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El libro
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Presentación
Desde obra Filosofía Antigua, Misterio y Magia, Peter Kingsley ha explorado la vida y el saber de los grandes filósofos-magos presocráticos Parménides, Empédocles y Pitágoras. Lo interesante de todas sus obras es que Kingsley descubre y recupera la magia que ellos practicaron, pero, además hechiza al lector con ella con lo que consigue, o debería conseguir, transformar la visión de su mundo. Entre todas, Catafalco es una de sus mejores obras y hay que felicitar a Atalanta, por su traducción y publicación.
Se trata de un libro que hace que el lector se replantee su visión del mundo y de lo que creía saber sobre él. Respecto a su título, Kingsley lo explica al final del libro, Catafalco, dice: viene de una vieja palabra italiana empleada para describir una estructura de madera decorada y labrada con refinamiento, erigida como base sobre la que depositar el ataque de una persona famosa o importante… Y este es, en pocas palabras, el propósito de mi trabajo: proveer de un catafalco a nuestro mundo occidental”. Sorprendente propuesta la de Kingsley, pero ya avisada en el subtítulo: Carl Jung y el fin de la humanidad, pues el libro trata sobre todo del psiquiatra y psicólogo C. G. Jung y de su búsqueda reflejada en El libro rojo.
Una búsqueda ardua que no se contenta con los límites de lo conocido ni con las categorías en que la psicología moderna ha encasillado a Jung. Tras la lectura del libro, su psicología aparece casi como un velo, algo extraño, incluso ajeno, frente a la experiencia más radical que Kingsley saca a la luz. Lo que se revela no es tanto un teórico de la psique cuanto un místico, un gnóstico y, en cierto modo, un profeta: un hombre atravesado por un sentido religioso profundo que lo condujo a internarse en los territorios olvidados de los alquimistas, los antiguos magos y el gnosticismo, es decir, en aquella sabiduría anterior al Concilio de Nicea, cuando el cristianismo aún no había fijado su ortodoxia ni condenado a quienes se atrevían a pensar de otro modo el misterio de Jesucristo.
Es, en el fondo, esa cultura la que Kingsley parece preparar para su enterramiento: una cultura religiosa occidental erigida sobre dogmas, separada del viaje espiritual vivo y sostenida por una lógica heredada de Grecia que, paradójicamente, se niega a aceptar aquello mismo que los griegos sabían. Jung intuyó —y Kingsley lo recuerda— que Pitágoras, Parménides o Empédocles no fueron meros filósofos racionales, sino iniciados que descendieron al inframundo, allí donde se oculta la perla de la religión y del conocimiento. Un saber que no se conquista con argumentos, sino con la transformación del alma; un viaje que la modernidad ha olvidado y al que, sin embargo, Jung seguía escuchando como a una voz antigua que se niega a callar.
Kingsley construye su libro de manera significativa ya desde la forma, como si la estructura misma fuera una enseñanza. Una primera parte despliega el núcleo del pensamiento a través de un juego de biografías entrelazadas, la de Jung y la suya propia, sugiriendo que el conocimiento auténtico no es nunca impersonal, sino que exige la implicación vital de quien lo transmite. La segunda parte, compuesta por extensas notas de una erudición minuciosa, funciona casi como un descenso a los estratos subterráneos del texto, donde se revelan las fuentes, las resonancias y las filiaciones ocultas.
En esa primera parte emergen cuestiones poco conocidas y, en muchos casos, desconcertantes, porque Kingsley se adentra en el Jung sumergido en El libro rojo, allí donde la psicología se convierte en experiencia visionaria. Siguiendo siempre al maestro, se pregunta por el lugar del ser humano contemporáneo: cuál es su tarea, su responsabilidad y su posibilidad de despertar en un mundo que ha perdido el contacto con su interioridad. Para ello recurre a su estilo característico, hecho de sentencias contundentes y deliberadamente paradójicas, capaces de invertir ideas establecidas y forzar un desplazamiento de la mirada.
El objetivo último de este gesto es ambicioso: recomponer la fractura entre la cultura occidental y el sentido universal de la religión, devolver al conocimiento su dimensión sagrada y reconducir al ser humano hacia el paisaje interior que habita en cada uno. No se trata de añadir nuevas teorías, sino de recordar un saber antiguo que exige ser vivido, un saber que no se transmite solo con palabras, sino con una transformación de la conciencia.
Reproducimos ahora un fragmento (pp. 269-271), a nuestro entender crucial de la obra de Kingsley que trata del imprescindible viaje al inframundo y el encuentro, allí, con la Sapientia o Sophia .
Fragmento
Jung lo tenía muy claro: su descenso al cráter del inframundo, su mayor encuentro con lo inconsciente, la inmensidad de la labor y el amor que dedicó año tras año a crear El libro rojo marcaron el comienzo de su verdadero trabajo, pues todo lo que hizo después vino de ahí. Uno puede entender la sabiduría de los intelectuales que han tenido el valor de pronunciarse contra El libro rojo para demostrar que no es sino un conjunto de desechos que arrojar al cubo de la basura de la historia y que nunca debió publicarse. Lo cierto es que está lleno de grosería, de una repugnante crudeza propia de lo inconsciente; su contenido incluso avergonzó e incomodó profundamente a Jung. Pero, a menos que abraces sin reservas la crudeza de la realidad inconsciente, a menos que sepas, como Jung, que la perla solo se encuentra entre la inmundicia, acabarás con las manos vacías, con nada más que un collar barato de teorías resecas y conceptos huecos. Habría sido mejor que nunca hubieras empezado. Y en cuanto a los académicos que han tenido la suficiente inteligencia para acoger El libro rojo y convertirlo en un objeto de estudio, la cuestión que permanece intacta es si lo entendieron mejor que aquellos que lo rechazan. Hasta su editor ha insistido en que, por supuesto, es un texto que hay que entender psicológicamente —una palabra que puede significar un millón de cosas diferentes para miles de personas— y no desde un punto de vista religioso, y menos aún místico. O como otro académico ha explicado, al comienzo del Libro rojo Jung se dispone a buscar su alma, no a Dios. Y esto demuestra que no se trata de un texto religioso, sino de un simple trabajo de psicología, un libro para la mente analítica. Lo único que puedo decir es que si así fuera, sería ciertamente muy extraño. Ya al inicio de su carrera, años antes de que tuviera algún atisbo del Libro rojo, se dio cuenta de que el trabajo que estaba llevando a cabo era religioso de principio a fin. Como le dijo a Freud con toda franqueza en 1910, las religiones organizadas han perdido su poder instintivo, solo nuestra psicología puede reemplazarlas, pero «la religión solo puede ser reemplazada por la religión». Esta afirmación resonará hasta el último de sus días, cada vez más refinada pero igual de nítida. No hay duda de que a lo largo de los años se han hecho muchos esfuerzos para desenfocar o simplemente eliminar las dimensiones religiosas de su trabajo; para silenciar tan efectivamente como fuera posible el énfasis que él mismo puso en la naturaleza religiosa de lo que le ocurrió durante su descenso al inframundo. Pero estos actos de supresión no cambian nada, al menos nada importante. Y en cuanto a la conexión de la psicología con la religión, debemos zanjar este problema de una vez por todas. Puede ser casi una experiencia religiosa reparar en que muy pocas personas, incluso en la comunidad junguiana, se han molestado en intentar comprender uno de los escritos más importantes de Jung, en donde establece qué es la psicología y por qué es tan importante para él. Explica, con una claridad cristalina, que, lejos de reemplazar o sustituir a la religión, se trata de la propia esencia de la religión, pues, por definición, el principal interés de la psicología es el misterio del alma:
Mientras la religión sea únicamente creencia y forma exterior, y la función religiosa no se experimente en nuestras propias almas, nada profundo o radical sucederá. Aún nos queda por entender que el mysterium magnum [el gran misterio de la vida] está enraizado, sobre todo, en la psique humana. Quien no lo sabe por experiencia interior puede ser un teólogo eminente, pero sin la menor idea de qué es la religión.
A continuación, Jung se muestra más provocador si cabe:
Si no fuera un hecho de la experiencia que los valores supremos residen en el alma, la psicología no me habría interesado ni lo más mínimo […]. Se me ha acusado de “deificar el alma”. Pero no fui yo; ¡fue el mismo Dios quien la deificó! No fui yo quien asignó al alma una función religiosa; yo me limité a presentar los hechos.
Y así llega tanto al corazón de la psicología como a la médula de los que se oponen a ella: Si el teólogo realmente cree, por un lado, en el poder omnipotente de Dios y, por otro, en la validez del dogma, ¿por qué no cree que Dios habla en el alma? ¿Por qué ese miedo a la psicología? En otras palabras, aquí tenemos su propia declaración de qué es la psicología y por qué es tan importante. Es el arte o la ciencia de aprender a escuchar la voz de Dios que habla en el alma humana. Lejos de ser una especie de alternativa psicológica a la religión o a Dios, para Jung el alma es la única senda posible hacia ambos. Esa es la razón por la que el Alma es Sabiduría: Sophia en griego, Sapientia en latín. Dentro del Libro rojo, Jung pintó el espíritu de la Sabiduría tal como él quería que se la viera: erguida y elevada, velada pero majestuosa en una iglesia a rebosar de gente. Y posteriormente comentaría acerca de lo que había pintado:
Con toda su ambigüedad y ambivalencia, ella —el Alma, Sophia— aparece con la cara velada, como un extraordinario y absolutamente misterioso ser femenino, «en una iglesia, ocupando el espacio del altar». De esta forma será por fin restaurada la realidad del alma «para la Iglesia cristiana, no como un icono sino como el altar»…
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