Artículo de Leo Montblanch sobre el “Comentario” de Macrobio al sueño de Escipión narrado por Cicerón, en el que se dan las claves básicas de astronomía y simbología para comprenderlo.

Preliminares

Cuando en una tranquila y clara noche levantamos distraídamente la mirada hacia lo alto y contemplamos el espectáculo formidable que se despliega ante nosotros, no podemos sino asombrarnos. Si, además, por un casual, sabemos que esa miríada de puntos luminosos son a su vez soles, algunos miles de veces mayores que nuestro sol y que ciertas formas algo difusas son otras tantas galaxias como nuestra Vía Láctea que se agrupan en cúmulos que forman como filamentos de estructuras aún mayores, entonces, el asombro deja paso a la estupefacción.

¿Qué es todo eso que está en lo alto? La mayoría, abrumados, bajarán la vista y buscarán cualquier cosa que los distraiga. Otros, unos pocos, quizás tan solo uno, se mantendrá por unos instantes absorto y sentirá la añoranza de algo que no acierta a definir.

No está en nuestra mano resolver el misterio, pero sí abordar algunas reflexiones de la mano de alguno de los Antiguos. En esta ocasión será el texto de Macrobio, “Comentario al sueño de Escipión, de Cicerón”[1].  Como su nombre indica, nos encontramos con el comentario que hace Macrobio (pensador, escritor y ciudadano romano de no aclarada procedencia, a caballo entre los siglos cuarto y quinto de nuestra Era) al famoso sueño narrado por Cicerón en su “Sobre la República” en el que Escipión, el Africano, el Viejo, se aparece a su nieto adoptivo, Escipión Emiliano, para revelarle cosas futuras que le atañen. Pero no nos engañemos. Bajo esta forma literaria se esconde un pequeño compendio del saber pagano greco-romano que poco a poco iba a diluirse en la corriente entonces pujante del cristianismo que el Imperio, no hacía mucho, acababa de abrazar. Por boca de Macrobio se expresarán Pitágoras, Platón, Numenio, Plotino, Porfirio y otros.

Pero antes de entrar en el tema, necesitamos proveernos de algunos conceptos astronómicos elementales.

En primer lugar, si de noche nos situamos mirando hacia el sur (que es el lugar opuesto al norte, marcado éste por la estrella Polar) al transcurrir las horas nos parece que todo gira de izquierda a derecha, de este a oeste; toda estrella o planeta tiene su aparecer por el este u orto y su fenecer por el oeste u ocaso. Este movimiento es lo que los Antiguos llamaban el Primer móvil o primum mobile. Sabemos que en realidad corresponde al giro de la Tierra sobre sí misma en sentido contrario. Si alargáramos el ecuador terrestre hasta cortar la esfera celeste se nos aparecería un círculo que cortaría a nuestro horizonte exactamente en los puntos este y oeste y que tendría cierta inclinación respecto a éste, tanta más cuanto más cerca del ecuador terrestre nos encontremos, de manera que si estuviésemos precisamente en el ecuador pasaría por encima de nuestras cabezas (si estuviésemos en el polo norte coincidiría con nuestro horizonte). Círculo importante a retener. Cada astro sigue, en su excursión nocturna, círculos paralelos a él.

En segundo lugar, si fuésemos capaces de seguir el movimiento de cada planeta a lo largo de las noches, veríamos que todos siguen un cierto círculo en el cielo que atraviesa las distintas constelaciones del Zodíaco, a veces avanzando, otras retrocediendo. A este círculo le llamamos la Eclíptica (porque en él se producen los eclipses de sol y de luna). Es el camino que sigue estrictamente el sol a lo largo del año. Los planetas a veces están un poco por encima, otras un poco por debajo. También es el camino de la Luna. Otro círculo importantísimo.

Estos dos círculos, Ecuador y Eclíptica, no tienen la misma inclinación uno respecto al otro y se cortan en un cierto ángulo (de unos 23 grados y medio, cosa que nos trae sin cuidado pero que tiene su enjundia porque si no estuviesen inclinados no habría estaciones[2]). Los dos puntos de corte son el Punto Aries (punto en el que se encuentra el Sol el primer día de primavera y origen del signo Aries astrológico[3]) y su opuesto, punto Libra (cuando el Sol lo atraviesa empieza el Otoño y es el origen del signo Libra del zodíaco).

Finalmente, en una noche límpida, y alejados de las luces de cualquier aglomeración humana, veremos una tenue banda luminosa enormemente poblada de estrellas de todo tipo. Se trata de la Vía Láctea, tercer círculo que nos incumbe y del que se va a hablar[4].  Dicho círculo corta a los dos anteriores en puntos distintos pero destacaremos los dos puntos de corte con la Eclíptica. Ahí es donde entran en contacto la esfera de las estrellas fijas con las esferas planetarias.

Ya tenemos el marco. Pongámosle el cuadro.

 

El descenso del alma a través de las esferas celestes

Dice Macrobio:

“En cuanto al descenso mismo, en el cual el alma cae del cielo hasta las regiones inferiores de esta vida, he aquí el orden en que se desarrolla.

“El círculo de la Vía Láctea abraza al Zodíaco rodeándolo con el giro de una órbita oblicua, de tal manera que lo cruza por donde el Zodíaco porta los dos signos tropicales, Capricornio y Cáncer[5]. Los físicos los llamaron las «puertas del Sol», porque en uno y otro signo, el solsticio impide al Sol, cortándole el paso, proseguir su marcha y le hace regresar al trayecto de una zona, cuyos límites jamás abandona. Es creencia que por esas puertas pasan las almas del cielo a la tierra y regresan de la tierra al cielo. También reciben el nombre, una de «puerta de los hombres», la otra de «puerta de los dioses»: Cáncer el de «puerta de los hombres», porque por aquí se realiza el descenso a las regiones inferiores; Capricornio, el de «puerta de los dioses», porque por allí regresan las almas a la mansión de su inmortalidad y al número de los dioses[6]. Y esto es lo que simboliza la divina sagacidad de Homero en la descripción de la caverna de Ítaca[7]. Por ello también Pitágoras piensa que el imperio de Dite empieza a partir de la Vía Láctea y se extiende hacia abajo, porque las almas, una vez que han caído de aquí, parece que ya se han alejado de las regiones superiores. Por eso, según él, la leche es el primer alimento que se le ofrece a los recién nacidos, porque de la Vía Láctea parte el primer movimiento para las almas en su descenso a los cuerpos terrestres.”

“… cuando el alma es arrastrada al cuerpo, en esta primera prolongación de sí misma empieza a experimentar un tumulto salvaje, esto es, la hýle (materia), afluyendo sobre ella.  Y esto es lo que Platón observó en el Fedón[8], que el alma, cuando es arrastrada hacia el cuerpo, se tambalea por causa de una ebriedad desconocida, queriendo insinuar que el alma bebe por primera vez el aluvión de la materia de la cual se impregna y se hace pesada durante el descenso.”

“… Ahora bien, ésta es la hýle que, plagada de ideas impresas, formó todo el cuerpo del mundo que vemos por todas partes. Pero la parte más elevada y pura de esta materia, aquella de la cual los seres divinos se alimentan o están constituidos, se llama néctar y pasa por ser la bebida de los dioses; en cambio, la parte inferior y más turbia es la bebida de las almas, y es la que los antiguos llamaron río Lete (río del Olvido)[9].”[10]

El alma, en su descenso, a atravesar cada esfera planetaria, adquiriría las facultades correspondientes a cada planeta pero también se impregnaría de sus defectos[11]. Finalmente queda prisionera del cuerpo.

“…a los cuerpos terrestres se hace descender al alma misma y por ello se cree que está muerta, cuando es encerrada en una región perecedera y en la sede de la mortalidad[12]. No te inquietes si, a propósito del alma, que decimos que es inmortal, nombramos tantas veces a la muerte. Y, en verdad, el alma no se extingue con su propia muerte, sino que queda enterrada por algún tiempo, y esta sepultura temporal no le priva del privilegio de su eternidad, cuando de nuevo libre del cuerpo, una vez que se limpió completamente del contagio de los vicios y mereció ser purificada, es restituida a la luz de la vida eterna y restablecida en su integridad.”[13]

El retorno

“Los buenos filósofos están de acuerdo y tienen por opinión indubitable que el origen de las almas mana del cielo; y, mientras el alma hace uso del cuerpo, la sabiduría perfecta del alma consiste en reconocer su lugar de origen, la fuente de la cual procede. Por ello, alguien, entre otras risas y mofas, empleó, aunque en tono serio, la siguiente fórmula: «Del cielo descendió el conócete a ti mismo». Se dice, además, que éstas son las palabras del oráculo de Delfos. A uno que preguntaba por la senda que conduce a la felicidad, el oráculo le respondió: «Conócete a ti mismo». Pero, además, esta máxima fue grabada en el frontispicio del propio templo. Ahora bien, el hombre sólo tiene una forma de conocerse, como ya hemos explicado: si echa la mirada atrás hacia los comienzos primeros de su origen y de su nacimiento, y «no se busca fuera». Pues es así cómo el alma, consciente de su nobleza, asume aquellas virtudes que, una vez abandonado el cuerpo, la elevan y devuelven al lugar de donde había descendido. Pues el alma que está empapada con la materia pura y sutil de las virtudes, ni se ensucia ni carga con las impurezas del cuerpo, y parece que jamás abandonó el cielo, del que siempre goza con la nostalgia y la imaginación.

“Por ello el alma, esclavizada por los hábitos de su cuerpo y, en cierto modo, tornada de hombre otra vez a bestia, teme la desligazón del cuerpo y, sólo cuando es inevitable, «entre gemidos e indignada, baja corriendo donde las sombras»[14].

“Pero incluso tras la muerte no abandona fácilmente el cuerpo, pues «los contagios corporales no desaparecen por completo»[15], sino que, o bien deambula en torno a su cadáver, o bien va en busca del habitáculo de un nuevo cuerpo, no sólo humano, sino incluso de bestia, escogiendo una especie acorde con las costumbres que practicó con agrado cuando era un alma humana, y prefiere soportar cualquier cosa para escapar del cielo, del cual desertó por ignorancia, por negligencia o, más bien, por traición”.[16]

“Platón, en el Fedón, establece que el hombre no debe morir por propia voluntad (se refiere aquí al suicidio). Pero, no obstante, en el mismo diálogo dice también que los filósofos deben desear la muerte y que la propia filosofía es una preparación para la muerte. Estas aseveraciones parecen contradictorias, pero no es así. En efecto, Platón conoce las dos muertes del hombre. No voy a repetir ahora lo que ya dije más arriba, a saber, que existen dos muertes, la del alma (anima) y la del ser vivo (animal). Pero incluso a propósito de dicho ser vivo, esto es, del hombre, afirma que hay dos muertes, una de las cuales procura la naturaleza, la otra las virtudes. En efecto, el hombre muere cuando el alma abandona el cuerpo, que se deshace por una ley natural. Pero se habla también de muerte cuando el alma, instalada aún en el cuerpo, desprecia, bajo la enseñanza de la filosofía, los atractivos corporales y se despoja de las dulces trampas de los deseos y de todas las demás pasiones. Y ésta es la muerte que, como señalamos más arriba, resulta de la segunda serie de virtudes, que sólo es apropiada para los filósofos. Pues bien, ésta es la muerte que, según Platón, deben desear los sabios.”[17]

Y, con lo dicho, podría perfilarse aquella añoranza que comentábamos al comienzo. Algo en nosotros reconoce su verdadera morada y, de algún modo, nos lo da a entender.

NOTAS

  • [1] Macrobio, Comentario al «Sueño de Escipión» de Cicerón, ed. Gredos.
  • [2] Hay quien sostiene que inicialmente no había tal inclinación y que, por lo tanto, la Tradición que hubiere era necesariamente Polar. Al producirse esta inclinación, cosa que no podría darse sin un cataclismo de dimensiones apocalípticas, pasó a ser o bien Occidental o bien Oriental (lo cual podría interpretarse como una cierta “caída”).
  • [3] Actualmente, debido a la precesión de los equinoccios, este punto no se halla en la constelación de Aries sino justo al final de la de Acuario (pero este es otro asunto).
  • [4] Nuestra galaxia tiene la forma de un disco plano de estrellas con un cierto abultamiento en el centro. Si la consideramos como dos platos unidos por la parte más amplia, corresponde al círculo por el que están unidos. Si miramos desde la Tierra en su dirección es donde vemos más acumulación de estrellas; si lo hacemos en otra dirección nos encontraremos con menos.
  • [5] Podemos leer en los comentadores, actuales y ya medievales: “afirmación errónea ya que el cruce se efectúa en Géminis y Sagitario”. Esto es estrictamente cierto en cuanto a las constelaciones se refiere. Y también lo era en época de Macrobio en cuanto a los propios signos zodiacales. Pero, por una extraña casualidad, hoy en día sería correcto, ya que los cortes se producen, debido a la precesión equinoccial, en los signos de Capricornio y Cáncer.
  • [6] Si miramos hacia esa “puerta”, que es el punto de corte de la Vía Láctea con la eclíptica en la región de la constelación de Sagitario, por una casualidad astronómica, estamos mirando hacia el centro de nuestra galaxia.
  • [7] Homero, Odisea, XIII, 102-112. Ver el interesantísimo comentario de Porfirio sobre esta caverna titulado El antro de las ninfas.
  • [8] Platón, Fedón 79c.
  • [9] De ahí que, para Platón y sus seguidores, aprender es recordar.
  • [10] Macrobio, op. cit., I, 12
  • [11] Hay una cierta manera de asociar cada uno de los siete últimos mandamientos del decálogo con un planeta. (Los tres primeros mandamientos corresponderían al culto debido al dios exterior, los otros siete al dios interior o próximo).
  • [12] Es el conocido dicho sôma, sêma (el cuerpo es una tumba).
  • [13] Macrobio, op. cit., I, 12
  • [14] Virgilio, Eneida XII, 952
  • [15] Virgilio, Eneida VI, 736-737
  • [16] Macrobio, op. cit., I, 9
  • [17] Macrobio, op. cit., I, 13

 

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