Presentación del libro de Raimon Arola, «La edad del símbolo» publicado por la editorial El gallo de oro. Reunión entre poesía, mística y simbología. Louis Cattiaux: “El arte consiste en hacer que aparezca lo sobrenatural oculto en lo natural”.


Información libro:

Versión catalana

Selección de poemas recitados (R. Forest)

EL VELO…

DE CADA RINCÓN…

CUANDO POR UN INSTANTE…

Texto de la presentación del libro

He titulado estas páginas La edad del símbolo, para referirme al conocimiento y al uso de los símbolos en nuestra época, es decir, en las últimas décadas del siglo XX y las primeras del XXI y, básicamente, dentro de la cultura europea o a partir de ella. Igualmente, para insistir en que la poesía, al margen de la historia, está íntimamente relacionada con la sabiduría simbólica que es su realidad más profunda del mismo modo que el hecho simbólico es inseparable de la poesía.

Con la globalización y con los recursos que nos ofrece la tecnología actual, tenemos acceso a los símbolos de todas las épocas y todas las culturas. Los textos que se refieren a esta disciplina han sido estudiados a fondo y sistematizados, las imágenes se han catalogado y los ritos son bien conocidos. Existe igualmente una base teórica sólida para acercarnos al pensamiento simbólico; nos referimos a las distintas aportaciones y ramificaciones del Círculo de Eranos y, también, a los trabajos quizá menos conocidos, pero igualmente precisos, que han contribuido a la recuperación de los orígenes de las formas simbólicas desde distintos ámbitos, como los estudios tradicionales de René Guénon y de muchos de sus seguidores. Son relevantes igualmente las aportaciones dentro de las propias confesiones ya sean del budismo o del cristianismo, o de tantas otras cuando no hacen apología, y, evidentemente, de toda creación artística que desde el Romanticismo se ha definido por utilizar los símbolos y otras expresiones espirituales.

Otros ejemplos también serían válidos ―no es lugar para ser exhaustivos― pero a pesar de tantas aportaciones, debe decirse que, en muchos casos, y a pesar de la profunda erudición de estas contribuciones, no siempre muestran el sentido más íntimo de los símbolos, a menudo lo esconden y construyen un discurso que encierra y oculta su valor intrínseco. El símbolo debe ser vivo y el espíritu es que quien le da la vida.

Quizá por eso, Juan Eduardo Cirlot escribió el siguiente prefacio en su Diccionario de símbolos: “Indiferentes a la erudición por ella misma, sentimos con Goethe animadversión hacia todo aquello que sólo proporciona un saber, sin influir inmediatamente en la vida. Esa influencia se traduce en modificación y rememoración de lo trascendente”. La reunión de símbolos que tienen un origen distinto, su cruce y alternancia nos permiten -o al menos es lo que deseo- abrir un espacio poético que anuncia un tiempo de diálogo entre culturas y religiones.

El diálogo solo puede darse, estoy convencido de ello, con los símbolos vividos, nuevos o antiguos, de aquí o de allá, pero que “influyan inmediatamente en la vida”, en la vida del espíritu, evidentemente. Esto es lo que buscan recrear los poemas de este libro, empleando las formas artísticas no tanto como una búsqueda estética, sino como un medio de apertura de la intuición y la memoria profunda, que son los caminos más seguros para encontrar el sentido del símbolo, para aprehender su contenido, con la particularidad de que es también el nuestro.

Por medio de la reflexión poética se puede conocer el sentido del símbolo que la razón es incapaz de concretar porque no es su función. La reflexión poética es una cierta epifanía, porque como se afirma en Le Message Retrouvé de Louis Cattiaux: “El arte consiste en hacer que aparezca lo sobrenatural oculto en lo natural”. En esta epifanía es el punto de encuentro de los sabios de todas las naciones y todas las épocas. En la Edad del símbolo, la creación artística debería permitir una apertura del pensamiento y del sentimiento a fin de que las palabras puedan vincularse con aquello que es lo más íntimo del ser humano.

Comentario de Teresa Costa-Gramunt

La edad del símbolo es el quinto poemario publicado por Raimon Arola en completa y armónica coherencia con los libros anteriores: Bellesa secreta, L’encontre, Los pájaros no temen volar, y La llum i les semences [en castellano: Los pájaros no temen volar y La edad del símbolo].

Los poemas que integran La edad del símbolo dibujan un itinerario de búsqueda espiritual que se traduce en esta forma de belleza que es la poesía como intermediaria entre el cielo y la tierra para mostrar no solo el conocimiento de los símbolos sino su virtud como semilla del despertar del alma: “Dentro de tu corazón es donde está la semilla de tu despertar”, en una época como la nuestra, en la que el beneficio de una lectura nutriente y el gozo de la contemplación de las cosas son escasos, no porque no estén al alcance, sino al contrario, porque no son buscadas ni apreciadas. El hambre de belleza que afina y mejora nuestra humanidad se ha agotado haciendo que aflore una quincalla que brilla tanto como engaña.

Despertar a la realidad, pues, a la verdadera realidad, no a la apariencia de realidad. Y así es como en el mismo corazón de la gran Oscuridad, nuestra era del Kali-yuga, tal y como la conceptúa la espiritualidad hindú, en el despertar se vuelve visible un punto de luz: “el brillo de la edad nueva”.

Es evidente que esta luz no siempre se percibe, solo es visible para aquellos que se han vuelto uno con los ojos del alma, núcleo de la visión espiritual, centro de la realidad esencial que se esconde y revela al mismo tiempo en una danza de correspondencias. Y es que en el mundo no hay nada visible que no tenga su correspondencia en el mundo invisible que puede discernirse con los ojos del alma, ojos que comprenden la maravillosa y misteriosa relación de “aquella flor que aparece pocas veces, y tan solo en la oscuridad.”. Un ejemplo: amamos con un corazón que no se ve si no es a través de sus obras. Las obras muestran la acción del amor, las que muestran el impulso espiritual del corazón hacia el bien de aquello que el corazón ama.

“Quieta, en un rincón de la escalera / se esconde la metafísica. //Es pequeña, incorrupta, bella, y no quiere ser descubierta. //Se oculta de los hombres orgullosos / que solo conocen la física / con quien no quiere ser confundida, / ni convertida, ni comparada, / aunque sean hermanas. // Prefiere permanecer en el infierno, / en el rincón triste y oscuro de la escalera, / en espera de ser de nuevo el milagro / inmutable y posible para los humanos.” Escribe el poeta Raimon Arola invadido por la esperanza de que se produzca el milagro: la revelación de la realidad que origina la edad nueva: la edad del símbolo en la que seremos capaces de discernir su expresión espiritual más allá de la cultural generada en el marco de las diversas creencias y cosmovisiones, discernir en medio de la globalización de nuestros días lo que el símbolo tiene de universal.

Que el símbolo, pues, no sea solo erudición, sino expresión viva, creativa, inspiradora. Como la naturaleza, el símbolo habla y hay que escucharlo y hay que leerlo, más aún, hay que vivirlo con todo el cuerpo, con toda el alma, y es que los humanos somos símbolos muertos o símbolos vivos, tumbas o templos, somos agua viva o agua pútrida, estancada, corrupta. Nos espera, sin embargo, un renacimiento, una resurrección espiritual cuando “la gracia trastorna tu vida”.

Ver, percibir la luz de la gracia en los días y las noches que se han desdibujado o pervertido, sentirla viva en medio de las imágenes que nos obnubilan o que nos confunden, ya que el ego oculta el ser verdadero. El ego: pantalla, ilusión. El símbolo nos remita a la realidad oculta detrás de la realidad. Despertar, pues, a la realidad “para proclamar la vida” en la edad nueva, la edad del símbolo que reverdece como cuando la primavera se instaura en el campo frío del invierno. Porque “esto es lo que buscan recrear los poemas de este libro, empleando las formas artísticas, no tanto como una búsqueda estética [que también lo es, estamos en frente de un poeta] sino como un medio de apertura de la intuición y la memoria profunda, que son los caminos más seguros para encontrar el sentido del símbolo” escribe Raimon Arola en su texto de introducción.

Los símbolos: sabidurías vivas, mensajes para reencontrar la vida perdida: la memoria del alma que ahora se encuentra en el exilio de su verdadera naturaleza. Los símbolos: iluminaciones, caminos de revelación de la realidad profunda de la vida expresados en este verso de Raimon Arola en La edad del símbolo: “Se abre la nueva vida del que siempre fue”. Nueva vida que se abre paso en “el reino que está por venir”. Vida nueva, vida regenerada, vida rectificada, vida purificada en la edad del símbolo, en “la edad del pensamiento que se hará oro vivo”.

Comentario de M. Àngels Gardella

Cada uno de estos  estos poemas creo que invita a la meditación.Cada uno de estos poemas es parecidos al silencio: “Milagro de un silencio/ que la razón no alcanza”. En ellos flota un misterio, un secreto. “Todo a la vez, /en un instante/ el mismo misterio.” Es un secreto que quiere y no quiere ser revelado… “Es pequeña, incorrupta, sugestiva/ y no quiere ser descubierta.” A veces, sí que quiere porque sabe que es un secreto bellísimo y la belleza desea mostrarse a los ojos que merezcan verla. Cuentan los viejos poetas persas que la belleza de Laila está en los ojos de Majnun, ¡el loco enamorado!

Al leer el libro completo, he encontrado al amigo que, a través de su poesía, me acompaña  a lo largo del atajo que él mismo está recorriendo: “La poesía asemeja tu espíritu/ al mundo que te acompaña/ en el tránsito hacia la muerte.” Sí, Raimon, un poco como Dante en la Vida nueva: tú has descubierto una vía maravillosa y a través de los versos la quieres comunicar. Esta es la impresión que me ha hecho La edad del Símbolo: un hallazgo maravilloso,  muerte, vida, amor y silencio, y palabras que velen y revelan.

Ahora te puedo decir que me ha gustado mucho, de verdad, mucho… Pero, un poco a guisa de broma también te diré que si consiguieras poner un poquíquito de métrica, ¡estos versos llegarían a los laureles dantescos! Lo digo a guisa de broma: ¡están muy bien!

También me ha gustado el poema en prosa que cierra  la compilación, y, quizás porque estos meses me he leído tanto Dante, las olas de tu poema me sugieren los círculos por donde transita la Divina Comedia, son como este mar intemporal que dibujes, donde la vida y la muerte se confunden, un laberinto a veces tenebroso, a veces rutilante que exalta el alma y dónde, para poder navegar, a la mayoría de los mortales necesitan un «Virgilio», un guía: “El arte consiste a hacer aparecer lo sobrenatural oculto en lo natural”, dice Louis Cattiaux.

Según mi opinión, en este libro consigues aquello que te propones en el prólogo, que las palabras se aliíen con aquello que es más íntimo en el  corazón del lector. ¡Gracias por estos versos!

Video de Valeria Vasi