Lie-Tzeu y Tchoang-Tzeu. Relatos extraídos del libro de L. Wieger, “Les Pères du système taoïste”, donde se recogen las enseñanzas de Lao-Tzeu y de sus seguidores (VI-IV a C). Selección de C. del Tilo.

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Relatos procedentes de los escritos de Lie-Tzeu
En el país de Ts’i, un tal Kouo era muy rico. En el país de Song, un tal Hiang era muy pobre. Un día, el hombre pobre fue a preguntarle al rico qué había hecho para enriquecerse de aquel modo. “Robando”, le contestó el rico y continuó diciendo: “no había pasado un año desde que empecé a robar, cuando ya tuve lo necesario, a los dos años obtuve la abundancia, a los tres, la opulencia y así me convertí en un hombre notable”.

Aunque Hiang no entendió el auténtico sentido del al término robar, se marchó sin pedir más explicaciones, no sin antes despedirse lleno de alegría y reconocimiento. Inmediatamente se puso manos a la obra. Saltando tapias o abriendo boquetes en las casas, se apoderaba de cuanto podía. Sin embargo, pronto fue arrestado, entonces tuvo que devolverlo todo e incluso perdió lo poco que poseía anteriormente. Feliz por haber salido por haber salido del embrollo sin otras consecuencias, se dirigió rápidamente a la casa de Kouo para pedirle cuentas, convencido de que había sido víctima de su engaño. Cuando lo vio llegar de aquel modo, Kuou, le preguntó asombrado: “Pero, ¿qué hiciste?”. Cuando Hiang le hubo contado sus maneras, Kouo se rió y le dijo: “¡Ah, no fue con este tipo de robo con el que me enriquecí! Al contrario, según el tiempo y las circunstancias, he ido robando las riquezas del cielo y la tierra, de la lluvia, de los montes y los valles. Me apoderé de aquello que había hecho crecer y madurar, de los animales salvajes de las praderas, de los peces y de las tortugas acuáticas. Todo cuanto tengo, lo robé a la naturaleza, pero, y eso es importante, antes de que fuera de alguien. Sin embargo, tú robaste lo que el cielo ya había entregado a otros hombres”.

Hiang se marchó descontento, convencido que Kouo seguía engañándole. Por el camino se encontró con un gran Maestro que iba de camino con sus discípulos y le contó su caso. “¡Pues claro!, le contestó el Maestro, si reflexionas bien, toda apropiación es un robo. Incluso el ser, la vida, es el robo de una parcela de la armonía del ying y del yang, cuánto más el hecho de apropiarte de un ser material. Pero hay que distinguir entre robo y robo. Robar a la naturaleza es el robo común que todos cometen y que no es castigado. Robar a alguien, es el robo particular que los ladrones cometen y que es castigado. Todos los hombres viven de robar al cielo y a la tierra y no por ello son castigados”.

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Antiguamente, cuando Lie-Tzeu era aún un discípulo, necesitó tres años para desaprender a juzgar y a calificar con palabras; entonces, por primera vez, su maestro Lao-chang le honró con una mirada. Al cabo de cinco años, ya no juzgaba ni calificaba ni con la mente; entonces, Lao-chag le sonrió por primera vez. Al cabo de siete años, cuando hubo olvidado la distinción entre el sí y el no, de la ventaja y el inconveniente, por primera vez su maestro le hizo sentar junto a él, en su estera. Pasados nueve años, cuando hubo perdido cualquier noción de lo correcto o incorrecto, del bien o el mal con respecto a sí mismo y a los demás, cuando se volvió completamente indiferente a todo, entonces la comunicación perfecta se estableció para él entre el mundo exterior y su propio interior. Cesó de servirse de los sentidos (pero lo conocía todo por la ciencia superior y universal). Su espíritu se solidificó a medida que su cuerpo se disolvía, sus huesos y su carne se licuaban (volviéndose éter). Perdió cualquier sensación del asiento sobre el que estaba sentado, del suelo sobre el que sus pies se apoyaban; perdió cualquier conocimiento de las ideas formuladas, de las palabras pronunciadas; alcanzó aquel estado en el que la razón inmóvil no se conmueve por nada.

Relatos procedentes de los escritos de Tchoang-Tzeu

El maestro carpintero Cheu, en su viaje en el país de Tsí pasó junto al roble que daba sombra al cerro del Genio del lugar, en Koiu-yuan. Era tan grande que en el tronco de este árbol podía esconderse un buey. Se elevaba a ochenta pies de altura y su copa la formaban unas tan gruesas que en cada una de ella hubiera podido tallarse una barca. La gente acudía por decenas para admirarlo.

El carpintero pasó junto a él sin echarle ninguna mirada. Asombrado, su aprendiz le dijo: “Pero, ¡mirad!, desde que manejo el hacha jamás he visto una pieza de madera tan hermosa. ¡Y vos ni os dignáis mirarla!” “La he visto, dijo el maestro, inadecuada para hacer una barca, un ataúd, un mueble, una puerta, una columna. Madera sin utilidad práctica. Vivirá mucho tiempo”.

Cuando el maestro carpintero Cheu volvió de Tsí, pernoctó en Koiu-yuan. El árbol se le apareció en sueños y le dijo: “Es cierto, los árboles de madera hermosa son talados jóvenes. A los árboles frutales se les rompen las ramas con el frenesí de robarles los frutos. A todos ellos, su utilidad les resulta fatal. Así, yo soy feliz de ser inútil. A los árboles, nos ocurre lo mismo que a los hombres. Si eres un hombre útil, no llegarás a viejo”.

A la mañana siguiente el maestro le contó su sueño al aprendiz y éste le preguntó: “Si este gran árbol es feliz siendo inútil, ¿por qué permitió que le hicieran el Genio del lugar?” Su maestro le respondió: “Lo plantaron allí sin preguntarle su parecer y, además, el hecho de ser el genio del lugar le importa un comino. No es la veneración popular lo que protege su existencia, sino su incapacidad para las utilidades comunes. Su acción tutelar se reduce a no hacer nada. Así sucede con el sabio taoísta, que es colocado en un lugar a pesar suyo y se abstiene de actuar.

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 Un día, mientras que el duque Hoan, de Tsoi, estaba leyendo en la sala alta, el carretero Pien estaba trabajando en la confección de una rueda en el patio. De pronto, dejando su martillo y su cincel, subió las escaleras, se dirigió al duque y le preguntó: ·¿Qué estás leyendo?” “Las palabras de los sabios”, respondió el duque. “¿De los sabios vivos?” preguntó Pien. “De los sabios muertos”, dijo el duque. “¡Ah!, los detritus de los antiguos”, dijo Pien.

Irritado, el duque exclamó: “Carretero, ¿en qué te metes? Apresúrate a disculparte o mando que te sentencien a muerte”. Y entonces el carretero contestó: “Me disculparé como un hombre de mi oficio. Cuando fabrico una rueda, si lo hago con poca intensidad, el resultado será débil; si lo hago con mucha intensidad, el resultado será demasiado fuerte; si lo hago no sé como el resultado será conforme a mi ideal: una buena y hermosa rueda. Soy incapaz de definir este método, se trata de un truco que no puede ser expresado hasta tal punto que no he podido enseñárselo ni a mi hijo, ni a mis setenta nietos. Aún hoy, para obtener una buena rueda es necesario que la haga yo mismo. Los antiguos sabios difuntos cuyos libros estás leyendo, ¿han conseguido hacerlo mejor que yo? ¿Han podido depositar en sus escritos sus trucos, su genio, aquello en lo que consistía su superioridad frente al hombre vulgar? Si no es así, los libros que lees no son, como he dicho, más que los detritus de los antiguos, el desperdicio de sus espíritus, los cuales han dejado de ser”.

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Cuando Yao fue a inspeccionar el territorio de Hoa, el oficial responsable le dijo: “¡Oh, sabio! Os deseo prosperidad y longevidad”.Yao le contestó: “¡Cállate!”. Pero el oficial continuó: “Os deseo la riqueza”. Yao insistió en que callara. Pero el oficial concluyó: “Y un gran número de hijos varones”. “¡Cállate!”, le dijo Yao por tercera vez pero el oficial repitió: “Longevidad, riqueza, posteridad masculina, todos los hombres desean esas cosas, por qué vos sois el único que no las queréis?” Yao respondió: “Porque quien tiene muchos hijos, tiene muchas inquietudes; quien tiene muchas riquezas, tiene muchas ocupaciones y problemas; quien vive mucho tiempo soporta muchas contradicciones. Estos tres inconvenientes se oponen a la cultura de la virtud moral, he aquí por lo que no los quiero”. Entonces el oficial le dijo: “Entonces ya no os considero sabio sino un hombre ordinario. A todos los individuos que procrea, el Cielo les da el sentido necesario para saber comportarse; así pues vuestros hijos ya se espabilarían por si mismos. Para deshaceros de las riquezas molestas, sólo tendríais que repartirlas. Os preocupáis más de lo que le corresponde a un sabio. El sabio verdadero vive en este mundo como una piedra vive en el campo, sin apego a una casa, sin preocuparse de su comida. En tiempo de paz participa de la prosperidad común. En los tiempos difíciles, se ocupa de sí mismo y se desentiende de lo demás. Después de mil años, cansado de este mundo, lo deja para habitar entre los inmortales. Cabalgando una nube blanca, llega a la región del Soberano. Allí ninguna de las tres desgracias le alcanza: su cuerpo se mantiene durante mucho tiempo sin sufrimiento, ya no experimenta ninguna contradicción”. Cuando hubo dicho todo eso, el oficial se alejó. Pero Yao corrió tras él porque le había reconocido como un sabio oculto y le dijo: “Tengo muchas preguntas que haceros”. “Dejadme tranquilo”, respondió el oficial.