Curioso libro de perspectiva de Wentzel Jamnitzer (1508-1585), en donde se presentan los cinco cuerpos platónicos relacionándolos con las cinco vocales y los elementos.

blanc.bEs éste un libro singular en su sobria e inquietante belleza. Su autor, Wentzel Jamnitzer, es un prestigioso orfebre manierista que, obsesionado por la arquitectura del universo, crea un método de perspectiva que sirva al mismo tiempo de ayuda a los jóvenes que quieran perfeccionarse en este arte y a los demás a iniciarse en los secretos de la armonía del cosmos.

La práctica sensible de Jamnitzer nos demuestra en esta obra cómo es posible que puedan convivir simultáneamente la libertad y la regla, construir al mismo tiempo la forma y abolirla, plasmar la dura materia y componer la música de las esferas, soñar con la armonía del cosmos y construir el objeto elemental o ser a la vez artesano y poeta.

Al final de las imágenes reproducimos un fragmento del interesante prefacio a este libro de Albert Flocon en el que trata, entre otras cosas, de las formas simbólicas de los elementos y su relación con las letras vocales.

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Fragmento del prefacio de Albert Flocon para la edición de Siruela, Madrid, 2006:

Pasemos a los cinco frontispicios de los cuerpos elementales [aquí, a la derecha de la diapositiva]. En cada uno de ellos el medallón central, soporte del texto, sugiere por su forma el propio elemento: la llama para el fuego, el fuelle para el aire, la hoja para la tierra, la concha para el agua, el círculo resplandeciente el cosmos.

El FUEGO es el elemento que nuestro orfebre teme más. Sale de una «marmita» sostenida por dos dragones que escupen llamas. A despecho de dos niños que encienden la lámpara y la vela, cañones, morteros, arcabuces, bombas y flechas incendiarias, antorchas y espoletas, todo arsenal militar domina la escena. En el centro de la parte superior figura un joven guerrero flanqueado por dos angelotes que el fuego atrae irre­sistiblemente.

El AIRE sale de un fuelle y anima la llama de un brasero; en lo alto de la perpendicular central un ángel del viento, abajo dos águilas desplegadas. Angelotes músicos, organistas, herreros, molineros, desen­cadenan toda una circulación aérea y sonora. Instrumentos de viento: cornamusas, trompetas, cuernos de caza y pájaros cogidos a lazo.

La TIERRA está representada por una hoja en forma de corazón. El macho cabrío y la cabra se alimentan del contenido de un cuévano abun­dantemente provisto, sujeto por una cabeza de león (este mismo emble­ma es también el sello de orfebre de Jamnitzer). Dos angelotes se ati­borran de fruta, otros dos sostienen cuernos de la abundancia. En la cima del eje central vertical se alza una cabeza de toro. Dos trofeos de instrumentos aratorios y productos de la tierra están suspendidos en las volutas que rebosan igualmente de frutas y verduras, algunas de especies poco comunes en esa época. En esta composición el orfebre ilustra su elemento predilecto.

El AGUA está simbolizada por una concha. Sobre un fondo de cañas unos remos cruzados están flanqueados de peces fantásticos. Dos ange­lotes reman, otros dos vierten el contenido de sus ánforas sobre mon­tones de peces, mariscos y batracios; trofeos de tridentes y productos de la pesca: evocación acuática de un hombre de tierra adentro. El texto de esta lámina ondula como las olas.

El CIELO, simbolizado por tres círculos resplandecientes que repre­sentan las nubes, configura aquí el universo del astrónomo. Seis angelotes miden, observan, ninguno admira. Todos tienen un equipo científico completo a su disposición: regla, compás, escuadra, aspilla, sextante, reloj de sol, astrolabio, esfera armilar. La luna, el sol y una estrella de seis puntas subrayan la perpendicular. El texto de la cartela termina con la invocación: Que Dios sea alabado por toda la eternidad.

Por sí solos los frontispicios marcan perfectamente el propósito y el ritmo del libro: el primero, introducción general, representa las cuatro disciplinas necesarias a la óptica en su sentido antiguo. Otros cinco ilustran cada uno de los elementos constitutivos del universo, al que corresponden un cuerpo regular, una vocal y utensilios que evocan las diferentes actividades humanas.

Cada uno de los frontispicios consagrados a los elementos va segui­do de cuatro láminas [aquí presentamos la primera], tanto unas como otras ofreciendo seis variantes de un cuerpo regular situado arriba y a la izquierda de la primera lámina, las variantes en progresión de lo simple a lo complejo. Su lectura se efectúa de izquierda a derecha y de arriba abajo.

Las veintitrés variantes de cada uno de los cuerpos regulares han sido obtenidas por un reparto sistemático de las aristas y las superficies. El orfebre trunca los vértices, añade pirámides a las superficies o bien vacía los volúmenes. Se entrega a dibujar operaciones que no son sino la transposición, al plano del dibujo, de su oficio de ajustador, de hombre que, durante toda su vida, ha trabajado el objeto. Esta multiplicación de planos la producen la lima, la sierra para metales, el buril imaginarios. Nuestro orfebre talla joyas cuyas múltiples facetas, en un juego de triangulaciones cada vez más apretadas, reflejan o absorben la luz. Dos tendencias contradictorias se mantienen en un precario equilibrio: todo volumen regular cuyas facetas se multiplican acaba, en el límite, en la esfera inscrita; todo volumen ahuecado sistemáticamente regresa al espacio original, a la nada.

La belleza severa de las láminas es tal, su materialidad metálica tan palpable, que realmente Jamnitzer tenía derecho a decir, cándidamente maravillado, «que parecía imposible que cada uno de esos objetos pudiera ser obra de la mano del hombre». La práctica sensible le lleva aquí victoriosamente a la teoría razonante. Las faltas respecto al trazado perspectivo son muy poco aparentes, aunque existen ciertas variantes de volúmenes que, tras ser examinadas, no corresponden a ningún volu­men regular o semirregular posible. Pero, como escribe Camerarius en la versión latina de la geometría de Durero: «Los ojos, instruidos por el arte, acabarán por operar como la exacta regla».