El origen del arte

Fragmento del libro “Física y metafísica de la Pintura” de Louis Cattiaux dedicado al origen mágico del arte.

0Cueva de Pech-Merle (Lot). Francia. Friso de los caballos tordos (18000 a.C.). Vemos que una mano de color rojo se halla en el vientre del animal de la derecha, acompañada de una hilera de puntos del mismo color.

EL ORIGEN DEL ARTE

El origen del arte no es resultado de una necesidad estética como generalmente se cree, es el resultado de una necesidad de dominación mágica.

En efecto, todos los especimenes más antiguos de dibujos y de pinturas rupestres contienen signos extraños, que son de difícil interpretación cuando no se conocen los antiguos rituales de hechicería. En esas pinturas, que generalmente representan animales, se ven puntos y trazos que se dirigen hacia la cruz de las bestias u otros puntos vulnerables.

Se trata de representaciones de azagayas y flechas, que atraviesan mágicamente la efigie sensibilizada del animal que está en el punto de mira del ritual de hechicería.

Los primitivos conocían muy bien la poderosa acción ejercida por el influjo mágico del hechizo de cacería sobre el alma colectiva de ciertas especies. Se ponían en contacto con el espíritu de la manada (1) por medio de un rito de sensibilización de la imagen pintada, y obtenían su consentimiento asegurando la perennidad de la especie, su perpetuación por la salvaguarda de las madres y de los animales jóvenes.

Los cuerpos sin cabeza de osos y de bisontes hechos de arcilla que se han encontrado recientemente en grutas prehistóricas, intrigan mucho a los arqueólogos. Sin embargo, todos los signos de utilización mágica de esas efigies son visibles tanto en ellas como a su alrededor. La pica que emerge de su cuello está destinada a sostener la cabeza recién cortada de un animal muerto en la cacería; esa cabeza completa así la dagyde (2) de hechicería y la anima, la vitaliza, la sensibiliza, la impregna del alma colectiva de la manada.

El rito mágico que sigue sirve para dar a los cazadores el dominio sobre dicha manada por la influencia psíquica que se ejerce sobre la entidad que anima a dichos animales.

Las numerosas huellas de manos marcadas con sangre que han aparecido sobre esas efigies o sobre las pinturas murales, y las flechas clavadas en puntos vitales, constituyen marcas visibles del rito secreto de posesión mágica.

La misma música, el canto y la danza, en su origen, sólo eran el soporte del pensamiento mágico que se concilia con el mundo hostil o que lo domina.

Así, todas las artes tienen su origen en la primera obligación del hombre encarnado: la de defenderse en los tres planos del mundo creado. Sólo después de acabado el rito ha sido cuando ha podido tomar conciencia de la gratuidad del arte a través del juego de formas, sonidos, colores y movimientos, y elevar su magia hasta intentar comulgar por medio de ella con la gran alma del mundo, a la que los hombres llaman Dios.

Entonces diremos que la magia particular se ha elevado hasta la magia general y que el arte es el conducto que nos comunica con lo Universal.

Cuando eso se produce es arte, cuando no se produce, no es nada.

Por lo tanto, la obra de arte es una creación mágica y, al igual que la procreación, exige, para dar lugar al Ser, una carga psíquica producida por el espasmo del amor; por eso hay tan pocos hombres y tan pocas obras vivas en este mundo, ya que la proyección mágica es un acto difícil por encima de todo, como el de la transmisión integral de la vida; y pocos seres son capaces de realizar ese misterio de la transfusión energética del “voltio”.

Los hijos del amor, más vivos y más bellos que los demás, son los que se engendran en el entusiasmo y en la pasión amorosa; si consideramos la humanidad media y las obras ordinarias, tendremos la prueba de que todo lo que se hace en el aburrimiento y la mediocridad engendra la muerte. Sólo los artistas generosamente dotados cargan inconscientemente sus obras, las cuales, en consecuencia y sin explicación razonable, hechizan a ciertos espectadores más sensibles y receptivos que el común de los hombres.

Así pues, tanto los humanos como las obras de arte nacidos-muertos pululan naturalmente por el mundo, a causa del estímulo dado a la debilidad y a la muerte, que siempre van en aumento desde la caída inicial. Esas creaciones fantasmales sólo tienen apariencia de vida sin poseer su esencia, pero, tal como decía el maestro antiguo: “Hay que dejar a los muertos que entierren a sus muertos”, ya que el absurdo de la muerte es lo único capaz de hacer que ella nos repugne verdaderamente.

La vida sólo se transmite haciendo el amor, ya sea procreando, obrando o rezando, y allí donde no se hace el amor, sólo hay una caricatura de vida, aburrimiento y muerte.

[….]

En una vieja crónica, se explica la aventura de cierto gentilhombre parisino: un día, mientras paseaba tranquilamente por los muelles del Sena en compañía de sus amigos, de pronto empezó a gritar de dolor y corrió a tirarse al río, de donde se le sacó con grandes dificultades. Cuando le preguntaron si se había vuelto loco, pronunció esa extraña respuesta: “Mi casa se está quemando y mi retrato ya no es más que cenizas”. En efecto, poco tiempo después, sus compañeros constataron la veracidad de su aserción y conocieron con pavor la eficacia de las ciencias secretas. También el gentilhombre aprendió, a costa suya, que la magia es reversible, ya que después de encargar su retrato mágico para que recibiera en su lugar los golpes que le llegasen, le sorprendió constatar que lo contrario también podía ocurrir y que había corrido el riesgo de quemarse en lugar de su imagen extrañamente rebelde a las llamas. El hecho de tirarse al agua detuvo la magia y restableció la norma, con gran perjuicio para la imagen pero para consuelo del interesado.

Oscar Wilde supo de tales procedimientos y escribió El Retrato de Dorian Gray para ilustrarlos plenamente.

[…]

El estudio irracional de las antiguas creencias, probablemente, nos conduciría a constatar nuestra grosera ignorancia sobre los problemas que conciernen a la vida y a la muerte.

La orgullosa creencia en nuestra supuesta civilización y en nuestra pseudo-ciencia, por desgracia, nos impide considerar el misterio de la creación a partir de la simplicidad primera, donde el instinto unido a la intuición reemplazarían brillantemente nuestra rastrera razón razonadora. Ya que sólo aquél que penetra hasta la raíz conoce todos los frutos del árbol.

 El artista no ha de imitar a la naturaleza, so pena de ser tonto o necio.

     Armand Drouaut.

El arte imita a la naturaleza en su modo de operar y no en sus visiones naturales.

     Albert Gleizes.

INFORMACIÓN DEL LIBRO

001x