Pinturas iconoclastas de las iglesias de Goreme, en Capadocia. Fotografías de Rafael Gómez y texto de Alain Besançon. Edición, R. Arola y L. Vert

0En la actualidad se utiliza la palabra iconoclasta en la segunda acepción que da el Diccionario de la Real Academia: “Se dice de quien niega y rechaza la merecida autoridad de maestros, normas y modelos”, pues se ha borrado el origen, que es la primera acepción: “Se dice del hereje del siglo VIII que negaba el culto debido a las sagradas imágenes, las destruía y perseguía a quienes las veneraban”. Tiempo después del triunfo iconoclasta, los defensores de los iconos vencieron y pintaron a Jesús y María, a ángeles y santos, con fervor; tanto que borraron todas las huellas de una ornamentación extraordinaria de los espacios sagrados. Queden algunos vestigios en las iglesias escavadas del valles de Goreme en la región de Capadocia en Anatolia central, Turquía.

Reproducimos unas fotografías de Rafael Gómez y un fragmento del libro de Alain Besançon, La imagen prohibida, que explica los argumentos iconoclastas.

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Los argumentos iconoclastas (texto de Alain Besançon , pp. 158-161)

La destrucción en 726 del Cristo de la Chalke, imagen protecto­ra de Constantinopla colocada encima de la Puerta de Bronce del palacio imperial, puede compararse a la exposición de las tesis de Lulero en el portal de la iglesia de Wittenberg: tiene el valor de una reforma. La iconoclasia se consideraba a sí misma una purificación de la Iglesia, un regreso a la verdadera tradición, corrompida por la iconolatría. Ésta era la convicción de los emperadores, que se to­maban en serio su título de «igual a los apóstoles». El horos del sí­nodo iconoclasta de 754 declara que el diablo,

bajo la apariencia del cristianismo, ha llevado subrepticiamente a la hu­manidad hacia la idolatría, ha convencido con sus sofismas a los que alza­ban los ojos hacia él para que no se apartaran de la criatura e incluso la venerasen y la adorasen, y para que consideraran Dios a esa obra nombrada con el nombre de Cristo [el icono].

A los iconoclastas no les costaba mucho fustigar los abusos de la religión popular. ¿No acababan de desenmascarar un icono truca­do de la Virgen, del que manaba leche «milagrosamente»?

Pero el culto a los iconos era aún más inadmisible que la exis­tencia de éstos. Para el pueblo, acostumbrado a besar a los iconos, a prosternarse ante ellos como hacía en otra época ante los ídolos paganos, la distinción entre el culto de dulia y el culto de latría (la adoración propiamente dicha) no siempre estaba demasiado clara. «No forjarás imagen alguna.» La prohibición bíblica no deja lugar a dudas, y para los cristianos era una vergüenza que los judíos y los musulmanes tuvieran que recordársela. Como cualquier movimien­to de reforma, la iconoclasia se ve apoyada por un fervor belicoso, y el grito de reunión es de lo más natural: abajo los ídolos, al fuego con las imágenes.

Sólo esas imágenes. Porque la iconoclasia no proscribe el arte. Las decoraciones destruidas suelen sustituirse por motivos florales o animales, de los que había admirables ejemplos en los palacios omeyas. Porque estas imágenes no incitan al culto. Por lo tanto, jun­to al arte sagrado podría haberse desarrollado un arte profano, pe­ro el destino de Bizancio fue oponerlos y prohibir uno mientras se cultivaba el otro. En cualquier caso, se mantiene una categoría de imágenes: las que hacen referencia al emperador. En ellas, la figu­ra humana recobra sus derechos. Constantino V Coprónimo (es de­cir, «llamado la Mierda») mandó sustituir la famosa representación de los seis concilios ecuménicos en el Milion de Constantinopla por los juegos del hipódromo, donde figuraba en un lugar de honor su auriga favorito. No sólo subsistieron sus imágenes, sino que los emperadores exigieron para ellas el culto tradicional. Sobrestimando su soberanía a expensas de la de Cristo, sustituyeron en las monedas la cruz tradicional por su retrato, que desde entonces ocupó el anverso y el reverso. La prohibición bíblica, tomada al pie de la letra, no habría consentido esas imágenes. Pero la iconoclasia se va­lía de argumentos más detallados y selectivos.

El lugar dejado por el Cristo de la Chalke encima de la Puerta de Bronce no se quedó vacío; León III puso allí una cruz, y sobre ella esta inscripción:

El Señor no soporta que se haga de Cristo un retrato sin voz, privado de aliento, hecho de materia terrestre, despreciado en las Escrituras. Así pues León, con su hijo el nuevo Constantino, graba en las puertas de los reyes el modelo bienaventurado de la cruz, la gloria de los fieles.

Aquí hay dos temas que merecen nuestro comentario; materia y retrato (eidos). El culto a la materia muerta e inanimada se opone al culto en espíritu y verdad. Aquí, el tema evangélico se mezcla con el tema helenístico del desprecio hacia lo material. Para la iconoclasia, la imagen debe ser el reflejo exacto del original. Pero el icono de un santo o de Cristo sólo es un reflejo material y muerto. Entre la gran­deza del modelo y la bajeza de los medios de representación, hay un contraste que el arte profano puede mantener, pero que en el arte sagrado se vuelve insoportable.

Constantino V escribe: «[…] es preciso que [una imagen] sea con­sustancial al (modelo) figurado para salvaguardar el todo, porque si no, no se trata de una imagen». Si la imagen debe ser así, no es po­sible ningún icono. Ninguna imagen hecha a mano puede ser con­sustancial (homoousios) a Dios, ni a ningún ser vivo. Esta noción de imagen se aleja de la noción griega clásica, que la concebía en tér­minos de participación deficiente y que por lo tanto insistía en la se­mejanza con el modelo. Pero se corresponde con la práctica de la imagen imperial, que expresa con fuerza jurídica la presencia del po­der. Por eso Constantino sólo admite una imagen de Cristo, la espe­cie eucarística en la que su cuerpo está sustancialmente presente.

Existe un platonismo de los iconódulos. Pero también hay uno, aunque enunciado de otro modo, de los iconoclastas. Éstos insisten en la distancia inconmensurable entre la «materia abyecta y muer­ta» de los colores y las planchas de madera, y la condición celestial y gloriosa de los santos modelos. La presencia no existe, pero la se­mejanza tampoco. El mundo material no puede reflejar la gloria del mundo inteligible. Plotino avisaba del peligro de conformarse con las bellezas terrenas:

Si vemos bellezas corpóreas, no hay que correr hacia ellas, sino saber que se trata de imágenes, huellas y sombras; hay que huir hacia la belleza de la que son reflejo.

También para Eusebio, Epifanio y Evagrio la imagen es lo que hay que superar. Por eso los iconoclastas oponen al culto de las imá­genes el de la cruz, símbolo puro, no mancillado por ninguna des­proporcionada ambición de representación.

Constantino V era un teólogo tan hábil como buen jefe militar. Su estrategia era poner de su parte a los obispos y a los teólogos pre­sentando la iconodulia como una herejía en contradicción con los grandes concilios, y forjó un razonamiento teológico tan bien cons­truido que hizo falta el trabajo de toda una generación de teólogos para demolerlo. Es el siguiente, en forma silogística: el prosopon o hipóstasis de Cristo es inseparable de las dos naturalezas; ahora bien, una de las dos naturalezas, la divina, no puede dibujarse, es incircunscrita; por consiguiente, es imposible pintar el prosopon de Cris­to. Así pues, los iconódulos pueden elegir entre dos herejías. O bien mantienen la unidad de Cristo, y entonces deben admitir que han «circunscrito el Verbo con la carne», que han confundido las naturalezas, lo cual es caer en el monofisismo, o bien admiten que sólo han pintado (circunscrito) la naturaleza humana, y que esta naturaleza tiene un prosopon propio, y «entonces hacen de Cristo una simple criatura y la separan del Verbo divino que está unido a ella», lo cual es caer en el nestorianismo. Todos los obispos sin ex­cepción, reunidos para discutir estas propuestas, las aprobaron. Añadieron que la carne de Cristo es tanto más incircunscribible por haber sido divinizada.

¿Dónde está el fallo? En la idea de la inseparabilidad de las dos na­turalezas en el prosopon. En este caso, el prosopon equivale a una natu­raleza única tercia, y fue Constantino quien, sin darse cuenta, cayó en el monofisismo. El rostro pintado no «circunscribe» la naturaleza divina, ni siquiera la naturaleza humana: circunscribe la hipóstasis com­puesta del Verbo encarnado. Pero hicieron falta tiempo, lágrimas y sangre para que se descubriera el error y se confesara la verdad.

La idea iconoclasta es que lo divino está demasiado alto y dema­siado lejos para que la representación traduzca en lo más mínimo una presencia, ni siquiera una semejanza. Pero, dogmatizando so­bre esta impotencia, termina por desalentar cualquier representa­ción. Al considerar lo que debería ser idealmente una imagen, in­cluso de un hombre o de un ser vivo, el artista renuncia. Compone decorados, decoraciones. Como si, resignado a dejar de representar el cielo, tuviera que resignarse a dejar de representar la tierra.

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