Reflexiones simbólicas en torno al roble y su relación con la rama dorada. Les acompañan un vídeo de Neil Bromhall en time-lapse en el cual puede apreciarse el proceso de una bellota que empieza a transformarse en un pequeño roble y un fragmento de «El Quijote» que trata sobre la Edad de Oro.

0 Desde la antigüedad y en toda Europa, el quercus, un genérico que designa tanto al roble como a la encina, ha sido considerado un árbol mágico. Sus frutos de cáscara dura se tienen por los frutos de la sabiduría, debido quizá a su relación con otro fruto llamado en hebreo luz, (almendra, nuez) que aparece en el relato bíblico de la escalera de Jacob y que da nombre al lugar donde el patriarca tuvo la visión . Según la cábala, luz es un núcleo indestructible que se sitúa en la base de la columna vertebral del hombre, de donde ha de surgir la vida nueva, una vida que se levanta hacia el cielo y que en la historia de Jacob se representa por la escalera por la que los ángeles ascienden y descienden. A partir de esta idea podemos comprender el sentido simbólico del vídeo de Neil Bromhall en el que se observa cómo la semilla comienza a abrirse durante los meses de invierno hasta que en enero surge la primera raíz, en febrero el primer brote comienza su ascenso hacia el exterior, saliendo a la superficie en marzo, ese mismo mes y en abril ya forma sus primeras hojas.

Muy pronto el hombre se dio cuenta muy pronto de que el roble atraía de manera particular al rayo, cosa que le procuró un carácter divino, pues, en muchas culturas, el rayo es el símbolo de la bendición. Un ejemplo sería el significado del vocablo mágico ABRACADABRA que podría traducirse por «el rayo (baraq). como la palabra (cdabar), que tradicionalmente se interpreta en el sentido que el rayo divino, o la bendición, es lo que abre palabra perdida, que, al igual que una una semilla, lutz,  yace enterrada en el ser humano.

Quizá por eso, por ser el roble un imán para el fuego celeste se convirtió en un árbol consagrado a Zeus, el señor de los truenos y los rayos. Mas tarde se consagró a Júpiter y a Juno, su esposa. A ambas divinidades se les dedicaban  grandes coronas confeccionadas con ramas de roble.

Por todo lo dicho el roble, como el árbol en general, está vinculado a los misterios de la palabra. En el Fedro de Platón, se dice lo siguiente respecto a este árbol: “Es una tradición, estimado amigo, del santuario de Zeus en Dodona que de un roble salieron las primeras revelaciones  proféticas.”. Y Ovidio también se refiere a robles que hablan. “La comarca de Dodona con sus robles (quercu) parlantes” (Metamorfosis XIII). Por otro lado Apolodoro cuenta que Atenea puso en la proa de la nave de los Argonautas “un madero dotado de voz” que ella misma había tallado y que procedía del robre de Dodona y que servía de oráculo para Jasón.

El roble, como el árbol en general, está vinculado a los misterios de la palabra

Precisamente a causa del roble parlante colocado en la nave Argo, los alquimistas han considerado esta expedición como una alegoría de la búsqueda de la piedra filosofal. En este sentido es necesario recordar que la alquimia ha sido considerada “la hermana de la profecía”,[1] es decir, que la obra alquímica y la profética se refieren al mismo misterio.

Es conocido que en alquimia un roble hueco simboliza el atanor, y, por eso, en muchas fábulas alquímicas se habla de este árbol hueco en el que se cuece la materia virginal de los filósofos.  En el Diccionario mito-cabalo-hermético de Pernety explica la lucha de Cadmo con el dragón como sigue: “Cadmo traspasó al dragón que había devorado a sus compañeros con una lanza y lo fijó en un roble hueco… La lanza que empleó Cadmo simboliza el fuego, la serpiente significa el mercurio, el roble hueco es el horno secreto de los sabios…”.

roble de saturmix

El muérdago y la rama dorada

En las ramas del roble crece el muérdago, que para los pueblos nórdicos, era dónde residía su vida, pues, cuando caían sus hojas, el muérdago conservaba su verdor.  El hecho de que esta planta creciera en el aire y no en la tierra, “le valió un carácter místico, complementario con el terreno y bien enraizado roble”. [2]

Según Plinio, la verdadera razón por la que los druidas adoraban el muérdago era porque la creían una planta caída del cielo, y el árbol sobre el que caía era el elegido del dios mismo. Frazer llega a decir que los robles eran sagrados: “porque cada uno de aquellos árboles no sólo había sido fulminado por el rayo sino que tenían entre sus ramas una emanación visible del fuego celestial, así que cortando el muérdago con ritos místicos, se aseguraban para sí mismos las propiedades mágicas del rayo”.

Los druidas adoraban el muérdago porque creían que era una planta caída del cielo, y el árbol sobre el que caía era el elegido del dios mismo

La creencia que el muérdago es la manifestación de la vida ígnea del roble estuvo extendida en multitud de pueblos de tal modo que se usaba la madera de roble para encender el fuego por la cantidad que de este elemento contenía en su interior. Quizá sea esta la razón por lo que el muérdago haya sido identificado a la famosa Rama Dorada, pues en la visión popular esta planta brilla en ciertos momentos con un resplandor dorado sobrenatural. Ello unido a la creencia de que el muérdago era la manifestación del fuego de un árbol especialmente ígneo, un elemento simbólicamente relacionado con el oro hizo que la Rama dorada se identificara con el muérdago.

El mismo Virgilio realizó esta comparación, pues en la Eneida cuenta como dos palomas guiaron a Eneas al tenebroso valle en cuyas profundidades crecía la Rama Dorada, después Virgilio describe la Rama Dorada creciendo sobre una encina o un roble, quercus, y la compara con el muérdago. Para los alquimistas es el símbolo de la materia de los sabios, que los héroes míticos tanto se esfuerzan por encontrar.

Virgilio describe la Rama Dorada creciendo sobre una encina o un roble, quercus, y la compara con el muérdago.

Según Dom Pernety en sus Fábulas egipcias y griegas, el árbol en el que se encuentra la Rama Dorada es el mismo donde estaba suspendido el Toison de oro que provocó el viaje de los argonautas. Este árbol no es difícil de encontrar, la dificultad consiste en arrancar sus frutos pues o bien se halla custodiado por un terrible dragón, o bien deben cortarse sus ramas de un modo especial o, incluso debe ser una deidad que la ofrezca al ser humano. Se encuentra fácilmente porque, al igual que la primera materia de los alquimistas, se halla a la vista de todos, y precisamente por eso, se desprecia y no sele  tiene en cuenta, pues es demasiado común.

Sin embargo, ni la fuerza ni el hierro pueden arrancarlo, recordemos que los druidas necesitaban de una hoz de oro y según los sabios alquimistas sólo puede lograrlo la ciencia de la obra hermética.  Pernety llega a afirmar lo siguiente: “Esta rama es la misma que aquella planta denominada molly, que  Mercurio da a Ulises para librarse de las manos de Circe”. Y es también el presente que Proserpina quiere que se le ofrezca, para que Eneas pueda salir del infierno.

The Golden Bough by British painter J. M. W. Turner
Pintura de Turner que representa el episodio de la rama dorada narrado por Virgilio 

La Edad de Oro descrita por Don Quijote

«Después que don Quijote hubo bien satisfecho su estómago, tomó un puño de bellotas en la mano y, mirándolas atentamente, soltó la voz a semejantes razones:

»-Dichosa edad y siglos dichosos aquellos a quien los antiguos pusieron nombre de dorados, y no porque en ellos el oro, que en esta nuestra edad de hierro tanto se estima, se alcanzase en aquella venturosa sin fatiga alguna, sino porque entonces los que en ella vivían ignoraban estas dos palabras de tuyo y mío. Eran en aquella santa edad todas las cosas comunes: a nadie le era necesario para alcanzar su ordinario sustento tomar otro trabajo que alzar la mano y alcanzarle de las robustas encinas, que liberalmente les estaban convidando con su dulce y sazonado fruto. Las claras fuentes y corrientes ríos, en magnífica abundancia, sabrosas y transparentes aguas les ofrecían. En las quiebras de las peñas y en lo hueco de los árboles formaban su república las solícitas y discretas abejas, ofreciendo a cualquiera mano, sin interés alguno, la fértil cosecha de su dulcísimo trabajo. Los valientes alcornoques despedían de sí, sin otro artificio que el de su cortesía, sus anchas y livianas cortezas, con que se comenzaron a cubrir las casas, sobre rústicas estacas sustentadas, no más que para defensa de las inclemencias del cielo. Todo era paz entonces, todo amistad, todo concordia: aún no se había atrevido la pesada reja del corvo arado a abrir ni visitar las entrañas piadosas de nuestra primera madre; que ella sin ser forzada ofrecía, por todas las partes de su fértil y espacioso seno, lo que pudiese hartar, sustentar y deleitar a los hijos que entonces la poseían. Entonces sí que andaban las simples y hermosas zagalejas de valle en valle y de otero en otero, en trenza y en cabello, sin más vestidos de aquellos que eran menester para cubrir honestamente lo que la honestidad quiere y ha querido siempre que se cubra, y no eran sus adornos de los que ahora se usan, a quien la púrpura de Tiro y la por tantos modos martirizada seda encarecen, sino de algunas hojas verdes de lampazos y yedra entretejidas, con lo que quizá iban tan pomposas y compuestas como van agora nuestras cortesanas con las raras y peregrinas invenciones que la curiosidad ociosa les ha mostrado. Entonces se decoraban los concetos amorosos del alma simple y sencillamente, del mesmo modo y manera que ella los concebía, sin buscar artificioso rodeo de palabras para encarecerlos. No había la fraude, el engaño ni la malicia mezclándose con la verdad y llaneza. La justicia se estaba en sus proprios términos, sin que la osasen turbar ni ofender los del favor y los del interese, que tanto ahora la menoscaban, turban y persiguen. La ley del encaje aún no se había sentado en el entendimiento del juez, porque entonces no había qué juzgar ni quién fuese juzgado. Las doncellas y la honestidad andaban, como tengo dicho, por dondequiera, sola y señera, sin temor que la ajena desenvoltura y lascivo intento le menoscabasen, y su perdición nacía de su gusto y propria voluntad. Y agora, en estos nuestros detestables siglos, no está segura ninguna, aunque la oculte y cierre otro nuevo laberinto como el de Creta; porque allí, por los resquicios o por el aire, con el celo de la maldita solicitud, se les entra la amorosa pestilencia y les hace dar con todo su recogimiento al traste. Para cuya seguridad, andando más los tiempos y creciendo más la malicia, se instituyó la orden de los caballeros andantes, para defender las doncellas, amparar las viudas y socorrer a los huérfanos y a los menesterosos. Desta orden soy yo, hermanos cabreros, a quien agradezco el gasaje y buen acogimiento que hacéis a mí y a mi escudero. Que aunque por ley natural están todos los que viven obligados a favorecer a los caballeros andantes, todavía, por saber que sin saber vosotros esta obligación me acogistes y regalastes, es razón que, con la voluntad a mí posible, os agradezca la vuestra».

(Quijote, I, XI)

El_ingenioso_hidalgo_don_Quijote_de_la_Mancha

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

[1] cf. R.  Arola, Alquimia y religión, Siruela, 2008, p. 70

[2] R. Andrés, Diccionario de música, mitología, magia y religión, Acantilado, 2012, p. 1424