Imágenes de la traducción al árabe del «Almagesto» de Ptolomeo, realizada por Ibn’ Umar al-Sufi (903–986), y agrupadas en «El libro de las estrellas fijas». Las acompañan unos comentarios de Réne Guénon sobre esta ciencia tradicional.

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“Bien sé que soy mortal, una criatura de un día. Pero si mi mente observa los serpenteantes caminos de las estrellas, entonces mis pies ya no pisan la tierra sino que al lado de Zeus mismo me lleno con ambrosía, el divino manjar”

(C. Ptolomeo)

 

El astrónomo persa Abû al-Husayn Abd al- Rahman ibn ‘Umar al-Sufi nació en Rayy (cerca de Teherán), el 7 de diciembre del 903 y murió en Bagdad el 25 de mayo del 986. Además de por sus obras, se le conoce por su traducción al árabe del famoso tratado de astronomía de Ptolomeo titulado Almagesto.

Al-Sufi escribió sobre alquimia, astrología y matemáticas, aunque sus obras más conocidas son las que versan sobre astronomía, y, entre estas últimas, la más famosa sería el Kitab suwar al-kawakib al-thabitah (‘Libro de las constelaciones de las estrellas fijas’). En ella, al-Sufi describe las 48 constelaciones establecidas por Ptolomeo a las que añade algunas correcciones, las provee de su nombre en árabe al igual que hace con las estrellas que las componen, las dibuja y crea una tabla que muestra además su localización y su magnitud.

El “Libro de las constelaciones”, entre muchos otros, tuvo una gran influencia en el mundo islámico así como en el desarrollo de la ciencia europea como apunta R. Guénon en su obra sobre las ciencias tradicionales y el esoterismo islámico:

“En lo que concierne a las ciencias, podemos hacer una distinción entre las ciencias naturales y las ciencias matemáticas. Para las primeras, sabemos con certeza que algunas de entre ellas han sido transmitidas por la civilización islámica a Europa que se las «tomó» de una manera completa. La química, por ejemplo, ha guardado siempre su nombre árabe, nombre cuyo origen se remonta por lo demás al antiguo Egipto, y eso, aunque el sentido superior y profundo de esta ciencia haya devenido enteramente desconocido a los modernos y como perdido para ellos.

 

Para tomar otro ejemplo, el de la astronomía, los términos técnicos que son empleados en la misma en todas las lenguas europeas son todavía en su mayor parte de origen árabe, y los nombres de muchos cuerpos celestes no han dejado de ser los nombres árabes empleados tal cuales por los astrónomos de todos los países. Esto se debe al hecho de que los trabajos de los astrónomos griegos de la Antigüedad, tales como Tolomeo de Alejandría, habían sido conocidos por las traducciones árabes al mismo tiempo que los de sus continuadores musulmanes. Sería por lo demás fácil mostrar en general que la mayoría de los conocimientos geográficos concernientes a las regiones más alejadas de Asia o de África han sido adquiridos durante mucho tiempo por exploradores árabes que han visitado numerosas regiones y podríanse citar muchos otros hechos de este género.”

La copia del Kitab suwar al-kawakib al-thabitah que presentamos, proveniente de las colecciones de la Biblioteca del Congreso, se ejecutó en algún lugar de Asia central, hacia el 1730, y es una reproducción exacta de un manuscrito, hoy perdido, de Ulugh Beg de Samarcanda, de 1417.

 

 

Un texto de Guénon del libro al que antes hemos aludido y en el que da valor a las ciencias tradicionales tan denostadas en Occidente, nos invita a reflexionar sobre la importancia de las llamadas ciencias adivinatorias y del sentido que en su origen poseían:

“… La astrología, otra ciencia cosmológica, es en realidad muy distinta cosa que el «arte adivinatorio» o la «ciencia conjetural» que únicamente quieren ver ahí los modernos; la misma se refiere ante todo al conocimiento de las «leyes cíclicas», que juega una función importante en todas las doctrinas tradicionales. Hay por otra parte una cierta correspondencia entre todas estas ciencias que, por el hecho de que proceden esencialmente de los mismos principios, son, bajo cierto punto de vista, como representaciones diferentes de una sola y misma cosa: Así, la astrología, la alquimia e inclusive la ciencia de las letras no hacen por así decir más que traducir las mismas verdades en las lenguas propias a diferentes órdenes de realidad, unidos entre ellos por la ley de la analogía universal, fundamento de toda correspondencia simbólica; y, en virtud de esta misma analogía, esas ciencias encuentran, por una transposición apropiada, su aplicación en el dominio del «microcosmos» tanto como en el del «macrocosmos», ya que el proceso iniciático reproduce en todas sus fases, el proceso cosmológico mismo. Es menester por lo demás, para tener la plena consciencia de todas estas correlaciones, haber llegado a un grado muy elevado de la jerarquía iniciática, grado que se designa como el «azufre rojo» (el-Kebrît el ahmar); el que posee este grado puede, por la ciencia denominada simiâ (palabra que es menester no confundir con kimiâ), operando algunas mutaciones sobre las letras y los números, actuar sobre los seres y las cosas que corresponden a éstos en el orden cósmico. El jafr, que, según la tradición, debe su origen a Seyidnâ Ali mismo, es una aplicación de esas mismas ciencias a la presión de los acontecimientos futuros; y esta aplicación en la que intervienen naturalmente las «leyes cíclicas» a las cuales hacíamos alusión hace un momento, presenta, para quien sepa comprenderla e interpretarla (pues hay ahí como una especie de «criptografía», lo que no es por lo demás más de sorprender que la notación algebraica), todo el rigor de una ciencia exacta y matemática. Se podrían citar muchas otras «ciencias tradicionales» de las que algunas parecerían quizás todavía más extrañas a los que en punto ninguno tienen el hábito de estas cosas; pero es menester limitarnos, y no podríamos insistir más sobre esto sin salir del cuatro de esta exposición en que debemos forzosamente atenernos a las generalidades.”

 

R. Guénon. Apercepciones sobre el esoterismo islámico y el Taoísmo, cap. 1:  “El esoterismo islámico”.