Extracto de las notas tomadas en los cursos de exégesis bíblica impartidos en Bruselas por Emmanuel d’Hooghvorst. Seleccionados y editados por J. M. Rotger.

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Examinemos lo que nos dice Nahmanides a propósito del versículo “Y Elohim dijo: Haremos a Adán a nuestra imagen, como nuestra semejanza” (Génesis 1, 26), en su famoso comentario al Pentateuco:

A propósito de Adán, Elohim dijo: “Haremos”, como para decir: “Yo y la tierra mencionada haremos a Adán”. En el sentido que la tierra hará surgir el cuerpo de sus elementos, tal y como lo hace con los animales domésticos y salvajes; como está escrito: “Y Adonai (YHVH) Elohim formó el Adán, polvo de la tierra” (Génesis 2, 7). Y Él, bendito sea, le dio el soplo de la boca del Altísimo, como está escrito: “Y sopló en sus narices un alma de vida” (Génesis 2, 7). Y dijo: “A nuestra imagen, como nuestra semejanza” (Génesis 1, 26), ya que era semejante a ellos dos.

Volvamos al texto del Midrach Berechit Rabah (8, 1):

Y Elohim dijo: “Haremos a Adán a nuestra imagen como nuestra semejanza (Génesis 1, 26). Abrió (la explicación) Rabí Yohanan y dijo: “Tú me has formado detrás y delante y has puesto tu mano sobre mí” (Salmos 139, 5). Dijo Rabí Yohanan: Si Adán lo merece, gozará de los dos mundos, ya que está dicho: “Tú me has formado detrás y delante”; y si no lo es, dará cuenta de ello, ya que está dicho: “y has puesto tu mano sobre mí”.

Rabí Jeremías hijo de Eleazar dijo: Cuando el Santo, bendito sea, creó al primer Adán, lo creó andrógino; tal como está escrito: “Macho y hembra los creó” (Génesis 5, 2).

Rabí Samuel, hijo de Nahmán dijo: Cuando el Santo, bendito sea, creó al primer Adán lo creó a doble cara, después lo cortó e hizo dos espaldas, una espalda hacia un lado y la otra hacia el otro. Alguien objetó: ¿Acaso no está escrito: “Y tomó una de sus costillas (tselá)” (Génesis 2, 21)? Se le responde: Uno de sus dos costados, tal como está escrito: “Y al segundo lado (tselá) del tabernáculo […]” (Éxodo 26, 20).

Elohim es el Dios (de las naciones) y Adonai (el Tetragrama, YHVH, o el Nombre) es el Señor (del pueblo escogido). Elohim representa a Dios tal como lo conciben tanto los paganos como los judíos. La destrucción del Templo trajo como consecuencia la pérdida del Nombre que el sumo sacerdote pronunciaba una vez al año en el Santo de los Santos.

Es lo que se conoce como la “Palabra perdida”. Reencontramos esta enseñanza en el grado 18º de la Masonería, uno de los más bellos, en el que se trata de la Palabra perdida: el Templo ha sido destruido, la Palabra se ha perdido y se la ha de reencontrar en las tinieblas. Ya no se puede pronunciar el Nombre. Por eso, pronunciar Yahvé no tiene ningún sentido, pues (el Tetragrama) es impronunciable.

Los rabinos enseñan que, desde la destrucción del Templo, al Santo, bendito sea, sólo le quedan los cuatro codos de la Halaja (1). El Nombre de Dios sólo se puede pronunciar en su Templo. A partir de aquí podemos empezar a presentir el sentido del misterio marial en su verdadera perspectiva.

El Templo ha sido destruido por la caída del hombre, que es lo que los cristianos denominan pecado original y los hebreos, trasgresión. Después de la destrucción del Templo, el Nombre se ha perdido y, si bien aún podemos escribirlo, ya no podemos pronunciarlo. Así pues, pronunciar  Yahvé (el Tetragrama), no significa nada, pero podemos vocalizarlo con las vocales de la palabra Adonai (‘Señor’); entonces se pronuncia Yehová

Todo el judaísmo se basa en el Nombre; lo cual también se encuentra en el cristianismo, pero los cristianos ya no saben de qué se trata. ¿Por qué le damos un nuevo nombre al niño al bautizarlo?

En realidad, la destrucción del Templo representa la caída de nuestros primeros padres: el hombre adámico ha sido destruido y se ha vuelto animal. El nombre de Dios se ha partido en dos: YH (Yah) por un lado y VH (Hu) por el otro.

Podría decirse que una mitad de la Palabra o del Nombre (VH) se la ha llevado la humanidad al exilio y que la otra se ha quedado en los cielos (YH). Por eso se dice que Elohim creó: “…al hombre a nuestra imagen (tselem), como nuestro dibujo (demut)” (Génesis 1, 26), que traducimos por ‘semejanza’.

En realidad, tselem es la imagen viva, representa los colores que se aplican sobre el dibujo. Pero, por la caída del hombre, la imagen viva (tselem) desapareció. Tsel significa ‘sombra’. El arquitecto que construyó la Tienda de Reunión (Éxodo 33, 7) se llamaba Betselel, que significa ‘a la sombra del Altísimo’ (véase Éxodo 31, 2 y ss.). Se trata de una sombra luminosa, la misma que le fue dada a María cuando el ángel le dijo: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti y la virtud del Altísimo te cubrirá con su sombra” (Lucas 1, 35); tu sombra luminosa, tu tselem que Adán perdió en la caída, te será devuelto.

Estamos apagados, somos como una luz apagada, pero nos queda la mecha, nos queda el dibujo (demut), nos resta como una sombra sobre un muro.

Al hombre se le ha retirado la imagen viva y coloreada, que ha sido reemplazada por una imagen animal de la que se ha revestido.

El Señor quiere salvar su demut, pues es su propio dibujo el que está en el hombre, es decir, lo que queda de su Nombre en cada uno de nosotros. Por eso se dice que el Señor salva a los creyentes para honrar su Nombre.

¿En qué consiste la creación? En devolver su sombra coloreada, su tselem, al dibujo, al demut, a fin de que el hombre recupere su luz, devolverle a VH (Hu) la otra parte del Nombre, YH (Yah), que permaneció libre.

Está escrito: “Confiad en el Señor (YHVH) por la eternidad, pues con YH (be-Yah) el Señor (YHVH) ha trazado (o formado) los mundos” (Isaías 26, 4). “Los mundos” son los justos y YH (Yah), que es el Espíritu Santo, constituye la traza de Dios en los justos. Por eso está dicho que desde la destrucción del Templo al Señor sólo le quedan los cuatro codos de la halajah.

YH (Yah) es tselem, la imagen coloreada que se ha de devolver al dibujo (demut). Algunos autores del hermetismo cristiano de la Edad Media, hablan de la doncella Beyá (2), a la que se ha de intentar alcanzar, seducir o encontrar. Los que no conocen el hebreo no pueden entender de qué se trata. Esta doncella es, simplemente, el Espíritu Santo, YH (Yah), y, cuando hablan de Beyá, aluden al versículo de Isaías que acabamos de leer.

Esta es la condición del hombre: Dios intenta salvarlo, porque hay algo de Él en el hombre; este algo es su imagen (demut), su dibujo, una parte del Nombre VH (Hu). Para salvarlo, es necesario devolverle la otra parte, la semejanza YH (yah). Por eso la Iglesia canta: ¡Aleluya!, es decir: ¡Alabad a Yah!

¿Por qué se le ha de alabar? Se le ha de alabar en la medida en que viene hacia nosotros, puesto que YH (Yah) es el Salvador del mundo. Es el espíritu creador que hemos de llamar para ser recreados.

Está escrito: “Cantad a Elohim, alabad su Nombre, exaltad al que cabalga en el éter, en Yah, su Nombre, alegraos ante Él” (Salmos 68, 5). Nosotros ya no somos capaces de cantar su Nombre, pues hemos perdido la Palabra. Es lo que dice David: “Cantad su Nombre”. David es el Mesías, el Mesías es el hijo de David. David es el bienamado, tal como indica el sentido de esta palabra (3). Se dirige a los santos y a los sabios que están establecidos en el Reino.

YH (Yah) se encuentra arriba en el éter y nosotros estamos abajo en el aire impuro de la región sublunar. Cuando baja, este éter se mezcla con el aire impuro, nos anima y nos mantiene en vida. A esta mezcla, los hindúes la llaman prana; YH (Yah) se encuentra en este prana.

Cuando el Nombre de Dios es reconstituido, es decir, cuando vuelve a ser Uno, al que realiza dicha reconstitución se le llama servidor o testigo de dicha reunificación. He aquí lo que Dios quiere de nosotros: No nos pide que nos portemos bien en este mundo en un sentido moral, sino, más bien, que le sirvamos; y servirle es devolverle la unidad.

Tal es la profesión de fe de los hebreos: “Escucha Israel, el Señor (YHVH) nuestro Dios, el Señor (YHVH) es Uno” (Deuteronomio 6, 4). En este versículo, las últimas letras de la primera palabra y de la última son de mayor tamaño, y unidas forman la palabra hebrea ed, ‘testigo’; ello significa que tenemos un solo Dios: aquel que ha sido reunificado.

Se trata aquí de otra manera de hablar del misterio de la encarnación; los judíos nunca emplean esta palabra, ellos hablan de la Presencia.

Todas las religiones enseñan lo mismo, pero bajo formas diferentes. La Palabra de Dios ha sido emulsionada en el hombre y, como en una emulsión, ha quedado algo. En el bautismo, el hombre es restablecido realmente en su pureza primitiva; por eso se le da un nuevo nombre, pues a partir de ese momento, se considera que ha reconstituido o reencontrado el Nombre, la Palabra perdida, que ya puede volver a cantar el Nombre de Dios, decirlo y pronunciarlo.

 

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NOTAS:

1. La halajah (‘interpretación’, ‘tradición’) representa el conjunto de las tradiciones jurídicas. Proviene del verbo halaj que significa ‘ir’, ‘caminar’. En un sentido más hermético representa el camino de Dios dentro del hombre pues los cuatro codos representan la medida del hombre.

2. Véase Emmanuel d’Hooghvorst, El Hilo de Penélope, Arola ed., Tarragona 2000, t. I, pp. 329 y ss.

3. En hebreo, las palabras ‘David’ y ‘bienamado’ están compuestas por las mismas letras.

4.  Véase E. d’Hooghvorst, El Hilo de Penélope,. cit, pp. 161 y ss.