El símbolo de la serpiente aparece como el vínculo que une dos rituales tradicionales de dos continentes distintos: el de los hombres-serpiente africanos y el ritual de la serpiente de los indios hopi recogido por Aby Warburg. Artículo de Lluïsa Vert

En un libro antiguo titulado El imperio de las serpientes [1], se cuenta cómo su autor, Frederic Grosvenor Carnochan (1890-1952), en aquel momento asistente del Museo Americano de Historia Natural que viajo a Tanganika en busca de especies para dicho Museo, llegó a obtener la más alta iniciación en una de la cofradías más secretas de África, la de los hombres-serpiente, miembros del sagrado Imperio de las serpientes. Un imperio que se extendía por toda África y del que nadie hablaba pues todos lo temían. En sus ceremonias iniciáticas, que el autor cuenta con pocos detalles debido al secreto al que se comprometió bajo pena de muerte, los hombres-serpiente tratan con ellas sin ningún miedo, ya que jamás reciben una mordedura por su parte por muy venenosas que sean y por muy furiosas que estén.

Grabado de unos hombres-serpiente.Tanzania

Según su opinión, la existencia del Imperio de las serpientes se remontaría hasta el tiempo y el país de los Faraones y por eso Moisés habría conocido ciertos secretos practicados por los hombres-serpiente. Uno de los ejemplos que propone el autor es el milagro del agua surgiendo de la roca del desierto después de que Moisés la golpeara con su vara y que le recordaba de forma extraña los milagros realizados por los  “hacedores de lluvia”, [2] uno de los más altos grados iniciáticos de los hombres-serpiente, cuando querían mostrar su poder, y de los que él mismo fue asombrado testigo.

La existencia del Imperio de las serpientes se remontaría hasta el tiempo y el país de los Faraones y por eso Moisés habría conocido ciertos secretos practicados por los hombres-serpiente

Sin embargo y como explica a continuación, el papel principal de los hombres-serpiente sería el de religar los muertos con los vivos gracias a los espíritus ancestrales. El pueblo de los wanyamwezi de Tanganika cree que la atmósfera que los envuelve está poblada por los espíritus de los muertos para influir en los actos de los vivos y cuentan con la ayuda de los hombres- serpiente para mantener una buena relación con ellos. Así, los hombres-serpiente, además de atraer la lluvia y dominar las aguas son los mediadores entre este mundo y el más allá.

 

También Abi Warburg utilizó un antiguo ritual relacionado con las serpientes para exorcizar la enfermedad mental que lo tenía retenido en una clínica psiquiátrica en Suiza. El 21 de abril de 1923 y apoyándose en aproximadamente cincuenta diapositivas pronunció una conferencia conocida como El ritual de la serpiente, [3] en la que disertó sobre una ceremonia de los indios hopi, una tribu que Warburg conoció en su viaje a tierras norteamericanas. Durante su estancia no pudo contemplar este ritual en concreto, pero su contacto con las tradiciones de los hopi, llamados también indios pueblo, le reveló lo que sería el objeto de su estudio en el futuro. Aunque, como él mismo reconoce en unas notas que escribió este mismo año, jamás hubiera podido imaginar que aquél viaje resultara de tanta importancia para él:

Todavía no sospechaba que, gracias a esta experiencia americana, me parecería mucho más clara la relación orgánica entre el arte y la re­ligión de los pueblos «primitivos»; que sería capaz de distinguir con nitidez la identidad, mejor dicho, el carácter indestructible, del ser humano primitivo, que es el mismo en todas las épocas. Así pude demostrar que el hombre primitivo formaba parte de la cultura del primer Renacimiento florentino y de la cultura de la Reforma.[4]

Es decir, que su experiencia con los hopi le permitió captar la supervivencia de unas imágenes dotadas de una potencia inextinguible que se manifiestan a lo largo de los siglos y en distintas culturas. Unas imágenes gestuales que él denominó pathosformel [5], llenas de un significado indestructible, que perviven en la conciencia de la humanidad y que Warburg intentó estudiar y clasificar en su obra más conocida: El atlas Mnemosine, un archivo de la memoria cultural que definió como una historia de fantasmas para personas verdaderamente adultas. Por eso Didi-Huberman califica el viaje de Warburg a Nuevo Méjico en 1895 como un “viaje a las supervivencias” [6].

La experiencia de Aby Warburg con los hopi le permitió captar la supervivencia de unas imágenes dotadad de una potencia inextinguible

Antes explicar la ceremonia de la serpiente, que como hemos dicho no llegó a contemplar, Warburg se detuvo en otras que sí pudo ver como la ceremonia de las kachinas, una danza que a él le pareció demoníaca y en la que los hombres revisten unas máscaras llamadas kachina que representan a distintos espíritus sobrenaturales, ya sea el espíritu de un muerto, de un fenómeno, o de un concepto.

Indio hopi con una máscara kachina

Las kachinas son tanto las máscaras que llevan los hombres en las ceremonias rituales, como unas muñecas, que para nada sirven como juguete. Talladas en madera, las más antiguas, se guardan en las kivas, los recintos sagrados de los indios pueblo.  Simbolizan lo sobrenatural y lo primigenio, es decir los ancestros que vinieron de otros mundos o de las estrellas y que penetraron en éste a través del sipapu de la kiva primordial. El sipapu es un pequeño agujero situado en el centro de cada kiva que simboliza la apertura hacia otros mundos.  Es también el portal por donde los ancestros emergieron para entrar en este mundo y por donde pueden comunicarse en todo momento. En este sentido representaría el centro del mundo. Después de este tiempo primordial, los ancestros y los demás espíritus se retiraron a las cumbres de unas altas montañas conocidas en la actualidad como los Picos de San Francisco.

 

En una estas kivas, concretamente en la de Walpi, un poblado de la zona de Oraibi un antiguo asentamiento en Nuevo México, era donde se guardaban las serpientes, en su mayoría cascabel, que durante los dieciséis días anteriores a la ceremonia los indios pueblo habían recogido en el desierto y que después protagonizarían la ceremonia relatada por Warburg.  En la kiva, las serpientes pasaban por distintos procesos de purificación en los que eran sumergidas en aguas bendecidas con hierbas medicinales. Allí permanecían junto con los sacerdotes hopi hasta el último día, cuando eran trasladadas a un árbol o arbusto, limitado por un círculo trazado en el suelo, desde donde los indios las cogían las acariciaban durante  cierto tiempo y después las enviaban  de vuelta al desierto como mensajeras de sus oraciones.

La kachina simbolizan lo sobrenatural y lo primigenio, es decir, los ancestros que vinieron de las estrellas y que penetraron en éste a través del sipapu de la kiva primordial

Por último, el sumo sacerdote del clan de las serpientes iba entregándolas a cada uno de los participantes en la ceremonia que se la colocaba en la boca y empezaba a bailar al ritmo de los cascabeles que los danzantes llevaban atados en las piernas. Él o un compañero que se movía junto a él y que lo agarraba por los hombros, distraían a la serpiente con el pequeño bastón de oraciones con unas plumas águila en uno de los extremos, mientras que un tercero recogía las serpientes que se deslizaban de las bocas hacia el suelo y las devolvía a los danzantes. La danza se ejecutaba en una pequeña plaza y tenía una duración de menos de media hora, después las serpientes se devolvían  al desierto, a partir de las cuatro direcciones, donde rápidamente desaparecían.

El propósito conocido de esta ceremonia era la de atraer la lluvia que en el caluroso mes de agosto desaparece totalmente siendo imprescindible para las cosechas, pero, como ocurre en estos casos, la lluvia era también un don de dios o incluso el dios mismo. Según Warburg, se trataría de un intercambio ritual en el que la serpiente se convierte en un elemento mediador entre el hombre y la divinidad, gracias a ella el agua celeste se vierte sobre la tierra. La serpiente actúa como un iniciado en el culto de los misterios, como antes hemos visto que sucedía con los hombres-serpiente africanos.

Según Warburg, esta ceremonia se trataría de un intercambio ritual en el que la serpiente se convierte en un elemento mediador entre el hombre y la divinidad, gracias a ella el agua celeste se vierte sobre la tierra

Después de relatar la ceremonia, Warburg añade un elemento innovador en su planteamiento y es el hallazgo de una relación formal entre dicha ceremonia y las que tenía lugar en la antigua Grecia, donde las ménades bailaban con serpientes vivas. Igualmente Warburg menciona la relación de este animal con el mal del Antiguo Testamento o con el grupo escultórico de Laoconte. en el que él y sus hijos aparecen envueltos por unas serpientes que los destruirán. Este es el aspecto demoníaco y destructivo de la serpiente, pero no es el papel que juega este símbolo en las ceremonias hopi.

Y como no podría ser de otro modo, Warburg reconoce la otra cara del símbolo, pues los símbolos son ambivalentes  en su significado, y menciona su poder curativo y benéfico que aparece manifestado, por ejemplo,  en Asclepio, el dios serpiente y el gran médico capaz de curar todas las enfermedades. Warburg también cita las dos serpientes enrolladas en una vara que forman el caduceo de Mercurio, y esto nos  parece importante, pues la serpiente es precisamente uno de los símbolos del mercurio de los antiguos alquimistas.

Entre otros muchos significados todos ligados al mercurio alquímico, Dom Pernety explica lo siguiente en su diccionario hermético del s. XVIII en la voz serpiente: “El nombre de serpiente también es dado al mercurio porque es fluido como el agua y serpentea como ella” [7].  La identificación de la serpiente con el mercurio alquímico, o con el dios de este mismo nombre,  refuerza su papel de mediador, pues el mercurio es el elemento que media entre el cuerpo entendido como la sal y el azufre o el fuego sobrenatural. Simboliza también el agua de la gracia que disuelve semilla adánica oculta dentro del ser humano para que pueda fructificar, por eso se decía que Mercurio era el dios mensajero, porque su papel era el de unir lo que estaba en el interior de la tierra con el cielo y viceversa.

«El nombre de serpiente también es dado al mercurio porque es fluido como el agua y serpentea como ella”

Gracias a la serpiente, las aguas del cielo se derraman sobre la tierra, ella es la que se eleva desde lo bajo y lleva el mensaje del hombre hasta Dios. Un símbolo, en fin, que ha aparecido y pervivido a lo largo de los siglos y en muy distintas civilizaciones como es fácil de comprobar.

Aby Warburg en su viaje a Arizona

Después de la muerte de Warburg, el  Warburg Institute publicó finalmente esta conferencia con un epílogo de Ulrich Raulff en el que afirma que, en su lucha contra la locura, esta conferencia se convirtió para su autor en un exorcismo, explica Raulff:

Warburg utilizó el símbolo por excelencia de la amenaza contra la racionalidad humana como instrumento para examinar su ratio. Los indígenas de Norteamérica —tema central de su conferencia— le sirvieron a Warburg como una especie de máscara detrás de la cual afrontó una empresa peligrosa: exorcizar el miedo a través de los símbolos.

Quizá fuera esa la razón por la que Warburg se negó siempre a que esta conferencia fuese publicada, pues la permanencia se manifestó en él.

NOTAS

[1] F. G. Carnochan y H. C. Adamson, L’empire des serpents, ed. Stock, París, 1946.

[2] Ibídem pp. 49 y sigs.

[3] Aby Warburg. El ritual de la serpiente. Sexto Piso, México 2004.

[4] Aby Warburg, Recuerdos del viaje al territorio de los indios pueblo en Norteamérica, ed. Siruela, Madrid, 2020, p. 52.

[5] Ver Victoria Cirlot. Las fórmulas del pathos y su supervivencia. Comparative cinema, vol VII, nº12 pp. 139-149.

[6] Citado por Victoria Cirlot en “Memoria, supervivencia e identidad en la cultura europea: Aby Warburg, Carl Gustav Jung y Richard Semon”, en La construcción estética de Europa, ed. Comares, Granada, 2014.

[7] Dom Pernety, Dictionnaire Mytho-Hermétique, Archè, Milán, 1980.