Selección de miniaturas de un libro de Ming Baocheng de 1486 en el que se cuenta la historia del Buda Shakyamuni . Hemos añadido un fragmento de un texto budista clásico sobre el origen de su vocación. Edición, Raimon Arola y Lluïsa Vert.

blancLiu Ruoyu, de la dinastía Ming, registró la edición de este libro en su Neiban jingshu jilue (‘Registro en resumen de las ediciones imperiales’) y lo describió como sigue: “Vida y actividades del Shakyamuni encarnado: Cuatro volúmenes, cuatrocientas cuarenta páginas”. El libro original del monje Ming Baocheng tiene seis secciones y se titula Shijia rulai yinghua lu (‘Registro de las enseñanzas del Buda Shakyamuni que así ha venido’), lo que indica que el libro fue revisado y combinado con otros textos antes de que se labrara su impresión xilográfica. El relato de la vida de Buda que a continuación proponemos procede de la Historia de las creencias y de las ideas religiosas de Mircea Eliade. Comienza así: “La mayor parte de los investigadores coinciden en admitir que el futuro Buda nació probablemente en abril-mayo del año 558 (o, según otra tradición, en el 567) a. C., en Capilavastu. Hijo de un reyezuelo, Suddhodana, y de su primera esposa, Maya, se casó a la edad de dieciséis años, abandonó el palacio a la de veintinueve y tuvo el “supremo y completo despertar” en abril-mayo del año 523 (o 532) a. de C.; pasó el resto de su vida predicando y murió en noviembre del año 478 (o 487) a. C., a la edad de ochenta años”.

1. Siddharta nació en el seno de una familia noble del clan de los shakia. Su lugar de nacimiento fue en Lumbiní, el reino de Kapilavatthu, una aldea que está a los pies de los montes Himalayas. Se ha dicho que el futuro Buda (“el ser despierto”), eligió el mismo a sus padres cuando aún era un dios en el cielo de los Tushita.

2. Fue hijo de Suddhodana, quien gobernaba el clan de los Shakya, y de su primera esposa Maya. Por este motivo, Buda también es conocido como Shakyamuni, ‘el sabio de los Shakya’.

3. Su concepción habría sido sin mácula, el bodhisatva habría penetrado en el costado derecho de su madre bajo la forma de un elefante blanco.

4. Apenas nacido dio siete pasos hacia el norte y lanzó un rugido de león, al tiempo que exclamaba: “Soy el más alto del mundo, soy el mejor del mundo, soy el primogénito del mundo; éste es mi último nacimiento, no habrá para mí en adelante ninguna nueva existencia”.

5. Durante su infancia se suceden numerosos milagros.

6. A los dieciséis años recibe por esposas a dos princesas de los países vecinos, Gopa y Yasodhara.

7. Avisado por las predicciones de los adivinos, Suddhodana logra aislar al joven príncipe en su palacio y en sus jardines de placer.

8. Pero los dioses desbaratan los planes de su padre y a lo largo de tres salidas sucesivas hacia los jardines de placer, Siddharta encuentra primero a un anciano decrépito, al día siguiente ve a un “enfermo enflaquecido, lívido, abrasado por la fiebre”, y la tercera vez contempla a un muerto.

 9. Finalmente, con ocasión de la última salida, el príncipe acierta a ver a un monje mendicante, tranquilo y sereno y esta visión le consuela, al tiempo que le hace ver que la religión es capaz de curar las miserias de la condición humana.

10. Siddharta decide renunciar al mundo y a diez leguas de distancia de Kapilavatthu se corta los cabellos con la espada y cambia sus vestidos con los de un cazador.

 11. Al detenerse despide también a la cohorte de dioses que le habían escoltado hasta el momento.

12. Siddharta se convierte en asceta itinerante, bajo el nombre de Gautama y se dirige hacia varios doctores para aprender de sus enseñanzas.

13. Gautama se sienta a meditar bajo un árbol y decide no levantarse hasta haber alcanzado el despertar.

14. En la primera vigilia recorre los cuatro estados de meditación que le permiten abarcar con su ojo divino la totalidad de los mundos y su eterno devenir, en la segunda vigilia, recapitula sus innumerables vidas anteriores y la tercera vigilia constituye el bodhi, el despertar. A partir de entonces posee las Cuatro nobles verdades y se convierte en Buda, el despierto.

 

Fragmento de un texto budista clásico que relata cómo y cuándo el príncipe Siddartha conoce la vejez, la enfermedad y la muerte. (Digha-nikáya, XIV)

El joven señor Gautama, cuando ya habían pasado muchos días, mandó a su cochero que preparase las carrozas de gala, diciendo: «Ten preparadas las carrozas, buen cochero, vamos a recorrer el parque para ver los jardines». «Sí, mi señor», replicó el cochero, y aparejó las carrozas de gala y mandó recado a Gautama: «Las carrozas están preparadas, mi señor. Hagamos lo que gustes». Entonces Gautama subió a una carroza de gala y mandó salir al parque.

El joven señor vio entonces, según iba recorriendo el parque, a un anciano encorvado como un caballete de tejado, apoyándose en un bastón, decrépito y caminando a traspiés, afligido y ya sin vigor. Y al verlo, dijo Gautama: «¿Qué ha hecho, buen cochero, ese hombre, que sus cabellos no son como los de los demás hom­bres, y tampoco su cuerpo?».

«Es lo que llamamos un viejo, mi señor».

«¿Y por qué se le llama viejo?».

«Se le llama viejo, mi señor, porque ya no le queda mucha vida».

«Entonces, buen cochero, ¿también yo estoy sujeto al envejeci­miento, no podré eludir la vejez?».

«Tú, mi señor, y nosotros, todos somos de tal condición que habremos de envejecer. No podemos eludir la vejez».

«Ya está bien por hoy, buen cochero, de recorrer el parque. Llévame de regreso a mis habitaciones».

«Sí, mi señor», respondió el cochero, y lo llevó de regreso. El, dirigiéndose a sus habitaciones, se sentó lleno de tristeza y ago­biado, pensando: «¡Vergüenza sobre eso que llamamos nacimiento, pues a todo el que nace aguarda una vejez semejante!».

Envió el raja, a buscar al cochero y le preguntó: «Bien, buen cochero, ¿se distrajo el muchacho en el parque? ¿Qué fue lo que más le agradó?».

«No, mi señor, nada le agradó».

«¿Qué fue, pues, lo que vio en su paseo?».

(Y el cochero contó todo lo sucedido).

Pensó entonces el raja: «No debemos consentir que Gautama renuncie al gobierno. No debemos consentir que abandone la casa y se vaya a la soledad. No debemos consentir que resulte cierto lo que predijeron los adivinos brahmanes».

Para que tales cosas no ocurrieran, hizo que el joven estuviera aún más rodeado de placeres sensuales. Y de este modo siguió viviendo Gautama en medio de los placeres sensuales.

Pero pasaron otros muchos días, y el joven señor ordenó de nuevo a su cochero que preparase lo necesario para salir de nuevo a pasear…

Y vio Gautama, según paseaba por el parque, a un enfermo, car­gado de dolores, caído y revolcándose en sus propias heces, mien­tras algunos trataban de levantarlo y otros lo vestían. Al verlo, preguntó Gautama: «¿Qué ha hecho este hombre, buen cochero, que sus ojos no parecen como los ojos de los demás ni su voz se parece a la voz de los otros hombres?».

«Es lo que llamamos un enfermo, mi señor».

«¿Qué quiere decir eso de enfermo?».

«Significa, mi señor, que difícilmente podrá recuperarse de su mal».

«¿Acaso estoy yo también expuesto, buen cochero, a caer en­fermo? ¿No estoy libre de la enfermedad?».

«Tú, mi señor, y todos nosotros estamos expuestos ar caer enfermos. No estamos libres de la enfermedad».

«Basta por hoy, buen cochero, de pasear por el parque. Llévame de regreso a mis habitaciones». «Sí, mi señor», respondió el co­chero, y lo llevó de regreso. El, dirigiéndose a sus habitaciones, se sentó lleno de tristeza y agobiado, pensando: «¡Vergüenza sobre eso que llamamos nacimiento, pues a todo el que nace aguarda tal decadencia, semejante enfermedad!».

Envió el raja a buscar al cochero y le preguntó: «Bien, buen cochero, ¿se distrajo el muchacho en el parque? ¿Qué fue lo que más le agradó?».

«No, mi señor, nada le agradó».

«¿Qué fue, pues, lo que vio en su paseo?».

(Y el cochero contó todo lo sucedido).

Pensó entonces el raja: «No debemos consentir que Gautama renuncie al gobierno. No debemos consentir que abandone la casa y se vaya a la soledad. No debemos consentir que resulte cierto lo que predijeron los adivinos brahmanes».

Para que tales cosas no ocurrieran, hizo que el joven estuviera aún más rodeado de placeres sensuales. Y de este modo siguió viviendo Gautama en medio de los placeres sensuales.

Pero pasaron otros muchos días, y el joven señor ordenó de nuevo… salir a pasear…

Y vio, según paseaba por el parque, una gran muchedumbre de gentes vestidas de distintos colores, que construían una pira fune­raria. Y al ver aquello, preguntó a su cochero: «¿Para qué se ha reunido toda esta gente, con vestidos de diversos colores, y con qué objeto amontonan esa leña?».

«Es porque alguien, mi señor, ha terminado sus días».

«Acerca la carroza hacia ese que ha terminado sus días».

«Sí, mi señor», respondió el cochero, y así lo hizo. Y vio Gautama el cadáver de aquel que había terminado sus días, y preguntó: «¿Qué es eso, buen cochero, de terminar uno sus días?».

«Significa, mi señor, que ni su madre, ni su padre ni otros pa­rientes lo volverán a ver más, y que él tampoco los volverá a ver».

«¿Y estoy yo también sujeto a la muerte? ¿No estoy libre de la muerte? ¿No me verán más ni el raja ni la rani ni mis demás parientes, ni los veré yo a ellos tampoco?».

«Tú, mi señor, y nosotros también, todos estamos sujetos a la muerte. Ni el raja ni la rani ni tus demás parientes te verán ni tú los verás a ellos».

«Basta por hoy, buen cochero, de pasear por el parque. Lléva­me de regreso a mis habitaciones». «Sí, mi señor», respondió el cochero, y lo llevó de regreso. Él, dirigiéndose a sus habitaciones, se sentó lleno de tristeza y agobiado, pensando: «¡Vergüenza sobre eso que llamamos nacimiento, pues a todo el que nace le aguardan el envejecimiento, la enfermedad y la muerte!».

Envió el raja a buscar al cochero y le preguntó como las otras veces, y también hizo rodear a Gautama aún más de placeres sen­suales. Y de este modo siguió viviendo en medio de los placeres sensuales.

Pero de nuevo… el señor Gautama mandó… salir a pasear.

Y vio, cuando paseaba por el parque, un hombre con la cabeza rapada, un eremita, con su túnica amarilla. Al verlo, preguntó al cochero: «Este hombre, buen cochero, ¿qué ha hecho, que su cabeza no es como la de los demás hombres y sus ropas no son como las que llevan los demás?».

«Es lo que se llama un eremita, mi señor, porque es un hombre que se ha marchado».

«¿Qué quiere decir eso de que ‘se ha marchado’?».

«Marcharse, mi señor, significa ingresar en la vida religiosa, ingresar en una vida pacífica, dedicarse por completo a las buenas acciones, a llevar una conducta meritoria, a no causar ningún daño, a practicar la compasión para con todas las criaturas».

«Cosa excelente es, en verdad, amigo cochero, eso que llaman un eremita, pues tan perfecta es su conducta en todos los aspectos. Llévame, pues, hacia ese eremita».

«Sí, mi señor», replicó el cochero, y lo llevó junto al eremita. Entonces se dirigió a él Gautama, y le dijo: «Maestro, ¿qué has hecho, que tu cabeza no es como la de los demás hombres ni tus vestidos son como los de los otros?».

«Yo, señor, soy uno que se ha marchado».

«¿Qué significa eso, maestro?».

«Eso significa, mi señor, entregarse del todo a la vida religiosa, del todo a la vida pacífica, practicar las buenas acciones, llevar una conducta meritoria, no causar ningún daño, practicar la compasión para con todas las criaturas».

«Con mucha razón, ciertamente, maestro, se dice que habéis marchado, ya que tan perfecta es vuestra conducta en todos los aspectos». Entonces ordenó el señor Gautama a su cochero: «Mar­cha, buen cochero, llévate tu carroza y guíala de regreso a mis habitaciones. Porque ahora mismo voy a rapar mi cabeza y me voy a poner la túnica amarilla y me voy a marchar de mi casa para abrazar el estado de los que no tienen hogar».

«Sí, mi señor», replicó el cochero, y regresó. Pero el príncipe Gautama, cortando allí mismo su cabello y vistiéndose la túnica amarilla, se alejó de su casa hacia el estado de los que no tienen hogar.

Ocurrió entonces en Kapilavatthu, la capital del gran raja, que un gran número de personas, unas ochenta y cuatro mil almas, oyeron lo que el príncipe Gautama había hecho, y pensaron: «Cier­tamente, no es éste un caso habitual de ingreso en la vida religiosa, no es nada común este marcharse, puesto que el príncipe Gautama ha rapado su cabeza y se ha revestido la túnica amarilla y se ha marchado de su casa para abrazar el estado de los que no tienen hogar. Si el príncipe Gautama ha hecho esto, ¿por qué no habríamos de hacerlo nosotros también?». Y todos ellos hicieron rapar sus cabezas y se vistieron túnicas amarillas y, a imitación del Bodhisatva, marcharon de sus casas y abrazaron el estado de los que no tienen hogar. De este modo comenzó el Bodhisatva a recorrer las aldeas, las ciudades y las capitales acompañado de una gran muchedumbre.

Entonces pensó Gautama el Bodhisatva, mientras meditaba en retiro: «No es bueno para mí vivir siempre rodeado de gente. Mejor sería si pudiera vivir solitario, lejos de la multitud».

Poco después marchó a vivir solo, lejos de la muchedumbre. Los ochenta y cuatro mil marcharon por un camino y el Bodhisatva por otro.

Entonces pensó Gautama el Bodhisatva, cuando marchó al lugar que había elegido y estaba meditando en la soledad: «Ciertamente, este mundo está desquiciado: se nace, se envejece y se muere, y se sale de un estado para entrar en otro. Pero nadie sabe el camino para escapar del dolor o de la enfermedad o de la muerte. ¡Cuándo se dará a conocer un camino para escapar de todo este dolor, del envejecimiento y de la muerte!».

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