Los diccionarios de símbolos son instrumentos excelentes para estudiar la unidad trascendente de las tradiciones. El “Diccionario de los símbolos” de J. Chevalier y A. Gheerbrant es uno de los mejores. Presentamos su introducción, sin aparato crítico.

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La naturaleza indefinible y viva del símbolo

Hemos visto cómo el símbolo se distingue del simple signo y cómo anima los grandes conjuntos de lo imaginario, arquetipos, mitos, estructuras. No insistiremos más, a pesar de su importancia, sobre estos problemas de terminología. Conviene profundizar en la naturale­za misma del símbolo.

En su origen, el símbolo es un objeto cortado en dos, trozos, sea de cerámica, madera o metal. Dos personas se quedan, cada una, con una parte; dos huéspedes, el acreedor y el deudor, dos peregrinos, dos seres que quieren separarse largo tiempo… Acercando las dos partes, reconocerán más tarde sus lazos de hospitalidad, sus deudas, su amistad. Los símbo­los eran aún entre los griegos de la antigüedad signos de reconocimiento que permitían a los padres encontrar a sus hijos abandonados. Por analogía el vocablo se ha extendido a cual­quier signo de reunión o adhesión, a los presagios y a las convenciones. El símbolo deslinda y aúna: entraña las dos ideas de separación y de reunión: evoca una comunidad que ha esta­do dividida y que puede reformarse. Todo símbolo implica una parte de signo roto; el sentido del símbolo se descubre en aquello que es a la vez rotura y ligazón de sus términos sepa­rados.

La historia del símbolo atestigua que todo objeto puede revestirse de un valor simbó­lico, ya sea natural (piedras, metales, árboles, frutos, animales, fuentes, ríos y océanos, montes y valles, plantas, fuego, rayo, etc.) o sea abstracto (forma geométrica, número, ritmo, idea, etc.). Con Pierre Emmanuel, podemos entender aquí por objeto, «no solamente un ser o una cosa reales, sino una tendencia, una imagen obsesiva, un sueño, un sistema de postula­dos privilegiados, una terminología habitual, etc. Todo cuanto fija la energía psíquica o la moviliza en beneficio suyo exclusivo, me habla del ser, con varias voces, a diversas alturas, tras numerosas formas y a través de diferentes objetos intermediarios de los cuales me aper­cibiré, si presto atención, que se suceden en mi espíritu por vía de metamorfosis».

El símbolo se afirma desde entonces como un término aparentemente asible cuya inasibilidad es el otro término.

En el sentido freudiano del término, el símbolo expone de forma indirecta, figurada y más o menos difícil de descifrar, el deseo o los conflictos. El símbolo es «la relación que une el contenido manifiesto de un comportamiento, de un pensamiento, de una palabra, a su sentido latente… Desde el instante en que se reconoce, a un comportamiento por ejemplo, al menos dos significaciones, una de las cuales substituye la otra enmascarándola y expresán­dola a la vez podemos cualificar de simbólica su relación». Esta relación se caracteriza por una cierta constancia entre los elementos manifestados y latentes del símbo­lo. Para muchos psicoanalistas, lo simbolizado es siempre inconsciente: «Todas las compa­raciones no son símbolos, escribe S. Ferenczi, sino solamente aquellas en que el primer miembro se rechaza dentro del inconsciente». En consecuencia, en la medida en que el niño rechaza y disfraza menos su deseo que el adulto, su sueño es también menos simbóli­co y más transparente. El sueño no sería pues siempre y enteramente simbólico y los méto­dos de su interpretación variarían según los casos, recurriendo, ora a las simples asociaciones, ora a los símbolos estrictamente dichos.

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Sandor Ferenczi de pie a la derecha; sentados Sigmund Freud a la izquierda y Carl Gustav Jung a la derecha. Universidad de Clark, 1909.

Para C.G. Jung, el símbolo no es, ciertamente, ni una alegoría, ni un simple signo, sino más bien «una imagen apta para designar lo mejor posible la naturaleza oscuramente sospechada del espíritu». Recordemos que, en el vocabulario del analista, el espíritu engloba a lo consciente y a lo inconsciente, concentra «las producciones religiosas y éticas, creadoras y estéticas del nombre», colorea todas las actividades intelectuales, imaginativas, emotivas del individuo, se opone en tanto que principio formador a la naturaleza biológica y «mantie­ne constantemente en vela esta tensión de los contrarios que está en la base de nuestra vida psíquica». C.G. Jung continúa precisando: «el símbolo no encierra nada, no expli­ca, remite más allá de sí mismo hacia un sentido aun en el más allá, inasible, oscuramente presentido, que ninguna palabra de la lengua que hablamos podría expresar de forma satis­factoria». Pero, a diferencia de su maestro vienés, no considera que los símbolos sean «el disfraz de otra cosa. Son un producto de la naturaleza». Estas manifestaciones no son por supuesto carentes de sentido, pero aquello que esconden no es necesariamente el ob­jeto de una censura que reaparecería tras la forma prestada de una imagen simbólica. Ésta no sería entonces más que un síntoma de una situación virtualidades. Es en el rebasamiento de lo conocido hacia lo desconocido, de lo expresado hacia lo inefable, donde se afirma el valor del símbolo. Si el término escondido llega un día a conocerse, el símbolo muere. «Simbólica es la concepción que, adelantándose a toda interpretación concebible, considera la cruz como la expresión de cierto hecho aún desconocido e incomprensible, místico o transcen­dente, y por ende psicológico en primer lugar, que es absolutamente imposible de represen­tar más exactamente que por la cruz. Mientras que un símbolo está vivo, es la mejor expre­sión posible de un hecho; está vivo en tanto que está preñado de significación. Que esta significación salga a la luz, o dicho de otra forma, que se descubra la expresión que mejor formule la cosa buscada, inesperada o presentida, significa entonces que el símbolo está muerto: sólo tiene ya un valor histórico». Pero, para que esté vivo, el símbolo no debe solamente trascender el entendimiento intelectual y el interés estético, debe suscitar una cierta vida: «sólo está vivo el símbolo que, para el espectador, es la expresión suprema de lo que sepresiente, pero aún no se reconoce. Entonces incita al inconsciente a la partici­pación: engendra la vida y estimula su desarrollo. Recordemos las palabras de Fausto: Cuan diversamente obra en mi ser este símbolo… Hace vibrar en cada uno la cuerda común».

R. de Becker ha resumido muy bien los diferentes aspectos del símbolo: «El símbolo puede compararse con un cristal que devuelve diferentemente la luz según la cara que la re­ciba. Y podemos decir aún que es un ser vivo, una parcela de nuestro ser en movimiento y en transformación. De suerte que, al contemplarlo, al captarlo como objeto de meditación, uno contempla también la propia trayectoria que se dispone a seguir, captando la dirección del movimiento en el cual el ser es llevado».

Rehabilitar el valor del símbolo, no es en modo alguno profesar un subjetivismo esté­tico o dogmático. No se trata en absoluto de eliminar de la obra de arte sus elementos intelectuales y sus cualidades de expresión directa, y tampoco de privar los dogmas y la reve­lación de sus bases históricas. El símbolo permanece en la historia, no suprime la realidad, no anula el signo. Les añade una dimensión, el relieve, la verticalidad; establece a partir de ellos: hecho, objeto, signo, relaciones extrarracionales, imaginativas, entre los planos de existencia y entre los mundos cósmico, humano y divino. Según palabras de Hugo von Hofmannstal, «aleja lo que está cerca, acerca lo que está alejado, de manera que el sentimiento pueda captar lo uno y lo otro».

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C. G. Jung y Mircea Eliade participando en uno de los encuentros del Círculo de Eranos

El símbolo como«categoría transcendente de la altura, de lo supraterrenal, de lo infi­nito, se revela al hombre entero, a su inteligencia como a su alma. El simbolismo es un dato inmediato de la conciencia total, afirma Mircea Eliade, es decir, del hombre que se descubre como tal, del hombre que cobra conciencia de su posición en el universo; estos descubri­mientos primordiales están atados de manera tan orgánica a su drama que el mismo simbo­lismo determina tanto la actividad de su subconsciente como las más nobles expresiones de la vida espiritual».

La percepción del símbolo excluye, pues, la actitud de simple espectador y exige una participación de actor. El símbolo sólo existe en el plano del sujeto, pero sobre la base del plano del objeto. Actitudes y percepciones subjetivas recurren a una experiencia sensible y no a una conceptualización. Lo propio del símbolo es «permanecer indefinidamente sugesti­vo: cada uno ve en él lo que su potencia visual le permite percibir. A falta de penetración, nada profundo se percibe».

Categoría de la altura, el símbolo es también una de las categorías de lo invisible. El desciframiento de los símbolos nos conduce, parafraseando los términos de Klee, «hacia las insondables profundidades del soplo primordial», pues el símbolo une a la imagen visible la parte de lo invisible percibida ocultamente. Este punto de vista está particularmente desarro­llado por Jean Servier, enL’homme et l’invisible.

La comprensión de los símbolos surge menos de las disciplinas racionales que de una cierta percepción directa por la conciencia. Investigaciones históricas, comparaciones ínterculturales, el estudio de las interpretaciones dadas por las tradiciones orales y escritas, las prospecciones del psicoanálisis, contribuyen, ciertamente, a traducir la comprensión de for­ma menos azarosa. Pero tenderían a coagular indebidamente la significación si no se insiste en el carácter global, relativo, móvil e individualizante del conocimiento simbólico. Éste desborda siempre los esquemas, mecanismos, conceptos y representaciones que sirven para apuntalarlo. Jamás es adquirido para siempre, ni idéntico para todos. No se confunde, sin embargo, de ningún modo, con lo indeterminado puro y simple. Se apoya en una especie de tema, con indefinidas variaciones. Su estructura no es estática sino efectivamente temática. Podemos decir de él aquello que Jean Lacroix escribió de la conciencia a propósito de Paradoxes de la conscience et limites de l’automatisme, de Raymond Ruyer: «ésta transfigura los indicios según temas conjugados», en lugar de transformarlos en un manojo bien atado, que llamaremos una conclusión de síntesis. «La paradoja de la finalidad de la conciencia, prosi­gue, es que ella es una anticipación simbólica del tiempo futuro.» Podemos completar la fórmula y decir que la finalidad del símbolo es formar conciencia del ser en todas las dimen­siones del tiempo y del espacio, y de su proyección en el más allá. El huso de las parcas está más cargado de sentido que el haz de los lictores.

Asimismo el símbolo supera las medidas de la razón pura, sin por ello caer en el ab­surdo. No aparece como el fruto maduro de una conclusión lógica al término de una argu­mentación sin falla. El análisis, que fragmenta y pulveriza, es impotente para captar la riqueza del símbolo; la intuición no siempre lo consigue; debe ser eminentemente sintética y simpática, es decir, compartir y percibir una cierta visión del mundo. Porque el símbolo tie­ne por privilegio concentrar sobre la realidad de partida, luna, toro, loto, flecha, todas las fuerzas evocadas por esta imagen y por sus análogos, en todos los planos del cosmos y a to­dos los grados de la conciencia. Cada símbolo es un microcosmos, un mundo total. Acumu­lando los detalles por el análisis no es como captaremos de él el sentido global: se necesita una mirada casi sinóptica. «Uno de los rasgos característicos del símbolo es la simultaneidad de los sentidos que revela. Un símbolo lunar o acuático es válido en todos los planos de lo real y esta multivalencia se revela simultáneamente».

En la leyenda peúl de Kaydara, el viejo mendigo (el iniciador) dice a Hammadi (el pe­regrino en busca de conocimiento): «Oh mi hermano, aprende que cada símbolo tiene uno, dos, varios sentidos. Esas significaciones son diurnas o nocturnas. Las diurnas son fastas y las nocturnas nefastas».

Tras la diversidad de sus formas e interpretaciones un símbolo cuenta, sin embargo, entre sus propiedades la constancia en la sugestión de un vínculo entre lo simbolizante y lo simbolizado: la copa invertida, en efecto, simbolizando el cielo, expresa no solamente la analogía aparente de un mismo dibujo, sino todo aquello que el cielo evoca para lo incons­ciente, a la vez seguridad, protección, morada de seres superiores, fuente de prosperidad y de sabiduría, etc. Que ella adopte la forma de la cúpula, en una basílica o mezquita, la forma de una tienda entre los nómadas, o de un refugio hormigonado en una línea defensiva, la rela­ción simbólica sigue constante entre los dos términos copa y cielo, sean cuales fueren los grados de conciencia y las utilidades inmediatas.

Otra propiedad de los símbolos en su interpenetración. Ningún tabique estanco los se­para: existe siempre una relación posible de uno a otro. Nada es más extraño al pensamiento simbólico que el exclusivismo de las posiciones o el principio del tercero excluido. Los con­tenidos simbólicos poseen aquello que C.G. Jung llama «una afinidad esencial». Esta afinidad reside, pensamos, en una relación, en las formas y los fundamentos innumera­bles, con lo transcendente, es decir, en un dinamismo ascensional teleonómico. En cuanto aparece un vínculo notable entre dos imágenes o dos realidades y una relación jerárquica cualquiera, fundada o no sobre un análisis racional, está virtualmente constituido un símbolo.llibres-2

Los símbolos son siempre pluridimensionales. Expresan, en efecto, relaciones tierra-cielo, espacio-tiempo, inmanente-transcendente, como la copa vuelta hacia el cielo o hacia la tierra. Es una primera bipolaridad. Hay otra: síntesis de los contrarios, el símbolo tiene una cara diurna y otra nocturna. Además, muchas de estas parejas tienen analogías entre ellas, que se expresan también en símbolos. Estos últimos podrían ser de segundo grado, como la hornacina o la cúpula sobre su zócalo en relación con la copa sola. En lugar de fun­darse en el principio del tercero excluido, como la lógica conceptual, la simbólica presupone por el contrario, un principio del tercero incluido, es decir, una complementariedad posible entre los seres, una solidaridad universal, que se percibe en la realidad concreta de la rela­ción entre dos seres o dos grupos de seres, entre muchos más de dos… El símbolo, pluridimensional, es susceptible de un número indefinido de dimensiones. El que percibe un vínculo simbólico se encuentra en posición de centro del universo. Un símbolo no existe de no ser para alguien, o para una colectividad cuyos miembros se identifican, en cierto aspec­to, para constituir un solo centro. Todo el universo se articula alrededor de este núcleo. Es por ello que los símbolos más sagrados para unos no son más que objetos profanos para otros: lo que revela la profunda diversidad de sus concepciones. La percepción de un símbo­lo, la epifanía simbólica, nos sitúa, en efecto, en un cierto universo espiritual. Por eso jamás conviene «separar los símbolos de suacompañamiento existencial; ni jamás suprimir el aura luminosa en cuyo seno nos han sido revelados, por ejemplo, en el gran silencio sagrado de las noches, cara al firmamento inmenso, majestuoso, arrobador». El símbolo está ligado a una experiencia totalizante. No podemos captar su valor si no se transporta uno en espíritu dentro del medio global donde él vive verdaderamente. Gérard de Champeaux y dom Sterckx también han puesto en perfecto relieve esta naturaleza particular de los símbo­los: «condensan en el hogar de una sola imagen toda una experiencia espiritual;… transcien­den los lugares y los tiempos, las situaciones individuales y las circunstancias contingentes;… solidarizan las realidades aparentemente más heterogéneas, reconduciéndolas todas a una misma realidad más profunda que es su última razón de ser» (ibid., 202). Esta realidad más profunda, ¿no es el centro espiritual al que se identifica o del cual participa, el que percibe el valor de un símbolo? Es en relación con este centro, cuya circunferencia no está en ninguna parte, que existe el símbolo.

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