En el hombre primordial, que es el microcosmos por excelencia, se unen los espíritus celestes con los daimones subterráneos. Edición: Raimon Arola.

Se dice que esta imagen del tratado de Basilio Valentin llamado «Azoth» es un resumen de toda la obra. También es una síntesis del proceso de la Gran Obra, entre otros motivos, porque en los espacios entre las siete puntas de la estrella que aparece en el grabado, se observan escenas que representan la muerte y el renacimiento filosófico. Entre ellas pueden leerse las siete palabras que forman la divisa alquímica Visita Interiora Terrae Rectificando Invenies Occultum Lapidem («Visita el interior de la tierra y rectificando encontrarás la piedra oculta»). En el centro de la figura aparece el rostro de un hombre y en el extremo del círculo sus manos y sus pies. Se trata del hombre primordial, al que Valentin denomina anciano y al que los hebreos han llamado kadmon, que significa «anciano», «primero», «primordial» y «Oriente», por eso ha sido dicho que el hombre primordial es aquél que proviene del Oriente eterno.

En este hombre primordial, que es el microcosmos por excelencia, se unen los dioses celestes con los daimones subterráneos; es decir, lo superior con lo inferior. Corrobora esta unidad el hecho de que, insertada en el discurso de Valentin y sin justificación aparente, encontremos una interesante figura heráldica. En ella se observan dos soles, uno en el exterior del escudo y otro en su interior, lo cual parece indicar que en el interior de la materia corruptible se halla oculta la semilla del sol o el oro filosófico que es de la misma naturaleza que el sol exterior. De su unión, aparecerá el hombre que describe Basilio Valentin en el fragmento que acompaña al grabado: «Entonces vi a un hombre resplandeciente, como aéreo, que portaba una corona real, adornada con estrellas».

Louis Cattiaux se refirió al mismo misterio al representar los huesos iluminados de un ser que recibe los influjos de sol celeste sobre su cabeza y manos. Los huesos luminosos representan el esplendor divino que dormita en el hombre y que germina gracias al querer del cielo. Dos figuras, una de ellas angélica y la otra humana, adoran el cuerpo resplandeciente del hombre primordial. La imagen recuerda la famosa profecía de Ezequiel: «Huesos secos, oíd la palabra de IAVE. Así ha dicho el Señor IAVE a estos huesos: He aquí, yo hago entrar espíritu en vosotros, y viviréis» (37, 1-14).

La imagen de la montaña alude al lugar donde se realiza el proceso de la Gran Obra. En la imagen que presentamos, dicho proceso se relaciona con el  hombre. Así, ante la puerta que da acceso a la montaña filosófica, un asceta con su cuerpo consumido espera para poder penetrar en ella y seguir los pasos necesarios para alcanzar la cumbre donde se halla la Piedra filosofal. Estos pasos están representados por los múltiples símbolos que ornan la montaña. Mientras tanto, unos niños encuentran casualmente el camino gracias a la liebre que persiguen en sus juegos, lo que significa que la morada de la sabiduría no puede ser tomada por el esfuerzo del hombre y que para penetrar en ella es necesario un azar providencial. En las laderas del Himalaya pueden contemplarse unos curiosos edificios llamados stupas, que representan el cuerpo del Adi Buda o Buda primordial. Su rostro, coronado por una pagoda que simboliza los múltiples atributos divinos, vigila hacia las cuatro direcciones. Así mismo, el rostro del Adí-Buda se asienta sobre una enorme semiesfera, imagen del mundo creado, en cuya base se hallan unos cilindros con fragmentos de textos sagrados del hinduismo y del budismo. Los fieles, al rodear la stupa, hacen girar los cilindros,sustituyendo la lectura de los textos sagrados por dicho movimiento. Su disposición muestra al hombre primordial como imagen del templo, es decir, del lugar santo por excelencia. Según la antigua sabiduría tradicional, la planta de un templo representaba al hombre muerto, mientras que su alzado simbolizaba al hombre resucitado, enderezado sobre su espalda.

El esqueleto humano ha sido comparado a la letra de los textos revelados de todas las tradiciones; desde los fragmentos de los antiguos Vedas, escritos en piedras amontonadas al lado de recónditos caminos, hasta la apertura del sagrado Corán . En el Zohar o Libro del esplendor se explica que: «Todas las letras son como un cuerpo sin alma. Cuando vienen los puntos que son el secreto del alma viva, he aquí que el cuerpo se endereza en su consistencia» (Zohar Jadach 73c) .Los puntos son las vocales y simbolizan la pronunciación de la letra escrita, que retorna la vida y la luz a los huesos secos.

Las representaciones en forma de columna del dios egipcio Osiris y del hindú Shiva, simbolizan el misterio de la coagulación alquímica. En el antiguo Egipto se aludía a la resurrección de Osiris por medio de una columna antropomórfica conocida como djed. El djed representa la columna vertebral de Osiris que unía el cielo con la tierra. Lo mismo ocurre con el linga de Shiva, que además de simbolizar la semilla divina, puede entenderse como la manifestación del cuerpo del Shiva. En ambos casos se trata de la representación del cuerpo del dios misterioso que ha penetrado en las profundidades de la tierra, de donde ha emergido victorioso.

Cuando la realidad es vista desde el interior y el orden se sobrepone al caos, las piedras cantan y danzan junto con los ángeles. Las formas artísticas modelan la luz, como sucede con las vidrieras de las catedrales góticas, cuyos constructores expresaban mediante la policromía de los cristales que «Dios es luz». Louis Cattiaux escribió al respecto: «Examinados desde fuera, los roseto­nes de las catedrales sólo dejan ver su osamenta, pero, vistos desde dentro, su resplandor ilumina al creyente. Así, la palabra de vida oída desde fuera sólo deja ver el hueso de la verdad, mientras que esta misma palabra percibida desde dentro hace saborear la médula nutritiva del creador de todas las cosas» (El Mensaje Reencontrado 21, 17).

En su bendita locura, Vicent van Gogh percibió algo del misterio de la luz sagrada que habita en el hombre, al ser capaz de «ver» el ascenso y el descenso de los flujos luminosos de la vida. Una leyenda de los incas de Perú, cuenta como el héroe Naimlap condujo a su pueblo a un lugar que parecía el paraíso terrenal. Una vez establecidos en aquel lugar, él se convirtió en un pájaro y desapareció. Durante mucho tiempo sus descendientes colocaron en sus casas una pequeña estatua del buen jefe Naimlap , su ancestro, para rendirle culto.

La última lámina del Mutus Liber representa a un personaje ascendiendo hacia el sol, conducido por dos ángeles que lo coronan con laureles. En la parte inferior duerme un hombre vestido con pieles, posiblemente Hércules. Su obra ya ha finalizado, pues ha alcanzado la apoteosis, su parte mortal se consume, mientras que su parte inmortal, que proviene de Júpiter, se manifiesta en todo su esplendor. A sus discípulos, que contemplan de rodillas al renacido, les deja como prenda un hilo que les permitirá religarse a él. El hilo significa la transmisión.

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