Un fragmento del libro «Ensayos sobre el Budismo Zen» D. T. Suzuki sobre la pintura «sumiye» y otro que trata sobre el Buda de la tierra pura. Dos textos de distinta temática pero con un mismo sentido, ilustrados con muestras de la caligrafía japonesa. Edición, Raimon Arola y Lluïsa Vert.

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La vida se delinea en un lienzo llamado tiempo; y el tiempo jamás se repite: una vez que se fue, se fue para siempre y lo mismo ocurre con un acto; una vez realizado nunca se deshace. La vida es una pintura sumiye que debemos ejecutar de una vez y para siempre, sin vacilación, sin intelección, sin que sean permisibles ni posibles las correcciones. La vida no se parece a una pintura al óleo, que puede borrarse y realizarse una y otra vez hasta que el artista quede satisfecho. Con la pintura sumiye, cualquier pincelada efectuada por segunda vez tiene como resultado una mancha; la vida la abandonó. Todas las correcciones se ponen en evidencia al secarse la tinta. Lo mismo ocurre con la vida. Jamás podremos retractarnos de los actos que cometimos una vez; no, lo experimentado por la conciencia no puede ser borrado jamás. Por lo tanto el Zen debe ser captado cuando la cosa sucede, ni antes ni después. Es un acto de un solo instante. Cuando Dharma estaba a punto de abandonar la China, preguntó a sus discípulos que habían comprendido del Zen, y uno de ellos, que resultó ser una monja, replicó: “Es como la contemplación de Ananda dentro del reino del Buda Akshobhya: se ve una sola vez y jamás se repite”. Este carácter elusivo, irrepetible e inatrapable de la vida es delineado gráficamente por los maestros Zen que lo comparan con un relámpago o chispa producido por el roce de dos piedras.  (Ensayos sobre Budismo Zen, Kier, p. 328)

En el budismo se habla de 84.000 caminos distintos que llevan a la iluminación. El budismo Shin es uno de ellos. La tradición de la Tierra Pura surgió en la India, en el primer siglo antes de nuestra era. Se sabe de su existencia por las llamadas “escrituras de la Tierra Pura”. El concepto de una tierra búdica es tan antiguo como el budismo mismo, pero la tradición basada en el deseo de nacer en esta tierra, no llegó a materializarse hasta que el budismo nació en China, y finalmente alcanzó su desarrollo en Japón, bajo una forma original conocida como doctrina Shin, fundada por el maestro Shinran (1173- 1263).

El punto central del Shin es el Buda Amida, el salvador, una palabra que normalmente no usan los budistas, pero que tiene su origen en los Suras Triples que recogen la promesa del bodhisattva Dharmakara, quien al cumplirla se transformó en el Buda de la luz infinita, el Buda Amida. En dicha promesa se dice que: “Si al obtener yo la Budeidad, todos los seres de los diez sectores que, albergando una mente sincera, alegre confianza y la aspiración de nacer en mi tierra, con sólo decir mi nombre unas diez veces, no nacieran allí, que no obtenga yo entonces la iluminación suprema”. Amida quiere salvar a todos los seres sin excepción, así aquellos que crean en Amida y pronuncien su Nombre: Namu Amida butsu, con fervor y devoción, nacerán en la Tierra Pura.

En Nombre (myogo) cobra vida en nuestras vidas concretas cuando no hay otro nombre aparte de Amida. Amida se convierte en el Nombre mismo y el Nombre no es otro que Amida… Por el contrario, cuando el Nombre se pronuncia con consciencia por nuestra parte de estarle diciendo namu a Amida, o cuando pensamos que Amida está escuchando el namu de nuestra llamada, entonces no hay verdadero silencio auténtica identificación. Cuando uno está llamando a otro y el otro, en respuesta mira hacia abajo (o hacia arriba) la dualidad está presente. Pero cuando namu es Amida, Amida es namu. Cuando el silencio tiene lugar, cuando el Nombre se halla absolutamente identificado con Amida, entonces el Nombre deja de ser el Nombre de alguien… Esta fe absoluta es la Realidad. Éste es el momento en que, como señaló Shinran, decir Namu-amida-butsu una sola vez, basta para salvarte.