Una de las más fascinantes derivaciones del saber taoísta es la alquimia, un arte que en principio no se relacionaba con el Taoísmo pero que más adelante adaptó sus teorías. Jordi Vilà i Oliveras, (co-autor de la última edición del “Yijing” o “Libro de los cambios” publicada por Atalanta)

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El Taoísmo chino se ha formado a lo largo de más de dos milenios, en una compleja mezcla que va mucho más allá de una división artificial entre un taoísmo “filosófico” de corte humanista, y uno “religioso”, supersticioso y por tanto, inferior al primero. En realidad, el conjunto de prácticas que conocemos como Taoísmo es una fusión de distintas vías de especulación filosófica, centradas en dos figuras capitales – Laozi, el fundador del Daoísmo, y Zhuangzi, un extraordinario narrador que elucida las ideas del anterior en un lenguaje literario exquisito –, a las que se pueden sumar distintas técnicas arcaicas de éxtasis provenientes del Sur de China, la alquimia operativa y la alquimia especulativa, las técnicas de fomento de la salud y larga vida de los maestros en ciencias ocultas, las técnicas de exorcismo y curación ritual, la antigua medicina china y regulaciones religiosas inspiradas en el budismo.

Una de las más fascinantes derivaciones del saber taoísta es la alquimia, un arte que en principio no se relacionaba con el Taoísmo, pero que más adelante adaptó las teorías de éste. El origen de la alquimia (lian dan, fusión del elixir) queda atestiguado históricamente hacia el siglo II aC, pero encuentra sus orígenes textuales en el siglo III dC, donde se la describe como una técnica ritual compleja, que incluye teorías cosmológicas, reglas para el mantenimiento de la salud, química, metalurgia, medicina y tradiciones esotéricas, destinada a propiciar la comunicación con unos “Seres Perfectos” que viven apartados en una isla mística, e incluso llegar a formar parte de su comunidad ultramundana. Desde principios de nuestra era, la búsqueda de esta isla de bienaventurados queda en manos de la cofradía de los fangshi (maestros en artes ocultas), maestros en técnicas respiratorias, medicina, astronomía, geomancia, adivinación, música, adivinación, etc., que se transmitían oralmente de maestro a alumno en forma de ceremonias de iniciación. Las creencias de estos especialistas se fundieron con técnicas pertenecientes a escuelas independientes como la del yin-yang y la de los Cinco Agentes (wu xing, madera, fuego, tierra, metal y agua), absorbiendo los principios de éstas para formar un solo corpus.

Los fundamentos teóricos de la alquimia consistían en la creencia de que, a lo largo de un proceso meticulosamente estructurado, y gracias a la utilización de distintos productos minerales y materias vegetales, el adepto podía llegar a crear químicamente un tipo de materia (una medicina, un elixir, oro…) libre de todas las imperfecciones causadas por el paso del tiempo, y capaz de restituir el momento primordial anterior a que el mundo se dividiese en las dos polaridades opuestas del yin y el yang.

Lo más importante en esta creencia era que durante el proceso de creación de un oro perfecto, el cuerpo y el alma del alquimista se irían purificando simultáneamente, transformándole en una persona más evolucionada, liberada de toda la escoria adquirida durante la experiencia de la vida, y capaz de recrear el mundo. El trabajo operativo en el laboratorio (wai dan, alquimia externa), encuentra su eco en el trabajo interior del adepto (nei dan, alquimia interna) y en textos medievales chinos se anuncia la necesidad de completar la vía interna, que se ve como superior, para poder alcanzar la meta final del método inferior que es la alquimia externa.

Hacia el siglo IV, con el desplazamiento de la élite cultural china hacia las regiones del Sur, la alquimia operativa y el complejo sistema de creencias que actualmente conocemos como Daoísmo (Taoísmo), y coincidiendo con la muerte por envenenamiento de varios emperadores en el siglo VII, la alquimia externa va cediendo su lugar a otro tipo de práctica, denominada alquimia interna (nei dan) aunque una denominación más precisa sería jin dan (elixir de oro) o huan dan (elixir convertido).

La alquimia interna es una forma de cultivo interior que conduce a la trascendencia, y que emplea el lenguaje de la alquimia operativa para describir las sucesivas fases del trabajo. Su meta consiste en la reunificación de las energías corporales y ha sido el principal método de cultivo interior en el Taoísmo durante más de mil años. Sin embargo, su propia tradición escrita es explícita al referirse al hecho de que los secretos más importantes nunca son revelados en los textos, sino que dependen de la tradición oral y deben aprenderse directamente de un maestro iluminado.

La labor del alquimista es recuperar la pureza de la energía anterior al mundo material, representada por el período prenatal (denominado “anterior al Cielo” en los textos). Al ser todo el mundo manifestado (“posterior al Cielo”) una tensión entre dos polos opuestos, denominados yin y yang, esto sólo puede lograrse mediante prácticas de profunda meditación contemplativa.

Para permitir a los adeptos realizar el duro camino hacia la perfección que han elegido, en la alquimia interna nei dan (más o menos a partir del siglo X), se usan principalmente tres teorías distintas, que permiten ir completando las distintas etapas del trabajo:

En primer lugar, se toman prestados de la alquimia operativa (jin dan “elixir de oro”, o lu huo “fuego de hornillo”) nombres como mercurio y plomo, con los que se creaba un tipo de masa con la que se sellaba el crisol; el oro, símbolo de la incorruptibilidad o el cinabrio o sulfito natural de mercurio (HgS), que es un tipo de mineral rojo abundante en el sur de China, muy relacionado con las ceremonias mortuorias desde el siglo VI a.C., y que formaba parte esencial en la composición del elixir. La dificultad reside en el hecho de que un mismo nombre puede significar distintos elementos en distintas fases de la obra (p. ej. el mercurio puede ser el yang mundano o el yin puro, el alma, la mente, etc). Los grandes centros energéticos del cuerpo humano, en los que se desarrollan las diferentes etapas de transmutación, llevan el nombre de campos de cinabrio (dantian).

En segundo lugar, la alquimia hace uso extensivo de los conceptos filosóficos surgidos de una antigua rama del Taoísmo conocida como Huanglao, binomio compuesto por el nombre de los dos grandes fundadores legendarios del Taoísmo: Huangdi, el Emperador Amarillo, uno de los padres de la civilización china y patrón de las ciencias ocultas, y Laozi, el Viejo Maestro, fundador histórico de la filosofía que posteriormente se denominaría taoísta y redactor del breve y enigmático Daodejing (‘Libro del Tao y su virtud’). Todo el proceso alquímico se basa en la noción de “inversión” (fan), el retorno, que es uno de los temas centrales del texto de Laozi. Además, la obra inferior, vista como el proceso previo a la auténtica transmutación, emplea la acción premeditada (you wei), que se contempla como una “virtud inferior”, muy por debajo de la acción sin afección (wu wei), usada en las fases finales del trabajo, en la que sólo la contemplación más natural y espontánea permitirá la creación del elixir de la larga vida.

En tercer lugar, se emplea la simbología de los trigramas y los hexagramas del Yijing (el ‘Libro de los Cambios’), que sirven como marcadores de los momentos exactos que indican las etapas del trabajo. Cuatro de las sesenta y cuatro figuras de este texto sapiencial representan los elementos y las “medicinas” con las que se trabajan, y los otros sesenta simbolizan el paso del tiempo (dos hexagramas para cada día del mes lunar) y se usan como indicador del tipo de energía celestial que domina en un instante preciso y como mapa del aumento y disminución de las energías yin y yang dentro del propio cuerpo. El mayor secreto de la alquimia china, el llamado “proceso de cocción” (huo hou lit. fases del fuego), consiste en cómo utilizar estos símbolos de manera correcta. Según todos los maestros, este secreto jamás se ha puesto por escrito en ningún libro.

Estas tres tecnologías se mezclan para lograr el método de reunificación de dos componentes vitales en el interior del Ser humano: por un lado, los aspectos psíquicos, emocionales e invisibles, denominados xing (naturaleza innata), y los aspectos físicos, energéticos y orgánicos llamados ming (vida). En la fase prenatal, el embrión humano contiene en sí mismo ambos aspectos de manera unificada, pero después del nacimiento, se van distanciando (xing asciende hacia la cabeza y ming desciende hacia el abdomen y los genitales), hasta que su separación provoca el fin de la vida.

Para llevar a cabo la Gran Obra que volverá a unir los dos componentes, el adepto contempla su propio cuerpo como el laboratorio; el corazón y los riñones son el crisol y el horno y las materias que deberán usarse son los Tres Tesoros:

Esencia (jing), que corresponde grosso modo con el cuerpo físico

Energía (qi), que se asocia con el aliento interior, la energía vital y también con la respiración

Espíritu (shen), que se relaciona con las funciones de la mente.

El alquimista debe recoger estos tres elementos, como si de minerales o plantas medicinales se tratase, y mezclarlos dentro del crisol (los centros psíquicos dantian, que pueden situarse en distintas partes del cuerpo), para su cocción, gracias a la acción del pensamiento concentrado, que representa el fuego.

Este trabajo se completa en cuatro etapas claramente diferenciadas, que pueden variar ligeramente, dependiendo de la escuela o el maestro, pero que siguen un proceso gradual de refinado interior. Un poema muy famoso dentro de la tradición alquímica dice así:

Fundir la esencia y transmutarla en energía (lian jing hua qi)

Fundir la energía y transmutarla en espíritu (lian qi hua shen)

Fundir el espíritu para retornar al Vacío (lian shen huan xu)

Fundir el Vacío para unirse con el Tao (lian xu he Dao)

Cuando el cuerpo, la respiración y la mente se funden en una sola unidad, se obtiene el “elixir” (dan, lit. “cinabrio”, como hemos visto anteriormente), que es un tipo de medicina destinada a reparar los daños provocados por el paso del tiempo y por distintos factores emocionales, físicos, energéticos, sexuales o alimenticios, que conducen a una pérdida continua de vitalidad en forma de goteo (lou), que termina conduciendo a la muerte.

Es por ello que, durante el proceso alquímico, en la práctica se tiende a sintetizar distintos elementos de las prácticas daoístas: técnicas respiratorias, visualizaciones, ejercicios energéticos (hoy conocidos como Qigong), alquimia, meditaciones, masajes y dieta.

El alquimista debe realizar un proceso destinado a “fijar” el alma yin, terrenal (po) movida por las pasiones y las emociones, que se convierte, después de la muerte, en un espíritu telúrico, controlando a su gemela, el alma yang, celestial (hun),de naturaleza luminosa,

El adepto buscará someter sin cuartel a todas aquellas actividades humanas que otorgan poder al alma po, responsable de la división entre el yin y el yang que moran en el interior de cada ser humano, y ejercitarse en técnicas que sublimen al alma yang para que ésta pueda volver a reunir los polos opuestos y alcanzar la unidad.

Entre estas prácticas se encuentran métodos para afinar la respiración hasta suspender cualquier movimiento externo que la delate, en forma de Respiración Embrionaria (tai xi); la abstención de alimentación sólida durante períodos prolongados de tiempo (bi gu, lit. abstención de cereales), y la retención de la eyaculación en hombres o la suspensión de la menstruación en mujeres. Como se puede observar, todas estas técnicas están destinadas a evitar las tres principales acciones humanas que perpetúan la vida: respiración, alimentación y procreación.

Al no permitir ninguna expresión exterior de las fuerzas vitales, éstas pueden concentrarse en el interior, dando nacimiento a un nuevo ser humano, invisible e intangible, pero rector de todas las actividades en el interior del adepto. Este ser humano, constituido de qi, la energía-aliento material que es el eje central de la filosofía energética de China, es representado por la imagen alquímica del Elixir de Oro, una píldora refulgente y llena de vida que aparece en la superficie del crisol en la fase final de la alquimia operativa.

Este homúnculo representa el alma del alquimista, y poco a poco se le permitirá exteriorizarse fuera del cuerpo del adepto durante breves instantes que irán prolongándose paulatinamente. Esta alma inmortal, libre de la escoria de la dependencia de la temporalidad, es llamada en algunos textos Flor de Oro (jin hua), un brote de energía pura que eclosionará cuando se corte el último de los lazos con la energía caduca que vamos adquiriendo a lo largo de la vida. Finalmente, una vez consumada la Gran Obra, abandona el cuerpo físico y asciende a los Cielos.

El verso 33 del Daodejing dice: “morir pero no desaparecer: he aquí la longevidad”. A lo largo del proceso, el alquimista, aún sujeto a la inevitable muerte, ha reordenado su cosmos interior y lo ha armonizado con el macrocosmos natural, y lo ha conseguido en esta vida, manteniendo su corporalidad y sin renunciar a la cotidianeidad, realizando en verdad una Gran Obra.

Un gran alquimista llamado Liu Yiming (1734-1821) escribió: “No existe ningún Elixir de Oro fuera de nuestra propia naturaleza fundamental. / Cada ser humano posee este Elixir de Oro completo en su interior: / todo el mundo lo posee totalmente completado. / Un sabio no posee más cantidad, ni una persona ordinaria tiene menos. / Es la semilla de la inmortalidad y el estado de Buda, / la raíz de la nobleza y la sabiduría”.

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