Los sueños y las visiones que se describen en los textos alquímicos narran una experiencia verdadera que responde a lo que se contempla al penetrar en el mundo oculto. RAIMON AROLA y LLUÏSA VERT han recogido cuatro fragmentos de distintos tratados alquímicos como ejemplo.

Estos relatos son como las confidencias del oro al alquymista.

Emmanuel d’Hooghvorst [1]

Presentación

En algunos textos alquímicos aparecen relatos de sueños y visiones que lejos de ser un recurso literario, sirven para mostrar lo que se contempla al penetrar en el mundo oculto. Por eso, habría que diferenciar entre la fantasía, «es decir, lo irreal, lo mítico, lo maravilloso» [2] y la imaginatio vera de Paracelso, siendo esta última, una facultad o un sentido que permite acceder a la realidad sagrada, porque allí es donde suceden las epifanías. Según muchas tradiciones, este sentido es el corazón; evidentemente, no el órgano, sino el sensorium del que Eckartshausen decía que en su apertura estaba el misterio del Hombre nuevo, el misterio de la regeneración y de la unión más íntima del hombre con Dios.

Las visiones que los alquimistas relatan en sus textos, tal como ellos mismos no se cansan de afirmar, son verídicas porque no son producto de la terrible Medusa que provoca falsas revelaciones, sino que están avaladas por el testimonio de los sentidos, por eso el buen Trevisano, un alquimista del s. XV, comienza el relato de su famoso Sueño con las siguientes palabras:

Sueño verde, verídico y verdadero porque contiene la Verdad. En este Sueño todo parece sublime; el sentido aparente no es indigno de aquél que nos oculta; la Verdad brilla en él con tanto esplendor, que no cuesta mucho trabajo descubrirla a través del velo que se ha pretendido utilizar para disfrazarla. [3]

Con su insistencia sobre lo verídico de la visión o del sueño, el Trevisano advierte que en él está contenida la Verdad que se observa en el atanor y que es el despertar del oro puro, que también es la raíz mineral del hombre. Otro ejemplo extraordinario es la visión que un tal Adolfo tiene en una cueva de Roma y que está descrita por otro gran alquimista llamado Basilio Valentín:

Al punto, veo a un hombre con mucho resplandor y como aéreo que llevaba sobre la cabeza una corona real, adornada de estrellas. Lo examiné atentamente y tras haber considerado todas sus partes interiores, vi su cerebro al igual que un agua cristalina moverse por sí misma como las nubes. Su corazón me pareció rojo como el rubí. El pulmón, el hígado, el ventrículo y la vejiga eran puros, claros y trans­parentes como el vidrio. El bazo y el resto de los intestinos también eran visibles, pero no había hiel y no puedo con mis palabras expresar la claridad de este hombre, ni tampoco su pureza. [4]

En esta visión de un cuerpo puro se reproduce el origen mítico de la alquimia, cuando el joven Apolonio, según la tradición griega, o Balînûs, según la tradición musulmana, encuentra la estatua de Hermes Trismegisto sosteniendo la Tabula Smaragdina. La estatua es, evidentemente, una alegoría de la transfiguración del ser humano, no olvidemos que en la antigüedad clásica a la Gran Obra se la conocía como la metamorfosis, es decir, la transfiguración.

Como hemos dicho, el origen de estas visiones es el despertar del oro producido por la primera unión del cielo y la tierra, entonces, este oro comenzará a instruir al alquimista. Emmanuel d’Hooghvorst describió esta experiencia con las siguientes palabras:

Son como las confidencias del oro al alquymista. Enseña su arte real, que un rey protege y guarda en sí mismo: confi­dencias de un rey a otro rey, secreto guardado bajo el sello de la ficción. [5]

La raíz mineral languidece en cada ser humano, necesita de una ayuda, del influjo del cielo que despierte su vigor y parece ser que esta operación se inicia por medio de una visión o un sueño, los hebreos lo llaman tardemah, y es precisamente el mismo sueño que al principio del Génesis Dios hizo caer sobre Adán, antes de mostrarle a su mujer, Eva, la ayuda conforme a él. Se trata también del comienzo de la profecía, como aparece en diversos versículos de las Sagradas Escrituras, sobre todo en Números 12:6,  cuando el Señor enseña cómo se comunica con los profetas y dice: “Oíd ahora mis palabras: Si entre vosotros hay profeta, yo, el Señor, me manifestaré a él en visión. Hablaré con él en sueños”.

El origen de estas visiones es el despertar del oro producido por la primera unión del cielo y la tierra, entonces, este oro comenzará a instruir al alquimista.

En los manuscritos o libros alquímicos se encuentran numerosos ejemplos de visiones, aquí nos hemos limitado a recoger algunos.

El sueño del Mutus Liber

El título completo de la obra en la que aparece la lámina que presentamos es el que sigue: El Libro Mudo, en el que sin embargo está representada toda la filosofía hermética en figuras jeroglíficas, por tres veces consagrado al óptimo y máximo Dios de misericordia y dedicado únicamente a los hijos del Arte, por un autor cuyo nombre es Altus. La primera edición de esta obra apareció en La Rochelle, en 1677.

 Se trata de un conjunto de quince grabados, sin ninguna explicación escrita, que representan la elaboración de la Piedra Filosofal; y que comienza precisamente con la representación del sueño de Jacob, el más conocido de todos los sueños, que aparece en Génesis XXVIII, 11-12:

«Llegando a cierto lugar, se dispuso a hacer noche allí, porque ya se había puesto el sol. Tomó una de las piedras del lugar, se la puso por cabezal, y acostóse en aquel lugar». «Y tuvo un sueño: soñó con una escalera apoyada en tierra, y cuya cima tocaba los cielos, y he aquí que los ángeles de Dios subían y bajaban por ella».

Se trata del encuentro del lugar terrible donde se apoya la escalera que une el cielo con la tierra; este lugar en un principio se llamaba Lutz, después se llamó Betel, es decir, ‘casa de Dios’, pero, ¿qué es Lutz? Se trata de un lugar en el ser humano donde el ángel de la muerte no tiene permiso para entrar. En la tradición hebrea se compara al ‘núcleo’ (lutz) de la espina dorsal; un pagano hizo la siguiente pregunta a rabí Iejochuah ben Janinah: «¿De dónde hará germinar el Santo-bendito-sea al hombre para el mundo por venir?», y él le respondió: «Del núcleo de la espina dorsal». [6]

Thomas Vaughan, un alquimista inglés hermano del poeta Henry Vaughan, y conocido bajo el pseudónimo de Eugenio Filaleteo, escribió lo siguiente a propósito de esta escalera:

Encontramos aquí dos extremos: Jacob es uno, al pie de la escalera, y Dios es el otro, que se encuentra encima de ella, infundiendo cierto influjo secreto del espíritu sobre Jacob, que en este caso representa al hombre en general. Los peldaños de la escalera representan las naturalezas medias por las que Jacob se ha unido a Dios, la naturaleza inferior unida a la superior. Respecto a los ángeles de los que se dice que suben y bajan por la escalera, su movimiento demuestra que no eran de una jerarquía superior sino de cierta otra esencia secreta, ya que primero subía y luego bajaba. En cambio, si hubieran sido de arriba, primero habrían bajado, lo cual es lo contrario del texto. Y esto, lector, desearía que lo estudiaras. [7]

Así pues, primero el espíritu de Jacob asciende y después desciende trayendo consigo la influencia del cielo, que en alquimia se conoce como el rocío de los filósofos. Esta primera emanación «está descrita como una materia muy fluida, la más sutil que pueda haber, llamada simiente por los sabios de la verdad». [8] Las citas bíblicas inscritas en la lámina se refieren a este rocío, motivo del sueño y las visiones de Jacob, tal como explica el Zohar:

Y si fuera justo, todas las armadas de la buena inclinación, todas ellas con  «[…] sus caras y sus alas extendidas», para llevar su espíritu, (ruaj), y lo elevan hacia arriba, hacia el lugar donde están los vivientes del trono. Y allí ve gran cantidad de revelaciones, imágenes y visiones proféticas y por eso explican nuestros rabinos que un sueño es la sexagésima parte de la profecía». (Ezequiel I, 11). [9]

Estas visiones son las que los sabios y los alquimistas explican en sus tratados bajo el velo de la ficción.

Así pues, primero el espíritu de Jacob asciende y después desciende trayendo consigo la influencia del cielo, que en alquimia se conoce como el rocío de los filósofos.

La visión en La Turba

En un fragmento de la Turba de los Filósofos se recoge la «Visión de Arisleo», que toma su nombre del filósofo que interviene en primer lugar en el sínodo de los discípulos de Pitágoras. En la obra, varios sabios antiguos (Arisleo, Pitágoras, Sócrates, Platón, Hermes, etc.) dialogan sobre los principios de la generación y la transformación de la materia, usando imágenes de unión entre masculino y femenino como metáfora del proceso alquímico. La visión se halla al final del texto como un apéndice y nos introduce en una nueva manera de explicar la unión de las dos naturalezas, la celeste y la terrestre o la femenina y la masculina. En este caso se representa por el matrimonio entre dos hermanos: Gabritius y Beya.[10]

En el Abregé du Traité du Grand Oeuvre des Philosophes, otro tratado alquímico que aparece en la Biblioteca de los Filósofos Químicos se indica a qué se refieren estos dos nombres, dice así:

Algunos filósofos incluso los han aliado juntos, y han denominado Gabritius al azufre y Beya al mercurio, el hermano y la hermana, y han dicho que para llegar a la medicina perfecta era necesario que la hermana matara a su hermano, y que el hermano matara a la hermana; cosa que veréis en la disolución.[11]

Por otra parte, en el Rosario de los Filósofos, en el capítulo que trata de la “Conjunción” o el coito, se alude a la “Visión de Arisleo”, el texto es casi idéntico, pero proporciona un aspecto nuevo a esta unión:

Hay que entender, digo, que es el macho quien ejerce su acción con la hembra. Es decir, el Azot con la tierra. Respecto a ello, Arisleo dijo en la Turba: Los hombres no engendran juntos, ni las hembras conciben solas, puesto que la generación sólo se produce por el macho y la hembra, y la naturaleza sólo se alegra cuando los machos reciben a las hembras, porque entonces se hace generación, y no cuando se unen locamente unas naturalezas a otras naturalezas extrañas y diferentes. Une pues a tu hijo Gabritius con su hermana Beya, que es una joven fría, dulce y tierna. Gabritius es el macho y Beya la hembra que educa y corrige a Gabritius, pues él procede de ella. Y aunque Gabritius sea más cálido que Beya, no hay generación sin Beya. Inmediatamente después de unirse con Beya, Gabritius muere, ya que Beya lo supera, lo abraza y lo encierra en su vientre, de manera que ya no se ve nada más de él. Beya, pues, abraza a Gabritius con un amor tan vehemente que ella lo concibe, y trasmutado en su naturaleza, lo divide en diversas partes.

Lo que se ha descrito aquí es la disolución que es el paso previo e imprescindible a la coagulación y a la multiplicación, como aparece en la visión.

La visión se halla al final del texto como un apéndice y nos introduce en una nueva manera de explicar la unión de las dos naturalezas, la celeste y la terrestre o la femenina y la masculina.

La visión de Arisleo

Pitágoras preguntó: ¿Qué has visto?

Arisleo respondió: Me he visto a mí mismo y a diez de los nuestros, que nos parecía que surcábamos el mar y he visto a los habitantes del mar que yacían los machos con los machos, y de ellos no surgía ningún fruto; y plantaban árboles que no fructificaban y de todo cuanto sembraban no resultaba nada. Me parece que les dije: Sois varias personas y no hay nadie entre vosotros que sea filósofo y que enseñe a los demás.

Y me dijeron: ¿Qué es un filósofo? Respondí: Es quien conoce las virtudes de todo lo creado y sus naturalezas. Y replicaron: ¿Para qué sirve esta ciencia? No nos interesa si no hay provecho. Y respondí: Si en vosotros hubiese filosofía, o ciencia, o sabiduría, se multiplicarían vuestros hijos y vuestros árboles crecerían y no morirían, vuestros bienes aumentarían y todos seríais reyes, venciendo a vuestros enemigos.

Me oyeron y al punto se marcharon, y contaron lo que yo había dicho al gran príncipe, el principal del país y le relataron los dones que les habíamos contado. Y cuando el rey los hubo escuchado, mandó a por nosotros y nos dijo: ¿Quién os ha traído hasta nosotros? Y respondimos: Nuestro maestro, cabeza de los sabios y fundamento de los profetas, Pitágoras, quien nos ha enviado para ofreceros un grandísimo don. Y dijo el rey: ¿Dónde está ese don? Y dije: El ofrecimiento y el don están ocultos y no descubiertos. Y respondió: Dádmelos a mí con preferencia, sino os mataré. Le respondí: Nuestro maestro os envía, por medio de nosotros, el Arte de engendrar y plantar un árbol, del cual quienquiera que comiera el fruto no volvería a tener hambre jamás. Y el rey me respondió: Vuestro maestro me envía un gran don, si es como decís. Y dije: Nuestro maestro jamás os lo enviaría, ni nosotros lo revelaríamos bajo ningún concepto, si no fuera que en este país jamás se supo nada de este árbol; ya que, si alguna vez se hubiera mencionado, jamás lo habríamos hecho. Pero, a fin de que la ciencia no perezca y que sea conocida en todas las tierras y países, nuestro maestro, que es el maestro de los sabios y de los filósofos, a quien Dios ha dado más dones que a ningún otro hombre después de Adán, nos ha enviado a fin de que cada uno de nosotros la comunique a un país. Y el rey dijo: Dime qué es. Y le respondí: Señor rey, aunque seáis el rey y vuestro país sea fértil, aún así usáis un mal régimen en este país, pues juntáis los machos con los machos, y vos sabéis que los machos no engendran nada, pues toda generación se hace de hombre y mujer. Y cuando los machos se unen con las hembras, entonces la naturaleza se alegra en su naturaleza. Así pues, cuando juntáis naturalezas extrañas de modo indebido ¿de qué modo esperáis engendrar algún fruto? Y el rey dijo: ¿Qué cosa es conveniente unir? Y le respondí: Traedme a vuestro hijo Gabritius y a su hermana Beya. Y el rey me dijo: ¿Cómo sabéis que el nombre de su hermana es Beya? Creo que eres mago. Y le dije: La ciencia y el arte de engendrar nos ha enseñado que el nombre de su hermana es Beya. Y en cuanto que es mujer, lo corrige, pues ella está en él.

Y el rey dijo: ¿Para qué la quieres? Y yo le contesté: Porque sin ella no puede hacerse una generación verdadera, ni ningún árbol puede multiplicarse. Entonces nos envió a la hermana, y era bella y blanca, tierna y delicada. Y le dije: Uniré a Gabritius con Beya. Y respondió: El hermano lleva a su hermana, y no el marido a su mujer. Y le dije: Así lo hizo Adán, por eso somos muchos hijos, pues Eva era de la misma materia que Adán y sucede de igual modo con Beya, que es de la misma materia substancial que Gabritius, el bello y resplandeciente. Sin embargo, él es un hombre perfecto y ella mujer cruda, fría e imperfecta; y creedme, ¡oh rey!, si obedecéis mis mandatos y mis palabras, seréis bienaventurado.

Y mis compañeros me dijeron: Hazte cargo y acaba de decir la causa por la cual nuestro maestro nos ha enviado aquí. Y respondí: Por el matrimonio de Gabritius y Beya, nos libraremos de la tristeza y no de otro modo, pues no podemos actuar en tanto que no sean hechos una sola naturaleza, materia. Y el rey dijo: Os los daré.

Y tan pronto como Beya hubo acompañado a su marido y hermano Gabritius, y que él se hubiera acostado con ella, murió, perdió su vivo color y se quedó inerte y pálido, del color de su mujer. Y el rey al verlo entró en cólera y dijo: Sois la causa de la muerte de mi hijo y querido niño, que era tan bello y resplandeciente como el Sol. ¡Cómo está su cara ahora! Os condenaré a todos a muerte. He temido siempre vuestras artes mágicas, y habéis venido aquí con mala intención por vuestro maldito Arte; os mataré. Y nos prendió a los diez y nos encerró en la prisión de una casa de cristal, sobre la que estaba construida otra casa, y sobre ella otra casa había sido edificada sabiamente.

Y así nos hallábamos encerrados en tres casas redondas, clausuradas y cerradas. Entonces le dije: ¡Oh, rey! ¿Por qué te enojas y nos castigas de este modo? Dadnos al menos a vuestra hija, y quizá Dios tenga piedad de nosotros y haga que, con nuestra ayuda, en poco tiempo vuestra hija restituya el hijo que lleva muerto en su vientre y que ella ha animado joven, fuerte y poderoso, multiplicando su linaje mucho más de lo que vos hicisteis jamás.

El rey preguntó: ¿Además queréis matar a mi hija? Y le respondí: ¡Oh rey! No supongáis tanta maldad por nuestra parte, y no nos hagáis sufrir tantas penas. Tened un poco de paciencia y dadnos, por favor, a vuestra hija. Y el rey nos la dio y ella permaneció con nosotros en la prisión de la casa de cristal ochenta días. Y permanecimos en las tinieblas y oscuridad bajo las olas del mar y con un gran y tardío calor de verano, y con agitación y levantamientos de las olas del mar, como no habíamos visto jamás. Cuando fuimos liberados, os vimos, Pitágoras, en nuestro sueño, y os rogamos que alimentarais a nuestro niño, que fue alimentado, fortalecido y animado y venció a su mujer, quien le había vencido antes, y se multiplicaron, pareciéndose al hijo. Entonces nos regocijamos y dijimos al rey que su hijo estaba en condiciones de ser visto.

 

El sueño del Cosmopolita

El autor del siguiente sueño filosófico es Alexander Sethon, conocido como el Cosmopolita, un alquimista de finales del siglo XVI y principios del XVII que, tras efectuar numerosas transmutaciones públicas, fue encarcelado y torturado por el elector Christian ii, en Crossen. Gracias a un noble polaco, llamado Michael Sendivogius, pudo escapar, aunque murió poco tiempo después, en 1604.

El texto que presentamos constituye por sí solo un tratado que usualmente aparece incluido en su obra La nueva luz química,[12] publicado por Sendivogius; en él se alude a la dificultad que entraña la obtención del agua de vida, imprescindible para la obra, pues sólo puede conseguirse a partir de los rayos del sol y la luna.

El texto que presentamos constituye por sí solo un tratado que usualmente aparece incluido en su obra La nueva luz química,]publicado por Sendivogius; en él se alude a la dificultad que entraña la obtención del agua de vida, imprescindible para la obra, pues sólo puede conseguirse a partir de los rayos del sol y la luna.

 

El enigma filosófico

Sucedió una vez que, navegando desde el polo ártico hasta el antártico, la voluntad de Dios quiso que fuera arrojado a la orilla de un gran mar. Y, aunque tenía un completo conocimiento de los caminos y propiedades de este mar, no obstante, ignoraba si en esas partes se podía encontrar aquel pequeño pez denominado Echeneis, que tanta gente de toda condición ha buscado hasta nuestros días con tantos trabajos y penas.  Pero mientras yo miraba en la orilla a las Melusinas que nadaban aquí y allá con las Ninfas, fatigado como estaba por mis trabajos anteriores y abatido por la variedad de mis pensamientos, me dejé llevar hasta el sueño por el suave murmullo del agua. Y mientras dormía tan dulcemente, se me apareció, en sueños, una visión maravillosa: vi surgir de nuestro mar al viejo Neptuno con una apariencia venerable y armado con su tridente, quien, después de un amigable saludo, me condujo hasta una isla muy agradable. Esta isla estaba situada hacia el Sur y poseía en abundancia todo lo necesario para la vida y las delicias del hombre.

Los campos elíseos, tan alabados por Virgilio, no serían nada a su lado. El perímetro de la isla estaba rodeado por mirtos, cipreses y romeros. Los verdes prados, tapizados con diversos colores, alegraban la vista por su variedad y exhalaban un olor suave. Las colinas estaban llenas de viñas, olivos y cedros. Los bosques, repletos de naranjos y limoneros. Los caminos públicos habían sido plantados y adornados a ambos lados por una infinidad de laureles y granados, entretejidos y enlazados entre sí con gran artificio, ofreciendo una agradable sombra a los que pasaban. En fin, todo lo que en el mundo puede decirse o desearse, se encontraba allá. Y cuando nos paseábamos, Neptuno me mostró en esta isla dos minas de oro y de acero, ocultas bajo una roca; no muy lejos de allí, me llevó a un prado, en medio del cual se hallaba un jardín con mil árboles, bellos y diversos, dignos de ser contemplados. Entre esos árboles, me mostró a siete, y cada uno de ellos poseía un nombre; entre esos siete me fijé en dos principales y más eminentes que los demás: uno llevaba un fruto tan claro y reluciente como el sol y las hojas eran como de oro, el fruto del otro era más blanco que la azucena, y sus hojas eran como de fina plata. Neptuno los denominó a uno árbol solar y al otro, árbol lunar.

Pero, aunque en esa isla se encontrase todo lo que pudiera desearse, una cosa faltaba: sólo se podía conseguir agua con gran dificultad, algunos se esforzaban en conducir el agua de una fuente por medio de canales, otros la extraían de diversas cosas; pero toda labor era inútil, ya que en aquel lugar no se podía obtener con el uso de instrumentos, y si la obtenían, era venenosa, a menos que se extrajera de los rayos del sol y la luna, lo cual poca gente ha podido hacer. Y si algunos han tenido la suerte tan favorable como para tener éxito, jamás han podido extraer más de diez partes, ya que esta agua era tan admirable que sobrepasaba a la nieve en blancura. Y, créeme, que he visto y contemplado esta agua, y al contemplarla me he maravillado en gran manera.

Mientras que tal contemplación ocupaba todos mis sentidos y empezaba ya a fatigarme, Neptuno se desvaneció, y en su lugar apareció ante mí un hombre corpulento, en cuya frente aparecía el nombre de Saturno. Éste tomó el vaso, extrajo las diez partes de esa agua y al punto tomó del fruto del árbol solar y lo puso en dicha agua; y vi el fruto de este árbol consumirse y disolverse en el agua, como el hielo en agua caliente. Le pregunté: Señor, veo una cosa maravillosa, esta agua casi no es nada y, no obstante, veo que el fruto del árbol se consume en ella por medio de un calor tan dulce; ¿para que sirve todo eso? Graciosamente me respondió: Hijo mío, es verdad que es una cosa admirable; pero no te asombres, es necesario que sea así porque esta agua es el agua de vida, que tiene el poder de mejorar los frutos del árbol, de manera que, en lo sucesivo, no será necesario plantarlo ni injertarlo, pues por su único olor puede convertir a los seis árboles restantes en su misma naturaleza. Además, dicha agua sirve de hembra al fruto, al igual que el fruto le sirve de macho; pues el fruto de este árbol no puede pudrirse en otro medio que no sea esta agua. Y, por mucho que este fruto sea por sí mismo algo precioso y admirable, si se pudre en el agua, engendra por dicha putrefacción la Salamandra que resiste al fuego y cuya sangre es más valiosa que todos los tesoros del mundo, pues tiene la facultad de volver fértiles los seis árboles que ves, y hacerles producir unos frutos más dulces que la miel.

Y volví a preguntar: Señor, ¿cómo se hace esto? Te he dicho antes (me respondió) que los frutos del árbol solar son vivos, son dulces, sin embargo, mientras que el fruto del árbol solar, que ahora cuece en esta agua, sólo puede embriagar un único fruto, después de la cocción puede embriagar mil. Después le pregunté: ¿Durante cuánto tiempo se cuece al fuego vivo? Me respondió que esta agua poseía un fuego intrínseco, el cual, ayudado por un calor continuo, quema tres partes de su cuerpo con el cuerpo de este fruto, y sólo quedará una parte tan pequeña que casi no se puede ni imaginar; pero la prudente conducta del Maestro hace que este fruto cueza por medio de una virtud magnífica, en primer lugar, por espacio de siete meses, y después, por espacio de diez; no obstante, muchas cosas aparecen y siempre el quincuagésimo día después del comienzo, aproximadamente.

Y volví a preguntar: Señor, ¿este fruto puede cocerse en otras aguas? Y, ¿no hay que añadirle nada? Me respondió: En todo el país y en toda la isla sólo esta agua es útil, ninguna otra agua que no sea ésta puede penetrar los poros de esta manzana; y sabe que el árbol solar ha salido de esta agua, la cual es extraída de los rayos del sol y la luna por medio de la fuerza de nuestro imán. Por eso experimentan una tan gran simpatía y correspondencia, pues si se añadiera cualquier cosa ajena, sería incapaz de hacer lo que hace por sí misma. Así pues, hay que dejarla sola y únicamente añadirle esta manzana, ya que después de la cocción es un fruto inmortal que tiene vida y sangre, porque la sangre hace que todos los árboles estériles lleven el mismo fruto y sean de la misma naturaleza que la manzana.

De nuevo le pregunté: Señor, ¿se puede extraer esta agua de algún otro modo? Y, ¿se la encuentra en todas partes? Me respondió: Está en todas partes, y nadie puede vivir sin ella; se extrae por medios admirables. Pero la mejor es la que se extrae por la fuerza de nuestro acero, el cual se encuentra en el vientre de Aries. Y le dije ¿para qué sirve? Respondió: antes de su debida cocción es un poderoso veneno, pero después de una cocción conveniente es una soberana medicina: y entonces da veintinueve granos de sangre, y a su vez, cada grano te proporcionará ochocientos sesenta y cuatro del fruto del árbol solar. Y le pregunté: ¿y no puede mejorar más allá? Según el testimonio de la escritura filosófica (dijo él), en primer lugar, puede ser exaltado hasta diez, después hasta cien, luego hasta mil, diez mil, y así sucesivamente. Insistí: Señor, dime si muchos conocen esta agua y si tiene un nombre propio. Profirió en voz alta: poca gente la ha conocido, pero todos la han visto, la ven y la quieren; no solamente tiene un nombre sino muchos y diversos. Pero su verdadero nombre es el agua de nuestro mar, el agua de vida que no moja las manos. Le pregunté todavía: ¿los que no son filósofos la usan para otras cosas? Cada criatura (dijo) la usa, pero de modo invisible. ¿Dentro de esta agua nace alguna cosa?, le dije. Con ella se hace todo lo que está en el mundo, y todo vive de ella, me dijo; pero propiamente nada hay en ella, sino que es una cosa que se mezcla con todas las cosas del mundo. Le pregunté: ¿Sin el fruto de este árbol, es útil? Me dijo: sin el fruto no es útil en esta obra, ya que sólo se mejora con el fruto del árbol solar.

Y entonces comencé a rogarle: Señor, por favor, nómbrala clara y abiertamente a fin de que no tenga ninguna duda. Pero él levantó la voz y gritó tan fuertemente que me despertó, lo que motivó que no pudiera preguntarle nada más y que no me quisiera responder, ni tampoco yo puedo decirte nada más. Conténtate con lo que te he dicho y cree que no es posible hablar con más claridad. Pues si no comprendes lo que te he declarado, jamás entenderás los libros de los demás filósofos.

Después de la súbita e inesperada partida de Saturno, me sorprendió de nuevo el sueño, y de pronto se me apareció Neptuno de forma visible. Y al felicitarme de este feliz encuentro en el jardín de la Hespérides, me mostró un espejo en el que vi toda la naturaleza al descubierto. Después de muchos discursos por una parte y por otra, le agradecí sus bondades, pues gracias a él, no sólo estaba yo en este agradable jardín, sino que tuve el honor de platicar con Saturno, tal y como deseaba desde hacía tanto tiempo. Pero, como todavía me quedaban algunas dificultades por resolver, que no había podido esclarecer a causa de la inopinada marcha de Saturno, le rogué con insistencia que en esta ocasión deseada me librara del escrúpulo en el que estaba, y le hablé de este modo: Señor, he leído los libros de los filósofos que de modo unánime afirman que cualquier generación se hace por macho y hembra; y no obstante, en mi sueño vi que Saturno sólo puso en nuestro Mercurio el fruto del árbol solar; considero que como señor del mar, conocéis bien estas cosas y os ruego que respondáis a mi pregunta. Cierto es, hijo mío (dijo), que cualquier generación se hace por macho y hembra; pero a causa de la distracción y diferencia de los tres reinos de la naturaleza, un animal de cuatro patas nace de una manera y un gusano de otra. Pues, aunque los gusanos tengan ojos, vista, oído y demás sentidos, nacen de la putrefacción, y su lugar, o la tierra donde se pudren, es la hembra. Igualmente, en la obra filosófica, la madre de esta cosa es tu agua, que tantas veces hemos repetido, y todo lo que nace de esta agua, nace a la manera de los gusanos por putrefacción. Por eso los filósofos han creado el Fénix y la Salamandra. Ya que, si eso se hiciera por la concepción de dos cuerpos, estaría sujeto a la muerte, pero como se revivifica a sí mismo, al ser destruido el primer cuerpo, éste es sustituido por otro incorruptible. Tanto más cuando la muerte de las cosas no es otra cosa que la separación de las partes de un compuesto. Así se hace en este Fénix, que se separa por sí mismo de su cuerpo corruptible.

Después, todavía le pregunté: Señor, ¿hay en esta obra cosas diversas o una composición de varias cosas? Hay una sola y única cosa (dijo), a la que no se añade nada, excepto el agua filosófica que te ha sido manifestada en tu sueño, la cual tiene que ser diez veces tan pesada como el cuerpo. Y cree, hijo mío, firme y constantemente, que todo lo que te ha sido mostrado de modo explícito por mí y por Saturno en tu sueño en esta isla, según la costumbre de la región, no es en absoluto un sueño, sino la pura verdad, la cual podrá serte descubierta con la asistencia de Dios y por la experiencia, maestra verdadera de todo. Y como quisiera yo preguntar e informarme de alguna otra cosa, después de haberme dicho adiós, me dejó sin respuesta, y me encontré despierto en la deseada región de Europa. Lo que te he dicho (amigo lector) te tiene que ser suficiente. Adiós.

A la única Trinidad, alabanza y gloria.

La visión de George Ripley

La visión de Ripley es muy diferente de las que hemos visto hasta ahora, sin embargo, como explica Saint Baque de Bufor en el texto que examinaremos en el próximo apartado, se refiere a lo mismo, es decir, a la unión de dos opuestos de una misma naturaleza, en este caso simbolizados por el sapo y las uvas.

Se atribuye al inglés George Ripley, nacido a principios del s. xv, canónigo de Bridlington, que llegó a ser chambelán del Papa Inocencio viii, en Roma. Sin embargo, según Ferguson,[13] parece que su autor fue un personaje anónimo que vivió un siglo más tarde.

La visión de Ripley es muy diferente de las que hemos visto hasta ahora, sin embargo, se refiere a lo mismo: a la unión de dos opuestos de una misma naturaleza, en este caso simbolizados por el sapo y las uvas.

Esta visión que describo aquí, apareció a mi vista confusa, estando una cierta noche ocupado con mis libros.

Vi un Sapo rojo beber el jugo de unos racimos con gran avidez, fuertemente, hasta estar sobrecargado de este licor y reventar. De su cuerpo emponzoñado echó un veneno mortal; el dolor que sintió hizo que empezara a hincharse en todas las partes de su cuerpo. Se aproximó a su secreta caverna, completamente repugnante por un sudor infecto y de los vapores apestosos y humeantes de su aliento, envenenó toda su guarida. Después de algún tiempo, de sus vapores se formó un humor dorado en el espacio de este lugar; que fue goteando de lo alto de la bóveda y manchó la tierra de un rocío de color rojizo. Cuando su cuerpo empezó a coger fuerzas, el aliento vital le faltó. Y este Sapo moribundo se volvió primero parecido al carbón (a causa de su color negro); estando así sumergido en el diluvio, emponzoñado de sus propias venas, durante el espacio de ochenta días se estuvo asando. Intenté eliminar este veneno, y a tal efecto puse su esqueleto sobre un fuego suave; lo que produjo una cosa sorprendente de ver, pero aún más de contar. Este Sapo estaba penetrado por todas partes de colores raros, y cuando toda esta diversidad de colores pasó, apareció el blanco. Tiñéndose a continuación de color rojo, permaneció siempre en ese estado. Hice a continuación una Medicina, con este veneno así preparado; con este veneno digo, que mata y que cura a aquél que se aventura a tomarlo.

Gloria sea a aquél que da estos secretos, honor y alabanzas eternas, con acción de gracias. Así sea.

 

Comentario de Saint Baque de Bufor

Este texto es un fragmento de la Concordancia Mito-Físico-Cábalo-Hermética,[14] y en él se instruye al lector acerca de la unión de los dos mercurios, representados en las fábulas y los mitos bajo una multitud de nombres distintos pero que, sin embargo, se refieren a una única realidad, «verídica y verdadera porque contiene la verdad».

Extracto de la Concordancia Mito–Físico–Cábalo–Hermética

Manipulando el verdadero légamo caótico del aire, se adivinan sin dificultad y progresivamente los enigmas filosóficos, se recorre toda la mitología y se penetra el verdadero sentido de ciertos pasajes del Antiguo Testamento y el de todas las obras de Salomón; se instruye uno de una forma tan clara y tan precisa de la realidad, de la posibilidad y de los medios de conquistar el fruto del Jardín de las Hespérides, que ninguna consideración humana puede apartar de su trabajo al artista feliz que ha conseguido domar los toros flamicórneos a la vigilancia de los cuales estaba confiado.

La infusión de la influencia supraceleste es un poder activo, vivificante e invisible que baja del cielo empíreo y se mezcla, dice Basilio Valentín, con las propiedades de los astros; de esta mezcla, dice, se formó un tercer ser entre el cielo y la tierra que es la primera producción que el aire transmite a todos los mixtos sublunares. Si este principio espiritual se encuentra en la naturaleza de cada ser para su existencia, encuentra también a aquél que necesita para su restablecimiento y para su alimento diario en el fluido espiritual del que el aire es la envoltura y el vehículo: «Feliz paso del Mar Rojo, añade, para todo el que sepa pasar y cruzar a pie enjuto; he aquí el libro, la antorcha, el espejo, el precepto y guía de la filosofía hermética, del conocimiento de la naturaleza celeste y terrestre, del conocimiento de Dios y de nosotros mismos».

Manipulando el verdadero légamo caótico del aire, se adivinan sin dificultad y progresivamente los enigmas filosóficos, se recorre toda la mitología y se penetra el verdadero sentido de ciertos pasajes del Antiguo Testamento y el de todas las obras de Salomón

Poco después de haber puesto el légamo del aire en el vaso, comienza el desarrollo de la obra por la visión del Mar Rojo. Hay que pasarlo a pie enjuto si se quiere gozar de la tierra prometida. Esta tierra no es sobre la que andamos; por el contrario, ella se pasea sobre nuestras cabezas. Es esta tierra virgen en la que el fluido espiritual se corporifica por amor, dicen los filósofos, y a la que han llamado sal de sapiencia, sal nitro vital, esencia caótica, espíritu universal, mercurio de vida, etcétera.

Sólo esta tierra, sobre la superficie del globo, podía producir los enormes racimos de uvas que trajeron a Moisés los dos israelitas que envió hacia la tierra prometida; sólo con unas uvas tan extraordinarias podía formar Moisés el licor que redujo al becerro de oro a substancia líquida y potable cuyas virtudes curaron a los israelitas de la lepra. Si Moisés no hubiera pasado el Mar Rojo a pie enjuto jamás habría visto la tierra prometida y jamás había poseído las uvas celestes que produce.

Esta tierra prometida es la tierra pura y sutil que elementa el globo terrestre, según Paracelso; es su elemento predestinado, su elemento simple, es este espíritu de fecundidad destinado a vivificarlo; es ella la que le da las cualidades apropiadas para servir de materia a los vegetales y a los minerales que desarrolla su germen, que se une a ellos y que les hace vegetar.

El Mar Rojo de Moisés, por el que volvieron Osiris y Baco a Egipto después de su expedición, el del judío y filósofo Abraham, es la misma substancia y la misma materia que la que produce la sangre de los inocentes de Flamel, que el vino tinto de Raimundo Lulio, que el león rojo de Custulaneo y de Paracelso, que el origen de la goma roja de María la profetisa, hermana de Moisés, o… que el menstruo hediondo de Ripley, que el mar de sangre de Fabre, que la sangre de Pitágoras, que la del Dragón ígneo de Hermófilo y de Filaleteo, etcétera…

Por la misma razón, los sabios inventores de las ficciones de la mitología hicieron nacer a Mercurio, hijo de Maya, en una montaña; porque hasta que el mercurio de abajo o terrestre haya atraído al mercurio de arriba o celeste, el artista no posee más que las alas atadas a los pies de Mercurio; es decir, que no posee todavía más que la mitad del todo.

 

NOTAS

[1] E. d’Hooghvorst, El Hilo de Penélope, Arola ed., Tarragona, 2000, p. 19.

[2] H. Corbin, Corps spirituel et Terre céleste, ed. Butchet-Chastel, París, 1979, p. 8. Se trata de un texto muy clarificador respecto a este tema. Véase también: E. d’Hooghvorst, «La Medusa y el Intelecto», op. cit., pp. 137 y ss., e infra, «La avara Dido» de A. Lynxe.

 [3] Bibliothèque des Philosophes Chimiques, chez A. Cailleau, París, 1741, pp. 437 y ss. Véase el sueño completo en las páginas siguientes.

[4] Ibídem, p. 28.

[5] Ibídem, p. 19.

[6] Midrach Rabah, ed. Epstein, Jerusalén s. d., i, 196.

[7] Th. Vaughan dit Eugène Philalèthe, Oeuvres complètes, ed. La Table d’Émeraude, París, 1999, p. 194.

[8] E. d’Hooghvorst, op. cit., p. 247.

[9] Lachower y Tishby, Michnat haZohar (‘Enseñanza del Zohar’), ed. Institut Bialik, Jerusalén, 1971, t. ii, p. 137.

[10] Respecto al significado de estos dos nombres, así como al origen de la Turba de los Filósofos, véase E. d’Hooghvorst, op. cit., pp. 329 y ss.

[11] F. Rouillac, «Abregé du Traité du Grand Oeuvre des Philosophes», in Bibliothèque des Philosophes…, cit., t. iv, pp. 261-262.

[12] «Novum Lumen Chemicum. Parabola, seu Ænigma Philosophicum», in Bibliotheca Chemica Curiosa, t. ii, pp. 473 y ss.

[13] J. Ferguson, Bibliotheca Chemica, Kessinger Publishing Comp., U.S.A., 2001, voz: Ripley. Ver todas las imágenes del rollo en: https://www.arsgravis.com/la-piedra-filosofal-segun-george-ripley/

[14] Concordancia Mito-Físico-Cábalo-Hermética, ed. Obelisco, Barcelona, 1986, pp. 112 y ss.