de palabras» [Enchiridion Physicae Restitutae]. La única imagen que, a modo de jeroglífico, Cattiaux incluyó en la última versión de El Mensaje Reencontrado es la siguiente:


Del interior de un corazón aparece, como una flor que surge de la tierra, el símbolo de Mercurio. El sentido de este jeroglífico implica multitud de significados pues, entre otros, se relaciona con la Monas Hieroglyphica de John Dee, que pretendía ser el jeroglífico único y universal, síntesis de todo conocimiento. La búsqueda de significados nos conduce a una serie de réplicas de otro dibujo que realizó Cattiaux con anterioridad. Estas son algunas de ellas:


Aunque no disponemos de datos documentales, pues Cattiaux no fechaba sus pinturas, creemos que la versión que podría considerarse definitiva es la que se titula: El fruto de la tierraLa anterior versión se titula El verdadero misterio de la Pasión, lo cual confirma, como veremos, el sentido del fruto de la tierra.


¿Qué significado explica o esconde Cattiaux al poner por título El fruto de la tierra a una escena de la crucifixión?, ya que cuanto menos parece una relación extraña. Creemos, no obstante, que de lo que no existe duda es que en el conmovedor vacío central, que representa la forma del Crucificado, está la explicación.

Así pues, el fruto de la tierra sería un cuerpo que no es un cuerpo, como si de una materia sublimada se tratara. La materialidad opaca no existe en la figura del Crucificado, solamente un lugar, su lugar. La imagen enseña que el fruto de la tierra es el paso hacia otra realidad o “el mundo por venir”.

El Crucificado está y no está. Se descubre su presencia en  los símbolos que lo envuelve, pero Él –LVI, la palabra francesa que utilizaba Cattiaux– es un cuerpo sutil. En Paracelso se encuentra el siguiente comentario al respecto: «El hombre debe ser carne y sangre para la eternidad. Por este motivo, la carne es doble: la adánica que no sirve para nada, y el Espíritu del Santo que hace la carne viva: efectivamente, éste se encarna de arriba y dicha encarnación es la causa de su retorno al cielo a través nuestro» [Philosophia Sagax]

Es difícil para la razón aprehender este cuerpo, sin embargo Cattiaux sugiere al Resucitado en su misma Pasión, cuando está fijado en la madera del mundo (hyle) por los dos clavos que atraviesan sus manos y de las que brota la sangre redentora, como se observa en la imagen central. Esta sangre finalmente cae sobre la calavera de Adán.

En las distintas réplicas se puede ver cómo en la parte inferior de la imagen se describe de distintas maneras el mundo caído: la calavera de Adán, el rey y la reina ficticios, el globo del mundo con tres raíces o el trío vil –anagrama del vitriol alquímico–, etcétera, mientras que en la parte superior, la forma vacía del hombre se une con el Sol y la Luna para manifestar el Mercurio. Sin lugar a dudas el Mercurio de los filósofos, no el Mercurio vulgar.

El cuerpo carnal ha desaparecido y se ha convertido en la transparencia del cristal –en el cuerpo espiritual del que habla san Pablo– que permite contemplar el Sol dorado que aparece en la imagen. ¡Cuánto ingenio! Globo sin mancha es el título del capítulo de El Mensaje Reencontrado al que corresponde el dibujo. ¿Cómo explicar mejor el cuerpo translucido, el Mercurio de los filósofos? Las imágenes del arte pueden ser vehículos de conocimiento cuando logran apartarse de las preocupaciones estéticas y explican la experiencia de los conocedores de este cuerpo espiritual.

Ahora bien, ¿qué es el Mercurio de los filósofos?, y ¿cómo se diferencia del vulgar? Según explica Emmanuel d’Hooghvorst –y ya lo hemos comentado en otro lugar más extensamente [Alquimia y religión]– podríamos resumir la respuesta a estas preguntas de la manera siguiente: el primer Mercurio es puramente natural, es un agua muy volátil, como el rocío. El segundo Mercurio se obtiene únicamente por medio del Arte, el arte de la alquimia, es un compuesto y no es muy volátil. A menudo los autores no precisan con exactitud de qué Mercurio están tratando en sus escritos. Pero, como acabamos de decir, existen dos Mercurios, el primero es volátil y natural y el segundo está producido por la industria del hombre y es fijo.

La complejidad de los jeroglíficos alquímicos reside en la superposición de sentidos en una misma imagen, pero también en ello radica su gran valor pues se contempla la unidad, al margen del discurso reflexivo que debe fragmentar para explicar. Este es precisamente el caso de la imagen de Cattiaux, pues en ella se reúnen la muerte y la resurrección de Jesucristo, el sacrificio y la creación, el solve et coagula, en un mismo lugar.

 En las famosas Biblia pauperum de finales de la Edad Media se comparan escenas del Nuevo Testamento con las del Antiguo Testamento y, aunque se las conoce como las Biblias de los pobres, pues estaban dedicadas a los iletrados que necesitaban de las imágenes para comprender el texto revelado, la verdad es que contienen una exégesis muy profunda. La página que reproducimos a continuación representa la escena de la Crucifixión del Nuevo Testamento, que está acompañada a su izquierda por el sacrificio de Isaac y a su derecha por la de la Serpiente de bronce:


En principio, parece sencillo comprender el vínculo entre la Pasión y el sacrificio de Isaac, pero no tanto la relación de ésta con la Serpiente de bronce, pues se trata de un pasaje extraño y difícil por sí mismo. El pasaje de san Juan que utiliza el autor anónimo para establecer la correspondencia, tampoco parece añadir mucha luz: «Y Moisés levantó la serpiente en el desierto; asimismo era necesario que el Hijo del hombre fuera elevado» (III, 14).

Emmanuel d’Hooghvorst estudió este pasaje a partir de los comentarios rabínicos. Así, a partir de la cita del Génesis en la cual Dios maldice a la serpiente: «Te arrastrarás sobre el vientre» (III, 14), d’Hooghvorst se pregunta:«¿No se enderezará nunca, este torcido? Es el secreto del Arte. Efectivamente, está escrito:Y Moisés levantó la serpiente en el desierto; asimismo era necesario que el Hijo del hombre fuera elevado”». Es una alusión a la serpiente de bronce. Leemos pues [en el Midrach Rabah]: Mientras el pueblo murmuraba en el desierto en contra de Dios y de Moisés, el Señor les envió serpientes de fuego que les mordieron y todo aquél que era mordido, moría. Entonces el pueblo fue a ver a Moisés y le dijeron: Ruega por nosotros, pues hemos pecado, para que el Señor aparte de nosotros la serpiente. Entonces IHVH dijo a Moisés: Hazte una serpiente de fuego y colócala en una percha; y cualquiera que haya sido mordido y la mire, vivirá. Entonces Moisés se hizo una serpiente en peso de bronce que suena. La colocó en una percha y todos los que habían sido mordidos sanaban al mirarla» [Números XXI, 6-9]

«En el Midrach Rabah –continua d’Hooghvorst–, este fragmento se interpreta de la siguiente forma: “Y Moisés hizo una serpiente de bronce, la puso en una percha, la arrojó al aire y quedó enderezada (de pie)”. Esta serpiente arrojada al aire y que permanece en él, parece ser, a nuestro entender, una alusión al sonido del bronce» [El Hilo de Penélope I, p. 296]

Las palabras de d’Hooghvorst parecen incomprensibles si no se conocen otros textos suyos, pues, según este autor, el «sonido de bronce» alude a la Obra alquímica que es una realización metálica; tal y como lo comenta en otro lugar: «El triple sanctus [de la misa tradicional católica] estaba puntuado con tres golpes de campanilla agitada por el monaguillo, para recordar el sonido metálico corporal de la manifestación del Verbo divino, y en el campanario, la campana de bronce empezaba también a sonar. Asimismo, en el momento de la consagración del pan y del vino, cuando el sacerdote elevaba la forma, y luego el cáliz, la campanilla del monaguillo sonaba al igual que la campana de la iglesia» [El Hilo de Penélope I, p. 134]

Así pues, y gracias al comentario de d’Hooghvorst, entendemos que en la imagen de la Biblia de los pobres se está expresando el mismo misterio que aparece representado en las obras pictóricas de Cattiaux.

En el libro la Física y metafísica de la pintura, Louis Cattiaux escribió lo siguiente acerca de la obra de arte: «El destino de la obra de arte es permitir que la humanidad media entre en relación con la esencia oculta de los seres y de las cosas» [p. 51]. Una idea que en El Mensaje Reencontrado aparece expresada como sigue: «El arte consiste en hacer aparecer lo sobrenatural oculto en lo natural» [§ IX, 53]

La función del arte según Cattiaux es, pues, encontrar y desvelar los signos divinos ocultos en el mundo, una vieja idea relacionada casi siempre con la magia y las ciencias ocultas pero poco con la creación artística, quizá por eso Cattiaux escribió: «El arte es magia o no es».

Encontrar «los signos inscritos en la carne del mundo» es, sin duda, un conocimiento podríamos denominar espiritual, si éste conocimiento pudiera separarse del conocimiento en sí mismo. La pintura en particular y el arte en general fueron para Cattiaux una manera con la que el hombre del siglo XX pudo aprehender lo oculto, o dicho de otro modo, el medio para expresar la experiencia del cuerpo espiritual. Así, Cattiaux escribió en El Mensaje Reencontrado: «Las artes de los hombres bien pueden distraernos y consolarnos aquí abajo. Sólo el ARTE de Dios puede liberarnos de la infamia putrefacta del pecado de muerte» [§ XXXIII, 48]

El ARTE de Dios no puede separarse de las enseñanzas de la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesucristo: la contemplación de las imágenes herméticas de Cattiaux son un medio privilegiado para atravesar lo que de otro modo la razón comprendería parcial y cronológicamente.

 «El Absoluto es incognoscible en su totalidad, pero es posible acercarse a sus partes, que son como imágenes del todo» [El Mensaje Reencontrado XIV, 23]

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