Curar y regenerar según Paracelso

La figura y la obra de Paracelso a partir de un capítulo del libro de Raimon Arola «La cábala y la alquimia en la tradición espiritual de Occidente».

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El presente capítulo gira entorno a la obra de Paracelso, ni ella ni su vida son desconocidas y, sin embargo, después de leer cualquiera de los estudios que se le han consagrado, uno se queda con la impresión de que falta algo, que se escapan aspectos importantes del personaje y de su pensamiento. Algunos eruditos lo han llamado el príncipe el del Renacimiento, otros, en cambio, lo han considerado continuador del pensamiento medieval. De lo que no hay duda es que, a partir de su obra, la alquimia tomará un nuevo talante y su unión con la cábala será natural, como lo demostrarán los manifiestos Rosacruces. Kieser escribió acera de su maestro:

«Caro y benévolo lector, muchas personas conocen el espesor de las tinieblas que recubrían hace más de un siglo el excelente arte de la alquimia. A pesar de la existencia en este dominio de algunas obras, nadie podía en efecto sacar provecho de lo que era, por así decirlo, un tesoro enterrado y nadie podía comprenderlo. Hasta los tiempos del excelente Paracelso, no se conocía tampoco su uso; es Paracelso el primero que hizo una aplicación medicinal de él, a fin de llevar remedio a las debilidades humanas… Dios en estos últimos tiempos ha suscitado maravillosamente los instrumentos que permiten la revelación total de los misterios que Él había insertado y encerrado en la naturaleza». (1)

Aureolus Philippus Teophrastus Bombastus von Hohenheim nació un frío día de otoño en Einsiedeln, cerca de Zurich, en el seno de una familia acomodada. Su padre era un prestigioso médico, amante de la sabiduría clásica, que lo llamó Teophrastus en honor al celebre medico griego. Se cuenta, que cuando iba a conocer a su hijo recién nacido, un vecino le contó la noticia que corría por toda Europa: las naves de los reyes de España habían regresado de la Indias llenas de riquezas, de animales y plantas desconocidas. Se había descubierto América, y muchos hombres creyeron que el ingenio y los avances de la ciencia desterrarían para siempre la oscuridad y las miserias de la Edad Media. Tal era el pensamiento del propio Cristóbal Colón: «Fue a mí a quien eligió Dios como su mensajero, mostrándome de que lado se hallaba el nuevo cielo y la tierra nueva de la que había hablado el Señor por boca de san Juan…». (2) El descubrimiento de América materializaba el logro de la razón que llevaría a los hombres a metas todavía impensables y al triunfo definitivo contra los poderes malditos de la Edad Media. Europa se abocaba al progreso y el mundo tenía que ser de los hombres abiertos a las novedades. «El nuevo cielo y la tierra nueva» no pertenecían al reino de Dios, sino al de los hombres, de donde se dedujo que las utopías podían sustituir la sacralidad.

A lo largo de su agitada vida, Paracelso no compartió este optimismo generalizado, discutió con los hombres de ciencia, los académicos, los teólogos, de hecho discutió con casi todo el mundo, advirtiendo a los ingeniosos triunfantes del terrible devenir que estaban creando al olvidar que la inteligencia debía estar guiada por la revelación divina. Acostumbraba a decir y lo escribió en sus obras que: «El don de Dios no está suficientemente valorado». Algunos hombres siguieron sus pasos, pocos, aunque entusiastas, que se ocultaron ante el vendaval de disputas, guerras religiosas y políticas, razonamientos hábiles e infinitos e increíbles avances tecnológicos.

Contemporáneo de Lutero, Erasmo de Rotterdam, Kepler, Copérnico, Miguel Ángel, entre otros talentos, su entorno estuvo marcado por la Reforma y la Contrareforma, pero él nunca entró en tales polémicas, su espíritu estaba ocupado por otros asuntos que poco o nada tenían que ver con el rumbo que Europa tomaba. Su lema, que aparece escrito en varios de sus retratos, reza: Alterius non sit. Qui suus esse potest, ‘No sea de otro, quien puede ser de sí mismo’. Llevó una vida agitada, convulsa en ocasiones. Viajó continuamente, practicando la medicina y enseñando su filosofía. Arremetió sin descanso contra el conocimiento imperante, contra la medicina universitaria y contra los razonamientos sutiles que no conducían a ninguna parte: «Os digo que el pelo de mi nuca sabe más que vosotros y todos vuestros escribientes, y los cordones de mis zapatos son más eruditos que vuestros Galeno y Avicena, y mi barba ha visto más que todas vuestras universidades». (3)

Teophrastus Bombastus von Hohenheim, alias Paracelso, tenía algo que ofrecer a los hombres de su tiempo, pero a muy pocos les interesó saber de qué se trataba: «No quiero filosofar en el mismo lugar y entregar al nuevo mundo la misma filosofía, sino a la luz de la Naturaleza». (4) Acercarse a sus escritos es realmente difícil, contrastan el peso de sus palabras y la veracidad de su inspiración con la brusquedad de su exposición. Escribe sin apoyarse en ningún autor, sólo cita las Escrituras, «Camino a la luz de Cristo, con ambas luces, la antigua y la nueva». (5) Opina con contundencia acerca de todas las artes y ciencias, con la autoridad que le concede la luz la Naturaleza y de Cristo. Seguramente por eso, sus textos son tan extraños, pues, como se percibe en los estudios a ellos dedicados, se pueden extraer conclusiones muy distintas, incluso contradictorias. ¿Fue un médico, un filósofo, un mago, un cabalista, un alquimista? No conocemos ninguna etiqueta en la que encajen las enseñanzas de Paracelso y, por lo que sabemos, tampoco la tienen los especialistas. Nunca deja de asombrar, sus palabras parecen tejidas por un genio secreto y huidizo, imposible de apresar por la razón y cuando se cree entender alguna cosa y reconstruir el edificio de su sabiduría, un giro o un elemento nuevo en su discurso hacen que el edificio se desmorone rápidamente. Sólo cabe encontrar su intención profunda.

Es una figura tan enigmática como el propio arte de la alquimia, quienes lo conocen dicen que en él está «todo», pero para los demás es motivo de asombro, no es que sea muy difícil ver «todo» en los textos alquímicos, es que no se ve «nada». Entonces, ¿a qué se refieren al hablar de un arte o una ciencia divina donde está «todo»? Paracelso lo explica una y otra vez: sin poseer el don Dios, no se puede conocer, por eso escribe:

«Rogad, buscad, llamad a las puertas en nombre de Dios, y todo lo que necesitéis se os dará en exceso; porque en Su nombre y a través de Él ocurren todas las cosas. Y esforzaos en ser completos en vuestro arte, porque Dios lo ha hecho completo para que vuestras obras le alaben, ensalcen y elogien». (6)

Cuando Paracelso afirma que su conocimiento y su arte son completos, porque provienen de Dios que «lo ha hecho completo», está fundamentando lo que Franz Kieser recogerá bajo la denominación de la cábala alquímica; es decir, en un principio hay que recibir el don divino y después llegar a ser perfecto. En las palabras que reproducimos a continuación esta unión aparece diáfana:

«Decir que el hombre debe ser perfecto perjudica a quien no lo es. Por eso Cristo nos ha enseñado los signos por los que podemos reconocer a los verdaderos y a los falsos profetas. En quien que actúa en nombre del Señor, la palabra y la obra están unidas, como lo están el marido y la mujer en el matrimonio; si, al contrario, están separadas, y damos fe a palabras que no están acompañadas por obras, entonces estamos equivocados, ya que la palabra que viene de Dios nunca va sin las obras. Sin el Espíritu, la palabra está sin fuerza; al contrario, incluso es el principio del mal; pronunciar la palabra de Dios está bien; pero si el espíritu de Dios no está en ella, sólo desencadena error y engaño.

El hombre se ha puesto en el lugar de Dios; dice: créeme, cree en mi palabra y en mi interpretación. Pero esto es contrario al mandamiento, ya que seremos iluminados por el Espíritu de Dios, y no por el espíritu del hombre. No obstante, la palabra de Dios pasa por el hombre». (7)

Cuando Paracelso afirmaba que «la palabra y la obra están unidas, como lo está el marido y la mujer en el matrimonio», parece lógico pensar que se refería al misterio de la cábala alquímica, o como dirá años más tarde Johann Valentin Andreae, a las bodas químicas, de las cuales, utilizando el propio lenguaje hermético, nacerá el Hijo filosófico. Por medio de la cábala el hombre conoce la primera materia y por medio de la alquimia la conduce a la perfección final, tal como explica nuestro autor.

«Nada ha sido creado como última materia, en su estado final. Todo se crea primero en su prima materia, su materia inicial; sobre la que viene Vulcano [es decir, el fuego], que a través del arte de la alquimia lo transforma en su materia final… Porque alquimia significa: llevar a su fin algo que no está acabado, obtener el plomo del metal y elaborarlo para aquello a lo que está destinado… Reconoced pues que alquimia no es otra cosa que el arte de convertir lo impuro en puro por medio del fuego… ella puede separar lo inútil de lo útil y llevarlo a su materia final y a su esencia final». (8)

Como ya hemos apuntado, Paracelso se formó en los ambientes humanistas del Renacimiento. En su juventud, utilizando todavía su nombre de pila, Teophrastus, estudió medicina en Ferrara donde en 1515 obtiene el birrete de doctor. Después viaja por todos los centros culturales de Italia: Venecia, Florencia, Siena, Roma, Nápoles, Sicilia, etcétera. No hay duda de que conoció directamente las motivaciones espirituales de los hombres renacentistas y que sus conclusiones y prácticas debieron imprimir una fuerte impresión en el adolescente. Tomemos por ejemplo el sentido de la magia divina, tan querido para Ficino y Pico della Mirandola; en la obra paracelsiana se encuentran infinitas referencias a la magia, tanto a nivel teórico como práctico, sin duda, sus tratados médicos podrían ser considerados como una magia aplicada, pero nunca como hechicería, la misma distinción que ya hemos visto en Pico. Respecto a este tema Teophrastus escribió:

«La magia nos ha sido dada para saber y averiguar aquello que es imposible para la razón humana. Porque es un gran saber secreto, igual que la razón es una gran necedad pública. Por eso sería necesario y bueno que los ‘teologistas’ supieran también algo de ella, y aprendieran lo que es en el fondo, para no llamarla hechicería de forma injusta e injustificada». (9)

Por diversos motivos, pero principalmente por la complejidad y extensión de su obra, el «gran saber secreto» de la magia desarrollado por Paracelso, aparece como su única aportación, cuando de hecho, no es más que un instrumento para conocer los misterios divinos, por eso, pide a los ‘teologistas’ que comprendan el secreto de la creación, pues sin él es imposible acercarse al Creador. La traducción francesa de las obras completas de Paracelso que, a principios del siglo xx, emprendió el erudito Grillot de Givry, tan sólo pudo abarcar una primera fase: las obras médicas, la muerte le impidió terminar su traducción y hasta finales del siglo pasado no surgió de nuevo un interés por los estudios paracelsianos. Así, durante mucho tiempo, su legado ha quedado circunscrito al conocimiento de la parte más técnica, donde no brilla la profunda sacralidad del pensamiento del maestro suizo. También es cierto que la inclinación de Rudolf Steiner y Carl Gustav Jung por Paracelso fue de poca ayuda a la hora de descubrir su profundidad tradicional, más bien lo envolvieron con una pátina de espiritualidad vaga y desvinculada del secreto interior que lo animaba.

La magia de Paracelso no es un sistema operativo gracias al cual pueden conocerse las virtudes medicinales de las plantas u otras producciones de la naturaleza, sino que su fin es adherirse a la fuente original de la cual emanan todas las virtudes, por eso, no debe extrañarnos que su magia oculta se relacione con las sagradas Escrituras, dado que la había aprendido por revelación. Un ejemplo de ello es el siguiente fragmento que reproducimos:

«Ante el escaso número de sanaciones que logran los médicos y los boticarios, y las vanas palabras con que encubren su ignorancia, decidí abandonarlos a su estupidez y a su orgullo y consagrarme a otros casos […], cuando la divina providencia tuvo a bien iluminarme. Abriendo al azar el Nuevo Testamento, pude leer: Y llamando a los doce apóstoles, les dio virtud y potestad sobre los demonios y que sanasen enfermedades (Lucas 9, 1). Entonces comencé a comprender lo que podía hacer, siguiendo las palabras de Jesucristo, que este arte no estaba acabado, que era verdadero y eterno y que en él no era necesario atribuir nada al azar o al demonio. Por ello, habiendo considerado y luego abandonado lo que en otros tiempos había escuchado de los profesores y lo que han dejado escrito los antiguos, he llegado a la comprensión de que la verdadera fuente de la medicina y la raíz de donde ella procede no había sido conocida por ninguno de ellos, que se habían dedicado únicamente a los arroyuelos, incapaces de subir hasta el verdadero manantial». (10)

«Subir hasta el verdadero manantial» significa ascender hasta Dios o, dicho de otro modo, participar del mismo poder que el Creador, la fuente de la medicina. En este sentido, los alquimistas aluden al medicamento celeste, que es el don de Dios. La medicina de Paracelso no sirve únicamente para sanar las enfermedades que acechan al hombre a lo largo de su vida, sino que permite curar el pecado original. Por eso, la medicina de la cual han hablado continuamente los verdaderos alquimistas, es la que regenera al hombre, como explica el mismo Paracelso:

«Puesto que la carne mortal debe ser abandonada y sólo la carne vivificante resucitará y entrará en el reino de los cielos; tenemos mucho que decir sobre esta nueva criatura o creación. Si debemos conocer completamente lo que somos, también debemos explicar la nueva generación, a fin de que sean seriamente exploradas las preguntas siguientes: quién es el hombre en todas las cosas, de qué proviene y qué es. Todo esto será claramente expuesto a fin de que se comprenda bien quién es el hombre, lo que es y lo que puede llegar a ser. […] La carne de Adán no sirve para nada. Es así desde el principio: el nuevo alumbramiento nace de la Virgen y no de la mujer. […] El hombre debe ser, pues, carne y sangre para la eternidad. Por eso la carne es doble: la adámica, que no sirve para nada, y el Espíritu Santo, que hace la carne viva: éste, en efecto, se encarna de arriba y dicha encarnación es causa de su retorno al cielo a través nuestro. […] El hombre debe renacer una segunda vez de la Virgen, por el agua y el espíritu, y no de la mujer. El espíritu, en efecto, vivifica esta carne en la que no hay muerte, ni siquiera posibilidad de muerte. En cuanto a esta carne en la que está la muerte, no es de ninguna utilidad y no confiere nada al hombre en vistas a la salvación eterna. Por esta razón, el hombre renace y recibe otra carne del espíritu que es eterno, y esta carne circulará en el reino de Dios, como lo hace sobre la tierra la carne mortal; la virtud de esta misma carne también lo hará distinto y más excelente de lo que fue la descendencia de Adán». (11)

La regeneración del hombre descrita aquí es el resultado de la unión explícita de la cábala y la alquimia. No puede concebirse sin la revelación divina, es decir, sin el don que proviene del Hijo, pues, como distingue nuestro autor, el don del Padre es un don espiritual, al que todos los pueblos pueden tener acceso: «Creen en Dios precisamente en la medida que obtienen de él alimentos, bienes, dinero. He aquí el primer don de Dios Padre que ha creado el cielo y la tierra […]. Al tomar conciencia de ello, el mundo entero cree en él, cristianos y no cristianos, todos igual». (12) Sin embargo, la revelación sólo proviene del Hijo, pues:

«El don del Hijo es el advenimiento de la nueva criatura, el hombre nuevo, que disfruta de un cuerpo eterno e inmortal. Sabed que el don del Hijo es el advenimiento de otro mundo, que es mucho más que el Paraíso, que fue creado antes del nacimiento del hombre nuevo». (13)

He aquí una diferencia esencial poco perceptible en los primeros encuentros con la sabiduría tradicional, pero que constituye el fundamento de toda religión y el secreto de las santas Escrituras, pues «La luz natural viene del Padre; pero la luz espiritual que viene del Hijo aumenta y fortifica la inteligencia que viene del creador». (14)

Paracelso escribió diversos comentarios exegéticos, desvelando la perla oculta de las Escrituras, que es el don del Hijo, así, por ejemplo, al comentar el versículo: «Daréis de comer al hambriento, vestiréis al desnudo» (Mateo 25, 35), escribió lo siguiente:

«La naturaleza también nos recomienda hacer lo mismo: que pidamos a los demás que actúen para con nosotros como nosotros actuamos para con ellos. No obstante, dicha interpretación no es la perla del Evangelio. Pero si actuamos así con los que están privados de Dios, es como si lo hiciéramos, no con los pobres, sino con Cristo nuestro Redentor, a quien la naturaleza no conoce en su sabiduría. A partir de entonces, aquél que alimenta y reviste a Cristo, Cristo, a su vez, lo alimenta cien veces más y, ciertamente, no sobre esta tierra sino en su reino, que la naturaleza no conoce». (15)

El don mesiánico no es conocido por la naturaleza caída, como tampoco la materia de la alquimia. La perla de las Escrituras no se puede conocer más que por la revelación de los enviados de Dios, que, obviamente, para Paracelso es Jesucristo:

«¿Por qué se me ha de tomar por pagana la luz del Padre y he de ser yo juzgado como pagano, cuando soy cristiano y camino a la luz de Cristo? […] No quiero ser llamado hechicero, pagano ni gitano, y quiero dar con mis escritos testimonio cristiano y hacer callar a los falsos cristianos con su falsa levadura. […] Así que he tenido por bueno no describir sólo al hombre natural… sino también y mucho más alegrarnos del hombre eterno, el celestial en el nuevo nacimiento, para que el hombre viejo vea y note lo que es el hombre, y sepa regirse por él y atenerse a él, y sepa de lo que es capaz tal hombre nuevamente nacido, aquí en la tierra y tras esta vida en la vida eterna». (16)

Aparece en esta cita el carácter profundamente cristiano de sus textos, un cristianismo que pretendía volver a lo esencial, que quería reencontrar el misterio tras las imágenes y los ritos. Paracelso sabía de lo que estaba hablando, poseía el don de la cábala en el sentido más preciso de la palabra y conocía los misterios de las operaciones alquímicas que permiten que el don produzca sus frutos, por eso sus palabras son el testimonio de la verdad. Para apoyar sus afirmaciones nunca utilizó citas de otros autores ni sus argumentos. Su concepción de la cábala (o la Gabala, pues así la denominaba), confirma la autenticidad de dicha doctrina aunque sus formas no se parezcan a las que empleaban los judíos medievales españoles. Paracelso podía ser «él mismo» y explicar los misterios divinos a su manera, pues, los conocía. La siguiente cita es un ejemplo excelente de ello:

«Si se quiere conocer el ser interior del hombre a través de su exterior, […] es necesario penetrar como científico hasta el fondo de la cábala. A través de ella se tiene acceso a lo oculto, al secreto; entonces se pueden leer cartas y libros cerrados, tal como se conoce el interior de los hombres. […] Porque la cábala construye sobre suelo firme […] El arte de la cábala está obligado a Dios, en alianza con Él y fundado en la palabra de Cristo. Pero sino os regís por la verdadera doctrina de la cábala, […] os guiará aquel espíritu que sólo predice mentiras». (17)

Sucede lo mismo cuando explica las misteriosas operaciones de la alquimia. Muy poco tiene que ver su lenguaje con el de los alquimistas medievales, aunque se refieran a la misma realidad, pues, como él mismo afirmaba, todos los «físicos naturales y verdaderos, saben ayudar a la naturaleza por los medios que le convienen y la conducen gracias a las artes, a su perfecto término». (18)

Hoeffer en su Histoire de la chimie dedicó algunas páginas a la cábala aplicada a la alquimia, indicando que fue nuestro autor quien estableció tal relación, principalmente en la Occulta philosophia y en su Archidoxis magica. Paracelso, como todo creador verdadero, propagó una nueva manera genuina de explicar los misterios de la cábala alquímica, incluso inventó palabras para describir aquello que él conocía, por eso sus escritos tienen un tono tan personal, tanto, que, incluso a veces parecen arrogantes, pero él reclamaba que sólo se tuviera en cuenta lo que hubiese de verdad en sus escritos, puesto que fue un auténtico buscador y amante de dicha verdad:

«En efecto, debía perseguirla pues ella no me había buscado a mí. Ciertamente, quien quiere ver una ciudad extranjera no debe quedarse en casa sobre un colchón de plumas; sus peras no se asarán solas detrás del horno y no es allí donde se forma el doctor. Ningún cosmógrafo de valor se forma sentado en la mesa, ningún quiromántico en el comedor y ningún geomántico en el dormitorio. […] No será pues para mí ni un trabajo ni una deshonra, viajar y adherirme a aquellos que son de tal manera que los locos los desprecian; a fin de explorar de algún modo, lo que se oculta en el limbo de la tierra y desempeñar el oficio de verdadero médico, que es manifestar la medicina según la prescripción divina en beneficio del prójimo». (19)

Todo parece indicar que en su búsqueda de la sabiduría encontró y se adherió a los adeptos que conocían aquello que se esconde en el limbo de la tierra y no sólo eso, sino que se convirtió en uno de ellos y revivificó sus sociedades. En este sentido afirmaba haber encontrado a los rosacruces, a quienes describe con los siguientes términos:

«De tales hombres irradian rayos llameantes: son semejantes al fuego en sus operaciones. Al igual que nada se resiste al fuego que todo lo consume, nada se resiste a estos hombres. Lo volatilizan y lo consumen todo, tanto en el infierno como sobre la tierra. Las llaves del reino de los cielos están cerca de ellos. Cerca de ellos están la remisión y la bendición. En ellos brilla la luz del mundo, de ellos procede la vía y la verdad. Por ellos se generan los apóstoles y los santos. Todo esto se realiza en el cuerpo de la nueva generación y no en la adámica, que no sirve para nada». (20)

De los rosacruces en tanto que sociedad secreta no se sabe nada hasta que, en 1614 casi cien años después de que Paracelso redactara su obra, aparece el famoso opúsculo Fama fraternitatis, pero entonces eran tiempos difíciles y como veremos, la auténtica tradición estaba a punto de desaparecer (véase figura 37). Actualmente ya nadie duda de la vinculación de Paracelso a grupos que estarían en el origen de los rosacruces y que aportó elementos fundamentales en su enseñanza, pues, incluso es citado como autoridad en los manifiestos. Sin embargo, el velo iniciático de las sociedades secretas no puede ser levantado por medio de la historia; su razón de ser era preservar los misterios más sagrados y trasmitirlos a nuevas generaciones, pero eso sólo era posible en la luz oculta de sus templos.

Las escuelas rosacruces vertebrarán una parte muy importante de nuestro ensayo, no sólo porque sus templos acogieron a la mayoría de los personajes claves que conocieron y practicaron la cábala alquímica, sino porque los rosacruces escenificaron magistralmente el drama que vivió el hermetismo en Europa en la segunda parte del siglo xvi y la primera del siglo xvii. Emmanuel d’Hooghvorst escribió lo siguiente acerca de dicho periodo y concretamente respecto a Paracelso, sus palabras dan la medida del drama que ocurrió después:

«Era un hombre del Renacimiento, de aquel maravilloso movimiento del corazón y del espíritu que desde el siglo xiv animaba en Europa a los mejores temperamentos humanos. Pero ¿cómo pudo ocurrir que aquella vigorosa y tan prometedora savia fuese agotada tan rápidamente por el racionalismo que, aún hoy en día, sigue resecando el espíritu de la raza blanca?» (21)

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NOTAS:

1. Cabala Chymica, p. 33

2. Citado por M. Eliade, Historia de las creencias y de las ideas religiosas, v. III/1, p. 247.

3. Textos esenciales, p. 59.

4. Ibídem, p. 60.

5. Ibídem, p. 61.

6. Ibídem, p. 152.

7. Evangile d’un médecin errant, p. 63.

8. Textos esenciales, p. 171.

9. Ibídem, p. 166.

10. Libro del ente espiritual, p. III.

11. La Philosophie Subtile, pp. 87 y sigs.

12. Ibídem, p. 20.

13. Evangile d’un médecin errant, p. 21.

14. Ibídem, pp. 22-23.

15. La Philosophie Subtile, p. 90.

16. Textos esenciales, p. 61.

17. Ibídem, p. 164.

18. Le Manuel ou Traité de la Pierre Philosophale Médicinale, p. 102.

19. Ibídem.

20. La Philosophie Subtile, p. 92.

21. Le Fil de Pénélope, t. II, p. 83.