Selección de pinturas y obra gráfica de Odilon Redon (1840-1916) centrada en su visión del rostro humano y que desvela lo invisible oculto en lo natural. Acompaña a las imágenes un texto de Huysmans que precisamente se refiere a ellas. Edición, R. Arola y L. Vert.

blanc.ePresentamos algunas imágenes del pintor Odilon Redon intercalando obras de distintas épocas y técnicas pero con una misma temática: el rostro. En ellas, los grabados y carboncillos se llenan del color de los pasteles y éstos, a su vez, se explican por el extrañamiento de los primeros. El conjunto es coherente y va más allá de una estética.

 

 

 

 

 

 

 

 

Fragmento de Joris-Karl Huysmans sobre Odilon Redon

«En sus marcos de madera de peral, ribeteada de oro, se en­cerraban fantasmagorías inimaginables: una cabeza de es­tilo merovingio colocada sobre una copa; un hombre bar­budo que se parecía a la vez a un bonzo y a un orador de asamblea pública, tocando con un dedo un proyectil de ca­ñón colosal; una espantosa araña que alojaba en medio de su cuerpo un rostro humano.

Otros dibujos en carboncillo llevaban todavía más lejos el horror de los sueños alucinantes atormentados por una intensa congestión. Aquí se podía ver un dado enorme en el que un párpado triste estaba guiñando un ojo; allá, pai­sajes asolados y áridos, llanuras calcinadas, movimientos de tierras, erupciones volcánicas de las que se desprendían nubes tempestuosas, cielos estancados y lívidos. A veces los temas parecían sacados de las pesadillas de la ciencia o re­montarse a los tiempos prehistóricos: una flora monstruo­sa crecía sobre las rocas; por todas partes aparecían blo­ques errantes de tierra, fango y lodo de glaciares, persona­jes de un aspecto simiesco, cuyos espesos maxilares, cejas protuberantes, frente avanzada, cráneos de forma aplasta­da, recordaban la cabeza del hombre ancestral, el hombre del primer periodo cuaternario, el hombre frugívoro y ca­rente todavía del uso de la palabra, contemporáneo del ma­mut, del rinoceronte de narices separadas y de los grandes osos.

Estos dibujos se situaban fuera de todo lo conocido; la mayor parte de ellos superaban los límites de la pintura, y aportaban un universo fantástico especial e innovador, un nuevo tipo de fantasía surgida de la enfermedad y del delirio.

En efecto, algunos de estos rostros, devorados por ojos inmensos, por ojos enloquecidos; algunos de estos cuerpos crecidos de forma desmesurada o deformados corno si se los viera a través de una jarra de agua, evocaban en la me­moria de Des Esseintes recuerdos de fiebres tifoideas, re­cuerdos de las noches de ardor y delirio que se le habían quedado grabados, o de las horrendas visiones de los sue­ños de su infancia.

Preso en una indefinible sensación de malestar ante la contemplación de estos dibujos, al igual que le ocurría con algunos de los Proverbios de Goya con los cuales tenían un gran parecido, o al acabar una lectura de Edgar Poe cuyos espejismos alucinantes y cuyos efectos aterradores Odilon Redon parecía haber transferido al arte de la pintura, Des Esseintes se frotaba los ojos y se ponía luego a contemplar una figura radiante que, en medio de estas láminas convul­sas, parecía elevarse con serenidad y calma, una figura de la Melancolía sentada sobre unas rocas ante el disco del sol, con un semblante abrumado y entristecido.

Entonces, como por encanto, las tinieblas se disipaban, y una suave y encantadora tristeza, un sentimiento de lán­guida desolación, inundaba sus pensamientos y se pasaba mucho tiempo meditando ante esta obra que, con sus ras­gos a la aguada, trazados con lápiz grueso, introducía una claridad de verde líquido y oro pálido, en medio de la ne­grura ininterrumpida de estas láminas y de estos dibujos al carbón».

Fragmento de su libro À rebours (‘A Contrapelo’).

 

  Joris-Karl Huysmans, A contrapelo.

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