Traducción del prefacio al capítulo quinto del «Opus Paraminum» de Paracelso en el que el autor trata de las enfermedades invisibles y cómo hay que hacer para conocerlas.

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Con lo que va dicho, he terminado los cuatro libros que tratan de la luz de la Naturaleza, en los que he explicado las afecciones y las enfermedades de la parte visible y corporal del Microcosmos, con toda la diligencia y experiencia de la que he sido capaz y con una demostración suficiente de sus doctrinas filosóficas y experimentales.

Sin embargo, por más que todo lo que sobreviene al cuerpo visible del Microcosmos haya sido tratado prolijamente en algu­nos de esos libros y que cada cosa haya sido enunciada y confir­mada en sus correspondientes capítulos, según la luz de la Na­turaleza y sin descuidar ni omitir ningún detalle, lo cierto es queaún no hemos hablado de todas las enfermedades de la parte invisible del Microcosmos que pueden afligir al cuerpo, ni de las múltiples formas en que pueden manifestarse.

Lo que hemos descrito hasta aquí se presenta visiblemente a los ojos y palpablemente a las manos, habiéndolo basado en la filosofía, sin ningún vicio de origen, con todo el poder que nos ha sido dado, como puede comprobarlo cualquiera por su propia experiencia y sin ningún error. En este punto debemos reconocer que los humanistas han conducido su Teoría entre puros errores, por más que la Beatitud Suprema olvide, con toda seguridad, lo imperfecto de sus fundamentos.

En estos libros sólo hemos tratado, sin embargo, de las afecciones que afligen a la mitad visible del cuerpo humano. Por eso es necesario que comentemos a continuación cuánto se refiere a la otra parte, es decir, a la mitad invisible, para que así pueda el médico hallar una opinión completa, o sea, que pueda referirse a la totalidad del hombre.

La mitad de la que os hablamos es invisible y, sin embargo, palpable, lo cual debe comprenderse a la luz de la Naturaleza, de forma semejante a lo que ocurre con los ciegos, que tocan, aunque no ven lo que tocan. Nosotros vemos y tocamos, sí, pero no sentimos (non seníimus) lo que tocamos. Y al revés de los ciegos, cuyo tacto llega a adquirir tan maravillosas agudezas, nos sorprende que nuestros ojos no vean ni perciban lo que nuestras manos llegan a tocar.

Considerad este ejemplo, pues en verdad os digo que los ciegos han de sernos de la mayor utilidad, ya que su simple presencia nos demostrará en cada momento que, por más que nuestros ojos vean físicamente, estamos ciegos en realidad ante la luz de la Naturaleza. Todo lo cual merece por supuesto el más detenido examen.

¿Cómo podríamos conocer todas las cosas que existen sobre la faz de la tierra sin estar iluminados por la luz de la Naturaleza? Bajo esa luz de la Naturaleza expondré, pues, ahora lo que hay en las cosas de invisible y que es tan admirable, por cierto, como lo visible. En verdad os digo que la luz de la Naturaleza hace visibles muchas cosas que espontáneamente no lo son. Y que nada de lo que está directamente ante nuestra vista requiere ninguna otra ulterior demostración. La percepción del Macrocosmos nos conducirá a la filosofía del gran mundo, en la cual todo es visible, pudiéndose afirmar que todo lo que tenga esa base será igualmente visible.

Lo que vamos a exponer a continuación en los libros que nos han inspirado los anteriores argumentos, es invisible; acerca de lo cual os diré que no es siempre conveniente hacer visibles las cosas que naturalmente no lo son.

La grosera y espinosa rudeza de los discípulos de los antiguos maestros es responsable de la torpeza con que se han comportado hasta hoy ante las cosas invisibles.

A fin de que comprendáis mejor lo que vamos a exponer, os diré que el mundo de lo que vemos y tocamos, en su total extensión, sólo es una parte, una mitad del mundo verdadero. Y que esa otra mitad que no percibimos es tan considerable por lo menos y tan rica en su naturaleza y propiedades como la parte visible. Ello nos indica ya que el hombre ha de poseer una parte, no considerada hasta ahora, correspondiente al campo de acción e influencia del mundo invisible.

Según esto, cada cuerpo está formado por dos hombres y por dos mundos, o, si preferís, por dos medios hombres y dos medios mundos que en sí mismos se complementan. Por eso son tan admirables las criaturas de la Naturaleza y por eso aquellas que Dios ha hecho invisibles no pueden ser estudiadas sino bajo su Suprema Luz. Otro tanto debe aplicarse a las cosas visibles.

Acerca de esto debo deciros que Dios construye siempre sus maravillosas obras a la luz de la Naturaleza. Así, al considerar nuestros ojos con absoluta certeza todo cuanto aparece ante su vista y darse cuenta de lo admirable que es, despierta en ellos la inquietud y curiosidad por hallar esas cosas naturales que escapan a su percepción y que no obstante están allí, ante ellos con toda evidencia, lo mismo que podría estar una columna delante de un ciego.

Esta percepción por los ojos en la luz de la Naturaleza, aumenta la comprensión e indica claramente las cosas invisibles que nuestro arte ha de exponer y transformar en visibles.

Ahora explicaremos con un ejemplo el modo como debemos abrir nuestros ojos.

Tanto la Luna como el Sol son una luz. Sin embargo, así como la luz de la Luna no permite distinguir los colores, apenas aparece el Sol, todos los colores se ven y se reconocen distintamente.

La luz de la Naturaleza brilla mucho más que la misma luz del Sol y, según la comparación que os hemos dado entre las luces de la Luna y del Sol, así la luz de la Naturaleza luce más allá del poder de todos los ojos y de la penetración de todas las miradas. En esa luz las cosas invisibles se hacen visibles. Recordad pues la suprema calidad de su resplandor.

Es necesario creer en la realidad de las obras y vosotros debéis creer también, pues ellas dan siempre el testimoniode su procedencia y os digo que siempre faltarán a quienes tengan poca fe.

Cuando unas obras nos resulten visibles y aquello de donde proceden permanece invisible, debéis pensar que es así porque estamos fuera de su luz. Del mismo modo, cuando oímos en las tinieblas el tañido de una campana, invisible en esas circunstancias, vemos sin embargo la obra de la campana, que es su sonido; sólo si queremos ver de dónde proviene ese sonido, deberemos ayudarnos con la luz y proyectarla hacia el lugar de donde el sonido proviene, con lo cual, y sólo entonces, veremos la campana.

La Luna es una de estas luces, pero es una luz obscura. El Sol en cambio ilumina más fundamentalmente. Por eso conviene que no nos conformemos con la luz que irradia de las mismas obras haciéndolas visibles, sino que nosotros mismos deberemos poseer una luz mayor y más poderosa, que esté por encima de la propia luz de las obras.

Todas las cosas poseen una luz y cada luz ilumina la cosa de donde proviene, que sin embargo, permanece invisible en presencia de una luz extraña. A quien sus obras retengan más de lo que le convenga permanecer en ellas y no quiera, por tanto, dejarse conducir por su signo, en verdad no llegará nunca a creer en dichas obras.

Si creemos en la obra creeremos también en el autor de la obra. Ya que si no nos dirigimos al Creador, conocidas sus obras, en verdad es tener la fe muerta, y la naturaleza infantil.

Está bien que nos gusten los edificios, pero es lógico que nos guste aún más el arquitecto, ya que nada pueden enseñarnos los primeros y que toda la ciencia está en el maestro.

Ved aún otro ejemplo:

Cristo era una luz; sin embargo, en tanto que fue hombre y anduvo por el mundo, su luz era invisible y sólo se manifestaba en sus obras. Por eso, los que le reconocieron en sus obras hallaron verdaderamente su luz y pudieron seguir el camino iluminado con mucha mayor claridad que si lo hicieran bajo todas las estrellas del firmamento.

En este sentido os digo que aunque veamos las cosas bajo la misma luz del Sol, esa luz será insuficiente para hacernos conocer al Maestro. Por eso, aquellos que quisieron conocerlo y verlo directamente, tal como era, tuvieron que someterse a la luz que brillaba sobre Él y bajo la cual dirigió a los Apóstoles cuando les dijo: «Aquí levantaremos tres tiendas».Cada cosa tiene pues su luz correspondiente y las que, aparentemente, carecen de ella, deben ser contempladas por medio de la suprema luz, pues en verdad os digo que quien no la quiera para ver los cuerpos invisibles, permanecerá ante ellos como ante una gran montaña en una noche tenebrosa.

La luz de la Naturaleza ha de guiarnos, pues, en todo, y con ella veremos mucho más que con la Luna y aún con el mismo Sol.

De esta forma dejamos establecido que, normalmente, sólo vemos la mitad del hombre y de las criaturas. Dicho lo cual proseguimos. Y decimos que así como san Simeón el Estilita no pudo conocer las obras producidas por el misterio de la Crucifixión gracias a su propia luz, aunque conociese perfectamente el firmamento astronómico, tampoco quiso ahogarse en esa ignorancia y de ahí su afán para llegar a ver con toda amplitud al Creador de la obra del mundo y para encontrar una luz distinta.

De la misma manera debemos procurar no ahogarnos ante las obras, pues sólo el que busca y llama, encuentra y es oído.

Lo que acabamos de exponer sobre las obras debe ser entendido de la siguiente manera: Cuando nos hallemos ante enfermedades cuyo origen no nos sea posible conocer por medio del cuerpo visible, debemos encender la luz que nos permita hablar sobre ellas, pues si no, las obras que esas enfermedades representan nos exhortarán a callar, por más que esto nos parezca un tanto incomprensible. Si nos guiamos por esa luz podremos reconocer que esa mitad invisible del hombre existe realmente y que su cuerpo no es sólo carne y sangre, sino una cosa demasiado brillante para nuestros ojos groseros. En esa parte están, de entre todas las enfermedades, las invisibles.

Estas causas, así como el cuerpo sobre el que operan y las enfermedades que producen, serán nuestro inmediato objeto de estudio y os digo que con su conocimiento alcanzaréis a ser unos médicos perfectos.

Una vez que nos hemos ocupado de las enfermedades corporales visibles, le tocará el turno a las invisibles, por más que como os hemos repetido, éstas sean también visibles en cierto modo. Esta obra nos conduce a ese fin, por cuanto señala ampliamente a su Maestro y al modo como Él las ha formado y construido.

El modo en que podremos reconocer todo eso será expuesto separadamente en cada libro y capítulo, pues, en definitiva, nada de lo que es tiene otra finalidad que la de obligarnos a buscar y a aprender sus causas, dado que todas las obras nos llevan a Dios. Más aún en este caso, en que las obras se refieren especialmente a nosotros, imponiéndonos así el deber de investigarlas. Con ello, Dios nos hace comprender, por medio de su divina Providencia, que en sus tesoros escondidos se hallan muchas cosas maravillosas, cuyo conocimiento nos descubre a cada paso su profunda e infinita Sabiduría, saciando así nuestros pobres ojos y poniendo de manifiesto la grandeza (magnalia) de sus acciones sobre todas las cosas.

Será pues conveniente y razonable que abramos bien los ojos y pongamos todo nuestro cuidado en estudiar semejantes cosas, pues en verdad os digo que no hemos sido creados para dormir sino para velar y para estar listos y dispuestos en todo momento para llevar a cabo Sus obras.

Para el sentido corporal del hombre que ilumina su camino con la sola luz visible de la Naturaleza, resulta injurioso e indignante que se le exponga a las asechanzas y seducciones del diablo, que le acucian así de tal modo que al final, el sentido corporal se incapacita para todo gobierno y dominio y acaba, en su obsesión, haciendo que el hombre se transforme en un verdadero diablo.

¿No resultaría una obra extraordinaria de Dios, sobre la tierra, el hacer que el hombre posea en sí mismo un diablo, cuando ha sido creado justamente a imagen y semejanza del Creador? En verdad os digo que el diablo está tan lejos de la naturaleza humana como la piedra o la madera.

Aún parece más increíble que el hombre, después de haber sido redimido por el Hijo de Dios, haya sido arrojado sin protección alguna en una prisión tan horrible. En este punto necesitaría más de un capítulo para explicaros esto como es debido, pues si finalmente no es más que una obra del Creador, debemos creer que en ello existe una causa mucho mayor y más importante que lo que pudiéramos imaginar.

Lo cierto es que Dios quiere que conozcamos esta causa y que no abandonemos su obra sin haber estudiado e investigado a fondo su razón de ser.

Sabiendo como sabemos la utilidad de la lana de los corderos y de las cerdas que hay en el lomo de otros animales, refiriendo con exactitud a cada cosa aquello que le corresponde, cómo, por medio de la cocción, damos sabor a los alimentos crudos y construimos chimeneas para luchar contra el frío del invierno y levantamos techos que nos preserven de la lluvia, etc., todo lo cual no tiene otra finalidad que darle mayores delicias al cuerpo, ¿cómo no deberíamos buscar con más ahínco cuanto pueda ser ventajoso y beneficioso para la misma eternidad?

Lo cierto es que todo lo que hiere al cuerpo, hiere la casa de la Eternidad y que si el diablo habita en esa casa, la destruirá. Por eso, nos conviene buscar siempre la causa por la que cadaobra ha sido hecha tal cual es y por eso, si su razón visible no nos convence, debernos buscar inmediatamente la invisible. Lo invisible puede así hacerse visible, igual que lo que no posee esa propiedad, siempre que su propia luz esté presente y sepamos buscarlo bajo su resplandor.

Esas enfermedades están escondidas y pueden subsistir en nosotros como enfermedades espirituales. Ocurre como el hombre que se difunde y propaga en sus obras y a través de ellas, tanto en la teoría como en la práctica. En el caso de las enfermedades, el espíritu es visible a su luz, por cuanto constituye la mitad del hombre.

Con todo esto pretendo advertirte, lector, que para comprender las enfermedades que vamos a exponer a continuación, es necesario que adoptes la inteligencia de lo visible. Y decirte que si bien todas las obras son visibles, es preciso que sus causas lo sean igualmente. No te turbes pues al ver que algunas de estas cosas no están expuestas a la luz del Sol y piensa que Dios actúa muchas veces en secreto más allá del mismo Sol.

Si te sorprende que existan estas cosas, considera que en el fondo es un error llamarlas invisibles, ya que verdaderamente no lo son y que cada una de ellas nos demuestra que todas ellas provienen unas de las otras.

Una casa, por ejemplo, es una obra visible; como lo es también el arquitecto. En este paradigma, la casa es la obra del arquitecto y el arquitecto la obra de Dios. Las obras que tenemos ante nuestros ojos pueden ser vistas y consideradas, pues, del mismo modo y en verdad os digo que si en ellas buscásemos siempre el artesano que las ha hecho, él mismo sería visible.

Así la fe hace visibles (conspicua) todas las cosas eternas. Y así en las cosas corporales invisibles, la percepción se alcanza por medio de la luz de la Naturaleza.

No te espante pues el que una cosa cualquiera pueda hacerse visible y piensa sencillamente que todavía no estaba ordenado que se manifestara así. Antes bien, acostúmbrate a considerar las obras visiblemente antes aún que tomen ese estado.

Así, un niño, desde el momento de su concepción es ya un hombre, a pesar de que el hombre todavía permanece invisible en él; sin embargo, ¿qué perjuicio hay en considerarlo así? Ninguno ciertamente y en verdad os digo que, al contrario, es una gran ventaja.

Con esto, lector, pongo fin a este prefacio, rogándote que no me juzgues hasta haber conocido y llegado bien a fondo en esta terna.

Fijaos que son muy numerosas las obras ilustres que nos invitan y en cierto modo nos obligan a profundizar en su estudio, no sólo a nosotros sino a muchos más autores, que han descubierto y enseñado diversas cosas a este respecto. Si ellos no llegaron a la verdadera luz, ¿cómo ha de extrañar que estas contemplaciones del Microcosmos sean juzgadas por muchos como obra de sortilegio, prestidigitación, maleficio diabólico y superstición augural?

Sin embargo todo eso es falso y equivocado y así os lo demostraremos en los libros siguientes. Dios sea pues con nosotros.