Artículo de Raimon Arola basado en una miniatura del Beato de Girona, s. X que representa la bajada de Jesucristo a los infiernos para salvar a los suyos.

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El arte religioso medieval ejerce sobre el hombre moderno una mágica atracción, la belleza secreta que emana de sus figuras hieráticas conduce el corazón de quien las contempla hacia la plegaria, la alabanza y el silencio. Este arte provoca, como la tragedia griega, una catarsis en el espectador, esto es, una purificación de sus sentimientos y emociones que le acercan a Dios, he aquí su sentido verdadero.

En este estudio querríamos presentar unos textos que pueden ayudar a la comprensión de una miniatura catalana de finales del siglo X, un tanto insólita dentro de los temas iconográficos de su época. Pertenece a un espléndido libro miniado conocido como Beato de Girona (1), una obra maestra en belleza y conocimiento. La miniatura representa el pasaje del descenso de Jesucristo a los infiernos, y pertenece a una serie de imágenes que resumen la vida de Jesucristo (2).

En el arco superior está escrito: “Pro mors tua, o mors, morsus tuus ero, inferne” (‘Seré tu destrucción infierno, ¡oh! muerte, seré tu muerte!»). En el espacio limitado por el arco pueden contemplarse tres niveles; en el inferior se representa el Infierno, presidido por Lucifer en el centro, sentado y con los pies atados por serpientes; en torno suyo pueden verse las almas de los condenados. En la franja central varios demonios y seres inmundos atrapan con sus manos y sus bocas las almas de algunos desgraciados y las conducen al oscuro Hades; pueden verse también unas almas suplicando la salvación de Jesucristo, y a ambos lados, atravesando el arco que encierra la miniatura, brotes del fuego infernal ascienden por dos grandes embocaduras. En la franja superior Jesucristo salva del infierno el alma de un justo después de haber destruido las puertas que cerraban el Infierno, que aparecen flotando a la izquierda.

Como aparece en el versículo de Oseas antes citado, el infierno y la muerte están íntimamente ligados, no se puede comprender el uno sin la otra, los dos tienen el mismo origen. Este origen parece estar en el pecado de nuestros primeros padres y en sus consecuencias, es decir: la expulsión de Adán y Eva del Jardín del Edén, su exclusión del Árbol de la Vida. En los Salmos de David está escrito al respecto: “Si les quitas Tu espíritu mueren y vuelven al polvo. Si mandas Tu espíritu son creados y renuevan la faz de la tierra” (Salmos 104, 29-30).

En toda la iconografía se representa el infierno como un lugar oscuro y hediondo porque a él no llega la bendición de Dios. Es el lugar maldito a imagen del rincón más alejado y tenebroso de una prisión al que no llega ninguna luz exterior. El Beato de Liébana, el autor del texto iluminado con la miniatura, escribió en los preliminares a sus comentarios sobre el Apocalipsis: “El pozo es lo profundo de la tierra, donde el sol nunca envía sus rayos, porque por su profundidad no puede recibir la luz del día […], donde el sol de justicia, Cristo, no difunde su luz” (3). Las almas de los condenados (4) son conducidas al infierno. San Isidoro de Sevilla en sus Etimologías (14, 9-11) explica el significado de la palabra infierno en cuanto que es lo inferior (infra) tal y como en general lo entienden los filólogos, pero luego añade: “Los filósofos, sin embargo, dicen que se denomina infiernos (inferi) porque a ellos son conducidas (ferri) las almas”.

Sin embargo, cuando Jesucristo descendió a los infiernos, la luz del cielo penetró en aquella prisión helada, la gracia del cielo llegó a lo más profundo de la tierra, entonces lo que estaba más alejado de Dios se acercó y las puertas que impedían este encuentro se destruyeron. Así describe el Apócrifo de Nicodemo la entrada de Jesucristo en los infiernos: “Y al momento el Infierno se puso a temblar y las puertas de la muerte, así como las cerraduras, quedaron desmenuzadas, y los cerrojos del Infierno se rompieron y cayeron al suelo quedando todas las cosas al descubierto” (5). Aparentemente no puede negarse una relación de este episodio con aquél del Génesis (29, 10)  que refiere el momento en que Jacob aparta la piedra que está sobre el pozo. Entonces, según la exégesis tradicional, se produce la unión del cielo con la tierra.

Como hemos dicho, el descenso de Jesucristo a los infiernos es un tema poco común en la iconografía del medioevo occidental, pero no así en la Iglesia de Oriente, pues forma parte de los doce iconos que configuran el ciclo litúrgico anual. A dicho icono se le conoce con el nombre de Anástasis, que significa ‘enderezamiento’, ‘ponerse de pie’ y, de aquí, ‘resurrección’. Por eso, el icono que representa la bajada de Cristo a los infiernos se halla entre el de la Crucifixión y el de la Asunción.

Para profundizar en su sentido de esta bajada es necesario citar al apóstol Pablo cuando escribe: “A cada uno de nosotros le ha sido dada la gracia en la medida del don de Cristo; por lo cual se dice: Subiendo a las alturas llevó cautiva a la cautividad, repartió dones a los hombres. Este subir, ¿qué significa sino que primero descendió a las partes bajas de la tierra? El mismo que bajó es el que subió sobre todos los cielos para llenarlo todo” (Efesios 4, 7).

La liturgia occidental se refiere a este misterioso viaje de Cristo durante las ceremonias de la noche del Sábado Santo cuando se bendice el Cirio Pascual y el diácono, revestido de dalmática blanca, canta el Exultat. En un momento determinado se dice: “Esta es la noche en que, rotos los vínculos de la muerte, subió Jesucristo victorioso de los infiernos”.

Santiago de la Vorágine, en el capítulo de su Leyenda Dorada dedicado a la Resurrección del Señor, resume el Evangelio de Nicodemo y escribe: “Entonces hizo su entrada en el infierno Él que es verdaderamente Rey de la Gloria. Con la luz que de Él emanaba, disipáronse las tinieblas que en aquel lugar reinaban. El recién llegado dirigióse a Adán y estrechando su mano derecha con la suya le dijo: La paz sea contigo y con todos aquellos de tus hijos que fueron fieles conmigo”. Después, se narra la ascensión desde el infierno hasta el Paraíso (6). En este texto se hace una referencia a Adán, la raíz del género humano, o lo que es lo mismo: el primer padre. El viaje al infierno de Cristo parece centrado en la salvación de Adán, es decir, en la salvación de la raíz del género humano, del fundamento sagrado del hombre.

Emmanuel d’Hooghvorst escribió un  artículo que tituló El hueso de la Resurrección, en el explica que según el pensamiento tradicional: “Existe en todo hombre como una raíz o un fundamento, su verdadera naturaleza adámica, de donde pueden salir Caín o Abel, Esaú o Jacob” (7). Esta raíz no sería otra cosa que la parcela divina que el hombre, en su caída, arrastra hasta las profundidades de la tierra. Así, cuando los auténticos conocedores hablan de nuestra naturaleza adámica parecen referirse a esta parte divina encerrada y oculta dentro del hombre. Y, precisamente es gracias a esta imagen divina que el hombre se llevó a su exilio por lo que Dios desea tanto la salvación del hombre. Adán es el Padre de toda la humanidad pues fue él quien les transmitió esta esencia de vida que pertenece a Dios. San Agustín escribió la siguiente súplica en relación al descenso de Jesucristo al infierno: “¡Libéranos de esta cautividad! ¡Perdónanos mientras estés aquí de todas las culpas de las que seamos reos, y al salir llévanos contigo, pues te pertenecemos!” (8). Cristo baja a los infiernos para recuperar aquello que le pertenece.

Sin embargo, no debe olvidarse que a esta parte divina que constituye el fundamento de todo hombre se la conoce con el nombre del Dios del Juicio. Se trata del un dios irritado y colérico, de un fuego devorador que consume toda vida hasta que sea liberado de la prisión obscura en donde lo mantiene el hombre. Si el ser humano le olvida durante su vida, él también le olvidará en el momento de su muerte. Escribe Douzetemps en Le Mystére de la Croix: “El fuego indestructible o la raíz de la imagen de Dios en el hombre es un fuego amargo y tenebroso en el centro y en las esencias de nuestras almas” (9). La tradición judía parece referirse a lo mismo cuando explica que “Quienquiera que observe la imagen de Adán (enterrado en la caverna de Makpela) no puede vivir por mucho tiempo” (10).

Como hemos visto al tratar de la imaginería de la Iglesia de Oriente, el descenso de Cristo a los infiernos es una explicación de la resurrección de los muertos, del enderezamiento de aquello que estaba torcido. Al abrir las puertas del infierno, Jesucristo expande sobre las tinieblas y la muerte, la luz y la vida del cielo. El agua de la gracia para que la semilla que antes estaba seca y como muerta pueda reverdecer. Como canta la Iglesia, nuestro pecado original es limpiado por la muerte de Jesucristo, entonces el Dios de juicio se convierte en el Dios de la misericordia y el amor, sólo entonces.

Cuando Jesucristo toma con su mano derecha la mano de Adán y lo saca de la fosa de muerte y dolor, cuando lo lleva consigo hasta la casa del padre celeste donde los justos gozan de la resurrección, ¿no se trata eso de una bellísima imagen concebido por los antiguos sabios cristianos para explicar el misterio de la dulcificación del Dios de ira? Y, lo que es más importante, ¿no podría volver a repetirse este misterio en cada uno de los hombres en vista a su salvación eterna? Este tema es precisamente el que muestra la miniatura que aparece al lado de la del descenso a los infiernos.

La bajada de Jesucristo a los infiernos es un tema apócrifo que está estrechamente unido a la Pasión de Jesucristo, pues de algún modo reproduce y amplía su muerte en la cruz. Una cruz que en muchas representaciones iconográficas se levanta sobre la calavera de nuestro primer padre, Adán. En un libro anónimo titulado La Caverna de los Tesoros se lee: “Después de que Sem y Melquisedek hubieran depositado el cadáver de Adán en el punto central de la tierra, confluyeron las cuatro partes y encerraron a Adán. E inmediatamente volvió a cerrarse la puerta, de forma que ninguno de los hijos de Adán pudo abrirla. Y cuando encima de ella fue erigida la cruz del Mesías, del Salvador de Adán y de sus descendientes, se abrió la puerta del lugar; y cuando allí mismo fue hincado el poste de la cruz, y el Mesías alcanzó la victoria sobre la lanza, de su costado fluyeron sangre y agua y penetraron en la boca de Adán y  constituyeron su bautismo y por ellos fue bautizado” (11). No podemos dejar de citar aquí un fragmento del Mensaje Reencontrado respecto al tema del sacrificio: “La sangre nueva, que viene del cielo en sacrificio santo, hará reverdecer lo que ha permanecido vivo, y la leña muerta caerá por sí misma” (25, 31).

Quisiéramos terminar reproduciendo la continuación del himno al que antes nos hemos referido, el Exultat, que incide de un modo muy claro sobre el sentido de la caída del hombre y el de su redención por Cristo: “¡Para redimir al esclavo entregaste a tu Hijo! ¡Oh pecado de Adán ciertamente necesario, el cual con la muerte de Cristo fue borrado! ¡Oh feliz culpa, que mereció tener tal y tan grande Redentor! ¡Oh verdaderamente venturosa, que sola mereció saber el tiempo y la hora en que Cristo resucitó del sepulcro! Esta es la noche de la que está escrito: Y la noche será tan clara como el día, y la noche resplandecerá para alumbrarme en mis delicias”.

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NOTAS.

1. Existe de este manuscrito, datadoel año 975, una edición facsímile: Beati in Apocalipsis, Libri duodecim, Codex Gerundensis, ed. Edilán. Madrid, 1975. Para las consideraciones históricas, cf. J. Yarza, “El descensus ad inferos del Beato de Gerona y la escatología musulmana”, Boletín del Seminario de Estudios de Arte y Arqueología, Universidad de Valladolid, 1977, pp. 136-146.

2. Se trata, fundamentalmente, de unos comentarios e ilustraciones al Apocalipsis de Juan, introducido por dos series de siete imágenes. La primera representa unas tablas genealógicas que van desde Adán hasta Cristo. La segunda serie representan siete imágenes de la vida del Mesías, la penúltima es el descenso a los infiernos (folio 17v) y la última, la glorificación de los justos resucitados en el cielo.

3. “Comentarios al Apocalipsis de san Juan”, in Obras completas de Beato de Liébana, B.A.C., Madrid, 1995, p. 161. Dante, en la descripción del infierno, escribió: “Suspiros, llantos y profundos ayes resonaban en aquel aire sin estrellas” (111, 23), véase al respecto el artículo de E. d’Hooghvorst: “La Medusa y el intelecto”, in El Hilo de Penélope I, Arola ed. Tarragona, pp. 137-144.

4. Commentaire sur l’évangile de Jean. ed. du Cerf, París, 1972, p. 235. Recordemos que la palabra ‘condenación’ procede del latín damnum que significa ‘daño’ en el sentido de pérdida.

5. Este evangelio apócrifo es la fuente literaria más importante que describe el descenso de Cristo a los infiernos. Se le conoce también como Actas de Pilatos, existe una traducción castellana en Los Evangelios Apócrifos, B.A.C. Madrid, 1985, que recoge una versión griega (pp. 442 y ss.) y una versión latina (pp. 455 y ss.) ambas bilingües.

6. La Leyenda Dorada, Alianza Forma, Madrid, 1984, vol. I, p. 234.

7. Le Fil d’Ariane, n.° 4, p. 15.

8. Texto citado en La Leyenda Dorada, cit. vol. I, p. 233.

9. Le Mystére de la Croix, ed. Sebastiani, Milan, 1975, p. 139.

10. Sefer haZohar, vol I, fol. 128a.

11. La Caverna de los Tesoros, ed. Obelisco, Barcelona 1984, p. 109.