Las figuras representan al Buda Shakyamuni, a su discípulo Ananda y a Kasyapa, el gran asceta. Tibet, principios del s. XX, Biblioteca Real de Dinamarca. Edición, R. Arola y L. Vert.

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Buda Sakyamuni

Siddharta Gautama era príncipe de la casta de los Sakya, nacido alrededor del año 566 a.C. en lo que es ahora el sur de Nepal. Todo lo que se sabe acerca del nacimiento de este príncipe proviene de leyendas surgidas muchísimos años después de su muerte. Se dice que cuando Siddharta nació, un profeta predijo que la vida de aquel niño podía tomar dos rumbos: podía llegar a ser un gran emperador del mundo, o por el contrario, se convertiría en un gran maestro espiritual.

Ante esta profecía, el padre de Siddharta temeroso de perder al futuro heredero del reino, le consiguió una esposa a su hijo y lo confinó a los pisos altos del palacio, rodeándolo de mujeres y placeres para su deleite. De esta forma, el Rey mantuvo al príncipe durante varios años recluido en su propio hogar, advirtiéndole a todos los criados que por ningún motivo dejaran salir a Siddharta al mundo exterior.

Pero cansado de tanta comodidad y placer, el joven Siddharta empezó a abrigar en su corazón el deseo de conocer el mundo que existía fuera de las paredes del palacio.

Después de varias negativas por parte de su padre, Siddharta por fin obtuvo el permiso para salir de su hogar. Al parecer, el príncipe realizó cuatro salidas fuera del palacio. En cada una de estas salidas conocía algo que lo dejaba inquieto.

En la primera salida, Siddharta vió por primera vez a un anciano y de esa forma conoció la vejez, comprendiendo que todo lo que en algún momento tiene juventud y frescura, termina siendo viejo y decrépito.

En la segunda salida, el príncipe conoció a un hombre extremadamente enfermo. Algo que nunca antes había visto. Así entendió que todo lo que en algún momento está sano, puede llegar a enfermarse.

La tercera vez que salió, Siddharta vio una procesión de hombres llevando un cadáver. Esto lo dejó muy perturbado, porque era la primera vez que tenía contacto con la muerte. De esta forma supo que todo lo que en algún momento tiene vida, es susceptible de morir en algún otro momento.

Todo ello lo llevó a preguntarse una y otra vez por qué sucedían estas cosas, por qué había tanto sufrimiento en el mundo. Y en su interior surgió la firme determinación de resolver estas preguntas que tanto lo atormentaban.

En la cuarta salida del palacio, Siddharta seguía viendo el sufrimiento de los seres y seguía haciéndose las mismas preguntas. Pero de pronto, observó algo que lo dejó aún más perplejo. En medio de la infelicidad del mundo, había un hombre totalmente tranquilo, con rostro apacible, al que parecía no afectarle nada de lo que estaba ocurriendo. Era como si nada existiera a su alrededor. Entonces, el príncipe le preguntó a su ayudante: “¿Quién es éste?” Y la respuesta fue: “Es un hombre que ha renunciado al mundo”. A partir de este momento, la vida de Siddharta tomaría un nuevo rumbo, se retiraría del mundo al igual que aquel asceta.

El Rey Suddhodana se negaba a dejar ir a su hijo, e incluso lo amenazó con desheredarlo si lo desobedecía. Pero la resolución de Siddharta era más fuerte y abandonó el palacio sin saber si algún día volvería.

En los años sucesivos, Siddharta conoció varias doctrinas sobre la Verdad y la Vida. En muchas de esas doctrinas se enseñaba que el cuerpo y los deseos eran un obstáculo para la realización espiritual. También era muy común la creencia de que las prácticas ascéticas difíciles, duras y prolongadas generaban energía espiritual, que proporcionaría poderes sobrenaturales como la clarividencia, la levitación, la capacidad de curar, hacerse invisible, atravesar cuerpos sólidos y la ubicuidad. Fue así como el príncipe que había renunciado a su palacio y a los placeres, pasó seis años en compañía de cinco mendigos ayunando en un esfuerzo por adquirir el control total de su cuerpo y de su mente. Esta práctica fue llevada a tal extremo que llegó a comer solamente un grano de arroz al día y en ocasiones ni siquiera eso.

Pero después de seis años de tan terrible austeridad, su cuerpo estaba totalmente demacrado y débil. Y un día mientras estaba sentado realizando su práctica ascética frente a un río, vio una barca que pasaba con un maestro de música y su discípulo afinando un instrumento musical de cuerda. Siddharta escuchó al maestro decirle al alumno: “Si la cuerda está demasiado floja, no producirá el sonido adecuado. Y si la cuerda está demasiado tensa, se romperá fácilmente”. Estas palabras le hicieron comprender que su ascetismo no lo llevaría a nada más que a la muerte y que lo correcto era tomar el camino del medio: ni en busca de los placeres, ni en busca de la mortificación.

Entonces, Siddharta decidió abandonar ese estilo de vida y retirarse para seguir buscando las respuestas a sus inquietudes en otro lugar. Los mendigos que lo habían acompañado durante todo este tiempo le censuraron por tener un carácter débil y lo dejaron partir.

A los treinta y cuatro años supo que ya había llegado a la última etapa de su búsqueda. Un día escogió un árbol y se sentó bajo su sombra con las piernas cruzadas, controlando la respiración y haciendo el voto de permanecer allí hasta que hubiera alcanzado la comprensión real. Durante los siguientes cuarenta y nueve días no se movió ni comió. Mientras estuvo en esta posición, se le presentaron muchas visiones y tentaciones. Podía recordar todo lo que había vivido y todo lo que había abandonado. Veía su vida en el palacio y se le presentaban mujeres desnudas seduciéndolo e incitándolo a abandonar sus propósitos. Veía además, todas las comodidades, lujos y placeres que podía tener si volvía con su padre. También veía monstruos terribles que intentaban atacarlo, pero, a pesar de todo, la determinación de Siddharta era grande y permaneció apacible sin reaccionar ante esas visiones.

Un día, al amanecer, vio el resplandor de una estrella y fue entonces cuando alcanzó un estado superior de conciencia. A partir de ese momento se le conoció como Buda, “aquel que ha despertado”, “aquel que se ha iluminado”.

También se le conoce como Sakyamuni, que significa “el sabio de los Sakyas”. Es importante resaltar que la palabra Buda no es un nombre propio sino un calificativo. Así, todos los seres que obtienen la iluminación son Buda. Sin embargo, cuando de manera específica se habla de Buda, se hace referencia a Siddharta Gautama.

Se dice que después de su iluminación, el Buda Sakyamuni no quería dar ninguna enseñanza, debido a que la Verdad que había encontrado era tan pura y tan profunda que sería inútil tratar de hacérsela entender a un mundo racional y lleno de ilusiones. Pero el compromiso que había adquirido con todos los seres lo impulsó a enseñar el camino que conduce hacia la sabiduría y la paz.

Los primeros que recibieron sus enseñanzas fueron los cinco mendigos con quienes compartió sus años de austeridad. Primero, al verlo, se burlaron de él y le recordaron sus antiguos votos. Entonces Buda les respondió: “La austeridad sólo confunde la mente. En el agotamiento y el estupor mental a los que conduce no se pueden seguir entendiendo las cosas ordinarias de la vida, y menos aún la verdad que se encuentra más allá de los sentidos. He abandonado los extremos del lujo y del ascetismo. He descubierto el camino del medio”.

Las enseñanzas del Buda reciben el nombre de Dharma, palabra sánscrita que literalmente significa “lo que es”, y “doctrina o ley universal”. Una de las enseñanzas fundamentales contenidas dentro del Dharma, es la que se conoce como “Las Cuatro Nobles Verdades”, que pueden resumirse así: 1- La Noble Verdad de la existencia del sufrimiento; 2- La Noble Verdad de la causa del sufrimiento; 3- La Noble Verdad de la extinción del sufrimiento; 4- La Noble Verdad del camino que conduce a la extinción del sufrimiento.

Buda pasó el resto de su vida enseñando el Dharma a todos los que se le acercaban. Pero hubo un hecho particular que, según se dice, marcó el comienzo del Zen. En una ocasión, Siddharta Gautama, el Buda Sakyamuni llegó a un lugar llamado “Pico del Buitre” y convocó a sus discípulos en torno a él. Les habló del camino que debe seguirse para alcanzar la serenidad. No había terminado de dar la lección, cuando se le aproximó un rajá y le obsequió un ramo de flores. Buda levantó las flores en el aire y las observó con tranquilidad y en silencio. Entonces, un discípulo llamado Kasyapa (o Mahakasyapa) miró a Buda y sonrió ligeramente. Buda le dijo: “Percibo que solamente tú has sido capaz de comprender la doctrina”. Más adelante, Buda le enseñaría su forma de meditación a Mahakasyapa, y éste se la transmitiría a su sucesor Ananda.