El árbol de la vida en la tradición egipcia

Estudio sobre la simbología de la diosa Nut, identificada con un árbol, el sicomoro, que protege y nutre. Con sus raíces profundamente arraigadas en la tierra, extrae el agua del suelo y se levanta hacia el cielo actuando como eje del mundo. Su autora, Alejandra Abellán es especialista en egiptología.

blanc¡Oh sicomoro de Nut, dame el agua y la brisa que hay en ti! (Libro de la salida del sol, capítulo 59).

En muchos casos, la simbología que poseen algunas imágenes en su contexto nos introducen en un nivel de entendimiento más profundo y especialmente en Egipto, en donde la magia y el hombre se entrelazan, imitando en muchos casos la forma externa de algún objeto y vinculándolo a deidades con unas características determinadas. Sabemos que los egipcios no buscaban recrear la realidad sino dar presencia y forma a esas realidades que son mostradas bajo diversas máscaras y que llevan en sí la verdadera esencia. La  personificación de “Nht” (sicomoro) es la de una diosa-árbol, asociada a Hathor, Nut e Isis y está vinculada a la entrada del Más Allá; también se la llama “la Dama del Sicomoro”. Es una hipostasis en ocasiones formal, en ocasiones emblemática que cambia dependiendo del contexto. En este caso, aunque la representación de esta diosa está limitada en un marco cronológico, la función desiderativa y el juego con el código están vigentes lo que muestra una eficacia mágica que implica la imagen como algo real, como comunicador de esferas o mundos y como claro eje entre el cielo y la tierra, el árbol de la vida.

   Las cosmogonías o mitos de la creación se fundamentan en la observación de los procesos de la naturaleza. Estos procesos son cíclicos y su asociación a diversas divinidades es una prueba de esa multiplicidad de aproximaciones que hace que las diversas imágenes se complementen dándole un valor de totalidad. En este caso la “dama del Sicomoro” es parte del ciclo osiríaco que se vincula a Re/Osiris y por lo tanto la diosa que representa el sicomoro es tanto Hathor, “señora de la montaña tebana”, Nut–Hathor “la vaca celeste” e Isis “madre de Horus”, entre otras y que provienen de la figura arcaica de “meret-uret”. Todas ellas representativas del cielo, la morada de Horus o la madre cósmica. Por ello hemos de tener en cuenta que aunque a veces se haga referencia a una u otra en esencia, son manifestación de lo mismo.

En relación a su madera se verá asociada a Nut como “madre celeste”, ya que esta madera es la que se utiliza para los sarcófagos y en ellos, en la parte interna, se talla a Nut, “la que cubre el cielo”, como si el difunto fuera abrazado  por ella, una vuelta al vientre de la madre. Este tipo de representaciones ya las encontramos en el Reino Antiguo y en el Reino Medio en estatuaria de grupos familiares privados. En contextos más simbólicos encontramos imágenes del sol naciente (Re) donde los dos montes aparecen como los pechos de una diosa. También se habla de las propiedades médicas que tenía su savia, para diversos remedios, además de que aparecía vinculada a Horus y a su cura durante su lucha contra Seth.

Las escenas en las que aparece, son tumbas propias del Reino Nuevo, momento en el cual los enterramientos se realizaban en tumbas excavadas en la tierra, por lo que la representación del árbol tiene su explicación en que la montaña tebana es imagen de las entrañas de la tierra dominada por la diosa Hathor.

Siguiendo la taxonomía sabemos que aunque estemos bajo tierra, el difunto debe pasar una serie de pruebas y salir victorioso hacia la salida del sol. El ciclo osiríaco lleva al difunto en un viaje por la Duat, en la que esta diosa, a veces asociada a Imentet y en relación con la entrada al desierto, debe superar esa última hora del día, para salir junto a Re. Debe recorrer ese Inframundo que nos muestra la iconografía de esta época como ejemplo de guía para superarlo. Para ello lleva a cabo un camino hacia la “isla de la llama”, donde encontramos el lago del fuego donde Re espera renacer de las aguas ardientes que rompen las ataduras de lo terrenal. Es una especie de secuencia de acciones que muestran la esencia y la importancia de la existencia, gracias a la imagen y el texto que nos han llegado y que, por lo tanto, es visto como algo real.

Por otro lado debemos ubicarnos en el contexto cultural para comprender esta simbología. Los egipcios veían el desierto como un lugar hostil y una de las representaciones del mundo egipcio se refleja mediante el jardín, un mundo ordenado y seguro, aislado del mundo exterior por altos muros, un refugio fresco, un paraíso cerrado diferenciado del medio hostil, frente al caos de la naturaleza desértica. Este “paraíso” era reflejado en las paredes de las tumbas, en las que vemos pintados esos jardines y esos árboles sagrados que serán para el disfrute del difunto en la eternidad. Estos árboles sagrados, como el caso del sicomoro, son esenciales, pues proporcionan alimento y protección al difunto y permiten su tránsito a la otra vida. El sicomoro, en concreto, es un elemento necesario para salir del Inframundo, gracias a las fuerzas de la divinidad manifestada en él y alcanzar así la inmortalidad. Se le vincula a la vida y al renacimiento, por ello siempre aparece cerca del agua. Igualmente vemos que sus hojas no están delineadas lo que nos indica que querían representar su crecimiento eterno. Vemos, por lo tanto, que esta hierofanía no solo aparece en el desierto sino que aparece en los jardines, en ese orden del caos, donde el difunto puede moverse libremente, beber agua y posarse en las ramas de los árboles (Ba). Quizá, incluso, represente de algún modo ese momento mítico de la montaña primigenia, donde aparecen los primeros árboles y donde se posa el sol antes de su ascensión, hecho que se repite en el momento en que ascienden las almas de los difuntos.

Como ya hemos dicho anteriormente el sicomoro es visto como una manifestación física de la diosa y es adorada en diversos puntos  que están relacionados con el Este. Los sicomoros son árboles que pueden llegar a alcanzar grandes dimensiones, por lo que ayuda en la orientación y tal vez eran como un punto de referencia, un guía del Más Allá, así como indicador del  acceso que abre las puertas al amanecer y al eterno resurgimiento. En ocasiones es Hathor, en ocasiones Nut, otras Isis, y también aparece como Amentit. Esta diosa era la representación de la montaña funeraria donde las almas penetraban y renacían. Es en esa “montaña de la vida y del nacimiento” donde encontramos como guardiana a la señora del Sicomoro. Mayassis cita que se celebraban hierogamias en relación a la diosa y a Osiris “señor de la montaña de Amenti” donde las almas se transformaban y renacían como almas luminosas, como estrellas.

En algunos textos, como en el Libro de la Salida al Día o el Libro de las Horas, se habla de la entrada oriental del cielo (“isla de las llamas”) flanqueada por “dos sicomoros gemelos de turquesa” de donde Re surgía cada día rejuvenecido. Entonces, ¿era el sicomoro visto como un portal, como el lugar donde se manifiesta y transforma el alma del difunto? Ese mundo por el que el difunto debe llevar a cabo un viaje por las 12 horas y renacer como Re y donde Hathor es asociada a Nut. En algunas tumbas encontramos incluso esa referencia de los sicomoros como una entrada/salida a la presencia de Re y un toro (Apis) surgiendo de la montaña, que representa la necrópolis, que da la bienvenida junto a Re, haciendo referencia al capítulo del “advenimiento del día” que se relaciona con la llegada del difunto a la otra vida.

Llegados a este punto nos surge una duda, el sicomoro ¿es una entrada o una salida? Sabemos que el alma del difunto se hunde en la tierra y recorre esa “otra tierra” y ese “otro Nilo” durante la noche. Tras ese recorrido es cuando se habla de los dos sicomoros, cuando el alma del difunto, después de salir a la luz del día acompañada de Re, los encuentra y los prepara para su ascensión.

En algunas imágenes vemos como la diosa-árbol aparece acompañada de pájaros Ba que se alimentan de ella. Incluso en Heliópolis se han encontrado representaciones del Ba como carneros de color verde; tal vez se trata de una simbología de este proceso de transformación por parte del difunto tras realizar parte del camino y el comienzo de las transformaciones. También es un símbolo de potencia de vida y de las primeras aguas primigenias lo que nos indica cierta connotación de fertilidad y de relación con la inundación del Nilo.

Otro tema a tratar es el agua y el alimento que esta diosa ofrece y que es tanto para los difuntos como para los dioses. Aparece siempre vertiendo agua, el “agua de vida” que transforma el alma y da la inmortalidad. O tal vez es savia lo que la diosa vierte para alimentar a las almas que se aproximan a ella. Sabemos que los egipcios fabricaban vino a partir de la savia de las palmeras datileras, haciendo un corte por debajo de las ramas. Actualmente se sigue produciendo este tipo de bebida en el Oasis de Siwa. Tal vez también se realizara con el sicomoro. Lo que sí sabemos es que la savia se utilizababa en el proceso de momificación como uno de los líquidos para purificar los cadáveres. Por lo tanto, la savia del sicomoro debía tener unas propiedades mágicas. Por otro lado si tenemos en cuenta que su savia es de un color blanquecino y el árbol es la propia diosa, sería como una madre que alimenta a sus hijos con leche, cosa que nos recuerda la imagen de Tutmosis siendo amamantado por una Isis-arbórea que encontramos en su tumba en el Valle de los Reyes.

En cuanto al tema del color turquesa al que antes hemos aludido, estaría relacionado con la entrada celeste y en este sentido es interesante el hecho de que tiene una serie de tonalidades que van desde al azul claro hasta el verde. Para los egipcios el color tenía una simbología propia. Sabemos que es el color de los cielos, de las estrellas y de la inundación primigenia y, por lo tanto, símbolo de vida. También es un color con connotaciones solares en conexión con el dios Amón Ra, como vemos en retratos de los monarcas de la dinastía XVIII. El azul y el verde se asimilaban funcionalmente y podían intercambiarse en las representaciones del mundo inferior. Tal vez tenían la misma consideración, pues ambos están relacionados con el agua y las marismas. Así, debemos tener en cuenta la connotación del color en la iconografía, ya que nos indica las diferentes esferas del mundo y las diferentes clases de seres vivos. También sabemos que el verde se asocia a la tierra y por lo tanto a Gueb y el azul al cielo y por lo tanto a Nut. El hecho de que los sicomoros sean de turquesa y por lo tanto azul-verde, reafirma ese paso por las entrañas de la tierra y el mundo inferior (verde) y la llegada al cielo (azul). Estamos hablando un signo de vida en el Más Allá, una vuelta al inicio.

El árbol y su ciclo, un equivalente visual de la vida y la muerte, de la regeneración y de la creación.

Senndedjem y su esposa están recibiendo de Nut el agua y el alimento de la inmortalidad, lo que les permitirá continuar su viaje. Vemos que están sobre una capilla. Teniendo en cuenta la perspectiva, podría decirse que ambos están dentro de este edificio. Nut aparece como parte del tronco del árbol, fundiéndose con él (Gueb), y las ramas no se ven afectadas por la delimitación gráfica, ya que son representación de algo vivo y en crecimiento. Es interesante fijarnos en el hecho de que la raíz del árbol tiene forma de pie y toca el edificio sobre el que están representados los difuntos. Vemos como la diosa con un vestido rojo que se funde con los colores del árbol en una degradación cromática. Lleva un pecho descubierto, por lo que indica de nuevo esa imagen de madre, amamantando a su hijo. Lleva una bandeja en sus manos con panes y flores de loto así como un objeto del cual está vertiendo agua sobre los difuntos, que aparecen ataviados con ropajes blancos, peluca y conos de perfume.

Existe cierta jerarquía de los personajes, pues la esposa aparece un poco más pequeña, relegada y tapada por parte de Sennedjem, pero a la vez muestra una actitud y una gestualidad que la equiparan en cierto modo a su marido. En cuanto a cuestiones de color, ya hemos comentado su significado y cómo el color verde está vinculado al azul como símbolo de tierra y cielo/agua, es decir de lo fijo y lo volátil unidos en esta hipostasis formal.

En la imagen aparece el capítulo LIX del Libro de la salida al sol, con el nombre de Nut y su epíteto. Además de una fórmula de ofrendas a cinco columnas: “Por el ka del servidor en el Lugar de la Verdad, Sennedjem, justificado y su hermana la señora de la casa Iineferti, justificada. Nut la Grande” Es posible que Sennedjem se haya representado en una capilla o en el templo de Hathor, en todo caso la diosa les da la bienvenida al otro mundo.

El resto de iconografía que le acompaña muestra escenas de adoración de todos los dioses de la Duat. Otra escena muestra su adoración a los dioses del oeste, a Horus principalmente. La siguiente escena es la que está confrontada a la de la diosa arbórea y en la que aparece el sol naciente. Vemos por lo tanto imágenes del recorrido, comenzando por la entrada a la Duat, en la cara Sur  mirando hacia el oeste, hasta que resucita como sol naciente en la cara Norte mirando hacia el este.

Podemos observar como la diosa árbol es “guardiana de la montaña” y ésta se representa tras Osiris “señor de la montaña de Occidente” y con símbolos del fuego y por lo tanto del renacimiento. Sabemos que para el egipcio era muy importante el poder alimentarse en el más allá y qué mejor que “la ambrosía” que da la inmortalidad, recibida de las manos o del pecho de la diosa Hathor, “la madre celeste”. La falta de alimentos era algo que el difunto quería evitar, por ello siempre se enterraba con numerosas ofrendas de alimentos y bebidas para la otra vida. Se trata de un alimento místico, una especie de último alimento. Aquel que da la inmortalidad como aparece en el capítulo 189 del Libro de la salida del sol, cuando dice: “Alcé el vuelo con el Grande, grazné como un ganso y me posé sobre el hermoso sicomoro. Aquel que está bajo él, es un dios”.

Vemos como siempre aparece relacionada y enfrentada a la imagen del sol naciente entre los dos sicomoros turquesa del cielo oriental, hasta la época tardía se mantiene la esencia del concepto. Tenemos claro por lo tanto que es un vínculo entre las esferas y aunque sea único o dual esa vinculación cósmica de perpetua regeneración y creación queda reflejada.

Según Elíade ese concepto de “vida sin muerte” se traduciría por realidad absoluta y por lo tanto es considerado centro del mundo. Si a eso añadimos su imagen vertical, entroncamos con la montaña como escalera al cielo y en este sentido el árbol se convierte en un portal entre los tres mundos, el celeste, el ctónico y el intermedio o terrestre, donde se dan las manifestaciones de “el cuerpo viviente de Hathor en la tierra”.

Es muy interesante el hecho de la multiplicidad de aproximaciones que sugiere este concepto y lo que en una sola imagen se cuenta. Es una imagen de la creación y del orden del caos en el tiempo mítico reflejado en la tierra. Por ello es importante el simbolismo direccional en el marco atemporal del ciclo eterno del mundo.

La imagen del árbol la vemos en diversas culturas y contextos, como por ejemplo Iggdrasil para los nórdicos o el árbol bohdi para los budistas. Para comprender la mentalidad egipcia es importante conocer el contexto y el código visual y textual a fin de poder seguir el camino. Es ese arbor vitae iluminado por el sol y vinculado a la creación del mundo pues, es de la colina primordial de donde aparecen los primeros árboles, y en el cual las almas se posan antes de llegar al cielo junto a Re.

 

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